Letras
Días de playa

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Llegamos a Monte Hermoso —nuestra madre, mi hermana y yo— justo cuando estaba terminando la “temporada veraniega” y ya casi no había turistas. Diciembre, enero y febrero son —en el hemisferio sur— los meses de veraneo propiamente dichos. Antes o después de esos tres meses, es la época en que llegan los que —por razones económicas— sólo pueden hacerlo cuando el aluvión turístico desaparece. Los alquileres son más baratos y están al alcance de los veraneantes de “escasos recursos”; hay tan poca gente que se podría pensar que no es una ciudad balnearia.

Ese año, tía Filomena, hermana mayor de mi madre —quien todos los años alquilaba su gran chalet y un departamento ubicado en el patio trasero—, tal vez pensando que con el dinero que había obtenido durante los tres meses era suficiente, nos había prestado el chalet. Nuestra madre nos entusiasmó con ese paseo inesperado. Por primera vez estaríamos pasando vacaciones de verdad: ella no estaría trabajando, no tendría que cumplir horarios sino que podría hacer lo que quisiera. Nos iríamos a la playa juntas, a caminar hasta el faro o más lejos aun, recorreríamos los médanos blancos o vírgenes y dejaríamos en sus inclinadas laderas nuestras pisadas de subida y de bajada. Hasta podríamos llegar al convento de monjas que estaba en el Sauce, en mi recuerdo, una pequeña y remota población casi desierta que se había formado en las cercanías del faro. Todo era proyectos y más proyectos.

Cuando la tía decidió prestarnos la casa, las tres nos sentimos muy agradecidas. Así que llegamos alegres, entusiasmadas, llenas de expectativas y cargadas de bolsos. Cuando nuestra madre abrió la puerta sentimos que la casa ajena nos imponía respeto. Nos movíamos cautelosamente, no fuera cosa que se nos rompiera algo por accidente o por descuido o torpeza. Con el tiempo, cuando recuerdo aquellos días me río sola porque sé que el sentimiento que aleteaba en mi pecho era el de estar veraneando como un turista de verdad. Pero simultáneamente la ajenidad de todo lo que nos rodeaba me provocaba cierta tensión.

Para veranear es necesario un lugar y eso ya lo teníamos, pero lo siguiente que había que conseguir era la comida, y mi madre lo solucionó con los frutos del mar. Ella nos hacía sentir que el mar estaba ahí para nosotros; todo lo que albergaba en su interior era pura y exclusivamente para que nosotras pudiéramos servirnos de él. ¡Qué admirable fue siempre su capacidad de generar estrategias para sobrevivir! La mejor herencia que ella me dejó fue la habilidad para resolver situaciones difíciles. Si estábamos en nuestra casa y hacía mucho frío, mamá salía a buscar por los campos, “tortas de vaca” secas, o nos íbamos más lejos, cerca de los galpones del ferrocarril, a juntar pedazos de leña, que en la carga o descarga de vagones se perdían en el camino. La pequeña cocina Istilart era un lujo al que no llegamos fácilmente, pero una vez que fue instalada en la casa, nos sentábamos alrededor de ella y disfrutábamos mirando consumir la leña, escuchando el chisporroteo que se producía de vez en cuando. Cuando no había trabajo y la plata escaseaba, mi madre se ofrecía para ordeñar las vacas a algunos de los vecinos quinteros, y lo hacía por cinco litros de leche pura que luego le servían para hacer magia en la casa: salsa blanca para cubrir los zapallitos rellenos que sacaba de la quinta, flanes, tortas, crema pastelera... ¿Cómo había aprendido tantas cosas? Toda esa sabiduría que se conoce como el “saber ganarse la vida” o “ser busca vida”, estaba puesta al servicio de nuestro “veraneo”. Ella había decidido que si nos alimentábamos con almejas y pescado podríamos quedarnos más días. Para ello tendríamos que estar atentas al flujo y reflujo del mar, y no por romanticismo sino por cuestiones vitales.

