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Anayan, un sueño antes de morir

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Espero curarme de ti en unos días.
Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte.
Es posible, siguiendo las prescripciones de la moral en turno.
Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

J. Sabines

A veces la vida pasa tan de prisa que no te das cuenta en qué momento estás enrolado en una de sus tantas facetas.

El asunto es que no creo que exista el amor, por ende menos creo que yo me pudiera enamorar, y mucho menos, pero mucho menos, que se puedan enamorar de mí. En mis condiciones, en mi situación, con la vida de borracho que he llevado hasta ahora, esto sólo se les ocurriría a los escritores que escriben todavía sobre los duendes. Pero ¿enamorarse de mí, con mis cuarenta y cinco años a cuestas, mis veinticinco kilos de más y mi historia de diez mil borracheras?, ¡a otro perro con ese hueso!

Jamás hubiera creído que eso me pasara, pero cuando empecé a sentirlo, a verlo, no pude más que sorprenderme y tomarlo con las reservas del caso. Fue una de esas tantas ocasiones en que iba a tomar café en ese aromático lugar llamado “La jungla”, llegó la mesera del lugar y se soltó pelo delante de mí. ¿Quién se creía?

Poco antes de que ella llegara, había terminado de leer la página seiscientos veinte de Plexus, estaba emocionado porque leía el momento en que un visionario hablaba con Henry Miller (que por lo que había leído de él ya lo consideraba magistral). La presencia de la mesera me impactó desde ese momento. No supe qué decir, sin embargo a fuerza de voluntad mis labios expresaron:

—Te ves mejor con el pelo suelto, muchacha, ¿por qué no te lo dejas así?

Ella, sin inmutarse contestó: “Aquí no me dejan, podría caerle algún cabello al café y para qué quiere”.

“Quiere-quiere-quiere”, retumbaba en mi cabeza. Desde ese momento hubiera querido que me hablaras de tú: —Para qué quieres.

A partir de ese día tomaba café como nunca lo había hecho, dos o tres tazas al día en el mismo sitio, con tal de estar cerca de ella; pasaba con cualquier pretexto frente al lugar, con tal de verla y saber que seguía existiendo. Las más de las veces ella no me veía, pero yo estaba seguro, por alguna razón extraña, de que ella (como yo) esperaba un mayor atrevimiento de mi parte, que atravesara la barrera, que tomara la iniciativa, ¡que me le declarase!

Recién había leído un artículo de revista en el que la narradora explicaba “que aunque hubiera mil chicas en un bar solas, era difícil que fueran por ti. Es probable que sí fueran de cacería, pero no por ti, aunque te pusieras un letrero que dijera ‘se busca una mujer’, para ellas pasarías desapercibido”. Para que tú fueras el elegido debería haber una señal, un indicio que te marcara como el que ellas, después de revisar y analizar, te habían favorecido, esto, por supuesto, nunca ocurría conmigo.

Quizá lo tomé muy a pecho, pero ahí estaba, loco y enfermo por esa mesera (viejo y con viruela). Mis erecciones ya tenían un motivo, mis eyaculaciones ya no eran al vacío y mis exhibiciones por ese café eran cada vez más frecuentes.

Por ese tiempo un buen amigo, Pepe, me comentaba que “nadie puede influirte para que te conviertas en lo que llegas a convertirte. Es sólo que estás buscando pretextos para hacer lo que quieres hacer y ser y punto”. No necesitaba más, entendía lo que quería decirme, él no sabía lo que pensaba y pasaba por mi vida y había dado en el clavo: me sentía como me sentía porque me había convertido en un verdadero pendejo por esa muchacha... ¿eso es el amor?

Para describirla tal cual es físicamente recurriré a mi afición por comparar a las personas con animales. Era como una pantera de pelo exageradamente negro, tenía movimientos ágiles, se desplazaba con gran soltura, además de poseer un gran brillo felino en sus ojos, siempre al acecho, vivaces, inteligentes, atentos; brillo indiscutiblemente por el cual me incliné desde el principio, no tendría más que decir de ella...

La vida es curiosa, a pesar de que eres un viejo (o medio viejo me decía ahora), te brinda oportunidades, o situaciones que parecen oportunidades. Quien como yo haya andado por la senda del perdedor, pensando todo el tiempo en el suicidio como medio de huida, y de repente encuentre un pequeño indicio de motivación para seguir viviendo, sabrá que es como si la propia vida te reclamara. Lo que sigue es como estar agarrado de la brocha cuando alguien te quita la escalera. También ha habido momentos en que pienso que mientras sea vivir ¡no importa que sea enfermo! Cosa rara, porque cuando me enfermo estoy que me lleva la chingada.

