Letras
Diario de lector
¿Y si no fue Echeverría?

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El lector que escribe un diario ama El matadero, pero odia los versos de Echeverría. El lector que escribe un diario lee una y otra vez ese texto que las profesoras de literatura de la escuela secundaria le dieron alguna vez, advirtiéndole que no se sabía si se trataba de un cuento largo, un cuadro de costumbres u otras calificaciones que nunca llegó a entender qué importancia podrían tener a la hora de leer y gustar (aunque aquí la palabra gusto debe tener otra acepción, seguramente) de esa mezcla de sangre, barro y mierda que aparecía frente a los ojos, en letras bien prolijitas, bien cuidaditas, bien aceptables para una profesora de la escuela secundaria. El lector que escribe un diario se mete de cabeza en ese relato que es relato de un odio profundo, y lo compara con los versos almibarados y altisonantes que la profesora del secundario prefería cuando les hablaba de La cautiva o Los consuelos. El lector que escribe un diario refuerza la sorpresa que sintió en ese tiempo cada vez que se sumerge hasta la garganta en la violencia de los charcos sanguinolentos del matadero del Alto, en la violencia de esos personajes animalizados que se revuelcan en el barro y los desperdicios y nadan en ellos como esos seres primitivos de los que hablan las historias antiguas con que los chicos se asustaban en tiempos en que se les leía cuentos antes de dormir. Y, mientras goza con la naturaleza animal, goce que supone cercano a ese purgar las pasiones del que hablaba el viejo Aristóteles, recuerda aquellos versos limpios, prolijos, bien enjuagados, peinados y perfumados que aparecen cuando es la tarde, y la hora en que el sol la cresta dora de los Andes. O la imposible escena en que Brian, herido, después de haber sido salvado por el coraje y la fuerza más que humana de María, se detiene y le escupe en la jeta un “ya no eres digna de mí”, porque al capitán de un Billiken avant la letre se le aparece la figura del sexo animal de los indios, el apareamiento que piensa contra natura entre los salvajes y la mujer que fue cautiva, pero antes de ser cautiva, fue blanca y ahora pretende volver a serlo. El lector que escribe un diario hubiera preferido una María que escupiera la boca del que pronuncia tal frase, pero el desarrollo posterior de la narración lo desilusiona, y le hace cerrar el libro. Mejor dicho, saltear páginas hacia las que la edición escolar reserva a El matadero: las últimas, las marginales. Las que verdaderamente valen, si se descuenta la inverosímil intervención verbal del unitario a punto de ser violado y torturado.

Al lector que escribe un diario le asalta, entonces, una sospecha. Y una sospecha que se hace certeza imposible de corroborar. Lo sabe de antemano, nadie lo ha dicho. Conoce la historia de la historia: un borrador encontrado veinte años después en los cajones del poeta —esa era su identidad, no la de escritor de papeles de mierda, barro y sangre— por un amigo diligente y entendido. Presume su asombro, pero la fidelidad lo obliga a pensar en esbozo, en prueba, en intento fallido, en apuesta abandonada prontamente. Lo publica, claro, porque se debe al título que eligió: Obras completas de Esteban Echeverría. Y completas serán, palabra de Juan María Gutiérrez, pésele a quien le pese. Desde su inicio, papel escondido, papel olvidado, papel vergonzante, El matadero incomoda. El lector que escribe un diario supone que incomoda a Gutiérrez, pero que también habrá incomodado al que todos conocían por poeta exquisito, capaz de algún exceso civilizado como La apología del matambre. Pero no hay comparación posible, piensa el lector que escribe un diario. La violencia no está ahí, en ese texto diletante, sino en éste, el proscripto. Y la sospecha aumenta.

 

Otras voces

El lector que escribe un diario lee a Piglia, insertando teoría literaria en un libro de magníficas historietas: una provocación (el libro mismo) y una frase que atribuye a Facundo y a El matadero la fundación de la literatura nacional. Sarmiento escribe el Facundo conlas vísceras, con toda la guasada que le permiten su temperamento (dicen los que intentan adecentarlo) y su origen cercano a aquellos de los que su intelecto le exige renegar. Pero reniega como sólo se puede renegar desde adentro, con la conciencia de ser parecido y querer diferenciarse a pura fuerza de voluntad muchas veces dirigida contra uno mismo. Por eso Facundo sale tan bien en la foto de Sarmiento, tan admirado más allá de lo que su constructor podría permitirse decir en voz alta. Parecido y con ganas de diferente, así sale a la luz la violencia, la altivez, el coraje, el miedo: las formas de acomodarse para vivir en los tiempos que corren (que corrían) mientras Sarmiento escribe. Cada tanto, le salen las explicaciones de hombre leido (sin diptongo, como dicen en el campo) y explica y racionaliza y suma y resta y siempre le da lo mismo: civilización o barbarie. Sarmiento sabe escribir sobre la barbarie, porque él mismo es un bárbaro. Y escribe sobre la civilización, porque la pudo leer en los libros y, después, cuando se le dio vuelta la taba, en los viajes y en la importación no tradicional de maestras. Eso siente el lector que escribe un diario, no deja de sentir que Sarmiento vive en cada capítulo del Facundo. Pero, ¿y Echeverría? Vive, sin dudas en Los consuelos, Elvira, La cautiva... ¿Vive Echeverría en El matadero? ¿Vive Echeverría en un texto escrito antes que el Facundo, pero escondido y encontrado cuando ya Sarmiento había pasado por la presidencia y se estaban preparando en su contra los versos de otro gaucho rotoso y melancólico, torazo en rodeo ajeno?

