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Alberto FujimoriDiez años de equivocación
El silencio durante la era fujimorista

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Aunque la opinión pública pronosticaba que él no iba a ganar las elecciones presidenciales, Alberto Fujimori, en 1990, fue capaz de pasar a segunda vuelta, donde compitió contra Mario Vargas Llosa y, asombrosamente, consiguió la victoria: iba a ser el presidente peruano durante el quinquenio 1990-1995. Vargas Llosa, ya un consagrado escritor latinoamericano, ingresó a la política recién en el año 1987, cuando criticó la estatización de la banca del gobierno aprista, y después, en 1990, lanzó su candidatura por el Frente Democrático —que era formado por el Movimiento Libertad, el Partido Popular Cristiano y Acción Popular, considerados partidos que simbolizaban la derecha tradicional. El Apra, por otro lado, llegaba a las elecciones con un prestigio esmirriado después de llevar al país a una crisis económica que en esos momentos estaba en su etapa más espinosa; su candidato fue Luis Alva Castro, que ya había sido primer ministro y ministro de Economía. Fujimori, cabeza de Cambio 90, un nuevo partido, surgió como una opción revitalizadora, una alternativa fresca que iba en contra de los partidos tradicionales, y fue respaldado por sectores que recién ingresaban a la política. (De hecho, el Apra, al ver que su candidato no alcanzaría la victoria, decidió apoyar a Fujimori, que también tuvo el apoyo de los partidos izquierdistas). Como ya se explicó, en la segunda vuelta compitieron Mario Vargas Llosa, el favorito, y, sorprendentemente, Alberto Fujimori, pero fueron aun más sorprendentes los resultados de esa contienda: Fujimori venció a su competidor con el 57% de los votos.

En los primeros años de su gobierno, Fujimori logró un hecho notable y trascendente que acrecentó su popularidad y, sin duda, fue positivo para la nación: la captura de la cúpula senderista, incluido Abimael Guzmán. Aunque la guerra interna continuó en el interior del país, y Sendero Luminoso no fue derrotado del todo, la captura de sus líderes fue percibida como un logro excepcionalmente importante. La disolución del Congreso, en abril de 1992, también marcó este primer gobierno, así como la aprobación de una nueva constitución en 1993 —se asomaba la sombra del dictador. El Congreso se negaba a darle poderes a Fujimori para que se encargara con mayor eficiencia de temas como la economía, que, gracias a un shock económico radical, comenzaba a mejorar después de la crisis del final de los ochentas, y, por ese motivo, el presidente decidió disolverlo y tener más autonomía a la hora de dirigir el país. Con una economía creciente, el terrorismo en aparente declive y una Constitución nueva que lo favorecía, Fujimori continuó en el poder hasta finalizar su primer régimen. En 1995, el país, a simple vista, parecía haberse regenerado y haber dejado atrás los problemas de inicios del lustro.

Aunque la Constitución de 1979 no permitía la reelección inmediata, la de 1993 sí lo hacía, ventaja que fue aprovechada por Fujimori para quedarse en el poder durante cinco años más. (Su más cercano adversario, Javier Pérez de Cuéllar, secretario general de las Naciones Unidas en el período 1982-1991, estuvo lejos de alcanzarlo). Entre los acontecimientos más notables de aquel gobierno están: el conflicto armado con Ecuador, en 1995, que ocurrió en la frontera peruano-ecuatoriana, y la consiguiente firma del Acta de Brasilia, en la que se acordaba un límite definitivo y se terminaba un problema añejo; también la liberación de rehenes de la casa del embajador japonés, luego de estar cuatro meses secuestrados por terroristas del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, gracias a la triunfante operación Chavín de Huántar, que incrementó la popularidad del presidente Fujimori, quien ya planeaba lanzarse como candidato para un posible tercer gobierno consecutivo. Cabe mencionar que, desde estos momentos, Fujimori ya comenzaba a enfrentar acusaciones de corrupción.

En el cambio de siglo, las denuncias de corrupción contra Fujimori eran cada vez más visibles y comunes y, debido a la crisis coreana, el Perú comenzaba a tener algunas debacles económicas; no obstante, Fujimori se lanzó como candidato para un tercer gobierno, esta vez con el partido Perú 2000. Las nuevas elecciones, que mostraron desigualdades y fueron una clara prueba de la corrupción del régimen, también fueron ganadas por Fujimori, luego de que su contrincante, el futuro presidente Alejandro Toledo, se negara a participar en la segunda vuelta por la fraudulencia que circunscribía a todo el proceso electoral.

