Letras
Dos textos

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Heideggeriano

Murmuro tranquilamente algo indescifrable a tu oído derecho. Tú, apacible a pesar de los salvajes golpes que emana tu pecho desde su núcleo, me volteas brusca y pasionalmente el rostro para susurrarme la respuesta exacta con la que siempre concluye nuestro pequeño e interminable diálogo. No sé si pudiera pedir más. Irremediable y agotadoramente, todo termina estupendamente y yo no puedo más que finalizar alargando mi sonrisa. Por fin, puedo sentir el aire entrar a mis pulmones a través de la impresionante ola calurosa que destilaba tu cuerpo, e inspiro una tremenda bocanada de aire “puro” para poder volver a percibir aquel olor dulce que corre por tus muslos y que nace justo en las venas más cercanas a tu corazón.

Con una fuerza sobrehumana, me avientas al lado derecho de la cama sin previo aviso y me preguntas en voz baja y lenta “¿Todavía queda agua?”. A mí casi me da un infarto y te respondo entre sorprendido y molesto —Ya sabes dónde está el agua de jamaica, y si ya no hay, puedes hacer más. —De un momento a otro bajamos desnudos los 3 o 4 escalones, te envoltijas y nos disponemos a comer. Pasamos de la sopa a los frijoles bayos (que no son del todo tus preferidos) y pasados 10 minutos después de limpiarme los dientes con un palillo, me despido de ti. Me regalas un dulce y tierno beso e hilarante me dices: —Te veo en la noche mi cielo, que te vaya bonito. —Anonadado y pensativo me alejo unos cuantos pasos, acercándome a la puerta y pienso para mí mismo —¿Quién la entiende? —Cierro la puerta y aún alcanzo a oír el grito desesperado por una oreja que lo escuche de —No olvides que te amo —pero me alejo sin voltear y doy la señal de que llevo prisa.

En el transcurso del día, no puedo más que pensar en el porqué serás así de rara conmigo y me deleito escuchando la sinfónica estación sintonizada por el finísimo chofer de un microbús destartalado a manos de la “preciosa” ciudad que es el Distrito Federal. Interrumpiendo su melodiosa y afinada voz, el chofer grita amablemente —Si le pasan bien por en medio de las dos filas por favor. —Cortésmente le hago un corte de manga y desde el fondo de mis entrañas pienso que todo sería más fácil si tuviera mi propio auto. Pero callo la mayor parte de mis insultos, porque si no, es muy probable que su chalán de 15 años me ande partiendo mi madre. Tres, quizá cuatro veces más, el esbelto chofer interrumpió la balada más dolorosa de los Bukis para recalcar en que no van a caber las otras 30 personas que desean subir al pesero si no nos doblamos a la mitad y nos sentamos en las piernas de las otras 30 personas que van incómodamente sentadas. Finalmente, llego a mi destino y mis entumecidos pies intentan no sufrir los estragos de los pisotones que me dieron alrededor de 24 pares de zapatos de tacón de aguja. Camino un poco más apresuradamente y veo en el reloj del celular que temprano ya no es y que si deseo llegar, tendré que correr.

En el camino, sufro una vez más tratando de entender a mi mujer en sus variadas máscaras y me encuentro a uno de esos pequeños entes que, en múltiples ocasiones, cuentan alguna gracia y otras tantas solamente comentan lo que los medios ya repitieron una media docena de veces entre los tres noticieros que tienen al día. Me empieza a contar que tiene traumas con sus relaciones amorosas, y en vez de apoyarla, me dedico a mover la cabeza y a decir en orden estrictamente aleatorio —A órale —Y luego —No pues queéfeo... —Después de ir a la mitad de su plática, este pequeño ser indefinido cae en la cuenta de que mi atención en su tema es nula y trata de jalarla inesperadamente preguntando —¿Sí me entiendes no? —A lo que yo contesto felizmente —No pues qué feo. —La desesperación total es alcanzada por este pequeño ser, al verme reír tremendamente y en un arranque de esos telenovelescos, me señala con la punta del dedo y en tono bastante enojado, me dice —¡Eres un malo! —Sigo riendo y me sigue apuntando con su dedo intentando convertirlo en un rifle de dos cañones cargado con balas expansivas. Más molesta y sin ningún tapujo, me dice —¿Y por lo menos me vas a decir de qué te ríes?... —Poderoso, casi inmortal y a sabiendas de que soy un verdadero cínico, le contesto —¡Ah! Es que me acabo de echar un pedo...

