Artículos y reportajes
Notas sobre la actual narrativa venezolana

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A mi amigo Roberto Echeto

Antes de comenzar a desarrollar lo que indica el título de este texto, quisiera dejar algo en claro, en especial a Roberto. Con enorme seguridad puedo certificar que este texto no está escrito correctamente. A veces la pasión no nos permite la objetividad necesaria para mentir; como consecuencia de ello, hay quienes puedan pensar que es una declaración de enemistad con proyección hacia la militancia. Debo dejar claro que no es ese el espíritu que mueve este escrito. El espíritu que lo mueve es el del agradecimiento. Sí, puede que ese espíritu esté oculto soterradamente entre un marasmo de inexactitudes lingüísticas; pero, como responsable directo de muchas de las palabras que aquí explayo, les garantizo que es —inequívocamente— puro agradecimiento. No sólo a Roberto Echeto a quien aparece dedicado, sino a todos los hombres y mujeres que, directa o indirectamente, están involucrados en este momento esplendoroso de nuestra literatura. Porque, y aquí va la primera muestra de apasionamiento irracional, nunca había sentido a la literatura venezolana más mía como en estos tiempos.

No sé cuándo comenzó a ocurrir esto, pero comenzó y es lo que realmente me importa. Lo cierto es que de un tiempo para acá, en los anaqueles de las principales librerías del país, hemos comenzado a ver cómo ha venido creciendo la producción literaria en Venezuela. Hay que acotar que este momento lo está protagonizando el género narrativo. Importantes editoriales nacionales e internacionales han apostado por una nueva camada de autores que, hay que dejar de una vez en claro, su calidad literaria se corresponde con este esfuerzo editorial. Nombres como los de Israel Centeno, Federico Vegas, Oscar Marcano, Alberto Barrera, José Irimia Barroso, Eloi Yagüe, Juan Carlos Méndez Guédez, Gisela Kozak, Fedosy Santaella, Rodrigo Blanco Calderón, Miguel Gomes, Sonia Chocrón, Salvador Fleján, Héctor Torres, María Ángeles Octavio, Karl Krispin, Norberto José Olivar, Roberto Echeto (podría continuar hasta llenar no sé qué tantos folios) comienzan a hacerse conocidos. Sus nombres nos empiezan a resultar familiares, no sólo por los libros que exhiben las librerías, sino porque sus firmas se han vuelto constantes en periódicos, revistas, blogs, páginas web y tantos otros recursos de los cuales se han servido para mostrar que existe una literatura venezolana que presenta atributos necesarios para salir a competir (aunque no escriben para ello) con otras propuestas hispanoamericanas. Eso lo demuestran los premios obtenidos, entre otros, por Alberto Barrera y Boris Izaguirre.

En un ensayo escrito por Roberto Echeto y que lleva por nombre, muy a la sazón por cierto, “La literatura venezolana no va detrás del camión de la basura”, hace un recorrido pormenorizado acerca de las causas que han originado este ¿boom? de nuestra literatura. Roberto puntualiza en los siguientes aspectos, pero antes de entrar en esta parte coloco un compact de Motörhead, Another Perfect Day, para que la dedicatoria sea completa. Ya dicho esto, entro en los puntos que plantea Roberto.