Luego de apenas algunos meses de su tercer mandato, con las acusaciones de corrupción como pan de todos los días, apareció en televisión el primero de los “vladivideos”, donde se mostraba a Vladimiro Montesinos, el asesor presidencial de novelesco curriculum, sobornando al congresista Alberto Kouri, ofreciéndole dinero para que éste apoyara a Fujimori, que necesitaba mayoría parlamentaria.1 Montesinos escapó del país, siendo capturado al año siguiente en Venezuela, mientras que Fujimori continuó en la Presidencia por algunas semanas más, en medio de un ambiente de turbulencia y desequilibrio político, hasta que viajó, primero a una conferencia en Brunei, y luego a Japón, donde envió su carta de renuncia vía fax —así terminaban poco más de diez años bajo su mandato.

En el Perú, los gobiernos, y especialmente el de Fujimori, se valieron de la televisión y la utilizaron como un instrumento para favorecerse, incrementar su popularidad, hacer escuchar a la población lo que ellos querían que escuchen, mientras que los empresarios televisivos se favorecían económicamente de esta alianza. Como dice el autor de la siguiente cita, la televisión fue un instrumento para el gobierno.

“(...) consideramos que en el Perú no se habría configurado un modelo liberal en el campo de la televisión privada, de libre competencia, plural y en el contexto de un marco institucional que favorezca la construcción de relaciones transparentes entre el Estado y los empresarios operadores. Más bien se ha construido un patrón de articulación caracterizado por la utilización que los gobiernos de turno han hecho de la televisión como instrumento para legitimarse ante la ciudadanía, y un comportamiento esencialmente rentista desde los grupos empresariales operadores con relación al Estado” (Acevedo: 2007).

Esto llega a su máxima expresión, ya se dijo, durante el régimen fujimorista, que manipuló a la televisión como si fuera vocero del gobierno y, también, para ocultar las acusaciones y los hechos de corrupción. Las primeras acusaciones provienen no de los años finales de la dictadura, sino del año 1992, coincidentemente el año en el que disolvió el Congreso. Antes de entrar a ejemplos concretos de corrupción, mencionaré los tres tipos de vínculos que se dieron entre la televisión y el poder político:2

  • Vinculación de poder político a poder mediático: Existió comunicación directa entre el gobernante y los empresarios de televisión, o se negoció con la ayuda de intermediarios. Se comercializaron los beneficios para ambas partes.
  • Lobby en el Poder Legislativo: Se dio cuando los empresarios de televisión tuvieron el ánimo o la iniciativa de presionar al poder político para que se aprobaran determinadas leyes que los favorecían o desaprobaran aquellas que iban en contra de sus intereses.
  • Lobby en instancias del Ejecutivo: Los empresarios se comunicaron con funcionarios del Estado para alcanzar “beneficios concretos, especialmente facilidades para obtener o renovar licencias de funcionamiento”.

Así se dieron tales negociaciones y los empresarios prácticamente se vendieron al Estado —o, en algunos casos, el poder político los buscó a ellos— para obtener beneficios... ¿Se puede hablar de libertad de expresión en una canal de televisión que actúa al servicio del gobierno de turno?

Un caso importante es el de Panamericana Televisión (Canal 5), considerado como uno de los canales líderes a nivel nacional, debido al prestigio adquirido a lo largo de décadas, un prestigio que se vio afectado al descubrirse que la administración del canal colaboró, de modo directo, con las lóbregas intenciones del fujimontesinismo. A finales de los noventa, Panamericana Televisión se encontraba bajo el mando de Ernesto Schütz, un exitoso empresario que había llegado a ser accionista mayoritario gracias a la venta de las acciones de su consuegro, Manuel Delgado Parker. Schütz, al ser propietario principal del canal, fue uno de los blancos del plan de Montesinos para controlar los medios: el broadcaster consiguió el apoyo del ex asesor para hacerse con el control de las acciones no sólo de Panamericana, sino también de Radio Programas del Perú (RPP) y SUR y, adicionalmente, Montesinos ofreció a Schütz grandes sumas de dinero, tal y como se pudo apreciar en uno de los ya famosos “vladivideos” que se difundió en el Congreso de la República. En dicha cinta, el ex jefe del SIN (Servicio Nacional de Inteligencia) pide a Schütz que comprometa a su canal a realizar un trabajo fino, es decir, a actuar como si no pasara absolutamente nada sabiendo que en el país se vivía una dictadura que era evidente.

