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Emily DickinsonEmily Dickinson, 1830-1886

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Desde que oí hablar de ella, sentí que era una mujer merecedora de una mirada larga. Oculta bajo la niebla del pueblo gris —Amherst, E.U., donde nació, vivió y murió—, nos dejó sin testamento ni aspaviento alguno, dos mil y más poemas debajo de su cama. Dejó su alma escrita con amores no cumplidos, con la vista puesta en el jardín y en lontananza en busca de la imagen del amado. Sólo su hermana Lavinia —Vinnie— y su cuñada Susan, de quien ya en sus días hicieron correr malsanerías, fueron las oportunas confidentes que guardaron sus ternuras hasta su muerte.

Sus biografías serán necesariamente parcas porque la talla de su vida es su poesía, como ella lo escribiera —sin rubor— a propósito de su estatura. Fabricó para sí el modelo propio de su existencia en el escondrijo de su Casa e invitó allí como únicos huéspedes a Naturaleza y Eternidad. ¿Para qué viajar para conocer el mar, ni los pájaros exóticos? Los corredores de la Mente fueron suficientes para efectuar los viajes por el etéreo mundo del Extranjero. Para su contentillo bastó con pararse en frente de la ventana a contemplar el Paisaje: sobre la montaña está el mar, los pájaros y el cielo y en su jardín las flores. Quien quiera conocer su alma, vida y sentimientos no deberá indagar en mediadores sino leer sus versos en los que vierte sus sencilleces.

La religión, la educación y un padre de hierro la mantuvieron amarrada o a la mansión de la familia o al Seminario para señoritas en Mount Holyoke, en donde aprendió, a la par de los hombres de su tiempo, botánica, astronomía, geología, matemáticas, griego y latín, alemán y otros idiomas. Leyó la Eneida de Virgilio en su idioma original. No fue una esclava, ni de ella se podrá decir que sufrió con lágrimas la humillación por su condición de fémina. Viajó a Boston, Springfield, Filadelfia y Washington.1 Sólo a sí misma —si alguien preguntara— se debió su eterno encerramiento a partir de sus 30 años. En casa todo lo tenía. Papel para escribir, pies para correr tras de su hombre, corazón para amar y manos para dibujar su suerte. De nada nunca se quejó. Sólo dejó su poesía para llorar con versos un amor que, callado, el pastor Wasdworth guardó entre los almidonados puños de su camisa blanca.

Sobre el amor —o los amores— de su corazón alguien pregunta. ¿Le hizo falta estar casada, tener hijos, ser amada? ¿Fue por ello una amargada? En sus versos y en sus cartas se transparenta el amor, no se derrama una gota de hiel ni de tristeza. No le sobraron palabras para cantarle a la desventura. Todo su haber lo gastó en saborear los manjares que la Naturaleza le servía en la mesa de los Días.

¿Tuvo amigos? —Las colinas, señor, y el atardecer, y un perro tan grande como yo, que mi padre me compró. Ellos son mejores que los hombres, ya que saben, pero no hablan, y el ruido del estanque en la noche aventaja mi piano.2 La abeja con su aguijón guardado y la miel bajo su brazo, el petirrojo rápido que vuela tras su amada, la tarde con veste púrpura que se esconde en la noche, eran sus acompañantes diarios. Vivía con intensidad las cosas cotidianas. Amaba el rumor del arroyo en sus horas de recogimiento. La podríamos ver recostada sobre la almohada con su oreja atenta y la sonrisa en la cara llamando con su carmín al sueño.

“Mi vida ha sido demasiado sencilla y austera como para molestar a nadie”, dijo de sí. Desde que enfermó en el Seminario y abandonó los estudios superiores, las gentes de Amherst la veían “con un vestido marrón, una capa más oscura y una sombrilla del mismo color” visitar tiendas, exposiciones y funciones benéficas como cualquier mujer de su rango. Poco a poco fue retirándose de la vida social, como era la usanza en Nueva Inglaterra.3 En 1862, cuando resolvió vestirse de riguroso color blanco, entró en una etapa de reclusión y alejamiento voluntario del trato con personas, aun las más cercanas. Sin embargo, su aislamiento no se debió a despechos amorosos, sino compelida por su afán de dedicarse a la creación poética.4 En sus últimos 15 años de vida, apenas si se dejaba ver en el jardín y en voz baja pronunciaba alguna interjección. “Trabajo en mi prisión y soy huésped de mí misma”, le respondió al médico por no haber ido a consulta. Hacia 1864 perdió casi por completo la vista.

En vida sólo permitió que le publicaran tres poemas. Su hermana, a escondidas, le hizo publicar algunos pocos más. Luego de su muerte encontró en su habitación 40 grupos de poemas. Si alguna influencia tienen sus versos en las obras que leyó, se podrían mencionar un himnario religioso de la biblioteca de su padre, la Biblia, a Shakespeare de quien leyó su obra completa, a Keats, su poeta preferido, a Tennyson, Browning y George Sand. Algunos la encuentran comparable con la fuerza del inglés Blake.

