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Miguel de Cervantes SaavedraTres cervantistas

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Un clásico es una obra que generalmente suscita una enorme cantidad de anécdotas novedosas y de discursos críticos adeptos, y a veces, no tanto. Cervantes como autor de clásicos lo ha hecho sin interrupción, durante más de cuatro siglos. Hay que comenzar por allí sin embargo, para hablar sobre el primer cervantista, del escritor Azorín y del gran intelectual español Francisco Rodríguez Marín, que vivieron a principios del convulsionado siglo XX. Y que supieron homenajear y reivindicar a aquel primero.

En el libro Con Cervantes, libro de ensayos que Azorín publicó en 1947, en la Editorial Espasa-Calpe, rescata la posibilidad del primer cervantista. Cabe decir que Azorín fue un cervantista hasta los huesos, al punto tal de haber dedicado varios libros a Cervantes. Y por otra parte, de haber llegado a esbozar un guión para filmar una película sobre el Quijote, junto al distinguido cineasta húngaro Vincent Korda, allá por el año 1957. Este plan finalmente no prosperó.

Aun así está bien claro que lo cervantista es hoy premisa de un idioma, un país o una institución y todo aquello que es propio de lo masivo, tan común en nuestros tiempos. Azorín sin embargo en el último ensayo de este libro destierra el nombre de Francisco Márquez Torres como justamente el primer cervantista, que prologó y acaso defendió los primeros ejemplares de las famosas historias del Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha, más precisamente en su segunda parte, publicada en 1615. Azorín así escribe: “No puede haber escritor sin sentido concreto. Márquez Torres tiene ese sentido. Cuando se ha explayado el autor en lo abstracto, de pronto evoca un hecho. Va a contarnos algo que desea precisar. Sí, ha ocurrido lo que él va a decirnos en tal día. Dos días después del hecho es cuando él escribe. Lo que cuenta Márquez Torres está, pues, reciente”.

Francisco Márquez Torres fue un capellán del arzobispo de Toledo, que nació en 1574 y falleció en 1656 en Guádix, a los 82 años de edad. Azorín nos dice que aquel celebre pero ahora desconocido prólogo, fue escrito una fría mañana del 27 de febrero de 1615, en Madrid, poco antes de la publicación de la segunda parte del Quijote. Dos días antes, tan sólo eso, había estado con unos franceses que viajaron hasta España para hacer algunas negociaciones. Es ahí cuando preguntaron por Cervantes. Azorín advierte que Márquez Torres fue el primero en reportar del reconocimiento prematuro que Cervantes tenía en Francia (ya por aquellos años) en un prólogo de dos páginas y media. En aquellos años Cervantes ya estaba en el último tramo de su vida, ya había escrito casi todos sus libros, y su salud se deterioraba día a día. Pero paradójicamente, ya comenzaba a vislumbrarse la dimensión de su obra: “Apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la estimación que así en Francia como en los reinos sus confinantes se tenía de sus obras: la Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria, la primera parte désta, y las Novelas (…) Preguntáronme muy por menor de su edad, su profesión, calidad y cantidad”, prosigue Márquez Torres. “Halléme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre”.

Lo que se omite aquí son algunas cuestiones bastante jugosas sobre la vida del creador del Quijote, cuestiones que a lo largo de los años fueron llevadas a lo apócrifo. Parece ser que después de haber corrido tanta tinta y de haberse impreso tanto papel, comenzamos a apreciar la importancia de algunos prólogos y de lo imprescindible de ellos en algunos de ellos. Es como si la grandeza de un libro se adueñara incluso de los que le antecede. Por otra parte, la creación y publicación de una joya literaria, pide muchas veces la menor y más cuidadosa modificación posible. Lo curioso es que quienes editaron El Quijote (nada más y nada menos) no hayan guardado el primer prólogo de la segunda parte. Ya que es una porción nada desdeñable, tanto como aquel que escribe, en el primer tomo, el mismo y solitario Cervantes.

Azorín nos advierte que sólo en las ediciones originales del siglo XVII y en la última edición que Francisco Rodríguez Marín (1855-1943) de las cuatro que él hizo. El método de este editor consistía en glosar y explicarlo con notas eruditas. Rodríguez Marín ha publicado ediciones críticas del Quijote y de otras obras de Cervantes, incluso inéditas.

La primera había sido en 1911. Y la última fue póstuma, publicada en 1947, cuatro años más tarde de la muerte del mismo (1943) y en el cuarto centenario del nacimiento de Cervantes. Esta es la más recomendable de las cuatro que pertenecen a Rodríguez Marín.

Francisco Rodríguez Marín ha sido uno de los que más han aportado a la obra cervantina. Su primera edición, todavía disponible sin actualización en la serie Clásicos Castellanos de Editorial Espasa-Calpe, es inferior a tres siguientes. A lo largo de sus tres primeras ediciones del Quijote, varió los comentarios y los mejoró en número y expresión, “más atento”, declara en la tercera edición, “a decir cosas no dichas por nadie que a reproducir las notas de mis ediciones anteriores”.

Para la cuarta, póstuma, había preparado las mil notas nuevas ya anunciadas en el título. En esa “aventura literaria”, dice en el prefacio de la segunda edición, “la de más empeño y dificultad que emprendí en mi larga vida de escritor”.

El Quijote, junto a Cervantes, mas allá de las centurias, de la actualidad y de los best-sellers, aún siguen dando mucho de qué hablar.