Sala de ensayo
“Cárcel de amor”, de Diego de San PedroLa misoginia del amor cortés en Cárcel de amor

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Como en todas las congregaciones de los santos, las mujeres guarden silencio en las congregaciones, porque no se permite que hablen, sino que estén en sujeción, tal como dice la Ley. Pues, si quieren aprender algo, interroguen a sus propios esposos en casa, porque es vergonzoso que una mujer hable en la congregación.

1 Corintios 14:33,34, 35.

La mujer ha sido objeto de menosprecio a través de los años. La Historia, salvo unas que otras excepciones insoslayables, ha participado en esta sujeción involuntaria. Si nos remontamos al Viejo Mundo vemos que en Grecia, cuna cultural de la época, la mujer tenía el mismo estatus social de los esclavos. Por lo tal, no es nada asombroso conocer la visión que tenía Aristóteles de la mujer. Aparte de haber escrito alguna vez que la mujer era un “hombre imperfecto”, también adujo que al hombre le corresponde gobernar a su esposa y a sus hijos; el varón, según este ilustre pensador que nos legó un arsenal de conocimientos, está mejor dotado que la hembra para el mando. Sobre estos principios se edificaron el pensamiento y la cultura occidental. Durante los siglos posteriores, la situación de la mujer no fue más alentadora. Podemos encontrar pruebas fehacientes de esta realidad en la literatura universal. La Biblia, por ejemplo, está colmada de pasajes vergonzosos que reducen a la mujer a un objeto y, además, es la morada de Eva, la maligna, la culpable por excelencia. Y si bien se pueden señalar varias épocas y textos para realizar un estudio profundo sobre la misoginia, quiero centrarme, no obstante, en una época y en un texto en específico por ser, según se cree, un libro feminista —encasillamiento con el que yo, obviamente, discrepo. Me refiero a la Edad Media y a Cárcel de amor, de Diego de San Pedro. Esta novela, donde prima el amor cortés, fue publicada en 1492 y se convirtió en un fenómeno literario; aparte de ser muy leída en toda España, también fue traducida a varias lenguas.

Antes de acercarnos al texto, iniciemos con una breve descripción del amor cortés, tendencia literaria del Medioevo al que pertenece la obra en cuestión, donde, generalmente, un caballero enamorado enaltece la figura femenina y la compara incluso hasta con el propio Dios. Este amor es tan intenso que la misma vida del enamorado pasa a un segundo plano. Es lícito decir que, como toda corriente literaria, ésta no escapa a las costumbres y características del lugar y la época en que nace, por lo tal, es obvio observar que entre los códigos inherentes al amor cortés se encuentran, inevitablemente, el pensamiento del hombre feudal y el catolicismo. Por ende las constantes alusiones religiosas, la visión del amor como una relación analógica del vasallo y el amo, donde se habla de servicio (el hombre es el vasallo y la mujer el “señor”) y de galardón. He aquí el guiño, la trampa en la que han caído muchos críticos: por el hecho de que el hombre se coloque jerárquicamente por debajo de la mujer e incluso le confiera ciertas perfecciones divinas, ellos han llegado a decir que en esta novela se ha revaluado positivamente a la mujer y su rol en la sociedad. Pero la realidad es otra, y me atrevería a decir que muy distinta. Este amor ejercido por la nobleza —si no eres de sangre azul, no puedes experimentarlo— no es más que otra elucubración del hombre medieval para elevar su figura. Por lo tanto, el endiosamiento de la mujer obedece a un capricho del hombre, cuyo propósito no es privilegiar a la amada, sino más bien utilizar la grandeza aludida para luego encumbrar la figura varonil. Pero, probémoslo; vayamos al texto.

Primero tracemos un brevísimo cuadro de la trama: Laureano, hijo del duque Guersio y de la duquesa Coleria, se enamora perdidamente de Laureola, hija del rey Gaulo. Mientras se encuentra en una cárcel de amor (alegórica), se tropieza con un extranjero (el autor) a quien le cuenta sus penas y le pide ayuda. El autor, tras ponderar sus opciones, preso de curiosidad e impresionado por el sufrimiento de Laureano, decide ayudarlo y sirve de mensajero (celestino) entre el enamorado y la princesa. Laureola acepta —por piedad— responder a una de las cartas de Laureano, a sabiendas de que esta acción la puede perjudicar. Lo que acontece después es un conjunto de sucesos que incluye el encarcelamiento real de Laureola y que desembocan en el suicidio de Laureano por amor. Como podemos apreciar, ambos personajes pertenecen a la nobleza: un elemento indispensable en el amor cortés. Asimismo, Laureano no ceja en su empresa de engrandecer, divinizar a Laureola, a tal punto que en varias ocasiones señala que si no alcanza el galardón, si ella no acepta sus servicios, prefiere morir: otro elemento esencial del amor cortés. Pero, ¿la presencia de estos elementos convierte a Cárcel de amor en una novela feminista? ¿Debemos obviar las denigrantes alusiones mujeriles del mismo Laureano, incluso en su rebatible apología a la mujer? ¿Debemos abstenernos de cuestionar la caracterización que hace el autor de la mujer —incluyendo a Laureola— en la obra?

