Artículos y reportajes
“El poema de la ciudad”, de Alberto HernándezEl poema de la ciudad

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Poesía
Blacamán Editores • Ediciones Estival • La Liebre Libre Editores • Ediciones Presagios • Editorial Umbra
Maracay, Aragua (Venezuela), 2003
Depósito legal: lf0432003800132
188 páginas

Este es el nombre que le dio el poeta Alberto Hernández a su poemario publicado en el año 2003. La publicación exhibe los sellos de las editoriales alternativas que existen en el estado Aragua y una mexicana. La edición, hermosa y bien cuidada, deja ver un esmerado trabajo de las artes finales que estuvieron a cargo del poeta y editor Harry Almela.

Voy al libro. El primer poema, “Región”, trae inscrito el siglo XVII. En la primera parte están contenidos el desgaste de la luna, la oscuridad y el canto de las aves.

En la segunda parte de este primer poema hay animales que cruzan bajo la llovizna, calaveras y tesoros, aborígenes que fundan otra ciudad, otro espacio... apresados en la curva de una tinaja funeraria.

Alrededor de la lumbre empezamos a identificar el lugar. La ciudad que fuimos y que somos, la que arde más allá de la cuenca de los ojos.

El poeta —a partir de la página nueve— hace el rito fundacional (tal vez este rito nunca se realizó) de la ciudad al recoger los pedazos dispersos, al nombrar, llamar a todo por un nombre. Funda cuando habla por boca de los ancestros y profiere conjuros que traen pasos y sombras para ponerlos en tráfico diario de estas calles llenas de olvido y muerte.

El poeta habla y miraron los ojos de aquellos aborígenes a quienes la tierra guarda. Uno siente a los tigres, a los cunaguaros, hollando por donde pasó la muerte bajo las hojas sagradas de los samanes. El registro de Hernández es áspero y cierto: Sólo huesos cortos y largos, quijadas y dientes, y hasta oro incrustado / donde habían estado las encías.

Con este poema el poeta establece a la ciudad de Maracay y le da por territorio el suelo fecundo de la palabra, la fértil tierra de la poesía.

Al leer este poemario de Alberto, las palabras entran en dimensiones diferentes: ellas comienzan a decir de un brillo nuevo. Es así como Tapatapa, La Victoria, Güere, dejan de ser palabras escritas en las vallas verdes de la autopista para convertirse en el camino del añil. O Azul llega el alma de este valle. Más adelante, el nombre de una fábrica patrimonial se convierte en el tiempo que emplaza la aproximación de una vaca, rumiante que más tarde llegará a nuestras mesas para posarse oro en arepas y panes. Calles, plazas, rincones se truecan en la hombría, un mar que se agosta en el pecho, toda la muerte o un recado sin voz en plena calle. Vemos estos nombres y otros y las fotos que arden en el blanco y negro de las páginas y nos reconocemos en la ciudad que somos todos, en la ciudad que, en la misma medida en que nos adentramos en la lectura, se adentra en lo más hondo y se queda allí atarugada entre pecho y espalda. Porque esta ciudad abandonada es difícil de engullir y la escritura del poeta Hernández parece que aclara pero después se nos nublan el entendimiento y el corazón de nostalgias. Porque cuando el poeta nos lleva hasta el poema “Circunvalación”, leemos: Honda es la soledad bajo el árbol que deshace la calle. A partir de ese verso cualquier cosa puede suceder porque no hay calle ni camino. Si la calle se deshace, todo se desmorona y ese afuera que entra por los ojos hace migajas nuestro interior. Tendremos que asirnos de las grietas para poder hacer el viaje, y el poeta, que sabe bien del aferrarse, nos sugiere las ranuras de las rockolas y dice que éstas son dos: una para emigrar hacia los recuerdos / otra para prolongar la agonía en el fondo de los patios. Hay que apurar una moneda para que la música amaine la umbra en este tránsito de la memoria contenida en estos poemas, mientras la prostituta más vieja de la ciudad nos mira con sus ojos cansados de tiempo y promesas de oropel. Alberto Hernández en el poema “Plaza” la llamó Girardot y mientras en su seno se agita el vuelo de las palomas, ella se hace moruna en la escritura... nocturna de sol y luna / árboles de sombra / una puñalada basta, / Girardot cae / y silencia la herida.

La fronda de los árboles, el canto de los pájaros, la belleza del parque Henri Pittier, que llega hasta Maracay por El Castaño o por El Limón, atenúan el reguero que es la “ciudad jardín”, este espacio gobernado por bárbaros e indiferentes que han condenado a la ciudad sin piedad. Por ello, el poeta Alberto les enrostra el fuego de la desidia en el poema “Cuartel”, en el que se leen estos versos: Ha sabido de golpes de estado, traiciones y cobardías, proclamas, trompetas desafinadas. / La ciudad se uniforma en los cuarteles / y se desnuda en las calles. / No hay homenajes, / no hay vencedores. / Todos hemos sido derrotados.

El poema de la ciudad está lleno de lugares, nombres y voces. Es una sajadura como el “Callejón Girardot”, donde alguien es sombra, sobrado de la noche. Y, ¿quién no ha sido sobrado de la noche alguna vez? Difícil escaparnos. Imposible la eterna sonrisa en este poema de la ciudad, en esta ciudad que puede ser cualquier otra del mundo, sin primera o tercera categoría.

Ahora, desde el teatro que cada quien conoce o en ese caso desde el Ateneo, además, otro poema de este libro y otra —una punzada— en cada uno de nosotros, donde retumban las voces de Cabrujas y Gardel, y la risa de Enrico se agazapa en los ríos silenciosos de Manuelito / el cine mudo acecha los pasos de Chaplin / el ferrocarril muele el silencio en la pantalla. Mientras este libro de alta escritura genera una incomodidad que muele la nostalgia... la pesadilla enciende la ciudad.