 

Seguir leyendo

Al lector que escribe un diario le acercan un libro sobre Echeverría: Los cautivos. El exilio de Echeverría, de Martín Kohan. El lector que escribe un diario desecha el subtítulo por concesión a la colección de narrativa histórica de la editorial Sudamericana. Se queda con la primera parte, como también se queda con la primera parte del libro. Y ahí encuentra una feroz descripción de los hombres y mujeres de tierra adentro, tan feroz que no alcanza a ponerles la calificación de hombres. Vuelve a encontrar en la primera parte reescrita la violencia de El matadero, pautada cada tanto por paréntesis de un narrador distante y enjuagado, un naturalista que observa desde lejos y con asco el cuadro que mira como si apareciera en Discovery Channel. Puede ser omnisciente, como le decía al lector que escribe un diario la profesora de secundaria, y exponer los pensamientos de un personaje, pero abrir paréntesis para aclarar, por ejemplo, que “el magma gelatinoso de los pensamientos de Maure, que era prelingüístico”. Los cautivos habla de los paisanos que viven en la pampa y de un Echeverría que nunca aparece, porque se encerró en la casa, nunca se dejó ver y luego huyó. Lo espían por la ventana, mera silueta, pero sólo lo conocen en su obra: la pigmalización de Luciana, la paisana que es su amante y a la que transforma enseñándole a leer y a escribir. La civilización, es decir la letra, transforma la naturaleza bárbara y las distancia irreparablemente.

El lector que escribe un diario piensa que ése es Echeverría: la letra, la distancia de la tierra y los seres que ella pare, por lo que no los puede comprender. Dicen que la escritura cambia radicalmente el pensamiento de una cultura, que no podrá, por la marca indeleble de la huella psíquica que se imprime cuando se aprende, entender otra cultura que no haya pasado por ese proceso. Sólo podrá explicarla.

Echeverría puede escribir La cautiva, donde sólo pule versos para hablar de un paisaje sin hombres, no porque no los haya, sino porque no los ve como distintos de la naturaleza. Otro yuyo más, otro animal más, otro charco más. Echeverría estuvo en Europa, leyó en francés, rimó a la moderna: limpió, fijó y dio esplendor. Pero se mantuvo lejos, encerrado como en la estancia Los Talas que propone Kohan. Sarmiento, para cuando escribía Facundo, se acercaba tan clandestinamente como los personajes de Roberto Arlt a la escritura, a la lectura, a la civilización. Estaba metido hasta las verijas en la tierra, sosteniendo diccionarios y enciclopedias. Queriendo fundar la literatura argentina con una frase en francés, pero escrita con carbón en una piedra solitaria de un paso cordillerano, mientras huía hacia Chile. Ambivalencia no resuelta en ese momento que le permitiría escribir el Facundo. (¿Se podría decir, siguiendo a Kohan, que Sarmiento aún estaba en el período de pasaje de lo pre a lo lingüístico propiamente dicho?

Echeverría no. Desde que aparece en el salón de Marcos Sastre, Echeverría es absolutamente lingüístico: ha dejado las tripas olvidadas, para poder rimar como se debe).

 

La sospecha

¿Y entonces? La sospecha crece. El lector que escribe un diario es libre porque no le debe explicaciones a nadie, excepto a su propio laberinto de lecturas. No tiene bibliografía que lo ampare y no la necesita para sentir adentro lo que siente. El matadero es demasiado diferente del El peregrinaje de Gualpo, de Los libres del Sur y de todos los otros textos que ha ido recordando. El matadero no puede haber sido escrito al mismo tiempo que las otras obras. Pero los que saben lo fechan por los alrededores de la muerte de Encarnación Ezcurra y las cuentas dan simultaneidad. ¿Puede alguien, simultáneamente, escribir tan distinto? Lo único que lo perturba es la voz del unitario: esa sí que es genuinamente impostada. Pero se decide. Y escribe en su libro de la secundaria, pensando en Sarmiento: este cuento no lo escribió Echeverría. Por eso el olvido en un cajón, por eso la no atribución, por eso la sorpresa de Gutiérrez, por eso no lo publicó nunca, como le había preguntado la profesora de la secundaria.

El lector que escribe un diario siente que acaba de descubrir el mayor secreto de la historia de la literatura argentina. Sabe que nunca podrá probarlo pero no le interesa: la academia y sus protocolos le son ajenos. Es sólo un lector y no tiene a mano documentos, testimonios, opiniones que lo avalen. No tiene congresos para debatir, ni simposios para exponer. Es sólo un lector que escribe un diario y en su escritura construye, quizás sólo para sí, como suele ser el destino de los diarios, una organización de argumentos absolutamente rigurosa y coherente, que desdeña las reglas de comunicaciones y ponencias, porque sigue las que tiene a mano un lector: las reglas constructivas de la ficción, esa otra forma de explicar el mundo.