Su obra extensa y profunda, musical, regida por estudiado rigor y con lenguaje al alcance de cualquier pájaro en la palma de la mano, no ha sido valorada del todo hoy en día. Heredó la medida de los pies griegos y latinos, imprimió un tono musical que en el siglo siguiente los poetas seguirían, pero hay una sencillez, una irregularidad y un misterio que guardan los cuartetos, que jamás nadie podría intentar imitar. Es su sello, el espíritu volátil de mujer y la sensibilidad del agua que recibía del rocío de la mañana, lo que se transparenta en cada uno de sus versos.

Si intentáramos hallar un tema relevante en su obra, tal vez nos podríamos equivocar porque su ser hecho de inmortalidad sólo contenía un libro: la Naturaleza y su corazón. Muerte, tiempo e inmortalidad, propone Leticia Pérez Gutiérrez,5 sin embargo, Emily misma lo dice: “Es todo lo que hoy tengo / para traer. Esto y mi corazón. / Esto y mi corazón, todos los campos / y las vastas praderas. / Lleva la cuenta: si me olvidara / alguien podría hacer la suma. / Esto y mi corazón y las abejas / que habitan el trébol.6

Miss Emily fue un ser humano, no un mero cascarón de huevo, hueco y humilde. Era consciente de su valor y de su peso. Más que el ojo moribundo que busca con ansia por la alcoba el objeto que le dé sosiego, ella colgó el oído fuera de su castillo y percibió en su espíritu el único Sonido.7

El 15 de mayo de 1886 una ráfaga de alas se llevó del jardín de la casa de su aldea a esta mujer indescifrable. En su último suspiro, tal vez, encontró el beso del amor que cerrara su boca y diera descanso a sus labios murmurantes. Hubiera querido repetir la frase: “El amor no tiene para mí más que una fecha: 1º de abril, ayer, hoy y siempre”. Se fue con su independencia femenina intacta, sin amargura. Se fue sola y sin el equipaje de la compasión que suele acompañar a los mediocres. Se fue consciente de que la soledad en su vida fue la escondida flor que escogió para cuidar en su jardín.

Citas entrecomilladas tomadas de Wikipedia

 

Morir no duele mucho

Morir no duele mucho:
nos duele más la vida.
Pero el morir es cosa diferente,
tras la puerta escondida:

La costumbre del sur, cuando los pájaros
antes que el hielo venga,
van a un clima mejor. Nosotros somos
pájaros que se quedan:

Los temblorosos junto al umbral campesino,
que la migaja buscan,
brindada avaramente, hasta que ya la nieve
piadosa hacia el hogar nos empuja las plumas.

 

En mi flor me he escondido...

En mi flor me he escondido
para que, si en el pecho me llevases,
sin sospecharlo tú también allí estuvieras...
Y sabrán lo demás sólo los ángeles.

En mi flor me he escondido
para que, al deslizarme de tu vaso,
tú, sin saberlo, sientas
casi la soledad que te he dejado.

 

La sortija

En mi dedo tenía una sortija.
La brisa entre los árboles erraba.
El día estaba azul, cálido y bello.
Y me dormí sobre la yerba fina.
Al despertar miré sobresaltada
mi mano pura entre la tarde clara.
La sortija entre mi dedo ya no estaba.
Cuanto poseo ahora en este mundo
es un recuerdo de color dorado.

Versión de Eduardo Carranza

 

Soy nadie. ¿Tú quién eres?
¿eres tú también nadie?
Ya somos dos entonces. No lo digas:
lo contarían, sabes —

Qué tristeza ser alguien,
qué público: como una rana
decir el propio nombre junio entero
para una charca admiradora.

 

A salvo en sus cámaras de alabastro

A salvo en sus cámaras de alabastro —
insensibles al amanecer
y al mediodía—
duermen los mansos miembros de la Resurrección —
viga de raso,
y Techo de piedra.

Final 1.
La luz se ríe de la brisa
en su Castillo sobre ellos —
murmura la Abeja en un oído imperturbable,
trinan los dulces Pájaros en cadencia ignorada—
Ah, ¡cuánta sagacidad aquí perecida!

Final 2.
Solemnes pasan los Años, Crecientes, sobre ellos
los Mundos recogen sus Arcos —
y los Firmamentos— reman —
Se arrojan Diademas y se rinden los Dogos—
tácitos como puntos —sobre un Disco de nieve.

Versión de Miguel Artime

 

Ensueño

Para fugarnos de la tierra
un libro es el mejor bajel;
y se viaja mejor en el poema
que en el más brioso y rápido corcel.

Aun el más pobre puede hacerlo,
nada por ello ha de pagar:
el alma en el transporte de su sueño
se nutre sólo de silencio y paz.

Versión de Carlos López Narváez

 

Notas

  1. A propósito de Whitman, Dickinson, Williams y su obra. Bogotá: Norma, Colección Cara y Cruz. 1991. Pág 85.
  2. Ib. Pág. 73.
  3. Ib. Pág. 87.
  4. Ib. Pág. 91.
  5. Ib. Pág. 71.
  6. Ib. Pág. 71.
  7. Ib. Poema 733, pág. 85.