Letras
En las catacumbas no se baila tango

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La sentencia cayó sobre mí, como cae una bestia de rapiña sobre la carroña mutilada:

—Sabes bien que la Empresa se rige bajo políticas muy estrictas. Todos los días llegas tarde y parece que ni siquiera te importa; en definitiva no tienes remedio. He intercedido ante el Supremo hasta donde mi cargo lo ha permitido, pero tú mismo no te quieres ayudar. No puedo hacer más por ti. Estás despedido.

El Jefe cerró el gigantesco libro de registros —legajo de pergaminos amarillentos, gastados— con una rabia incómoda para ambos. Los últimos vocablos permanecieron estáticos en el aire durante algunos segundos, atrapados entre la desnudez de las paredes. La densa cortina de polvo que se adueñó de la habitación me hizo recordar la noche, el abismo. No quería regresar allí. No quería pertenecer una vez más a aquella mítica pero vergonzosa Legión de Desempleados.

Por mi mente desfiló una multitud de pensamientos; supongo que es así como los agonizantes deben ver pasar los recuerdos: jirones macilentos en un carrusel antes de la hora buena. Llegué a pensar que él, mi otro yo, había regresado tras meses de un descanso premeditado para reclamar lo que era suyo, la silla que nunca había dejado de pertenecerle. No hubo más remedio que contener los salvajes embates de la incertidumbre. No hubo más remedio que sobrevivir a la noticia.

El Jefe me condujo ante La Puerta, ese enorme elemento barroco e impersonal que abrió sus hojas mugiendo como un becerro. Señaló en dirección al interior. Descendí peldaño a peldaño la estrecha escalinata que conducía hacia las catacumbas, calculando metódicamente mis pasos, temeroso ante ese largo e inquieto sendero custodiado por la oscuridad. Sabía bien que a mis espaldas un arcángel me cerraría el paso ante cualquier intento de fuga, así que cualquier posibilidad de escapar estaba de antemano descartada. Débiles antorchas bosquejaban el recorrido interminable hacia los infiernos. Podía sentir el salitre adueñarse de mi espalda. Las huellas de los escalones parecían multiplicarse hasta la infinidad entre más se descendía al lúgubre reino. Desde lo más oscuro del macabro pozo, una loa negra destacaba algunas coplas.

Cuando bajé, el espectáculo me dejó aterrado. La Legión se arrastraba, ajena a todo pudor, sobre el piso de la gran celda enmohecida. La humedad se tragaba los sueños y un fétido olor a podre se adueñaba de todo. Los cuerpos se hacinaban, se retorcían unos sobre otros en un tango que cualquiera hubiera confundido con una tremenda orgía. Pero en las catacumbas no se baila tango, por más triste que éste sea. Las catacumbas sufren; y sus estertores, sus lamentaciones, resbalan sobre la piel de esos cuerpos sudorosos, sucios, hasta oxidar el acero de sus pesadas cadenas.

Yo no quería regresar con ellos. Sin embargo, no quedaba otra alternativa que cumplir los mandatos de las potestades del Cabildo Eterno. Ausente, con los labios cosidos por la impotencia, me despojé de mis ropas con la naturalidad de la víctima que sabe cómo colocar la cabeza bajo la guillotina. El mundo es un circo barato, el show de unos monos histéricos que juegan a la oferta y la demanda para pasárselas después debajo de las pelotas, objeté. Cuando me di cuenta estaba encadenado y enjaulado, recibiendo el trato de un perro sarnoso. Los grilletes laceraban mis muñecas; de mis ojos brotaban algunas lágrimas. Me acordé de los santos, yo, que nunca creí en ellos. Me acordé de mis padres y mis hermanas. Ahora sólo quedaba esperar. Aguardar esta larga, fatigosa marcha de los días. De mis labios nació un suspiro. Luego la queja. Luego el dolor más hiriente; los lamentos desgarrados del que nada espera. Me mezclé entre esos cuerpos bañados en aceites de carne, bañados en castigo. Desde entonces espero impaciente el fin del suplicio, la ocasión de abandonar, para siempre, este tormento perpetuo que no merezco.