  1. El momento que vive nuestra literatura ha echado por el suelo los viejos mitos que hacían vida en las siguientes ideas: a la gente no le gusta leer, por lo tanto el mercado es reducido; en Venezuela no hay escritores; que la literatura, no sólo venezolana, es aburrida. Si bien es cierto que, en otros países hispanoamericanos como Argentina, Colombia y Chile, se lee más que en Venezuela, no es del todo cierto que aquí no se haga. La proliferación de librerías, talleres y concursos literarios, páginas web y blogs literarios parecen contradecir el mito. De hecho, muchos escritores con los cuales he mantenido algún contacto me han manifestado que algunos de sus libros están agotados. A menos que ellos mismos los hayan comprado y luego desaparecido en una hoguera en el patio de sus casas, debo suponer que fueron vendidos a unos lectores que, en la mayoría de los casos, no tenían conexión alguna con los autores. Porque, salvo Roberto Carlos, nadie tiene ni quiere un millón de amigos.
  2. La situación social, política y económica que vive el país ha hecho que, de alguna manera, los venezolanos abandonen un poco ese afán “rumbero” y lo desvíen hacia la introspección apuntando hacia actividades como la lectura y el cine (porque este es otro punto digno de tomar en cuenta).
  3. El ámbito editorial también ha sido un punto de resaltar. Roberto nos recuerda algo de lo que no les gusta hablar a los escritores románticos, o sencillamente, los escritores que saben muy bien que no venden nada, y es que la literatura también es un negocio. Las editoriales invierten un dinero y esperan, nadie puede culparlos, ver las ganancias de lo que han invertido. Esto es tan real como el grito que me acaba de dar mi esposa por el escándalo que tengo armado en el estudio. Procedo entonces a bajar un poco el volumen a Motörhead. Habiendo asegurado el almuerzo y llegar a la noche con vida, continúo con las editoriales. El hecho de que empresas como Alfaguara, Planeta, Norma, Grijalbo-Mondadori, entre otras, muestren interés en los escritores venezolanos sólo puede significar dos cosas: en ellos hay calidad y que, para variar, pueden vender sin repetir los inicuos esquemas de Paulo Coelho.
  4. La crítica literaria. Qué se puede decir de ella. Creo que Roberto ha descrito inmejorablemente la razón de ser de la crítica literaria, así que procedo a robarle la idea: “Los críticos literarios encienden sus pipas, se tocan sus quijadas y escriben desde sus cubículos universitarios para que los lean otros especialistas que también encienden sus pipas y se tocan sus quijadas en sus respectivos cubículos universitarios”. Debo decir acá que el comentario de Roberto no es del todo cierto, nuestros críticos no sólo se limitan a encender pipas y toquetearse las quijadas. No, además de ello, algunos toman vino mientras escriben, otros café, otros whisky, algunos más bohemios se lanzan con una cervecita. No todos fuman pipa, hay quienes fuman cigarrillos, eso sí, nadie les puede negar que sus rostros son severos, circunspectos, hasta da la impresión de que saben lo que están escribiendo. No como yo, por cierto, que le temo obsesivamente a tener la cara seria, dicen que las consecuencias son truculentas, aunque, hay que aceptar, nadie se ha devuelto.
  5. Por último, los propios escritores. Roberto toca, entre otras cosas, algo que creo fundamental. La humildad, no sólo la humildad en el carácter, sino la humildad en aquello que escribo. La literatura que hoy se edifica en Venezuela es una literatura, se me ocurre ahora sintonizarme con el país, democratizada, es incluyente. Una literatura sin complejos, dispuesta a abrirse espacio en quien la tome. Por ello coloqué hace un rato que por primera vez siento mía a la literatura venezolana.

Sobre este último punto quisiera agregar algo del anecdotario personal. Soy profesor de literatura en la Universidad Católica Cecilio Acosta y en el Colegio Alemán de Maracaibo. Entre los libros que pedí para leer durante el año escolar está la antología realizada por Antonio López Ortega para Alfaguara llamada Las voces secretas. Paralelamente, los muchachos han leído cuentos que he sacado de Ficcionbreve.org y algunos textos dispersos en blogs y páginas web. La semana pasada los chamos leyeron, entre otras cosas, el cuento “La escopeta”, de Roberto Echeto. Luego de leerlo y de escuchar, debo confesar con henchida emoción, las risas cómplices de los chamos, pregunté lo que se pregunta en estos casos: ¿Qué tal? La respuesta casi masiva fue: “¡Valmore, ese coño es como uno!”. No creo que se necesite explicar el significado de esas palabras. Creo, y estoy seguro de no equivocarme, que para un escritor esto tiene que ser más importante que cualquier palabra proveniente de un circunspecto fumador de pipa y toqueteador de quijadas. “Ese coño es como uno”, pero por Dios, en el tiempo que llevo como profesor, nunca había escuchado algo más conmovedor. Y esto, gente que me lee, y en especial, mi amigo Roberto, no es una victoria pírrica, mucho menos de mierda.

Claro que son como uno, y lo son porque se debaten entre las mismas necesidades que nos debatimos todos en este país, pero en especial porque se arriesgaron a construir un puente, no sé si de manera consciente, con la gente, con todos. Se decidieron a escribirle, no sólo al circunspecto aquel cuya pluma se volcará en elogios o vituperios, según sea el caso o, para ser más honesto, en el tamaño de la amistad o enemistad que se profesen. López Ortega afirma en el estudio introductorio a Las voces secretas: “La nueva narrativa venezolana se debate entre el pasado y el futuro, entre el país real y el país ideal, entre los estertores de la provincia y las omnipresentes realidades urbanas, entre la cotidianidad y la trascendencia, entre la violencia colectiva y las tensiones domésticas, entre la singularidad y la duda, entre valores literarios foráneos —la larga tradición anglosajona que se desemboca en Auster, Carver, Cheever— y valores literarios de la vanguardia iberoamericana —como Bolaño, Vila Matas, Aira o Villoro. Podría igualmente admitirse como línea afirmativa (y hasta cierto punto continuadora de lo que ya esbozaban los narradores de las décadas anteriores) un interés consistente por la historia (por la necesidad de contar) más allá de las tentaciones (o desvaríos) formales. Y como ejes temáticos, la violencia individual y social, las relaciones o reminiscencias familiares, la vida en la ciudad o sus periferias, la marginalidad social, los recuerdos de infancia, las experiencias foráneas o de desarraigo”.

