Sala de ensayo
Roberto BolañoSobre lo posible y lo imposible en unas ratas de Bolaño
Pepe el Tira como subalternidad crítica

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El propósito de estos átomos de presentimiento es reflexionar en torno a Pepe el Tira entendido como sujeto subalterno crítico, rescatando algunas de sus particularidades en el marco de la narración “El policía de las ratas”. De esta manera, daremos cuenta de algunas observaciones generales sobre los enfoques de las teorías críticas, en relación a perspectivas postcoloniales. Haremos uso como referentes principales, de algunos escritos de Ranajit Guha y del ensayo Sade o la imposibilidad, de Leopoldo María Panero.

Entendemos la escritura de Bolaño como una gran obra, un entramado complejo de citas sobre citas, intertextos, metatextos, circuitos de intensidades, túneles de ratas, líneas de fuga,1 donde un intento de visión totalizante sobre ella, por lo demás imposible, viene a contradecir en principio la obsesión del autor, plasmada en sus dichos y en el marco de sus escritos, por personajes sin pertenencia, errabundos, proyectos inacabados y sus relaciones en tensión respecto a la tradición cultural y literaria, respecto a las historias oficiales, al academicismo y lo político tradicional, en tanto quehaceres manados desde los intereses de las hegemonías.

Piénsese, en las páginas de Bolaño, la figura del poeta menor, del detective, del policía (de Pepe el Tira en este caso) movido por un afán indagativo, en devenir por los intersticios, en las orillas o en las madrigueras, en los túneles ramificados por estos roedores dentro de las alcantarillas, si se quiere, como expresión de una subalternidad crítica.

Mundos narrativos múltiples, donde se mueven personajes cuyo sino es la extranjería, más allá de cualquier referencia geográfica o temporal; extranjería cargada a un tiempo, como condena y como única llave posible a lugares vividos con mayor lucidez, pero no más felices ni menos intrincados. Vale en este punto una primera cita al policía de las ratas:

“Y a mí me llaman Pepe el Tira porque soy, precisamente, policía, un oficio como cualquier otro pero que pocos están dispuestos a ejercer. Si cuando entré en la policía hubiera sabido lo que hoy sé, yo tampoco estaría dispuesto a ejercerlo” (Bolaño, pp. 53-54).

 

Las subalternidades críticas como formas de lectura

Más allá de su momento de gloria, el proyecto intelectual de los análisis postcoloniales sigue vigente, en problemáticas que trascienden la mera historiografía, entendido el vínculo de ésta con aquella parte interesada que sostiene y fortalece el “estatismo”, comprendido como ideología “que autoriza que los valores dominantes del Estado determinen el criterio de lo que es histórico” (Guha, 2002).

El papel del descentramiento, de la redistribución del poder, es la base y motor del desarrollo del grupo de estudios subalternos surgido en la India en 1982 —cuyas figuras fundacionales fueron Ranajit Guha, Edward Said y Homi Bhabha—, y de aquellas profanaciones que vinieron a llamarse perspectivas postcoloniales y teorías críticas (plurales desde su base), entendidas como proyecto político deconstructivista.

Se muestra su pertinencia en tanto persiste la necesidad de descentrar los preceptos heredados, las continuidades de sentido percibidas como inmóviles, ya no sólo del eurocentrismo, sino de cualquier dispositivo de poder hegemónico que dicta y sostiene una norma sin revisión analítica sobre ella.

Es el mismo Ranajit Guha quien se refiere a estas perspectivas como profanaciones que vuelven a textualizar los discursos, permitiendo su retorno al lugar en la historia (1999, p. 50), pero no sólo es el trabajo de rescate de textos ocultos, olvidados o poco conocidos, sino también la relectura de los textos canónicos y la incorporación de fuentes antes simplemente ignoradas como objetos válidos de reflexión, entre ellas, estampitas de santos, graffitis, recados, anuncios comerciales, inodoros, etc.

En lo fundamental, se trata de nuevas formas de leer los discursos, nuevas en tanto cada uno de los acercamientos promueve el desplazamiento de los significantes y la sospecha. Se trata de resemantizar “la realidad” entendida como tejido complejo, se trata de leer desde una forma de pensamiento que subvierte la lógica jerárquica centro/periferia, de sobrevuelo, de dominio y su apariencia de inmovilidad; lógica, las más de las veces, reproducida en términos precognitivos por las mismas subalternidades.