Cuando viene a mí la palabra suicidio, tan tenebrosa para algunos y tan coloquial para otros, la mente se me llena de recuerdos, de hechos en los cuales el único recurso del que puedes echar mano era el de desaparecer del planeta. No sé si ha sido por falta de valor o de los instrumentos para hacerlo en el momento de querer hacerlo, pero hasta el momento sólo he recurrido a la muerte lenta, mi afición desmedida del alcohol. Y así es, siempre que pensaba en borrarme era después de una gran borrachera: el sólo hecho de no acordarme de ni madres, era el arma que mi mente aprovechaba para crearme historias que me hacían perder la cabeza, que me volvían loco. Quien haya sentido la “cruda moral” y tenga moral todavía, sabrá de lo que hablo. Cuando al día siguiente de una borrachera no quieres ver a nadie ni saber de nadie con los que estuviste porque sabes que la regaste, tus únicas dos salidas son desaparecer o volverte cínico y valemadrista, por mi parte hasta ahora he escogido la segunda.

—¿Por qué ya no había venido? —fue la pregunta que la Anayan de mis pensamientos me hacía en esta nueva cita (supe su nombre porque escuché que así le llamaban). Insistía en tratarme como le dictaban las reglas que me tratara. Mis gritos eran desesperados: “Por qué no me hablas de tú”, pero éstos sólo eran mentales y por más fuerte que sonaran ella no los oía.

A sus diversas preguntas, mis respuestas se tornaban vagas. Al mirar la situación desde las butacas de mi mente, sólo me encontraba a un idiota tartamudo, nunca alcanzaba a balbucear más allá de tres o cuatro palabras. —Ee, este... Nnno he podido... heeee... he tenido mucho trabajo —y las cosas seguían igual.

Sin embargo, yo sentía que había una deferencia especial para mí de parte suya. A decir verdad, ahora lo recuerdo, no fui el único que lo percibió, llegué a escuchar comentarios o bromas al respecto de parte de mis ocasionales acompañantes.

—Ya se puso contenta porque llegaste.

O bien,

—Está linda, ¿no? —esperando ver cuál era mi reacción.

Por supuesto, yo no hacía el menor caso, estaba pendiente de sus movimientos, de sus ires y venires con café y más café.

Hubo ocasiones en que me volví un tanto espía: no llegaba al café donde sabía que la iba encontrar, me asomaba a distancia para descubrirla, saber que ahí estaba me reconfortaba, me había convertido en su sombra, ¡claro, a distancia! Sin embargo, ya para ese entonces me atacaban los celos, sabía que yo no era al único que percibiría su presencia. Ella brillaba con luz propia y entendía que más de uno podía intentar acercarse, lo cual me generaba una rabia interna que me hacía volver sobre mis pasos. Ah, mujeres.

Mis pensamientos eran un caos. Por un lado creía firmemente en que podía entablar una relación con Anayan y por otro, pensaba que por qué alguien como ella había de fijarse en un tipo como yo. Este menosprecio no era infundado, yo nunca tuve suerte con las mujeres, de las que tuve fueron pagadas las más, oh putas de mi corazón y las otras... las otras que se cruzaron en mi vida fueron mera casualidad.

De mis remotos recuerdos me viene a mi mente cuando en una reunión con compañeros de secundaria, un amigo incitó a una de las concurrentes a que bailara conmigo, por respuesta, frente a mis narices nos dio un —Ay, no, está horrible —y como si fuera premio de consolación agregó: —Para mí, eh.

¡Cabrona! Si tan sólo hubiera sabido que ese recuerdo me brotaba cada vez que tenía una mujer enfrente, y que por el sólo hecho de recordarlo, un caudal de complejos me sobrevenían y me impedían pretender adentrarme al camino sentimental con cualquier mujer.

El tiempo siguió pasando, y a lo más que pude aspirar por mucho tiempo fue a tener relaciones pagadas. Así que para mí, eso que llaman amor realmente nunca se me dio, ¿por qué se me iba a dar ahora? y más con una persona como lo era Anayan. En fin, creo que he sido un costal de complejos ambulante.

Además, quizá el doble manejo de las cosas que yo hacía: por un lado mis complejos y por el otro el haberla encumbrado en lo más alto de mis pensamientos, me impedían hacerle saber lo que sentía por ella —so pendejo.

A lo más que pude aspirar cuando tuve veintidós años fue a eso que llaman “el amor platónico”, amor por una chica que sólo me utilizó, amor si es que eso era amor, que me convirtió en su esclavo, en su perro, en un perro que se tira por la ventana. Amor platónico que sigue siéndolo hasta ahora, pues nunca me atreví a nada, nunca pude expresarle lo que sentía por ella. Lo más cerca que estuve de ella fue cuando viajábamos en el metro y éste se llenó en una de sus estaciones, la gente nos apretujó y pude sentir su cuerpo, pude sentir su vaho en mi cara, sentir el latir de su corazón.

