Editorial
Desde el jardín

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La novela de Jerzy Kosinski a la que alude el título de este editorial es sobre el mérito atribuido, en virtud de una serie de confusiones, a alguien que paradójicamente no lo merece. El protagonista es un jardinero cuya casi absoluta mediocridad social limita toda su atención a su oficio. Cuando muere el dueño de la casa donde trabaja, se queda solo en el mundo y a cada persona con que entra en contacto le habla de tareas de jardinería. Pero, contra todo pronóstico, el jardinero gozará de un éxito fundado en la creencia, por parte de quienes le rodean, de que toda su cháchara sobre jardinería es en realidad un juego de parábolas sobre aspectos trascendentales de la vida.

Ante quienes se le acercan, el jardinero se presenta como Chance, the gardener, que en español significa Chance, el jardinero, pero alude también al apodo del personaje, Chance, palabra anglosajona que significa oportunidad pero que también alude a cualquier cosa que ocurre por casualidad. Pero, por su pronunciación, y porque a quienes se les presenta les parece absurda la idea de que el hombre sea realmente un jardinero, será asumido como Chauncey Gardener, y sus interlocutores creerán que los consejos de jardinería que él les da pueden aplicarse para tomar sus decisiones. A ninguno se le ocurrirá pensar que Chance es realmente un jardinero, entre otras cosas porque ello pondría al descubierto la estupidez en que incurrieron. Así, Chance alcanza cierto respeto social gracias a que sus interlocutores son tan mediocres que no pueden reconocer a un mediocre cuando lo tienen en frente. La novela es, por supuesto, una crítica ácida a la inautenticidad, ese defecto que nos impide reconocer nuestros propios defectos.

Es algo en lo que hemos estado pensando estos días a raíz de cierto episodio ocurrido en México que involucra a la figura inabarcable de Octavio Paz. Nos referimos a la negativa de los diputados mexicanos de inscribir el nombre del autor de El laberinto de la soledad, en letras de oro, en el Muro de Honor del Palacio Legislativo, y la recuperación posterior de la idea por parte del Senado de la República y de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal.

El hecho es a estas alturas harto conocido y lo hemos descrito en una de las notas de esta edición. La Cámara de Diputados no aprobó la idea original por considerar que Octavio Paz no llena el perfil requerido para que su nombre goce del privilegio de estar en el mencionado Muro de Honor, pues él “no colaboró para la construcción del Estado mexicano”. De haberse aprobado, Paz habría estado entre los personajes históricos y héroes de la independencia de México. Allí están ya los poetas Nezahualcóyotl y sor Juana Inés de la Cruz, el educador Justo Sierra y los diplomáticos Isidro Fabela y Genaro Estrada, entre otros.

No consideraron los diputados la intensa labor cultural de Paz, su presencia invaluable como uno de los faros humanos no sólo de los mexicanos, sino del mundo entero. Tampoco parecieron recordar la reacción de Paz a los hechos de 1968, cuando el gobierno mexicano masacró salvajemente a los estudiantes reunidos en la Plaza de las Tres Culturas, en el barrio de Tlatelolco de Ciudad de México. En aquel momento, Paz, en una actitud vertical por demás, renunció a su cargo como embajador en India y se convirtió en uno de los más acérrimos acusadores del gobierno de su país.

Todo habría quedado hasta allí sin mayores consecuencias, como pasto del olvido. Sin embargo en las otras dos instancias gubernamentales se aprovechó la coyuntura para proponer homenajes similares, como una forma de respuesta a la actitud de los diputados. Así, el Senado rebautizará una de sus salas con el nombre del Premio Nobel 1990, mientras que en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal se ha propuesto una inscripción similar, en oro, en el también llamado Muro de Honor del recinto legislativo, propuesta que fue elevada por un político que no dudó en exaltar la labor de él y de sus colegas “como representantes populares” por ser capaces “de generar sinergias en torno a un proyecto de esta naturaleza”, al considerar justo que la Asamblea “abra un espacio para que el nombre de Octavio Paz perviva”.

Es claro que el nombre de Octavio Paz no necesita de inscripción alguna en oro para pervivir: ya se extiende más allá de cualquier horizonte. Su importancia no puede circunscribirse sólo a la construcción del Estado mexicano: es uno de los nombres capitales del pensamiento contemporáneo. Insistir en “honrar” el nombre de Octavio Paz de esta forma no es realmente un homenaje al escritor, sino un homenaje que se hacen los políticos para demostrar su valía “como representantes populares”. Ellos son un poco como Chance, the gardener, y cuando se revisa sus méritos para conducir un país uno se encuentra con muestras de tal mediocridad que uno termina preguntándose, quizás sin querer conocer la respuesta, cómo llegaron hasta allí.