Letras
La fundidora

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A Oscar Eduardo Albahaca

El viejo edificio de la fundidora se alzaba remoto y patético, recortando el espacio como la hoja de una guillotina, algo sesgada e imponente en medio de la nada. Las viejas paredes mostraban los raspados bloques de arcilla en inmensos agujeros sin cal, amenazando con sus rasgos de máscara a esa hora de la tarde. Mientras caminaba, medía la distancia, salvando los antiguos rieles de los vagones detenidos hace más de un siglo y entre las piedras escarpadas, una maleza desértica espinaba sus piernas. A lo lejos, el sonido de la modernidad y las salas de la Cinemateca, construida entre las ruinas de modo arquitectónicamente prodigioso, le hicieron acelerar el paso, cogida como iba, del brazo de sus amigos. El aviso de: “Prohibido el paso” era una tentadora invitación para la salida, una vez terminara la función de cine que los llevó hasta allí.

Frida y sus compañeros recordarían por mucho tiempo aquella noche de cine, la película y su propia historia contada por el omnisciente narrador, quien jamás estuvo ahí.

Sobre la vieja fundidora se ciernen las leyendas, que la gente hilvana con la gama de sucesos que ocurrieron, además del abandono posterior de las instalaciones, lo cual supone, de por sí, una atmósfera pesada, reseca. El campo de cultivo para una historia fantástica. ¿Qué es el ambiente sin su descripción sórdida y escalofriante? Un hueco para ser llenado con el perfil de los personajes obsesionados, histéricos, asustados, paranoicos o mudos.

Los estados sicológicos perturbados por la fuerza del horror ante lo desconocido dentro de las posibilidades de la mente. Así, la noche y la sombra no pertenecen a una noche cualquiera, es la noche de la aurora boreal, la noche de Ana y Oto, la noche de los contenidos iguales, la noche palíndromo donde estás sordo o ciego, y la palabra es mágica, pero las cosas se salvan al contacto y se transformará en una fantasmagórica experiencia que a nadie le es ajena; traspasar la puerta, ese umbral presente desde la infancia de todos los hombres, un camino oscuro y estrecho oculto en los recuerdos, en las voces, las velas, los ruidos del silencio y en la respiración de la tierra. Desconozco otro lenguaje para hablar de aquello que nos hace agonizar con el sollozo detrás de las palabras. Por eso, las imágenes serán más convencionales que la letra, y la luz y la sombra, el elemento anexo a la experiencia. Si bien no podré escapar de la fuerza extraña e inherente de los arquetipos explosivos tratando de ocultar la naturaleza del tormento, me iré huyendo hacia el camino de lo convenido muy marcado por la soledad y la depresión.

A la salida de la Cinemateca, el ambiente había mudado. ¿Lo notan?, ¿sienten ese embriagador destello de abandono, de edificación muerta e imponente sobre los cimientos de la destrucción y el caos? Es un espacio paralelo a la vida, a la que bulle dentro de la ciudad, mientras allí se detiene hasta el viento, en una parcela de recovecos esparcidos, de hierros retorcidos y otros muy enhiestos, sudando la herrumbre en un sonido. Lo más impresionante son los largos y oxidados tubos, como chimeneas de un campo de exterminio, alineados e inactivos, pero amenazadores con sus bocas para el fuego que no arde, pero incinera el aire con el calor baldío.

Mientras la gente caminaba hacia la cafetería, establecida entre viejos cimientos, donde cada mesa es una rueda de fierro de algún vagón anónimo, y las sillas son esculturas encrespadas con renombre de escultor famoso, ellos se perdieron entre los vapores de la noche, hacia el cartel derruido que advierte al paseante que gire sobre sus pasos.

Sentados sobre los escombros, la película era una evocación deliciosa que invitaba al silencio y a fumarse un cigarrillo. Frida miraba a su amigo fotografiar con sus ojos el brutal impacto a los sentidos que resulta la estructura, “guardar” los archivos de imágenes irrepetibles del templo donde se concentraba la resistencia muy cercana ya al abandono, mientras la otra mujer la miraba a ella con los ojos vidriados.

