Artículos y reportajes
Apuntes de un profesor de bachillerato

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Mafalda1

Hemos de creer que la escuela también hace posible muchas verdades. Aquella, por ejemplo, de que la mayoría de los seres humanos nos pasamos la vida buscando grandes respuestas para los males que nos aquejan, cuando es la observación minuciosa de los pequeños detalles la que nos permite vislumbrar la salida a nuestras dudas e inquietudes. Digo esto sin pretensiones de sentencia y más como una tierna lección que me fue dado aprender gracias a la costumbre de no conformarme con lo que me sugieren las apariencias y asumir el acercamiento a la vida y el alma de los niños como el único libro que el profesor no debe privarse nunca de leer.

Magdalena —reconozcamos así a la niña de mi crónica— se empecinaba en no leer, por más que mi agobiante insistencia se lo pedía y por más entretenido que estuviera el curso de la historia, que mantenía a todos en suspenso y del cual sólo restaba el final (que yo había reservado para su voz, precisamente para su voz). No hubo poder divino ni humano que la convenciera de ponerse de pie y leer el breve párrafo que nos dejaría saber si el malvado león se había salido con la suya o, por el contrario —y como anhelaba la concurrencia, yo entre ella— los otros animales de la selva le habían dado un justo merecido y liberado a sus amigos, forzados por éste desde hacía varios días a penosas labores.

Fue necesario escoger a otro estudiante de entre las muchas manos que se levantaban pidiendo la oportunidad de leer el final de la historia, pues Magdalena no se decidió a hacerlo. Complacidos con el desenlace, los niños salieron a recreo y yo me quedé con este acucioso interrogante revoloteando en mi cabeza: ¿por qué Magdalena no había querido leer?

No quise preguntárselo en seguida, pues mantenía la cabeza recostada sobre el brazo del pupitre y con las manos en los oídos, como queriendo poner una infranqueable barrera entre ella y el resto del mundo. Así que salí del salón procurando no hacer ningún ruido que interrumpiera el silencio perfecto que ella guardaba.

Tras comprar un refresco y caminar sin interés por los pasillos de la escuela, me acerqué a una ventana ubicada en la parte trasera del curso donde momentos antes estaba. Entonces lo vi: la pequeña Magdalena ya se había levantado y se asomaba ahora tímidamente a la puerta del salón para atisbar a sus compañeros y a los otros niños que corrían y gritaban en el patio de recreo. En medio de los pliegues de la falda azul de su uniforme un enorme hueco (luído con seguridad por el prolongado tiempo de uso y las muchas manos de jabón de cada tarde), la obligaba a llevarse las manos atrás. Comprendí que su negativa de leer no había sido ningún acto de rebeldía ni mucho menos señal de incompetencia para realizar un ejercicio que, sabía, le agradaba, sino un desesperado mecanismo de defensa, ya que hubiese bastado con que ella se levantara para que sus compañeros vieran la desfondada falda y soltado la carcajada unánime.

Terminé aquella jornada moviendo la cabeza de un lado a otro, como quien se empeña en negar una realidad que lo apabulla, y con una sonrisita en los labios que no era de gozo sino de desencanto, de rabia y frustración. Como una manera de expiar aquellos sentimientos, decidí que, en adelante, cuando uno de esos colegas de aire circunspecto que tanto abundan en las escuelas me preguntara con voz inquisitoria por qué los niños no leen, sin titubear contestaría:

—...Porque tienen el uniforme roto.

Y pondría cara de quien ha descubierto una grave verdad, aun a sabiendas de que aquellas no eran las palabras que un sujeto como él debía esperar.

 

2

El lector (sobre todo si es un joven lector) sabe bien que la frase “un amigo es una luz” es un verso de la archiconocida canción Amigos, cuya letra y melodía pusiera en labios y corazones sensibles, desde hace poco más de una década, el grupo argentino Los Enanitos Verdes. Completa, reza así: Un amigo es una luz brillando en la oscuridad, y no sé por qué, aunque sencilla y sin muchas pretensiones, siempre me ha parecido una muy hermosa definición de lo que son esos seres leales, incondicionales y desinteresados que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, y que hacen, con su grata presencia, más llevadero el hecho de existir. Tan rotunda y certera se me antoja la frase, que hasta creo se puede tomar como pretexto para divagar un rato sobre el tema de la amistad. No es otra cosa lo que haré en estas breves líneas.