El mar era una presencia sonora y constante. Su ronca marejada como trasfondo de aquellos melancólicos días de otoño ha quedado extrañamente prendida en mi memoria. Él proveería y así multiplicaríamos y enriqueceríamos los víveres que habíamos acarreado: harina, arroz, polenta, botellas de salsa de tomate casera, dulces caseros... Teníamos de todo y, más aun, porque contábamos con la alegría de estar las tres juntas.

—¿Cuándo vamos a sacar las almejas? —preguntábamos mi hermana y yo.

—Hay que esperar que baje la marea. Preparen palas y baldes en una bolsa —decía mamá con una seguridad envidiable.

La playa se hacía inmensa, firme y húmeda, bajo los pies, cuando el agua descendía. El frío y la desolación en la media mañana de esa época no lograba desanimarnos. Al contrario, era un componente más del extraño encanto que presentaban esos días. Gruesos pulóveres cubrían los trajes de baño dejando nuestras piernas desnudas. Pronto desapareció la diferencia que existía entre el color de nuestros brazos y piernas, las que se iban oscureciendo cada vez más.

Las tres disfrutábamos de la posesión casi absoluta de la playa apenas interrumpida por solitarios y pacientes pescadores. A los que nos acercábamos y mamá les preguntaba: —¿Cómo anda la pesca? ¿Sale algo?

Los pescadores, esos seres silenciosos y pacientes, nos contestaban con monosílabos y la mirada atenta por si llegábamos a pisar sus líneas de pescar. Pronto nos alejábamos de ellos sin dar mucha importancia a sus respuestas. La maravilla de esos días no residía en detalles poco amables. Se manifestaba en el aire de mar llenando nuestros pulmones, los colores cambiantes del cielo y el agua, las gaviotas que se acercaban y caminaban por la playa, picoteando acá y allá, levantando el vuelo de pronto todas juntas. Todas esas imágenes están estampadas en el recuerdo de esos días. Cierro los ojos y mi visión se ensancha y toma la medida del horizonte. Es un recuerdo nunca igual a sí mismo ni en la forma ni en el color, y cada día, es una imagen distinta.

Mi hermana, tan callada, tan dulce, con el rostro cubierto por finas pecas, corría entre nosotras, salpicándonos con el agua de las olas que lamían la orilla. Ella nunca supo cuánto la amaba, casi sin saberlo yo misma. Cuando pasaron los años y ella se fue a estudiar a la capital, traté de no extrañarla porque el dolor de ya no verla más junto a mí me destrozaba el alma. Nunca supe decirle cuánto la amaba, cómo admiraba lo estudiosa que era y todo lo que sufrí cuando me enteré que empezaba a tener sus propias amigas y la vida comenzaba a distanciarnos.

Mamá generaba paseos al faro, a los médanos o a la laguna. Siempre teníamos algo para ir a visitar. Fuimos a cortar totoras, desafiando a las víboras que habitan en las dunas; nos pasábamos horas juntando conchillas en la playa, y si hallábamos “faritos”, saltábamos de alegría porque eran los más raros de encontrar y tenían el valor de lo poco común. Después no sabíamos qué hacer con ese montón de conchillas, y lo dejábamos guardado en alguna caja o frasco de vidrio hasta que el tiempo nos convencía de no seguir atados al inútil trofeo y terminábamos por regalarlo o simplemente, tirarlo en cualquier lugar. Con eso nos sacábamos un peso de encima.

Si el día pintaba demasiado ventoso y frío, mamá hacía churros o buñuelos para acompañar el mate de la tarde. También hizo tortas para llevar de regalo cuando íbamos a visitar a sus amistades: don Estanislao Ruiz, el señor que tocaba la guitarra y cantaba la milonga Varón en todas las reuniones familiares, Nora Bastarrica, la ex novia del tío Guillermo, y otros de los que ya no recuerdo su nombre.