Se descarta de plano, según nuestra perspectiva, la manida separación entre teoría y política,2 puesto que la subversión comprende la disolución de sus límites; se sobreentiende el valor político que subyace en cada gesto del subalterno, desde una manera de moverse, de vestirse, hasta la lectura entendida como reescritura que se piensa a sí misma (Olea, p. 153). Todo ello legítimo de ser objeto de estudio, en tanto representaciones problemáticas en relación con la otredad, lejos ya de las dicotomías simplistas entre lo popular y lo culto, entre lo espurio y lo puro, polaridades muchas veces esencializadas desde los mismos pensadores que han venido a cuestionarlas o, sobre todo, desde las lecturas que se han hecho de su pensamiento.

En lo concerniente a estas formas de leer, resulta pertinente Jacques Derrida cuando comenta sobre la deconstrucción:

“Se trata, entonces, de una estrategia radicalmente política: desplazar y reelaborar lo que siempre ha sido minorizado, oprimido, reprimido, despreciado, dominado; mostrar que aquello que es dominado desborda y constituye lo que domina” (1977, p. 20).

En ningún caso un situarse afuera en términos convencionales, sino un conocer los fundamentos sobre lo cual se habla desde dentro, “del modo más fiel, más interior, pero al mismo tiempo, desde un cierto afuera incalificable” (p. 20). Sería precisamente este (no)lugar, esta ajenidad al interior, y no otra cosa, la que permitiría entonces a quien elabora discurso (al outsider), percatarse del funcionamiento de las estructuras, desde el mismo momento que toma conciencia, en mayor o menor medida, de un estatus distinto de las centralidades, por lo menos de manera provisoria y a nivel de una cierta microscopía. Sería su, hasta entonces, ocultación o invisibilidad, lo que justificaría en primer término la nueva y particular revisión sobre el objeto de reflexión.

La resta, el n-1 del pensamiento rizomático; el poder de la lectura como ejercicio de reescritura sobre los objetos entendidos como textos portadores de verdad, pero fundamentalmente inasibles; la conciencia del mundo como modelización, no abre lo social a su necesaria autodestrucción, sino que plantea la necesidad de fijar parámetros por medio de la apertura en el diálogo y del permanente ejercicio de revisión sobre las certezas.3 Labor crítica como derrota anticipada, dada su exigencia permanente, símil de la labor de nuestro policía, “pues las labores de un policía no terminan jamás y nuestros horarios de sueño se deben amoldar a nuestra actividad incesante” (Bolaño, p. 59).

 

Pepe el Tira como subalternidad crítica

Según observa Mabel Vargas en su revisión (2005), existe un estrecho vínculo entre los relatos policiales y el proyecto de la Modernidad. Entendidos estos relatos como escrituras espejo de las ideologías de control del Estado burgués, en la Europa de los siglos XVIII y XIX, de la mano de los naturales intereses moralizantes en pos de salvaguardar su patrimonio. Se reordena así la tipificación del pueblo (ahora moral; bueno) en oposición al delincuente (inmoral; malo) como peligro-enfermedad frente al cuerpo social todo.4 Consecuentemente, el fracaso de la Modernidad traerá consigo, en el siglo XX, primero en EEUU y después en Latinoamérica, la reelaboración del canon del policial en el origen del llamado género negro.5

Por su parte, el edificio, la torre de gran altura, así como la visión planimétrica del plano moderno, vienen a evidenciar un afán de dominio, de vigilancia, un intento de asir cuanto existe por medio de la sumatoria que oculta la contradicción de, a fin de cuentas, ver poco en esa totalidad detenida y/o distante desde lo alto. El plano moderno, según Gorelik, parafraseando a De Certeu, puede ser visto como “el triunfo de la visión objetivante de la realidad que inaugura la representación perspectívica, en tanto comprensión moderna de un espacio-tiempo homogéneo y matemático” (2004).

Las nuevas lógicas de sentido sostenidas por la sospecha, responden al fracaso del proyecto moderno, comprendiendo el mundo, los discursos, esos “registros imaginarios”6 (Malaurie), como meras versiones de otra cosa, versiones, por tanto, siempre ideologizadas.

Leemos en “El policía de las ratas” un escape al ojo de Dios, una desaparición salvaguardada por el escenario protosocial del anonimato citadino (Giannini, 1999), fuga que parece decirnos que lo más real de lo real (múltiple), ocurre fuera del alcance de esa mirada-máscara estandarizante e higiénica de la torre panóptica.