Cómo no van a ser como uno si cuentan en sus historias nuestras historias. Las mujeres ven cómo se desnuda su cotidianidad en los cuentos y novelas de Vivian Jiménez, María Ángeles Octavio, María Celina Núñez o Milagros Socorro. Muchos inquilinos de cualquier edificio acaso no se ven reflejados en historias como las de Luis Medina o Carlos Sandoval. La violencia que vivimos a diario, la tragicómica violencia que nos escupe en la cara no es acaso la que queda al descubierto en las historias de Israel Centeno, Roberto Echeto o Eloi Yagüe. Entonces, cómo no van a ser como uno.

Aquí me detengo. Acaba de terminar el CD de Motörhead y busco a los gloriosos Kiss. Pongo el Alive I. “You want the best and you got it... The hottest band in the land... Kiiiissss!!!”. Suena Deuce y la voz carrasposa de Gene. ¿Puede haber algo mejor que Kiss? No lo creo. Dejo de fondo a los carapintadas y continúo en lo nuestro.

En otra valiosa antología llamada De la urbe para el orbe, hecha por Héctor y Ana Teresa Torres, para cuyo prólogo escribe Luis Barrera Linares, éste último comenta lo siguiente: “Lo que sí hay detrás de todos los textos es una indiscutible ambientación urbana de esta contemporaneidad del siglo XXI que nos ha correspondido compartir”. Una ambientación que se sustenta las más de las veces en la Venezuela que surge a partir del movimiento social ocurrido en 1989 y las fracasadas asonadas golpistas del 92 hasta la actualidad bonita. Otro aspecto que resalta Barrera Linares es que “el delineamiento y conducta de los personajes marca ya una diferencia notable en cuya explicación no puedo extenderme. Lo que sí es común a todos y todas es el desenfado con que asume cada cual la relación de su historia: aquí no hay tapujos, ni pudores, ni posiciones rebuscadas, ni facilismos eruditos ni posturas éticas prefabricadas. Ni tampoco preocupaciones telúricas o complejos hacia lo local. Como tampoco aversión hacia lo foráneo. Hay, sí, la manifiesta intención de sintonizar y encantar a los lectores y lectoras a fin de cautivar y mantener su atención”.

En uno de los puntos que rescato del ensayo de Roberto Echeto hago mención de la humildad que él, y yo lo secundo en ello, distingue como característica de los escritores actuales en Venezuela. Esta humildad desnuda una faceta poco frecuente en la historia de nuestra literatura. A diferencia de pasadas generaciones de escritores, en la actualidad se reconoce a una tradición literaria y de la cual ellos son herederos. Ninguno de los que hoy se están abriendo paso desconoce los méritos de los clásicos. El respeto y consideración hacia los que les precedieron es demostrado sin ningún tipo de complejo, lo cual me permite decir que, por fin, nuestros escritores han madurado. Han comprendido que forman parte de una misma línea histórica. Se hastiaron de ese complejo de hiato con el pasado del cual llegó a hacerse gala alguna vez.

Termino este escrito robando el final del ensayo de Roberto porque considero que por ahí deben ir los tiros, hacia allá debemos apuntar para mantener este esplendoroso momento: “Necesitamos inventar algo para que los que estamos interesados en la producción literaria en nuestro país no estemos solos. Necesitamos vernos, discutir, proponernos cosas imposibles... Porque a nuestra literatura, señoras y señores, le hace falta eso: aspiración, aliento, ganas, bolas, deseos de superarse y de que la conozcan en muchos lugares y no sólo en nuestro pequeño y hundido país. Puede que me digan ingenuo por decir estas cosas, pero no me importa. Las grandes acciones comienzan así, como unos raptos de ingenuidad mezclada con algo que no sé definir muy bien, pero que supongo hecho con la misma materia de los sueños.

”Ojalá que este momento luminoso de la literatura venezolana sea mejor y más largo que el que tuvo la Vinotinto hace unos meses... porque cuando aprendíamos a poner cara de ganadores, comenzamos a perder otra vez”.

Que así sea.