Letras
Voces de mujer

Comparte este contenido con tus amigos

María

En medio del polvo
de Nazareth
camino por las callejuelas
hacia el mercado.

Miro las uvas
toco la piel dura de las granadas
acaricio al paso
las pequeñas cabezas sucias
de los hijos de las vendedoras
y me pregunto si Él será como ellos
si tendrá grandes ojos oscuros
y piel aceitunada
si se llenará de tierra
cuando juegue con sus amigos
si amará las pequeñas bestias
del Señor
si será enfermizo
y toserá en la noche interminable
o será sano y radiante
como los campesinos
de los alrededores
si será dulce con nosotros
o será lejano
distante
como separado de la tierra
por su pesada carga de ser Dios.

Llevo el mundo en mí
y nadie lo sabe
quizás debería estar orgullosa
pero yo soy
para siempre
la voluntaria esclava del Señor.
Una profunda
serena
humildad me posee toda entera.

Qué hermoso y que duro
es saberse dueña del Misterio
y no poder comunicarlo
aunque quisiera gritar
a los cuatro vientos
frente a la sinagoga:
Llevo en mí al Hijo
del Altísimo.

Pero es mejor callar.
Dirían que estoy loca
o que blasfemo.

Silenciosa
sonrío continuamente
porque me parece oír
de nuevo la voz luminosa
que anuncia la semilla divina
en mi vientre.

A veces
en las noches lloro de soledad
mientras el universo
se agita dulce y violento
en mi interior.

Me duermo
y al despertar
hallo los ojos de José
que me miran indefinibles
tristes
sorprendidos
incrédulos
pero amorosos
mansos.

¿Imaginará él todo lo que
nos espera en el futuro
a causa de este niño suyo
que no es suyo
que llegó hasta mí
en una especie de gran rayo
de eternidad?

Tal vez no.
Pero en su gran bondad
se ha puesto
hace tiempo en las manos
del Señor
que ha querido probarle
como a ningún hombre.

“Buenos días María”.
Susurra tiernamente
y su voz es la misma
del Ángel emisario.
Quién sabe si desde ahora
él tiene ya algo de eterno
en su silente humanidad.

Afuera el sol
el polvo de Nazareth
las risas de los niños
que juegan bajo las higueras.
Adentro el fuego del hogar
la vida de la vida
que se hace fruto
día a día en mi cuerpo
la discreta sombra
del buen José
mi asombro que no cesa.

Y algo en la atmósfera
cerrada de la pequeña casa
algo como el anuncio
del día
y también la tempestad
algo como el presentimiento
de la dicha
y también del dolor.

¿Por qué?
Pregunto absorta.
¿Por qué?
Y no hay otra respuesta
que el viento que juega entre las ramas
de las viñas y parece decir
“Espera, espera, espera”...

 

Ana Pavlova

Vengo desde la música
de Chopin
como una sílfide.

Llego desde Saint Saens
soy un cisne
que muere.

Soy la danza
toda
única
y pura
eterna
inalcanzable

Ni yo misma
he logrado asirme
o comprender
ese aire que sopla
indescifrable
y levanta mi cuerpo
como hoja o como pájaro
y deposita luego
sus cenizas
sus plumas
un jirón
de tules
sobre el escenario
leve
muy levemente.

Vengo
desde la música
y el Génesis
desde la Voz que dice
eterna
que sean hechos
la luz, la brisa
el ritmo, el movimiento
y el vuelo de los pájaros.

 

Frida Kahlo

¿Qué quedará de mí
después de un tiempo?
Mis trajes de poblana
mis joyas
mis recuerdos
irán
en pleno olvido
a otros cuerpos
a otras manos
a otros sueños.

¿Qué pasará con los cuadros
en los que vertí mi sangre
los arroyos secretos
de mis lágrimas
los torrentes de mis sudores
anhelantes
las cataratas silenciosas
de mi desesperación?

¿Quedará mi nombre
en alguna memoria?
¿Me recordarán los que me amaron
u odiaron
los que se detuvieron un instante
en ese camino erizado
de penas y ansiedad
pero también inundado de luz
como un lago en el atardecer
que fue mi vida?

Yazgo.
Espero desde hace años
esa cita
con las pelonas
de José Guadalupe Posada.
Ellas vendrán
galopando
a pie
en coche
con sus grandes sombreros
de plumas
con sus abanicos
sus trajes anticuados
de grandes damas
y sus huipiles coloridos
de mujeres del pueblo.
Llegarán
aunque siempre me han estado
mirando con sus ojos sin ojos
desde las vacías cuencas
de sus huesos.
No las temo.
Nunca temí nada.
O quizás sí.
La soledad
la falta de amor
el dolor excesivo.
Todo eso fue peor que morirse
y lo he sufrido tantas veces
en vida.
¿Por qué habría de temerle a la muerte?

 

María Duplessis

Alexandre
pronuncio esas sílabas
amadas
en medio de la niebla de lo eterno:
Alexandre.