Este punto el relato en cuestión lo lleva al extremo, a saber, no se está lejos del ojo de Dios, por ejemplo, en la calle, en poblaciones periféricas, en cuartos cerrados, sino en una sociedad que vive bajo tierra, una sociedad tan distinta a la de la humanidad como similar en principio; no ya una sociedad de humanos/as, sino de ratas de alcantarilla donde, a su vez, lo más real de lo real ocurre en los espacios más al margen de lo marginal,7 espacios evitados por los mismos roedores, las llamadas “alcantarillas muertas”:

“Las alcantarillas muertas son lugares que por una causa o por otra han sido olvidados. Los que cavan túneles, cuando dan con una alcantarilla muerta, ciegan el túnel. El agua residual, allí, diríase que fluye gota a gota, por lo que la podredumbre es casi insoportable. Se puede afirmar que nuestro pueblo sólo utiliza las alcantarillas muertas para huir de una zona a otra. La manera más rápida de acceder a ellas es nadando, pero nadar en las proximidades de un lugar así entraña más peligros de los que normalmente aceptamos.

“Fue en una alcantarilla muerta donde dio comienzo mi investigación” (Bolaño, pp. 60-61).

En relación a lo anterior, piénsese en Deleuze y Guattari cuando escriben:

“Aquello que, dentro de las grandes literaturas, se produce en las partes más bajas y constituye un sótano del cual se podría prescindir en el edificio, ocurre aquí a plena luz; lo que allí provoca una concurrencia esporádica de opiniones, aquí plantea la decisión sobre la vida y la muerte de todos” (2001, p. 29).

Entendemos al subalterno crítico como un sujeto menor que textualiza todo desde y hacia sí, sin una clara frontera de sus propios contornos frente a lo extrínseco. En su devenir por la ciudad-página todo es político,8 lo real y la ficción son ahora uno solo, todo se vuelve discurso, carencia: todo es texto y ya sólo puede él, el subalterno, comprender(se), en términos de un sobreviviente:9 “lo raro es lo normal, la fiebre es la salud, el veneno es la comida” (Bolaño, p. 70).

La conciencia de sí (lucidez como condena), lo hace también seguir un nuevo ritmo, una velocidad más propia. A los ojos de Pepe el Tira, el tiempo de libertad se limita a las horas de sueño, en función también de la adecuada continuación laboral. El movimiento frenético de sus congéneres parece no ser sino apariencia de libertad y propósito, mera cáscara de un accionar vacío. Movimientos absurdos, furiosos, que parecen no beneficiar a nadie; juego que al mismo tiempo que intenta negar lo imposible, conoce ya el carácter de sobreviviente del cuerpo social, carácter evidenciado en su misma ocultación:

“los túneles que mi pueblo cava sin cesar, túneles que sirven para acceder a otras fuentes alimenticias o que sirven únicamente para escapar o para comunicar laberintos que, vistos superficialmente, carecen de sentido, pero que sin duda tienen un sentido, forman parte del entramado en el que mi pueblo se mueve y sobrevive” (p. 54) [el destacado en cursiva es nuestro].

Negación en el juego10 que permite quitarle protagonismo a la muerte del socius, en aquello que subyace en ciertos imposibles como, en este caso, el asesinato entre congéneres sin más finalidad que el asesinato mismo.

“Aunque a la larga, como un castillo de naipes, todos los simulacros se derrumban. Vivimos en colectividad y la colectividad sólo necesita el trabajo diario, la ocupación constante de cada uno de sus miembros en un fin que escapa a los afanes individuales y que, sin embargo, es lo único que garantiza nuestro existir en tanto que individuos” (p. 57).

Analogía de la apariencia posideológica de la sociedad actual, basada en el funcionamiento de la economía, comprendida en términos de ordenamiento supuestamente objetivo. Una sociedad sobrevigilada, donde ya no son personas concretas los usufructuarios de la desigualdad, sino sistemas productivos que trascienden a los sujetos y a los espacios. Cuerpo sobreviviente en tanto condenado por las enfermedades crónicas de lo imposible. Una sociedad (cuerpo) de ratas sin líderes, sin un Estado (cabeza) efectivo; movimiento frenético de un cuerpo sobrevigilado por los policías, los tiras, personajes éstos también autómatas, afanados en mantener las cosas tal cual. Vale recordar las palabras del comisario hacia Pepe:

“Ya bastante complicada es la vida real para encima añadir elementos irreales que sólo pueden terminar dislocándola [...] la vida, sobre todo si es breve, como desgraciadamente es nuestra vida, debe tender hacia el orden, no hacia el desorden, y menos aun hacia un desorden imaginario” (p. 74).