Encontramos que a la oscuridad que traen las innumerables tribulaciones por las que debemos pasar en la vida, la frase opone la luz que viene de la amistad. Una luz que brilla para que nosotros podamos encontrar un punto en el que apoyarnos mientras nuestros ojos se acostumbran a la penumbra o hallamos una salida que nos conduzca a parajes menos tenebrosos. Ahí está con claridad, sin decirse, la palabra que nombra una de las cualidades más hermosas de la buena amistad: la solidaridad. Pues, con certeza inapelable, se podría afirmar que ningún amigo de verdad deja abandonado al otro frente a las inclemencias o a las adversidades. Esa acción no es propia de almas virtuosas, y esa cualidad —además de la sabiduría— es la que el orador y pensador romano Cicerón establece como condición para que subsista la amistad. Lo contrario es el egoísta individualismo, que a veces logra disfrazarse de amistad, pero que el tiempo —ese juez certero y eficaz— termina por dejar al descubierto.

Es fácil caer en la cuenta de que son muchas las plumas que se han ocupado del asunto de la amistad y muchas las páginas que se han escrito sobre ella, pero pienso que el libro que a diario logra las más memorables es el de la vida misma. Hombres y mujeres que, sin importar las cruentas circunstancias por las que atraviesa el mundo, con sus actos desprendidos y altruistas reafirman lo mejor del ser humano. Y en ese libro, merecen capítulo aparte las que con alegre desenfado y gran ternura escriben los jóvenes, que, por supuesto, son quienes más tararean la canción de marras. En efecto, son ellos los que, tal vez por su alma aún no cuarteada por los dolores de la existencia y desprovistos de engorrosos prejuicios, se acercan entre sí sin ninguna prevención y con un espíritu puro, dispuesto al sacrificio por los demás. En ese sentido, son muchas las lecciones que tienen para darles a algunos adultos, a los que el paso del tiempo vuelve prevenidos, insensibles, egoístas e incapaces de prodigar un gesto tierno por el temor de ser tenidos como débiles. Una de esas páginas es de reciente ocurrencia y, como fui testigo de excepción de ella, no dudaré en compartirla.

Ocurrió la tarde de un lunes, día que suele ser gris y pesado para la vida de los escolares. Uno de los estudiantes de mi grupo había tenido un fin de semana terrible, que hasta su misma facha descuidada delataba. Estaba agobiado por las agrias disputas con sus padres, por la posible ruptura con su novia de toda la vida y, sobre todo, por su carácter inclinado a la sumersión. Ajeno a cuanto discurría en torno suyo, no hacía más que llorar y malhayarse de su suerte con la cabeza recostada sobre el brazo del pupitre. Inútiles fueron mis intentos y los de varios de sus compañeros por persuadirlo de integrarse a sus deberes y hacerlo salir de ese estado. Musitaba entre sollozos que la vida no tenía sentido, que quería morirse. Sonó el timbre y salí del salón de clases lastimado por ese cuadro de desolación en un alma tan joven. En el camino hacia el otro curso, me alcanzó uno de mis alumnos, quien me dijo que le permitiera llevarse a su casa al compañero afectado. Aseguró con voz entrecortada que él sabía cómo tratarlo, qué palabras decirle, en fin, qué consejos darle en ese duro trance. El sufrimiento por el dolor de su amigo se le veía en los ojos. Me habló con tal seguridad y confianza en su solidario gesto que no dudé en tramitar para ellos el permiso de salida. Se marcharon juntos (pude ver desde lejos las espaldas con morrales que atravesaban el portón que franquea la entrada y salida del colegio) y yo me quedé el resto de la tarde, entre hojas de exámenes y tareas, pensando cuál había sido el desenlace de aquella conmovedora escena. No tuve que preguntarlo: la sonrisa alegre y los ojos vivaces que encontré al día siguiente en el puesto en que el día anterior había un ser humano abatido y quejumbroso me indicaron en seguida que el dios de la amistad se había hecho presente de nuevo entre nosotros.

Un amigo es una luz brillando en la oscuridad. Qué hermoso es mirar la vida desde esa tierna perspectiva, ¿cierto? Y, por el contrario, qué pesar da contemplar el cuadro patético de muchos que eligen el áspero camino contrario de vivir hiriendo a los demás.

 

3

—¿Cuándo llegará el día en que sus clases se ocupen del mafaldismo?

La pregunta se la he formulado, así, a quemarropa, al profesor de filosofía con quien me he topado en uno de los pasillos de la escuela. El hombre me ha mirado con inocultable incredulidad y, aunque se ha detenido por unos cuantos segundos, en seguida ha proseguido su marcha dejándome a mí con la palabra en la boca y haciendo un gesto para el que la sociedad ha establecido un claro e inapelable significado: “Está loco”.

Como pueden ver, mi ilustre colega que se codea diariamente con los hombres más ilustres que ha tenido la Historia, no me ha dado ni siquiera la más mínima oportunidad de exponerle mis argumentos en torno a la cuestión del mafaldismo, tema que, según su empañada óptica, no debe existir (porque lo que no aparece en los libros no existe) y al que ningún maestro de filosofía serio y trascendental como él debe prodigarle un solo instante de sus elucubraciones, mucho menos abrir el menor resquicio en su apretada cátedra, preñada de nombres, fechas y pensamientos.