Se llegó a controlar el frente periodístico de Panamericana Televisión, donde su dueño se jactaba por poseer un control absoluto sobre sus empleados, asegurando que él mismo podía conducirlos sin que se den cuenta. Así, los periodistas eran manipulados y forzados a ser esclavos de la dictadura, restringiendo sus opiniones o críticas, y muestra de ello fue la pasividad que se tuvo ante los actos de corrupción, ya que en dicho canal, si bien no se inició una campaña abierta a favor de Fujimori, los empleados no emitían información relacionada con abusos cometidos por parte del gobierno que, normalmente, deberían ser denunciados sin temor alguno.

Otro de los hechos que delatan más clara y flagrantemente la falta de libertad de expresión fue el caso de las elecciones del año 2000. Fujimori, durante los noventas, logró modificar la legislación para poder participar por tercera vez consecutiva en una elección presidencial, lo cual generó el rechazo de un sector de la población, mientras, a la vez, algunos actos de corrupción se hacían conocidos. En estas elecciones, surgió un candidato que se oponía firmemente a Fujimori, Alejandro Toledo, del partido Perú Posible, además de otros candidatos: Alberto Andrade, Víctor Andrés García Belaunde, Luis Castañeda Lossio, Máximo San Román, entre otros. El papel de la televisión fue crucial en estas elecciones. Y no fue justo ni imparcial, por el contrario, apoyó al gobierno de turno, algunas veces de manera directa por medio de periodistas fujimoristas que instaban al pueblo a votar por Fujimori, y en otras por el sutil medio de la publicidad. Principalmente, la televisión tuvo dos papeles: a favor del régimen fujimorista, y en contra de los demás candidatos.

El espacio que se les daba a los candidatos también varió, claro está, a favor de Fujimori, que tuvo mucho más tiempo televisivo para exponer sus ideas, planes y promesas para una posible tercera gestión. Con el simple hecho de aparecer más en televisión, ya tenía una ventaja sobre el resto de candidatos. Fujimori encabeza la lista de más minutos de aparición en televisión, con un total de más de nueve horas, seguido de Alejandro Toledo, que tuvo un poco menos de dos horas; García Belaunde tuvo apenas 37 minutos de apariciones televisivas y Castañeda Lossio tuvo 26 minutos. Aparte de eso, el Estado gastó mucho dinero en propaganda para la campaña electoral de Fujimori: 32 millones de dólares. La inversión del partido Perú Posible, de Toledo, fue de 1,8 millones.3 No sólo eso, también se trató de afectar a los demás candidatos de otras formas.

“No fue sólo un problema de falta de equidad o la profusión de noticias inventadas sino la aplicación de recursos en la puesta en escena de las informaciones (...), como por ejemplo, no dar la palabra ‘en vivo’ a los opositores (...); sus discursos fueron groseramente tergiversados; de otro lado se los presentó en locaciones inadecuadas, con iluminación deficiente, elección de planos inconvenientes, etc. Mientras esto ocurría con los opositores el público era testigo de la insistente y benévola presentación del candidato presidente” (Carrillo: 2002).

No se puede decir que el gobierno de Fujimori careció de soporte; de hecho, fue laureado por la mayoría de la población debido a los logros iniciales: acabar con la crisis económica gracias al shock económico y por la captura de Abimael Guzmán, que significaba el aparente fin del problema de terrorismo. Pero la libertad de expresión de los medios, incluyendo a la televisión, fue incontestablemente quebrantada y, además, no sólo los medios estaban prohibidos de ir en contra del Estado (salvo excepciones, como el programa de César Hildebrandt, que sí estaban reñidas con el régimen), sino que muchas empresas que no coincidían con los puntos de vista del gobierno eran de algún modo desacreditadas o simplemente solían no ser consideradas en aquellos campos en donde el trabajo conjunto entre al sector público y privado era necesario, con lo cual dificultaba su accionar. El cierre del Congreso, las atrocidades contra los derechos humanos —la Cantuta, Barrios Altos, las torturas en el SIN—, la reelección, la segunda reelección, fueron hechos que crearon un clima de desconfianza en las personas, aunque lo que descubrió todo fue la presentación de los “vladivideos” en televisión, en el año 2000. Desgraciadamente, ya era muy tarde cuando todo esto se develó.

 

Notas

  1. Cfr. Requena, 2001.
  2. Cfr. Acevedo, 2007.
  3. Cfr. Carrillo, 2002.

 

Bibliografía