Más tarde, los ruidos de la vida se habían extinguido, dando paso al espíritu de aventura de sentirse pleno, una noche cualquiera en la vieja ciudad. Traspasaron el hueco cuadrado e inmenso de la reja corrediza, destripando piedras en el chirrido esplendoroso de su decadencia. Las voces no tenían eco, sino un apagado rebote entre los cuerpos, como si salieran de una lata vacía. Caminaron hacia el centro de la estructura, pedazos de cielo se confundían entre las vigas y las claraboyas se abrían al infinito por el medio de las pesadas planchas del techo. Absortos en la contemplación de los espacios abiertos, no notaron enseguida la presencia de un hombre que caminaba hacia ellos, desde lo que parecía un nicho u oficina en el costado de una caldera. Estaba vestido con una chaqueta descolorida, y ancha, y a la primera mirada les pareció un guardián a punto de sacarlos del lugar. Intimidados, esperaron el saludo del hombre, algo escucharon pero el sonido fue ficticio, pronunciado en sus cabezas, por lo cual dudaron de haber abierto sus bocas. El guardia los invitó a seguirlo, les dijo que se las mostraría, en un tono apacible. Iba delante, a varios pasos, porque nunca se les acercó demasiado. Ellos le siguieron, tomados de las manos, sorteando los escombros y la maleza. El paseo prometía descubrimientos. Ya en el centro, la enorme caldera principal estaba sonando como si trabajara. Sin fuego, sin humo, una cadena giraba describiendo una ruta elíptica para que el mecanismo vertiera dentro trozos de metal inexistentes. Estaban viendo sólo el funcionamiento de aquellas arcaicas máquinas, algo verdaderamente milagroso. Una palanca se movía temblorosa y el ruido se perdía tragado por su propia monotonía, el hombre sacaba las manos de los bolsillos y señalaba, habló poco. Unía las acciones a su voz para explicar cuán sencillo era todo aquello. Moviendo los dedos expresaba que aquella fundidora, en su época, albergó a muchas personas, y que penosamente, un accidente de dimensiones catastróficas la convirtió en un cementerio de ruinas. Dándoles la espalda, señaló la escalera de caracol cuyos hierros labrados primorosamente entramaban un dibujo interesante. Frida se acercó a los pasamanos y comenzó a ascender. Subió varios peldaños y saludó desde arriba. Sus amigos rieron y la imitaron al rato. Desde allí, una vista general, tremenda, los dejó sorprendidos de las dimensiones de aquella maquinaria. Vieron al hombre parado cerca de la caldera cuyas partes móviles daban al público una muestra de su potencia. La enorme boca era un abismo profundo desde donde un olor corrosivo subió hasta ellos, dejando una sensación de apestosa pátina. Al bajar, la mujer preguntó la razón y el por qué tenían a un vigilante de ruinas. La respuesta era la gente como ellos, que hacían caso omiso a las señales de no traspasar. Ese lugar no tenía aspecto peligroso, aun con esa cadena virada que resonaba ya de modo aturdidor. Un guante de cuero asomaba del bolsillo del guardia. Estaba negro tiznado por el carbón, y al girar para mirarlos, cayó al suelo. Sin devolverse, volvió a señalar las altas quemadoras. “No hablo con nadie. Casi nunca enseño esta desolación”. Una amargura pegada a la frase conmovió al muchacho, quien recogió el guante y sin darse cuenta lo metió en su chaqueta. “La fundidora tiene su historia, yo tengo la mía”.

Les aseguró, con su hablar calmoso, que ahí jamás vio un fantasma, pero que la gente de afuera cree en ellos, y con eso pagan su trabajo y su misión de guardián. Cerca de la oficina desvencijada los volvió a mirar. Y les dijo: “Vean estos hierros retorcidos, la forma que tienen. Se parecen a una efigie, y lo más triste es que me acompaña desde siempre”. Era un amasijo de cascajos entramados. El lustre adherido estaba verde y poseía, sí, la apariencia de una escultura trabajada.

Eran las tres de la madrugada cuando salieron de la fundidora. El campo detrás de ellos los empujaba afuera, hacia la vida. No recuerdan haber oído los pasos del hombre devolviéndose a su cuchitril. Ni tampoco cuando cesó la maquinaria. Aspiraban bocanadas de aire fresco, y la mujer repartía cigarrillos. En un bar aplacaron la sed con cerveza, la película era ya un símbolo lejano, mitigado por la excitación de un paseo nocturno por las entrañas barrocas de un anfiteatro de sueño. Cuando el muchacho metió su mano al bolsillo, sacó el guante, mostrándolo con prepotencia. Su posesión era accidental, pero ante las dos mujeres parecía un premio. En una orilla, la del doblez de la muñeca, reforzada con doble costura, había un nombre y la fecha de 1903.

Al siguiente día comenzaba la semana. Frida fue a su trabajo en el periódico. Sin recordar la noche anterior, se fue a buscar en la hemeroteca datos sobre su investigación para el rescate de los viejos edificios de esa ciudad con fines culturales. Horas más tarde, frente a la pantalla, tenía una noticia de sucesos. La data era de 1905, el diario reseñaba a La Fundidora, una novedosa empresa que transformaba metales para la próspera y emergente alternativa ferroviaria, con una sorprendente historia de un hombre, un vigilante nocturno quien, perturbado por los celos, arrojó a su prometida al metal ardiendo para luego suicidarse de un modo violento. El nombre del verdugo estaba grabado en el guante y en la letra pequeñísima de la edición. Y la novia no era otra que esa figura encerrada en aquel cuerpo grotesco y achicharrado, oscuro y precioso a la vez, soberbio como un trofeo de muerte.