Me ha tocado, de nuevo y por enésima vez, rumiar mis inquietudes acerca de quien me ha deparado innumerables momentos de profunda meditación acerca del ser humano y su azaroso tránsito por la Tierra; una de quien tuve noticia en la infancia y desde entonces no ha dejado de asombrarme por sus pertinentes ocurrencias que tocan lo divino y lo humano con gracia y desenvoltura; la que, con aparente inocencia, desarma las no siempre nobles intenciones de los adultos que circulan a su alrededor: Mafalda.

Entonces, he vuelto a concluir que si una escuela filosófica (toco madera, pues, sin querer, invado los predios de mi ilustre colega) está formada por un conjunto de ideas, por una serie de pensamientos que reflejan una concepción del mundo, no hay explicación posible para que en los textos de filosofía no se hable del mafaldismo, una doctrina tan seria e importante como la socrática, la platónica, la kantiana o la hegeliana, para sólo mencionar algunas de las muchas que se traen a cuento en dichos textos y que forman parte del abrumador repertorio que, con muy pocas y honrosas excepciones, nuestros pacientes y resignados discípulos no alcanzan a descifrar.

Y como cuando uno no encuentra explicaciones —o se las niegan, como ha hecho conmigo este colega— los interrogantes se multiplican, no puedo dejar de preguntarme con la acuciosidad de un aguijón: ¿será tal vez porque su precursora no tiene las largas barbas, los espesos bigotes ni el aire meditabundo con que desde niños se nos ha acostumbrado a identificar a los grandes pensadores? ¿O porque en lugar de la solemnidad ésta ha escogido la picardía y el humor como maneras de asumir la vida? Si son estas las razones, me temo que se ha cometido una grande injusticia con una pensadora de tan altos quilates y profundidad de pensamiento. Sería bueno, pienso yo, iluso como suelo ser, que para enmendar este gravísimo error los maestros que se encargan de despertar el amor por Sofía deberían, sin pérdida de tiempo, adelantar una cruzada para hacer imprimir la imagen de Mafalda en los libros y sugerir que se le dediquen capítulos enteros. Tal vez hasta sea posible esperar que su busto sea colocado en museos y plazas del mundo entero y su retrato figure en las bibliotecas de las escuelas al lado de próceres y pensadores de alta alcurnia.

Pero como yo sé que mi colega hallará truncas estas razones, con previsión le detallo que el mafaldismo consiste en la interrogación sistemática de cuanto se nos presenta en la vida. Dicho con otras palabras, desde la perspectiva de esta escuela es deber del ser humano someter a una minuciosa revisión aquello que se le quiere imponer como lógico, pues la esencia de la persona se encuentra en su autonomía y libre albedrío. Bien se puede ver con estas premisas que el mafaldismo rechaza abiertamente lo establecido por un orden exterior, pues para esta escuela sólo desde la libertad se puede trascender.

En cuanto al aspecto, digamos, social, al mafaldismo le preocupan en grado sumo las injusticias y desigualdades, los atropellos y la violencia. Sueñan los mafaldistas con un mundo mejor, lleno de afecto y tolerancia y en el que no caben padres ni maestros dictatoriales, especies a las que se tienen como enemigo de cuidado, ya que es fama que acostumbran imponer sus ideas sin tener en cuenta las de los otros y sin dar razones ningunas.

Por otro lado, la historia de las ideas debe decir que Mafalda no es una de esas pensadoras insulares a la que, pequeña Quijote, le haya tocado abrirse en paso en solitario para dar a conocer su pensamiento. Es decir, contrario a lo que ha ocurrido con otros, ella no ha predicado en el desierto, pues desde la génesis su escuela la han acompañado otros pensadores que se le equiparan en talante y profundidad, tales como Manolito, Susanita, Felipe, Miguelito y una vasta “legión de ángeles clandestinos” compuesta por niñas, niños y adultos de corazón infantil que no cesan un ápice en su empeño de trastocar este mundo hostil y desigual que algunos defienden a capa y espada nada más porque les permite mantener sus desmesurados privilegios a expensas de la tristeza de otros.

Son ellos, ni más ni menos, quienes nos han regalado ideas brillantes como éstas que rara vez uno encuentra en los otros pensadores: “Si los autos quieren suicidarse allá ellos; lo que no se entiende es esa manía que tienen de hacerlo cuando llevan gente adentro”; o tal vez esta otra, que arroja un chorro de luz sobre un aspecto de mucha trascendencia: “¿No es sorprendente lo útil que resulta la espalda para irse? No sé cómo haría la gente para irse si no tuviera espalda”; o esta que, dada concreción y certeza, no admite discusión: “Soy una convencida de que la gente que es pobre no lo hace por la maldad”.

¿Ahora ven por qué no dejo de preguntarme cuándo llegará el día en que las clases de filosofía se ocupen del mafaldismo?