Artículos y reportajes
Adriano González León. Fotografía: Gabriela Pulido
Adriano González León. Fotografía: Gabriela Pulido/El Nacional.
De voces, madrigueras, enquistamientos, concelebraciones y silencios...
(Memoria de Adriano)

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No me he ido. He estado acá, en mi terruño; si no agazapado, sí un tanto esquivo a las luces y al comercio entre los hombres. No he estado oculto a los amigos, pues a unos cuantos les consta que, cuando el día fue propicio, pudimos compartir en casa gratos momentos. Particularmente agradezco aquellas ocasiones en las que cerramos (y, más aun, en las que abrimos y cerramos) la velada entre coplas y cantos. Nada de disquisiciones políticas de cutícula. Los hilos de mi espíritu lograron, por fortuna, mantenerse desconectados de un afuera signado por la sempiterna ramplonería política que, por una parte, ha ofuscado a los hijos de la nación y, por la otra, les ha sumido en una perniciosa somnolencia, cuyo más emblemático atributo es la insensibilidad hacia la vida.

Termina uno agotándose de tanto discurrir contra la insania del alma que señorea en el orbe. No es que desee uno atribuirse categoría de virtuoso y saludable ante el resto de los mortales sino que, precisamente, porque constata la endémica propagación de tal insania es que busca refugio en su madriguera. Por fortuna, la voz siempre está allí, en el fondo, con uno, acompañándole, guiándole como un Cicerón de informe rostro. Siempre está la gana del vivir, latiendo, respirando, inquebrantable, saltando de un lado a otro, de una esencia a la otra, de una identidad a otra, esto es, de un pecho a otro pecho; de la roca al fuego, del fuego al agua y del agua a la piel. Porque roca, fuego y agua portan su piel tanto como la portan un ruido o un aroma fortuitos. Y tal voz, voz de la gana, acude en nuestro rescate con los más poderosos o delicados timbres que quepa imaginar; en ocasiones, arrobándonos en un estado de sutileza del ánima que ni el propio Thor podría vulnerar con sus belicosas arengas y los arabescos de su insinuante martillo; en otras, secuestrándonos a un estado de incomprensible dicha o gracia, que agradecemos sin saber a quién o por qué y sin que ello haya de preocuparnos demasiado. La voz de la gana, del apetito de vivir, voz de una golosidad que no persigue hartura, late en todo corazón humano. Pero si muchos de nuestros corazones marchan desquiciados, acaso, ello sea atribuible al hecho de haber desmadejado el hombre la casa del alma. La palabra lo dice: des-quiciar. Los seres humanos le hemos arrebatado a la morada del alma el quicio donde se apuntalaba la puerta que daba paso a nuestra esencia y que, a un tanto, nos comunicaba con ese cielo que despunta justo ante nuestras narices. Acabamos con los momentos de reclusión y soledad, imperiosos a toda humana identidad. Y es en virtud de tal acto de cercenamiento y anulación que sólo algunos pocos espíritus logran mantenerse receptivos a la escucha poética, gracias a que no se rehusaron a la captadora contemplación de las singularidades silenciosas o fugaces con que nos obsequia madre natura.

Pero zurzamos desde otros puntos del lienzo...

Tengo un amigo que suele decir que se va a las catacumbas cuando necesita desprenderse del mundo del hombre. Esto es, por separarse de un afuera concebido para no dejar espacios ni continente a la esencia del vivir sin más, del vivir por puro gusto o del porque sí. Acaso no sea yo tan disciplinado como lo es mi amigo para disponer de ese culto a voluntad, pero el alma me lleva cuando ha llegado el momento de atenderme; y, de cuando en cuando, me ataca una sed de enquistamiento ante lo humano. Simplemente se da, es algo morfológico, algo así como el portento de la crisálida, previo al de su apertura al mundo.

Hace unos meses, en una entrevista, Miguel von Dangel soltó una frase sumamente perspicaz. Un periodista respetuosamente le increpaba el porqué de su silencio de los últimos años, ante tanto extravío y sonambulismo como los que se han apoderado del país. Él simplemente le espetó con una frase afilada como una navaja: “Es que no hay nada que decir”. No recuerdo si fue en esa misma entrevista o, luego, durante una breve conversación cuando Yineska (para decirlo a la castiza, mi señora), nos presentó, en ocasión de la exposición de una parte de sus obras, que agregó: “Es que ya todo está dicho”. Algo subyacente en mi fondo me hace sentir muy cercano a tales giros de expresión. Es como si dijéramos: “es que no hay nada que agregar” o “los bárbaros no tienen que llegar para complacer a nadie, pues los bárbaros ya están aquí, jadeantes en nuestra respiración”. Entre lo más reciente de su trabajo se encuentra una serie de cuadernos que él ha titulado, muy al propósito, Desperanto. El título es sugerente. Cuadernos saciados de imágenes, colorido e indescifrables jeroglíficos. Pues vivimos en una moderna Babel, bajo el atropello de catequizadas hordas de barbarie. Contemplando algunos de esos cuadernos me pareció percibir como si algo similar a aquello que he denominado enquistamiento ante lo humano fuese lo que les hubiera dado vida.