Algún día leí una de esas frases que te dicen que “el mundo es de los atrevidos”, hasta este momento sigo en el mundo y es a lo único que me he atrevido, desde luego por no tener otra opción (o por no querer tenerla). Afortunadamente, cuando leí que Nietzsche prohibía este mundo para los débiles, mi mente no lo tomó a pie de línea.

“Cobardía” era la palabra que se me aparecía cada vez que pensaba en todo esto. Palabra fuerte para uno cuando realmente la ha vivido, pero ¿quién no ha tenido actos de cobardía?, ¿quién no se ha doblegado ante alguna situación particular? Yo por mi parte, toda mi vida había sido un cobarde, un cobarde para declararme a una mujer, siempre me había doblegado en el momento justo en que ellas esperaban que lo soltara, tenía miedo, un miedo con el que había vivido muchos años, no volvería a esperar por respuesta un ¡No, estás horrible!

Sin embargo, ya no quería ser un solitario, un ser aislado, sólo un espectador, ahora quería vivir, porque hasta de la soledad uno se cansa. Al parecer se me daba una oportunidad y era el momento de hacerla mía, de no dejarla pasar. Nunca había pensado en tener un gramo de felicidad, creía no merecerla, este podría ser el momento, mi momento. Un gran sentimiento se me aglutinaba en el pecho, ya se me había olvidado sentir, sólo comía cuando tenía hambre y bebía... siempre, siempre, siempre. Por ello ahora...

—Estaba en mi momento —me lo repetía a cada instante y desde ya emprendería el cambio, no un cambio radical por supuesto, porque pensaba que si ella se había fijado en mí, era por algo que sólo yo tenía. Era como la ventana que pintara Juan Pablo Castell: por fin alguien se había percatado de mi ventana, alguien externo me daba valor, me hacía sentir que valía y me hacía sentir vivo.

Llegué hasta verme al espejo, cosa que no hacía desde hace mucho tiempo, o bien no lo había hecho con el ojo “clínico” con el que lo hacía ahora. Descubrí una cara un tanto hinchada, ojos opacos y tristes y la nariz grande y roja, como la de los tipejos a los que les compraba en la farmacia cincuenta centavos de alcohol, y me retribuían con diez, cuando yo tenía ocho o nueve años. Tenía una barba que ya pintaba de blanco desaliñada y las entradas en mi cabeza anunciaban mi naciente calvicie. Me había crecido el vientre, tenía la clásica facha del borracho, era la imagen viva de un viejo borracho, o más bien, de un viejo indecente.

—Esto va a cambiar —me lo repetía hasta creerlo de veras.

Dos meses habían pasado ya desde que la vi por primera vez, momento justo para hablar de “lo nuestro”, creo que ya era momento de mencionarlo así: “lo nuestro”. Finalmente era algo que nos incumbía a los dos. Tenía algunos pesos guardados, suficiente para comprarme una buena camisa y unos pantalones que le hicieran juego, el resto no importaba, ya vendría después, ahora nada me detendría, ¡a ella, mi querido Don Quijote!

Era el tiempo del cambio. Me veía como en aquellos tiempos de juventud en que el mundo nos queda chico. Tiempo en que...

Fue un día del mes de julio. Me sentía radiante, eufórico. Descubría otro en mí. Como lo había leído por algún lado, veía la ciudad y a su gente de un modo diferente, todos parecían disfrutar de mi alegría. El que menos compartió una leve sonrisa conmigo, un saludo. Iba bien vestido, limpio como no había estado en los últimos años, había dejado de ser el hijo de Satanás. Parecía que trajera un letrero en la frente: “Mi siguiente parada, la vida”.

De repente me descubrí canturreando una canción, una canción que por aquellos tiempos estaba de moda y cuya música brotaba de las cañerías:

Algunas veces vuelo
y otras veces me arrastro al ras del suelo,
algunas madrugadas me desvelo
y ando como un gato en celo
patrullando la ciudad
en busca de una gatita
a esa hora maldita
en que los bares a punto están de cerrar,
cuando el alma necesita
un alma que acariciar.
Algunas veces vivo
y otras veces
la vida se me va con lo que escribo
...

Era otro, me había transformado, o más bien dicho me habían transformado. Realmente está cabrón a lo que puede llegar una mujer que se proponga llegar lejos. Lo logra porque lo logra. Anayan era ese tipo de mujer, seguro estaba de ello. Todavía no la conocía del todo y ya participaba abiertamente en mi vida.

