Letras
Canción pop

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La lluvia repiqueteaba contra el cristal. No había nadie en la calle. Eran las 8.45 de un día gris.

Julia tenía una taza de café entre las manos, de la que salía un olor que abrazaba toda la habitación. La radio estaba puesta pero con la única finalidad de ayudarla a no sentirse tan sola en medio de aquella habitación. Sonaban canciones, una detrás de otra, pero ninguna se había ganado su respeto.

Estaba de pie frente a la ventana viendo cómo todos sus vecinos salían de casa a la misma hora, todos y cada uno de los días del año, mientras ella los observaba en un silencio frío y calculador, concediéndoles de vez en cuando algún saludo aislado que ellos le devolvían como forma de cortesía.

Pasaban los minutos siendo una mera espectadora de la vida tras un cristal, como si de un escaparate se tratase, mientras se tomaba en pequeños sorbos y en una taza roja que le habían regalado como publicidad hacía dos años, una cantidad bastante exagerada de café.

Elevó la taza para beber el último sorbo restante y un perfecto círculo impregnado en cafeína quedó dibujado encima de la mesa sin que nadie lo apreciase, ni siquiera ella.

Las canciones seguían sonando y confundiéndose entre el atronador silencio que vivía apreciablemente en el interior de Julia, consiguiendo sólo una de ellas franquear el muro del castillo y llegar a la torre más alta.

Sus ojos se abrieron dejando al descubierto la fragilidad que nunca aparentaba y que acababa de dejarla sin defensa. Estaba sorprendida y emocionada a la vez, pero en este caso, era una expresión muda la que lo reflejó en su cara, sobre la cual el tiempo y la experiencia ya habían dibujado a mano alzada y sin ninguna compasión.

La canción que había tenido el privilegio de ver tal suceso, era una canción pop de hacía más de treinta años que recordaba con especial cariño. Había sido su preferida cundo tenía catorce o quince años.

Los segundos se iban sucediendo y poco a poco se iba sumergiendo en el verano del ’68. Recordaba perfectamente aquello: ella con sus amigos, la playa, el mar, la luz anaranjada de las puestas de sol e innumerables promesas que, inevitablemente, se fueron rompiendo con los años.

Habían prometido ser diferentes y no separase nunca. Ahora sólo mantenía contacto con uno. Sólo uno al que hacía tiempo que ya no reconocía.

Mientras escuchaba la canción, el olor y el tacto de aquel verano se apoderaban de sus sentidos, agarrotándolos e impidiéndoles actuar por su propia voluntad. Podría haber jurado incluso ver un rayo de sol en medio del espeso manto de nubes. Era sólo un espejismo, que sin duda pretendía expresar lo que sentía. Describirlo en palabras era imposible.

Las imágenes se agolpaban en su cabeza, unas en color, otras en blanco y negro, pero todas ellas dulces y alegres. Aquel verano, sin duda, había sido especial, y ahora tenía la posibilidad de revivirlo ante sus ojos, como si se tratase de una sesión de cine de una película ya antigua pero que reponían para los innumerables nostálgicos que aún vivían. Sentía que acababa de abrir una caja de zapatos llena de polvo, guardada y olvidada en el fondo de un armario con una llave que hasta hacía unos minutos no se acordaba que existía.

La canción seguía sonando y entre la letra y la melodía le parecía oír risas perdidas en el tiempo, voces extraviadas de su verdadero camino.

Julia subió el volumen y observó la vida fuera de su casa.

—Soy igual que el resto —pensó.

Su marido entró en la cocina y con un suave gesto, alargó el brazo y apagó la radio.

—¿Por qué la apagas? —su voz sonaba indignada.

—No soporto esa canción.

Su marido volvió a salir de la cocina.

Julia no volvió a encender la radio. Se echó más café en la taza y volvió a su antigua posición en el fuerte, de pie frente a la ventana y observando lo que ocurría en el exterior. Todo había acabado.