No podría dar cierre a esta crónica sin hacer alusión a que este año hubiera comenzado con el súbito adiós de Adriano González León. Si algún alumno suyo no saliera alguna vez de sus charlas en la 201 amando entrañablemente la literatura, probablemente haya sido porque desafortunadamente tenía obstruidos los caminos que van del oído al corazón o del corazón a la lengua, porque su sinceridad de sentimiento y la potencia de su expresión lograban conmover hasta al más desvencijado de los pupitres. En medio de sus clases, le agradaba improvisar, como lo haría un músico, literatura oral y animaba a los estudiantes a que participaran en el juego creativo. También gustaba ensayar cadáveres exquisitos con sus discípulos. Imagínense, en el aula más amplia de la Escuela de Letras de la UCV, resultaban unos difuntos un tanto sinuosos para oficiarles sepultura. La única frase de corte poético que me atreví a expresarle alguna vez, aparte de las consignadas en las aburridas pruebas escritas (creo que a él le aburrían más que a los estudiantes, por ello se iba a tomar un café mientras se presentaba el examen), fue la que lancé en una de esas componendas cadavéricas: el escorpión rosado de mis esperpentos... A él le gustó e hizo mención de ello y eso me bastó para seguir en mi inveterado anonimato. Días atrás Yineska me soltó una de esas frases suyas que se me quedan revoloteando por los aires. Me decía que Raúl Vethencourt, dueño de la legendaria Librería Suma, quien igualmente nos dejara de un modo un tanto absurdo antes de la Navidad (aun cuando la muerte acaso sea lo menos absurdo de todo futuro individual), como buen librero, se había llevado a un escritor de la mano. Quedó pendiente la copia que Yineska le había prometido a Adriano de aquella elegía que él escribiera con motivo del estallido del Challenger, aquella nave espacial que llevaba entre sus tripulantes a una maestra, escrito que a él se le había extraviado. Si existe un paraíso, un más allá, una celestial tierra de nadie que nos podremos figurar de una y mil formas, seguramente ya Adriano habrá entablado una de sus gratísimas conversas con la maestra, quien llevándole de la mano le estará dando noticias del más allá en una lengua críptica e incomprensible para el común de los mortales. A no dudarlo, Adriano es uno de los más espléndidos conversadores que haya dado a luz nuestra tierra. Y ¿por qué no? Acaso Raúl les habrá llamado ya para que vayan a tomar sus copas rebosantes de vino tinto, mientras él alza la suya, para brindar y dar las gracias por haber podido reanudar un ritual al que se vio forzado a abstenerse en tierras bajas; total, ya no hay corazón, ni riñones, ni hígado, ni ácido úrico que pesen en conciencia alguna. A Raúl no puedo más que procurarle mis gracias pues, por él di con muchos de los libros que han sido ejemplares en mi vida. Sin él yo no hubiera dado, en el momento en que di (y en el que lo necesitaba), con un par de libros maravillosos como lo son La Diosa Blanca y Los dos nacimientos de Dionisio, ambos de Robert Graves, por citar sólo dos. Lo he dicho antes, creo, con Graves que todo poema que haya sido pergeñado honradamente invoca a la Diosa Blanca, está escrito por su propio insuflo. De cuando en cuando, me da por cazar los momentos en que ella aparece entrelazada en la dicción (toda escritura es, antes, dicción). En poesía ella suele aparecer veladamente, aunque muchos poetas le han dedicado explícitamente muchos de sus cantos. Pero resulta asombrosa la cantidad de veces que lo hace encubierta entre los tejidos de la prosa narrativa o ensayística. Por ejemplo, en la extraordinaria Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez, ese secreto mejor guardado de Venezuela, para remedar una expresión de Álvaro Mutis cuando hizo alusión a la persona y la poesía de Juan Sánchez Peláez.

Bien. Ahora sí. Cierro esta crónica con el Acto final (¿acaso un canto a la diosa?) de Hueso de mis huesos, libro de Adriano publicado en 1997 en la Rayuela del querido Gonzalo Rodríguez. Qué curioso, ése fue el primer libro de poesías de Adriano quien, ante todo, fue poeta. Entiéndaseme bien, para él lo sustancial era la poesía, incluso en la escritura narrativa.

 

Acto final

Detrás queda la espada envuelta por el fuego.
Restos de la fruta apetecible. El agua de oro y el
agua de piedra han corrido por los cuatro ríos.
La serpiente queda rezagada entre las hojas.
Con pieles y con túnicas hemos desafiado la
intemperie del mundo. Junto a las bestias y las aves
del viento, has cansado tus pies y multiplicado
tu dolor. El pan, que ha sido el pan de la lujuria
y los secretos, te lo ofrezco humedecido,
embriagado de lágrimas, cubierto de polvo para
salvar el polvo. Heredaste del reptil la doble lengua
de la seducción y el desamparo. Por eso tus
palabras se aproximan o desandan. Por eso obedecí
a tu voz y omití al ángel. Me tendiste tus brazos
desde el árbol. Yo me sentía el primer caballero
y no podía desairarte. Ese cambio de cortesías
quebrantó las ordenanzas, pero nos hizo conocer
el bien y mal. Ni ángeles, ni demonios,
ni dioses, nos volvimos humanos...
Y comenzamos a comernos la tierra con amor.