El rol que juegan las mujeres en esta novela deja mucho que desear. En primer lugar, Laureola, al enterarse de que Laureano está enamorado de ella, se ve inmersa en un dilema: si acepta su amor, es condenada porque, al amarlo, perdería su honra y, a la postre, su vida; ahora bien, si no accede, también es condenada, porque tendría la carga de conciencia por el pretendiente quien, irremediablemente, al ser rechazado moriría de amor. O sea, que aun sin haber movido un dedo para que el galán quedase enamorado, la mujer, de todas formas, lleva las de perder, “Yo soy entre las que viven la que menos debiera ser viva. Si el rey no me salva, espero mi muerte; si tú me liberas, la de ti y la de los tuyos: de manera que por una parte o por otra se me ofrece dolor” (21). Hablemos ahora de las madres de los protagonistas. Creo que sería suficiente con decir que sólo aparecen para llorar por las penas de sus hijos. La madre de Laureola prácticamente se rebaja ante su esposo, el rey, para que éste libere a su hija. Tras el intento fallido, la reina aparece otra vez, llorando en la cárcel por la desdicha de su hija. Ni siquiera se queda para escuchar a Laureola después de haber abonado su cuota de lágrimas y sufrimiento. La razón que nos da el autor deja mucho que desear, “Como la reina acabó su habla, no quiso esperar la respuesta de la inocente por no recibir doblada mancilla, y así ella y las señoras de quien fue acompañada, se despidieron de ella con el mayor llanto de todos los que en el mundo son hechos” (25). Lo mismo sucede con la duquesa Coleria, madre de Laureano. Aparece hacia el final de la obra. Se nos muestra meramente llorando y lamentando la muerte de su hijo, “¡Oh muerte, cruel enemiga, que ni perdonas los culpables ni absuelves los inocentes!” (40). Al parecer el autor está más preocupado en confeccionar el estereotipo de la madre llorona, en construir a personajes acartonados, en vez de ir más allá y mostrar a madres que cuestionan, entes de cierta complejidad, que son capaces de sacudir el universo por salvar la vida de un hijo o hija.

Como si esto fuera poco, Leriano, el presunto defensor de las mujeres, al mismo tiempo que enaltece a Laureola y la diviniza de una manera tal que raya en lo inverosímil, en muchas ocasiones parece olvidar lo que pregona y, sin reparar en preceptos, denigra al sexo femenino. Esto lo podemos apreciar de una manera directa en las siguientes frases, “Confía en mis palabras, espera en mis promesas, no seas como las otras mujeres, que de pequeñas causas reciben grande temores. Si la condición mujeril te causare miedo, tu discreción te dé fortaleza, la cual de mis seguridades puedes recibir” (20). Es obvio que en este pasaje Leriano describe a la mujer como un ente asustadizo, incapaz de lidiar con ciertos asuntos debido a su condición mujeril. Aquí se refuerza la idea de que la mujer representa el sexo débil, cosa que, obviamente, no es más que una barrabasada. Pero lo que resulta más extraño y contradictorio es que estas palabras son precedidas por una alabanza colosal por parte de Leriano a su amada. Estamos, indudablemente, ante un caso patológico.

Por lo explicado arriba me resultó extraño que Leriano, tras escuchar a su buen amigo Tefeo hablar pestes de las mujeres, reaccionara refutándolo con firmeza. Aunque, debo confesar que me aproximé con cierta suspicacia a las quince causas y veinte razones dadas por Leriano para defender a la mujer. Veamos, pues, la gran defensa que hace a las mujeres este fiel enamorado. Iniciemos, respetando el orden cronológico de la novela, con las quince causas. La primera dice lo siguiente: “Todas las cosas hechas por la mano de Dios son buenas necesariamente, que según el obrador han de ser las obras: pues siendo las mujeres sus criaturas, no solamente a ellas ofende quien las afea, mas blasfema de las obras del mismo Dios” (33). Detengámonos y reflexionemos sobre este razonamiento. Aquí se plantea que las mujeres son buenas porque son obra de Dios, no por mérito propio. ¡Vaya defensa! Veamos la segunda causa:

Es porque delante de él y de los hombres no hay pecado más abominable ni más grave de perdonar que el desconocimiento, ¿pues cuál lo puede ser mayor que desconocer el bien que por Nuestra Señora nos vino y nos viene? Ella nos libró de pena y nos hizo merecer la gloria, ella nos salva, ella nos sostiene, ella nos defiende, ella nos guía, ella nos alumbra: por ella, que fue mujer, merecen todas las otras corona de alabanza (33).