 

Hoy tuve tiempo

Hoy tuve tiempo de desayunar en mi cama, de tomar la leche fría, de saborear sorbo a sorbo y trago a trago lo dulce de esa nueva marca que compras en la bodega gringa. —Tiene más consistencia —me dices cuando estamos callados y necesitamos alivio. Dejo el vaso, suspiro largamente, me abalanzo sobre mi brazo izquierdo, parpadeo por decenas y termino de despertar bostezando. Con gran esfuerzo pero renovada energía; me sostengo durante un instante sobre el alter-ego del primer brazo y lentamente me incorporo tratando de hacer tronar mi médula espinal. Unidas las piernas, en posición de ejercitar los abdominales y hacer gimnásticos, traslado hacia la derecha ambas piernas, las desdoblo y cautelosamente poso los pies unos centímetros arriba de las tiras de madera que conforman el piso de la habitación. Por ser jueves, insisto en la peligrosidad de adelantar el pie izquierdo del diestro a dejar el mundo de las fantasías y colocarlo en el de la agonía, y me impulso con ambas manos hacia el aire para asegurar la permanencia y colocación de ambas extremidades en un mismo lapsus.

Hoy hubo tiempo de prender el boiler para bañarme con agua sumamente caliente. Con la bata de franela puesta y las perillas de aluminio inoxidable frente mío, decidí desnudarme y refrescar mi alma de los calores veraniegos. Disfruté el bendito chorro de agua que por lo general maldigo por las urgencias ocupacionales e inclemencias del tiempo; shampoo rojizo olor manzana y densa espuma para afeitar me dieron la clave de una cabeza fresca. Hidratados hilos, recorren mi cuerpo y pelean a muerte con el pedazo de tela marítimo, ayudo un poco al némesis del cuerpo acuoso y sigue siendo temprano.

Tirado sobre el sofá, increpo a los dioses más salubres días como hoy. Me encojo y recuerdo mis felices e inmemorables días fetales, cierro los ojos, vuelvo a parpadear y estiro todo mi cuerpo de manera repentina, los brazos al aire, las piernas extendidas, la bata abierta y el sexo sin censura me causan un grito de júbilo y liberación. De la misma forma que me metí al mundo de los vivos horas antes, me aviento a la realidad controlada por las leyes de ética y moral y pienso en lo prudente que sería salir vestido a la calle. Y si no usara ropa interior —no sé si lo dije o lo pensé, pero no importa porque el inconsciente habló por sí mismo. Sin calcetines, al contrario de la mayor parte de los hostiles días, me quedo observando detenidamente mis falanges inferiores. Me paro nuevamente de mi lugar, me encorvo lo suficientemente necesario para ver con el alma mis portadores de zapatos, tomo la toalla que se encontraba asentada en el respaldo del sillón y entiéndase esto: Hoy me dio tiempo de cortarme las uñas.

Recorto un poco más esta y un poco menos la otra; una sale disparada y me divierte el soñar despierto que se le clavará a alguien en un ojo como en las películas de antaño. Hoy tuve tiempo de pensar todo esto, hoy tuve tiempo de imaginar, de crear, de pegar colores a las paredes de tirol blanco, de abrir las ventanas y saludar a la vecina, también tuve tiempo de verla contonearse mientras tendía la ropa y dibujarme un gesto de satisfacción en todo el cuerpo. Hoy tuve tiempo, además, de tomar el camión temprano, tuve tiempo de saludar al chofer del camión al subirme y no molestarme porque solamente me preguntara a dónde iba: —¡Ay vamos! Si ya sabes dónde me bajo amigo, siempre corro intentándote alcanzar cuando ya vas en la siguiente parada y tú aceleras más —pensé, pero jamás te he guardado resentimiento, siempre me molesto conmigo y me reprocho el “hubiera”. Hoy tuve tiempo de irme sentado y entrar a la ciudad unos minutos antes de su acabose. Hoy tuve tiempo de sonreírle a la gente al pasar cuando me veían mover los labios al momento que vibraban los audífonos con la música que ya casi no escuchaba. Hoy, simplemente “Hoy” ya es tiempo y Hoy tuve tiempo de salir a tiempo y con tiempo de sobra para perder el tiempo. Hoy tuve tiempo de hacer muchas cosas, hoy caminaba feliz, hoy tuve tiempo de vivir para mí, pero olvidé llamarte.