 

“El gaucho insufrible”, de Roberto BolañoHacia un cierre de este juego

Entendemos que las posibilidades de dislocación desde las subalternidades no deben ser entendidas como esencia, ni en estratos en función de una visión simplificada sobre el par hegemonía/subalternidad como lugares estancados. Será un posicionamiento consciente, en devenir, el que abrirá la posibilidad de subvertir los centros, el que abrirá la posibilidad de elaborar discurso y deconstruir desde su diferencia. Ha de comprenderse cada fenómeno en su complejidad, incluido el pensar y pensarse como labor exhaustiva y permanente.

Pepe el Tira, por medio de su remembranza, da cuenta de un desplazamiento, en tanto va tomando conciencia de su subalternidad. Subalternidad entendida como lugar otro (“Como un habitante de la luna yo recorría las alcantarillas y conductos subterráneos”, p. 72). Desterritorialización (Deleuze; Guattari, 2001, p. 28) que le permite percatarse del sinsentido de la arbitrariedad de los ordenes naturalizados desde los discursos del deber ser, y del frágil artificio del límite entre lo posible y lo imposible.11

Tómese como patente evidencia de la dislocación en la relación yo-otro, por ejemplo, la pérdida de las certezas en que el narrador personaje nos sitúa desde el comienzo en la repetición constante del “tal vez”; expresiones como “¿Cuánto hay de verdad y cuánto de broma en estas historias? Lo ignoro” (p. 61); el desdoblamiento del sujeto en declaraciones como: “Al principio, cuando aún no tenía experiencia, estos hallazgos me sobresaltaban, me alteraban hasta un punto en el que yo dejaba de parecerme a mí mismo” (p. 55) [el destacado en cursiva es nuestro].

Pepe el Tira como subalternidad crítica, como conciencia de un yo que sobrepasa los límites de lo posible, subalternidad que dado su carácter excepcional, viene a fracturar el vínculo con el otro. No obstante, él mismo vuelve permisible su anomalía por medio de la escritura (puente con el otro), permitida en tanto palabra objetivada que lo remite a una suerte de no existencia:12

yo ——— escritura ——— Otro

Actualicemos la socorrida fórmula que ve en el victimario y en la víctima a la misma persona, y unámosla a lo escrito por Andrés Ajens: “Un monstruo muestra, en su patente excepcionalidad, la historia de la norma, dicho está, de una cierta normalidad (que, al cabo, pudiera relevarse ella misma no poco monstruosa)”; pensemos ahora en el encuentro entre Pepe y Héctor (el asesino), vistos como dos caras de la misma moneda:13

No entiendes nada, dijo. ¿Crees que deteniéndome a mí se acabarán los crímenes? ¿Crees que tus jefes harán justicia conmigo? Probablemente me despedazarán en secreto y arrojarán mis restos allí donde pasen los depredadores. Tú eres un maldito depredador, dije. Yo soy una rata libre, me contestó con insolencia. Puedo habitar el miedo y sé perfectamente hacia dónde se encamina nuestro pueblo. Tanta presunción había en sus palabras que preferí no contestarle. Eres joven, le dije. Tal vez haya una forma de curarte. Nosotros no matamos a nuestros congéneres. ¿Y quién te curará a ti, Pepe?, me preguntó. ¿Qué médicos curarán a tus jefes?” (p. 81).

Efectivamente Pepe es también un asesino de ratas, mata a Héctor hacia el final, pero aquí importa más otro asesinato, uno mayor: si el loco asesino es libre en su renuncia a la dependencia del otro,14 en Pepe, la objetivación inherente en el ejercicio de narrar, de racionalizar los acontecimientos en lo escrito, es una señal inequívoca de su derrota; derrota del subalterno crítico, de su posibilidad de independencia de lo social; asesino en tanto su escritura, como juego que impone una máscara al proyecto colectivo enfermo, admite en su enmascaramiento la calidad de sobreviviente de lo social, del otro, del yo. Al finalizar una última cita al policía de las ratas:

“Aquella noche soñé que un virus desconocido había infectado a nuestro pueblo. Las ratas somos capaces de matar a las ratas. Esa frase resonó en mi bóveda craneal hasta que desperté. Sabía que nada volvería a ser como antes. Sabía que sólo era cuestión de tiempo. Nuestra capacidad de adaptación al medio, nuestra naturaleza laboriosa, nuestra larga marcha colectiva en pos de una felicidad que en el fondo sabíamos inexistente, pero que nos servía de pretexto, de escenografía y telón para nuestras heroicidades cotidianas, estaban condenadas a desaparecer, lo que equivalía a que nosotros, como pueblo, también estábamos condenados a desaparecer” (p. 84).

