Letras
Ensayo sobre la flojera

Comparte este contenido con tus amigos

Ahora se quejaba porque salió mal en el examen. Suspiró mientras pensaba en las causas de su fatal resultado. Recordaba la noche de farra con sus amigos, las muchachas del río y los litros de alcohol que aún retumbaban en su cabeza. La música, los besos y los tragos vencieron el brevísimo repaso a sus apuntes de la universidad y borraron uno a uno los escasos datos que pudo retener la clase anterior. Ahora estaba arrepentido de haber hecho caso de las insistentes peticiones de sus compañeros. Todos cayeron en la vieja trampa de la última hora, porque según ellos, una buena nota se recupera pero un buen rato, nunca.

Los papeles habían cambiado: Ayer feliz, hoy triste. Ver cómo al cerebrito del salón no le cabía la sonrisa en la boca al obtener la máxima nota y múltiples elogios, no era nada gracioso. Ni siquiera las caricias de todas las perversas de toda la universidad lograrían cambiar su semblante. Una botella que no se acabara nunca no le ayudaría a olvidar que reprobó la materia. En la soledad del casi oscuro salón de clases, se mostraba lelo, como si por primera vez en su vida, meditara.

“La vecinita tiene un gato... ¡Ya, maldita canción! No quiero ni recordar nada. Ya tengo dos fines de semana que no viajo a mi casa porque me quedo rumbeando y siempre le estoy metiendo mentiras a mi vieja, siempre le digo que tengo que hacer un proyecto, una monografía o cualquier excusa que suene a un gran compromiso. Y ya María Elena no se está comiendo los cuentos que le meto por teléfono, como que sospecha que tengo otra aquí. Y no sé cómo voy a hacer ahora, que Yuraima me dijo que cuándo era que yo la iba a llevar a mi pueblo a conocer a mamá. ¡Estaré loco yo! Eso es cuchillo para mi pescuezo.

”Lo peor es que tengo que ir a juro para allá porque si no, cómo consigo los reales que debo, el único que me los puede prestar es mi viejo, o mi tío morocho. Yo no sé quién me mandaría a mí a estar pidiendo prestado, ahora le debo hasta los interiores a media universidad. Y a la vieja loca de la residencia, le va a dar un soponcio si no le pago los tres meses que le debo. Y no es nada, que ni al gimnasio puedo ir ahora porque también debo”.

Se levantó del pupitre, sacando ánimos de nadie sabe dónde, se estiró y estremeció. Cambió de semblante, empuñó sendas manos, y se dijo a sí mismo con serenidad: “Tranquilo, Carlos Tovar, que el mundo no se ha acabado todavía. Total, que se preocupen ellos, que yo les debo. Además la esperanza es lo último que se pierde”.

Si. Aún quedaba una esperanza: pedirle un examen de recuperación a la profe.