Si bien no se puede negar que el hecho de establecer una analogía entre la Virgen y “todas las otras” mujeres puede ser halagador por el don divino que posee la primera, hay que ver, empero, que en realidad la segunda causa nos deja con el mismo mal sabor que la primera: las mujeres son buenas porque Nuestra Señora fue mujer. En ese argumento no hay nada que buscar, como tampoco hay que buscar en las causas subsiguientes que, por razón de espacio, me niego a transcribir mas no por ello a dejar de mencionar. En fin, si resumimos todas las causas emitidas por Leriano en defensa de la mujer, no encontramos una sola que diga: debemos respetarlas porque son seres humanos igual que los hombres. No. Según él hay que respetarlas por leyes absurdas, tanto de la caballería, como las religiosas y de la nobleza. También por ser madres, por no buscarse enemigos, por los daños y las consecuencias que la difamación causa a la mujer (que, dicho sea de paso, afecta a los hombres), por mantenerse al margen de las murmuraciones y “Porque de ellas nacieron hombres virtuosos que hicieron hazañas de digna alabanza; de ellas procedieron sabios que alcanzaron a conocer qué cosa era Dios...” (34). Esta última causa es de mis preferidas: a las mujeres hay que respetarlas porque ellas paren a grandes hombres. ¡Qué barbaridad! Si las causas resultan risibles, en las veinte razones, como para no perder el tono, el autor se repite. En cada una de las razones hay por lo menos un hombre y/o un ente divino implicado, ya sea Dios o algunos de sus santos, ya sea un hijo, un padre o un esposo. Leamos la tercera razón que da Leriano:

La tercera, porque de la templaza nos hacen dignos, que por no serles aborrecibles, para venir a ser desamados, somos templados en el comer, en el beber y en todas las otras cosas que andan con esta virtud. Somos templados en el habla, somos templados en la mesura, somos templados en las obras, sin que un punto salgamos de la honestidad (38).

Cada una de las veinte razones, reitero, tiene que ver directamente con la figura del hombre. Por lo tanto, hay que descalificar este discurso hasta que carezca de ese germen ideológico que aún hoy existe: el machismo. Dar una lista de razones para defender a una mujer donde se encuentren argumentos como el escrito arriba y otros menos tolerables (que son amas de casa, por ejemplo; que guardan el dinero que el hombre gana —como si fuesen alcancías—; que ellas hacen que los hombres sean galanes...) es inadmisible y bajo ninguna circunstancia puede ser vista ni tomada como una apología a la mujer. En lo absoluto.

Lo que hace Leriano luego de emitir su majestuoso discurso machista empeora aun más la situación. Buscando probar con ejemplos la bondad de las mujeres, él menciona algunas figuras femeninas y el porqué deben ser consideradas dignas. ¿Preparados? He aquí el primer ejemplo:

De las castas gentiles, comenzaré en Lucrecia, corona de la nación romana, la cual fue mujer de Colatino, y siendo forzada de Tarquino hizo llamar a su marido, y venido donde ella estaba, díjole: “Sabrás, Colatino, que pisadas de hombre ajeno ensuciaron tu lecho, donde, aunque el cuerpo fue forzado, quedó el corazón inocente, porque soy libre de la culpa; mas no me absuelvo de la pena, porque ninguna dueña por ejemplo mío pueda ser vista errada”. Y acabando estas palabras acabó con un cuchillo su vida (40).

¿Es este un discurso feminista? Leriano tampoco cambia de tenor en las otras pruebas que menciona. En todas, las mujeres se suicidan para salvar la honra de un hombre y, desde su perspectiva, eso las engrandece. Aunque muchos críticos digan que en esta obra se defiende encarecidamente a la mujer, yo insisto en que no es así, porque me parece más que obvio que cada una de las barras de la cárcel que edificó Diego de San Pedro está construida bajo la ideología machista.

 

Obra citada

  • Cárcel de amor, Diego de San Pedro.