Letras
Un hombre feliz

Comparte este contenido con tus amigos

Subía yo por la avenida 4 cuando me percaté de que no tenía cabeza. Así como lee: no tenía cabeza.

En un primer momento, comprenderá usted, el susto fue mayúsculo. No daba crédito al reflejo que arrojaban las vidrieras cuando pasaba frente a ellas. Tenía ante mí un tronco, un par de piernas y unos brazos moviéndose acompasados, pero sin la presencia de esa protuberancia unida al cuello adonde van a parar nariz, ojos, orejas y rostro.

Sentía mi corazón como una máquina a punto de estallar, algo parecido al ruido que emiten los carros descompuestos, casi desahuciados por el uso y el abuso. Mi corazón iba a salírseme del pecho, por lo que tomé la decisión de detenerme, justo frente al gran espejo de Farmatodo, y aspirar profundamente el aire que a todas luces me faltaba.

Me pellizqué, me froté la cara con las manos, y fue entonces cuando comprendí que era definitivo. Me había transformado en poco menos que un engendro. Lo que llegué a contemplar, incrédulo y estupefacto, era un monstruo. Decir que me froté la cara con las manos es decir una mentira, claro. Por mucho que intenté dar con ella, con eso que pierde relevancia para la conciencia por tratarse de una presencia tan natural como el hecho de tener pulgares o vellos en la piel, precisamente por eso, únicamente atiné a lanzar brazadas que se ahogaron en un vacío que fui incapaz de explicarme por más vueltas que le di al asunto. No lograba controlar las piernas. Sentí náuseas. Lloré. A todas éstas, lleno de pánico e impresionado a más no poder, a punto de perder el juicio, pensé en examinar mejor mi situación, intenté ganar algo de calma para luego analizar con mayor detenimiento todo cuanto me ocurría. La calle no se me antojó el mejor de los lugares para un examen a fondo del sitio de mi anatomía en el que debería hallarse mi cabeza. Fue cuando pensé de pronto en Jaramillo.

El viejo Jaramillo tenía un café sucio, mal iluminado y peor ventilado, justo a pocos pasos de Farmatodo. Bastaba cruzar la calle, bajar unos metros en dirección al viaducto de la 26, y entonces darse de bruces con el lugarejo, que dicho sea de paso carecía de nombre, de letrero que fungiera como identificación, de algo que al fin y al cabo pudiera servir de gancho llamativo a la hora de atraer posibles clientes. Jaramillo tenía su cuchitril casi al lado del Santa Rosa, otro café, pero éste sí, uno de ésos como Dios manda, saturado de coquetas, pulquérrimas mesitas dispuestas en hileras con manteles impecables y oloroso a grano colombiano, recién molido y listo para ser utilizado. Pero no nos dispersemos. La cuestión es que se me vino a la mente (iba a decir a la cabeza, qué ironía) Jaramillo porque en el baño de ese antro había un espejo que me serviría. Decidí encerrarme para escudriñar mi cuerpo sin molestias, sin transeúntes.

En efecto, llegué al café de Jaramillo, un viejo cascarrabias, inteligente y buen conversador (¿qué más puede uno exigir cuando se dispone a disfrutar de un marroncito?) y en la desesperación casi dejo las sienes en la puertecilla del baño, cosa de lo más curiosa, porque aun sin el menor rastro de cabeza encima de los hombros, actuaba, pensaba y podría decirse que hasta sentía como si dispusiera de ella. Gracias a Dios no había nadie, por lo que giré apurado el mango y me introduje, sintiendo otra vez el corazón en la punta de la lengua. Ya adentro me aflojé el nudo de la corbata, tiré el maletín a un lado, coloqué el manojo de carpetas, cuadernos y otros documentos encima del lavamanos e intenté verme de frente.

Nada. No había nada. Un golpe de desánimo me acribilló el pecho. Sentí las lágrimas brotar otra vez, el cosquilleo sutil en su camino cuesta abajo a través de las mejillas. Entonces traté de consolarme de todas las maneras imaginables. Por último, recé un Padrenuestro, luego un Ave María, los que de algún modo actuaron como apaciguadores: el efecto hizo que pensara con algo más de nitidez, al punto que reconsideré mi estado, no tan perdido ahora como supuse en un principio.

Pensé en Kafka, en el pobre Gregorio Samsa convertido de buenas a primeras, sin ninguna explicación, en un vulgar bicho, en insecto repugnante. Pensé además en las historias de Indias, esas leyendas y cuentos inverosímiles que había leído con fruición desde mi época de estudiante en esta misma ciudad. Como si presenciara una extraña proyección cinematográfica, para mi asombro y sin el menor asomo de dificultad, vi con claridad las enigmáticas ilustraciones de un libro que prácticamente había olvidado, uno de Mandeville en el que seres descabezados habitaban la antigua región guayanesa más allá de los tiempos prehispánicos y hasta la llegada de Colón. En lo que hoy es Venezuela Walter Raleigh supuso haberlos encontrado, según lo refiere un estudioso de seriedad incuestionable como Vladimir Acosta en su edición de El continente prodigioso, llevado a la imprenta por la Universidad Central de Venezuela. Un prodigio, eso era. Y un prodigio, pues, acabó siendo mi nueva realidad.

Me sentí perseguido, expulsado de un imaginario medieval que, más que imaginario, resultó una concreción verídica, tan real como el hecho de que hoy en día sea un hombre sin cabeza. Mi condición y el lugar de donde vengo no dejan lugar para la duda, lo que trae a cuento cierta pesadez, cierta irresoluble confusión, típica de las cosas que están ahí, que existen, que te agarran por el cuello y te obligan a fruncir el ceño, pero que no comprendemos ni podremos entender jamás del todo. Yo encarno el paso de una realidad a otra que antes sólo vislumbraba en las ensoñaciones de Julio Verne, de Salgari, de H. G. Wells en sus mejores obras, y tal verdad me alegra de una forma indescriptible.

Como por acto de magia se esfumaron los temores. El acéfalo que desde ese mismo instante acepté ser vive ocupado en otras cosas, tan o más interesantes, e incluso fascinantes, que las ejercidas por un sencillo profesor universitario, ocupación que era mi oficio hasta aquella fecha memorable, al punto de que en el presente resultaría terrible, impensable, muy triste además, retroceder a mi antigua vida, tan mediocre, tan gris, tan predecible, tan llena del lugar común que define por antonomasia a los humanos. Esta es mi historia, y es una historia de alegrías. He logrado ser, qué duda cabe después de tantos años, un hombre feliz.