Escrito presentado como ponencia en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta, Perú, el 23 de octubre de 2007.

 

Notas

  1. Circuitos de intensidades, túneles de ratas, líneas de fuga, todos conceptos tomados de los libros de Deleuze y Guattari especificados en la bibliografía.
  2. Nos respaldamos en Foucault cuando en su diálogo con Deleuze dice: “Por ello, la teoría no expresará, no traducirá, no aplicará una práctica, es una práctica. Pero local, regional, como tú dices: no totalizadora. Lucha contra el poder, lucha para hacerlo desaparecer y herirlo allí donde es más invisible y más insidioso, no lucha por una “toma de conciencia” (hace mucho tiempo que la conciencia como saber fue adquirida por las masas y que la conciencia como sujeto fue tomada, ocupada, por la burguesía), sino por la zapa y la toma del poder, al lado, con todos los que luchan por ella, y no en retirada para esclarecerlos. Una ‘teoría’ es el sistema regional de esta lucha”. Texto en línea, referencia especificada en la bibliografía.
  3. Señalamos ideas generales contenidas en la bibliografía detallada al final, o de lecturas revisadas en el curso para el cual este escrito fue presentado.
  4. En lo tocante a la sociedad metaforizada como cuerpo humano/a, tendremos como referencia las observaciones formuladas por Susan Sontag, en el libro especificado en la bibliografía.
  5. Para una revisión acabada del género policial y el género negro, consúltese en línea el texto de Vargas incluido en la bibliografía.
  6. “Una palabra escuchada, pronunciada o leída (lo simbólico) remite en el psiquismo a una representación (lo imaginario), reflejo de una cosa concreta (lo real). Sólo nos es dado acceder a “la cosa” por intermediación obligada de imagen y símbolo, por eso decimos que nuestra experiencia vivencial está constreñida a estos dos registros. Debemos dejar sin embargo constancia de que lo que llamamos “lo real” no solamente abarca el mundo de las cosas concretas, sino una porción de nuestro psiquismo, tan inaccesible como la verdad última de cualquier objeto”. Mario Malaurie, texto en línea especificado en la bibliografía.
  7. Piénsese en lo improbable de un proyecto de mapeado de los túneles cavados por las ratas, en relación al texto como un devenir inseparable de las nuevas lecturas, en relación al rizoma, en relación a la literatura menor y en relación a cuanto se estime conveniente.
  8. Así como en las literaturas menores según observan Deleuze y Guattari. 2000, p. 31.
  9. Para Lyotard, la expresión sobreviviente entraña que una entidad que debería haber muerto todavía está viva. Ver referencia bibliográfica especificada.
  10. El juego, ganarle tiempo al tiempo. Piénsese en el nexus 6 y la partida de ajedrez en Blade Runner, piénsese en Antonius Block y su partida de ajedrez con la Muerte en El séptimo sello. Piénsese en cualquier ejemplo más apropiadamente “literario”.
  11. “Lo imposible es no lo prohibido por una determinada ley, sino lo que prohíbe toda ley, lo que escapa a toda razón ‘social’. [...] lo que cualquier estructura social necesita prohibir para mantenerse; lo imposible es lo asocial puro” (Panero, p. 5).
  12. La escritura “es actualmente la encargada, en lugar de la moral que se ha vuelto un arcaísmo, de imponer al hombre su máscara, de encerrar el espíritu infinito e indiferente en los límites de la escritura” (Panero, p. 9).
  13. Piénsese en el final de Batman: la broma asesina (Moore; A.; Bolland, B. 1988. DC Comics, EEUU) o piénsese en cualquier ejemplo que sirva al caso.
  14. “La locura es también algo prohibido e imposible, impensable, por cuanto ignora junto con los otros dos —el yo y la relación medida con el otro— el tercer término de triángulo, no se somete a la escritura.

 

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