El trayecto fue lento, nada de precipitaciones. Debería tomármelo con calma, los nervios no me traicionarían. Había estado repasando mentalmente algunas frases con las que iniciaría mi conversación. Buscaba las mejores palabras de mi vocabulario, no quería verme ordinario, si ella se había fijado en mí le iba a dar más elementos para que no se sintiera defraudada. Por fin esto era real y no lo iba perder nada más así porque sí. Me reía de los que como yo se quedaron en el intento, ahora se me permitía dar el paso siguiente, ir hasta el fondo. Estaba al borde de la hilaridad, no lo podía creer, por fin mis pasos eran decididos y mis pensamientos firmes.

Yo nunca he creído en los presagios, pero en el camino sucedió que al cruzar una calle, subir la acera y haber dado dos o tres pasos sobre ella, uno de esos pájaros citadinos, de aspecto grisáceo y sucio iba directo a golpearme en un costado de la cara, un segundo bastó para esquivarlo, lo que provocó que se fuera a estrellar en el cristal del establecimiento que se encontraba en esa esquina. Murió al instante. El velo entre la vida y la muerte. ¡El solo hecho de vivir nos mantiene tan cerca de la muerte! El suceso me consternó, mas no me intimidó. Mi ruta seguía libre.

Desde ese momento mi corazón empezó a latir con más fuerza. ¿Eres tú, Anayan? ¿Fue ese maldito pájaro que se cruzó en mi camino? No me importaba, mi destino cada vez estaba más cerca.

Cuando doblé la esquina lo primero que apareció a mi vista fue aquel lugar de mis esperanzas cerrado, lo oyen, ¡cerrado! —No hay problema —me dije—, ya lo abrirán —sin embargo, al irme acercando más y más, me encontré con un pequeño letrero que agradecía al gobierno de la crisis económica por la que atravesábamos e indicaba que éste era un establecimiento más que quebraba ahogado por las deudas, así de sencillo.

Quise patear el lugar, sólo un par de cortinas verdes y un jodido letrero. Vinieron a mi mente palabras como oportunidad, café, destino, vida. Anayan, ¿en dónde estás?

—Perra vida, otra vez me la hiciste.

Las lágrimas me empezaron a brotar, primero lenta, luego en forma abundante. No hice más que sentarme en la banqueta y llorar amargamente por largo rato. La fuerte lluvia fue la que me rescató de mi letargo.

—Perra vida, otra vez me la hiciste.

A unos pasos estaba la cantina de la que hacía tiempo me había hecho conocido y cliente. Sequé mis ojos y me enfilé hacia allá, un trago me daría el calor que necesitaba en ese momento. Iba abatido, había sido un duro golpe. Cuando llegué al lugar, vi caras conocidas, los mismos de siempre. Me recluí en una mesa del rincón y bebí. Bebí y reflexioné. Me encabroné, grité, maldije, insulté, todo en silencio... en un silencio que sólo en mi existía, ya que alrededor todo era algarabía.

Finalmente pensé: —¿Quién soy yo para tener otra oportunidad?, a fin de cuentas ¿no era yo el que había decidido mi destino? ¿No había sido yo el que le dio la espalda al mundo? ¿Qué papel jugaba Anayan en esta etapa de mi vida? ¿Por qué unos cuantos intercambios de palabras y de miradas me habían hecho creer lo que creí? De veras que uno no deja de ser pendejo ni aunque la edad se le venga encima.

Pero, por otro lado, ¿no era ella la que me había impulsado y me había hecho entender la vida de un modo diferente, aunque fuera sólo por un momento? ¿Acaso, no tenía derecho a soñar, a querer ver el lado compasivo de la vida?

Estuve bebiendo por largo tiempo hasta que, como ya era costumbre, me corrieron del lugar. Al salir el aire nocturno se me metió por todo el cuerpo, sentí un frío recorrerme desde los pies a la cabeza. A la luz de la luna y las estrellas traté de recordar el momento en que había ingresado a aquel lugar. Caminé tambaleante sin rumbo fijo, había tomado tanto y por mucho tiempo que sólo se me apetecía seguir haciéndolo. Al buscar entre mi ropa algo de dinero, encontré envuelto en mi pañuelo el pájaro muerto de mis sueños, ahora había entrado en mí la duda de si lo que atormentaba mi pensamiento había ocurrido realmente o sólo había sido un sueño producto de mi borrachera, quizá un sueño antes de morir.

Ella existió sólo en un sueño
Él es un poema que el poeta nunca escribió
y en la eternidad los dos unieron sus almas
para darle vida a esta triste canción de amor.