Fue para él de noche para ella de día cuando el Topo se encontró con la Estrella o viceversa. La noche era su espacio común. (Las estrellas viven sólo por la noche y el topo vive solo en la noche de su cueva). Antes nunca se habían cruzado o encontrado en ninguna circunstancia, a pesar de compartir el mismo espacio planetario.
El Topo amaba las estrellas, por eso en las noches salía para poder admirarlas y amarlas libremente, lejos de la oscuridad y los cerrojos de su cueva, que aunque era bonita no le alcanzaba para llenar todo el territorio que anhelaba. Sí, su cueva era bonita. Él la pensó, la planificó y la construyó, cuando creyó que el tiempo había llegado. Y la hizo a su manera, la pintó con sus colores favoritos, le puso cerrojos y cortinas, y encendió una llama eterna en el hogar para que el calor no le faltara nunca. En ella se sentía feliz, seguro. Y así transcurría y vivía feliz su tiempo, centrado únicamente en lo que iba construyendo para su cueva cada día.
Una noche —ya le picaba el aburrimiento— se asomó a la ventana del mundo para observar qué estaba pasando en él, y tropezó. Cayó y sin querer quedó mirando al cielo. ¡Hacía tanto que no lo hacía!... Se había acostumbrado a cumplir con su tarea y regresar presuroso al calor de su cueva. En ese trajín olvidó las cosas que antes tanto le gustaban, contemplar el infinito, hincharse los pulmones con el aire puro de la noche, beberse sorbo a sorbo los rayos de la luna, platicar con las estrellas, correr por el monte sin sentido sólo por el placer de sentir las caricias de la brisa, escuchar el canto de los pájaros, emborracharse con la fragancia de las hierbas del campo, gustar de los colores infinitos de las flores, hasta el sabor de un beso su boca iba olvidando...
Cayó y se encontró de golpe con el cielo inmensamente estrellado y quedó encandilado. Miró el espacio infinitamente bello, resplandeciente bajo la luz azul de la luna llena... Extasiado, no podía despegar sus ojos de aquel espectáculo enmarcado por las notas infinitas que surgían desde todos los rincones de la tierra saturando el espacio con sus melodías nocturnas. El Topo no podía quitar sus ojos del cielo nocturno abarrotado de fulgores, y mirando… Mirando el cielo sus ojos se posaron en una estrella que lejos muy lejos titilaba su luz. Era tal vez la que menos encendida estaba. Tal vez la vio triste. Tal vez tanto como él lo estaba en ese momento, y le habló con toda su dulzura, con todo su desconsuelo, y el desencanto que le produjo mirar su cueva desde esa perspectiva. Y así se hicieron amigos. Hablaron toda la noche y después la otra, y así fueron repitiendo la historia. Él se escapaba algunas noches de su cueva sólo para verla. Ella era su consuelo, era ese cielo que él desde su pozo oscuro no podía alcanzar ni ver ni tener.
El Topo hasta entonces había sido un cazador furtivo de estrellas y de eso ella se dio cuenta enseguida. Aquella noche que lo encontró, intuyó su pelaje hermoso oscuro de la oscuridad. Calculó su suavidad y presintió debajo de su piel el bullir tumultuoso de su sangre caliente, porque sintió que ya la quemaba. Y tembló. (Las estrellas siempre sienten frío, porque están tan alto, tan distante y solas y allá arriba es helado. Por eso les atrae el fuego y su sola sensación es algo que las conmociona). Lo miró de nuevo.
—¡Es un buen espécimen de mamífero, un lindo y fuerte animal! —se dijo para sus adentros, imaginó sus garras enérgicas, sus uñas duras fortificadas en el duro trabajo de abrir galerías subterráneas y sintió deseos de que esas garras la aprisionen y se descubrió pensando:— ¡Sin dudas sería una muy linda experiencia! ¡Un Topo atrapando entre sus garras a una estrella! —pensó riendo. Y se encontró a la distancia con sus ojos, y eso fue fatal. Eran tan grandes como su cielo, aunque traía en ellos el frío y la oscuridad de su cueva. Pensó entonces:— ¡Una Estrella es lo que el Topo necesita para que la luz vuelva a brillar en sus ojos, acostumbrados a la oscuridad!
El Topo se dio cuenta cómo lo miraba la estrella; entonces le dijo:
—¡No me ames, por favor, vas a llorar!... y las estrellas están donde están para ser felices y hacer felices a los demás, entonces jamás deben llorar!
Pero la Estrella desde su postura ya había considerado todos los aspectos por los que ese Topo podía ser bien amado y no lo escuchó. Y así lo hizo. Hasta que una noche al abrir sus ojos en la tierra se dio cuenta de que seguía sola, de que nunca tenía a su Topo al lado. Apenas unos instantes, para permitirle acariciar su piel hecha palabras, un quimérico apretón de sus garras fuertes y un sacudón del corazón que hacía tambalear la tierra. Entonces la Estrella lloró y lo llamó. El Topo hundió la cabeza en su cueva de la oscuridad y no respondió a su llamado. Luego una noche —era inevitable— se encontraron y hablaron:
—¡Te había prevenido —dijo el Topo— que no me amaras y no me escuchaste! Sabías que no puedes venir conmigo a mi cueva y que tampoco puedo habitar tu reino. ¡Yo pertenezco a la tierra, tú perteneces al cielo!
—¡Pero... —insistió la Estrella— si abres una rendija en tu cueva podré mirarte todas las noches, y tú podrás mirarme cuando quieras, sólo bastará con que levantes tus ojos al cielo y allí estaré presente, podremos estar juntos para siempre!
El Topo se conmovió, pero como buen Topo subterráneo era su costumbre guardar todo bajo tierra, entonces hizo como que no escuchó y respondió:
—¡En mi cueva no puedo improvisar! ¡Mis mayores me enseñaron a construir cuevas fuertes, sólidas, sin rendijas, porque además si las hago se viene la tierra encima y se deshace todo! ¿Entiendes?
La estrella no entendió. El Topo por ser de tierra era realista y volvió a hundir su cabeza para siempre bajo tierra.