No me contestas.

Me has cambiado de nombre
y has hecho de mí
la cortesana inmortal
dicen quienes todo lo saben:
Margarita Gautier.

Ahora ya nadie se acuerda
de la pobre Maria Duplessis.
Te has cambiado de nombre
ya no eres el joven señor
Dumas
hijo del gran Alexandre.
Eres Armando Duval.

Margarita y Armando
un ramo de camelias
dos vidas que se juntan
se separan
y vuelven a juntarse con
la muerte
para siempre jamás.

¿Sabías que el señor
Giuseppe Verdi
a su turno
me ha cambiado
de nombre?
Sí ya no soy más María Duplessis
ni Margarita Gautier
ahora soy Violeta Valery
la extraviada
que muere
por supuesto
en el último acto.
Y tú ya no eres Armando Duval
sino Alfredo Germont.

Qué confusión de nombres
laberinto de imágenes
e identidades
y sin embargo
exacta la pasión
igual dolor
idénticas separaciones
despedidas
altiveces
y ese final tan triste
siempre el mismo

Yo
dama de las camelias
yo
Traviata
Alexandre,
me da risa.

No soy Margarita
ni tú eres Armando
no soy Violeta
ni canto
mis desvaríos amorosos.
No eres Alfredo
ni cantas tu desprecio
hacia mí
ni tus ternuras
verdaderas o falsas.

Soy en la eternidad
sigo siendo
tu pálida
y enferma amante
deslumbrada por los oropeles
de París
esa María tuya
que quizá amaste.
Nada más
nadie más
y tú continúas
siendo el pequeño Dumas
el cálido Alexandre
que yo amé.

¿Sabes?
La eternidad no admite máscaras, cheri.

 

María Callas

¿De dónde viene esta voz
que me atormenta
me hipnotiza
me hiere y me fascina
me llena de gozo
me da la paz
o me precipita en la locura?

¿De dónde sale este
grito
este alarido
este trinar de pájaros
salvajes
este viento que arrasa
y transforma en desiertos
los imperios?

¿De qué lugar remoto salen
las quejas
los bramidos
los rugidos
de las celosas
las apasionadas
las mujeres terribles
que viven
por mi canto?

Viejos dioses
se encarnan en cada
acento que sale de mi boca
en los sonidos
que en mi garganta nacen
en aquellos
que mi pecho engendra.

Viejos dioses
a los que llamo golpeando
la tierra con mis manos
en Medea
mientras gimo: “¡Numi!”

Y entonces por mis labios
hablan las sibilas
de los templos de Apolo
las profetisas desgarradas
por la falta de fe
de sus escuchas
las parcas
las erinis
las medusas
diosas oscuras cíe la profunda tierra.
Pero cantan también
las sirenas de Odiseo
las magas
las ninfas
las altas diosas
del lejano Olimpo.

¿Por qué vienen a mí?
¿Por qué buscan el refugio
oscuro de mi sangre
para correr en ella?
¿Por qué se hacen tan pronto
de luz o de tinieblas?

Nunca me será revelado
este secreto.
Moriré.
Pasarán sobre mí
las bandadas del olvido.
Y sólo quedará mi voz
para todos los hombres
de esta tierra en la que siempre
fui una extraña.
Quizás la última
epifanía de los antiguos dioses
que volvieron a vivir
gracias a la agonía o la resurrección
misteriosas
eternas
de mi voz.

 

Fedra

Antiguas rencillas entre los hombres
las mujeres
los dioses
y las diosas...
Todo eso pesa sobre mi corazón solar
de lejana hija de Helios.
Tocio eso abruma mi pobre ser de hembra
torturada.
Lascivia inconfesable.

Afrodita
Afrodita
espantosa Afrodita.
No estás hecha de espuma del mar.
Mentira.
Eres un amasijo de entrañas
palpitantes
de oscuros paroxismos
y de semen.
No deberías estar en el Olimpo
diosa temible
sino en el Hades
el mundo de la sombra.
Lo que tú desatas está siempre
cercano de la noche
del corazón
de la oscuridad de la razón y el cuerpo.

Afrodita
Afrodita la vengativa
la implacable.
Hallas en mí la última víctima
de tus viejos rencores.
Yo
la hija de Minos y Pasifae
que dicen los poetas
eternamente agoniza
suda
se retuerce
se arrastra
con su mano en el vientre
gime
atormentada por
el amor imposible
por la pasión impúdica
por el deseo oscuro
¡libídine!
por todas las violencias
que pusiste en su carne y su espíritu
formados por las esencias
de los dioses
pero también por las semillas de los
hombres.

Yo
Fedra
a través de los siglos
sigo siendo el fantasma
de lo prohibido,
Afrodita,
torva madre de la lubricidad.
Muero y no acabo de morir
como una llama amarga y voluptuosa
alimentada por el aceite
del eros y sus insanas fiebres.