Letras
Pensamientos que cansan

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“De la disputa con los demás hacemos retórica,
de la disputa con nosotros mismos hacemos poesía”

Yeats

En las noches no puedo dormir. Me persiguen, como fantasmas, las fallas tectónicas de una sociedad sucia, cruel, decadente. A veces se me presenta como la “mía”, como esa en la que me pierdo todos los días, a todas horas.

Otras, es una cosa más compleja, igual de fea, que retrata los maleficios de un Dios del cual ya nadie habla. Y no es miedo lo mío, es fatiga. Me pesa en los hombros este mal parto, este “ir y venir” que de vez en vez clama por auxilio divino. Y estoy cansada de los “métodos”, del “raciocinio” y de “mí”. Y me invento serena dizque para seguir.

Y vuelvo a fallar al descubrirme un microbio, un germen, una bacteria más entre tantas. Y en un acto de condescendencia hacia mi persona, me construyo utopías que palien mi desmoronada capacidad de sonreír; comienzo entonces a bocetar una fórmula franca y también incrédula que rompa con la redondez perfecta del círculo de la pobreza. Sumada estoy al club de “las y los altruistas”, dispuesta a predicar por la paz del mundo, cuando me viene mi primer espasmo de desgarro espiritual.

Un desgarro que ni mi lado más obscuro, ni mi morbo más perverso logran impedir. Se me desune el pecho ante las imágenes esas, de balas que atraviesan los cuerpos. Trato de cobijarme a mí misma, de alentarme a no claudicar, cuando empiezo a sentir como si algo, cerca de mi corazón, estuviera llorando pausadamente.

Y me entero que quizá, por salud o por hipocresía, debiera luchar por la paz del mundo sin tener que entrar en el terreno pantanoso de su inexistencia: vestirme toda de blanco y elevar mis plegarias al cielo, o a la tierra, o a ambos. Aun antes de que lo intente, mi mente, acelerada, se encarga de recordarme lo que cansa la mojigatería. Y desisto.

Quizá lo que me convenga es abandonar mis temores y confiar en la voluntad divina. Empiezo a buscar respuestas y me vuelve a iluminar un rayo de optimismo: no debo esperar las condiciones perfectas para plantar la semilla, ahora es el momento correcto. Surgen dentro de mí conclusiones bellas: me declaro a mí misma la paz, me declaro a mí misma la armonía.

En esas me encuentro, sintiendo que nada más necesito, cuando despierto de mi sueño y, como siempre, mi lado álgido construye sus propios argumentos.

Es así que normalmente despierto aterrada. Me aterra la rigidez de una sociedad que de entrada expulsa a miles a nichos obscuros, mientras el resto, nosotros, tú y yo, nos aturdimos con repetidos bostezos colectivos. Toda mi hipocresía, toda, me convierte en una perra infeliz, en una pequeña basura flotando en el aire.

¿Qué habrá peor que una perra que no es feliz?

Cuando escribo la fecha siempre empiezo por el año. Agosto y octubre suelen confundírseme. Hoy no pude, por minutos largos, intermitentes, recordar la fecha. Me quedé sin referencia cronológica y fue entonces que imaginé algo bien abstracto. Construyéndome estaba un mundo de tiempo circular, centrífugo, cuando me acordé que era agosto, los primeros días, entre el tres y el cuatro.

Habiéndome ubicado en el tiempo repasé (o repasó ella mi cabeza) lo vivido hacia atrás, lo que viene hacia adelante. Y me sentí vertiginosamente oprimida.

Clavada, como con clavos, en una permanencia que ni siquiera comparto, me rezongué a mí misma y como para paliar mi falta de identidad con esa invención llamada tiempo, me vislumbré como la heroína que encabezaba, con tesón, una revolución contra el tiempo. En esas estaba, combatiendo el hoy, el mañana y el ayer, cuando en el ayer me acordé de la vez que realmente estuve enamorada. Fue entonces que sentí una lágrima bien larga brotando del lado izquierdo de mi pecho. Y tosí seco tres veces, de nervios creo.

Faltaba un minuto para las 7. Miré elípticamente el reloj. Parpadeé un par de veces y sonó la alarma. Traje la maquinita que mide el tiempo hacia mí para ponerla en “off” y se reflejó en ella parte de mi quijada y mi boca. Fue entonces que vino a mi mente una pequeña conclusión: hacia tanto que había perdido el hábito de la sonrisa que se me había instalado, en ese ángulo de la cara, un aire de seriedad que me aportaba la fealdad discreta de alguien que, pese a todo, en el fondo, se empeña por ser feliz. Ahí fue cuando suspiré y aventé con una rápida patada el pesado edredón que tenía sobre mí. Suspiré otra vez y cambié mis pensamientos matinales por el deseo de una taza de café bien cargado.

Creo que era el viento que azotaba mi ventana, lo que hacía que algo, debajo de mí, vibrara. Abrí mucho los ojos, me toqué con el índice la frente y, al tener un poco de miedo, hice ruido con la garganta (ese que al parecer tiene que ver con tensión acumulada). Repentinamente tuve la ficción de estar cayendo en un abismo. Bostecé.

Me estiraba mientras secaba las pequeñas lágrimas que aparecen siempre en las mañanas, cuando me percaté que el reloj ya daba el cuarto. Un suspiro y otro. Dejé la cama mientras hurgaba en mi cabeza alguna posible ilusión que me ayudara a sentirme viva. Busqué, de la cama al baño, sin encontrar nada. Abrí la regadera y ahí parada me reproché, una vez más, el derroche de agua que ocasiono cada mañana. Pasaron por mi cabeza escenas apocalípticas ocasionadas por el calentamiento global. Salí de la ducha, encendí la radio y paré de pensar por el resto del día.