Sala de ensayo
Omar KháyyámLa viña de Omar Kháyyám

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Melesígenes (conocido por el apodo de Homero, el ciego) cuenta en su Odisea la experiencia que el héroe tuvo con el cíclope. Los marineros ingresaron a la caverna y fueron sorprendidos por Polifemo, quien los encerró y se preparó para comérselos. Odiseo y sus navegantes idearon una estratagema para librarse del cíclope. Le ofrecieron de beber el zumo de la fruta de la vid. Así, y mientras el cíclope bebía grandes cantidades de vino, Odiseo y sus compañeros buscaron la manera de vencerlo, incrustándole un pedazo de madero en su único ojo. Después huyeron de la caverna.

Una simple lectura de este poema nos hablaría también de una acción donde el héroe logra, con su astucia, vencer monstruos y doblegar dioses y hasta controlar fenómenos naturales. Sin embargo, la lectura simbólica ofrece una interpretación más sutil que nos permite introducirnos en un viaje inverso. Mientras la Ilíada canta la cólera de Aquiles por la muerte de su amado Patroclo, la Odisea canta el viaje interior del héroe. Y es aquí que esa peregrinación se inicia al penetrar, en un acto iniciático, en el centro, exactamente donde el cíclope mantiene su fuerza. Ese ojo interior que anula de tanta brillantez, luminosidad (defínese también la divinidad con estos términos). Y esto es posible, entre otras razones, porque se tiene un referente; el vino que proporciona la posibilidad para traspasar el espacio-tiempo humano e instalarse en el no-tiempo, el yllo témpore o presente eterno de los dioses. Tiempo donde se asiste a la vitalidad interior del ser. Por eso nuestra concepción cultural dentro de la cual los dioses siempre han sido seres potencialmente vitales aun siendo adultos o viejos. Es el caso del adivino de Tebas, Tiresias, quien atiende en el inframundo al héroe odisíaco, mientras éste va en busca de sus muertos. Dice Odiseo, en la rapsodia undécima: “Y yo, desenvainando la aguda espada... abrí un hoyo de un codo por un lado; hice a su alrededor libación a todos los muertos, primeramente con aguamiel, luego con dulce vino y a la tercera vez con agua; y lo espolvoreé todo con blanca harina”. Igualmente, en la última rapsodia, la vigésima cuarta, denominada “Las paces”, el héroe menciona como regalos recibidos, árboles para su huerta, de sus antepasados, los siguientes: “Fueron trece perales, diez manzanos y cuarenta higueras; y me ofreciste, además, cincuenta liños de cepas, cada uno de los cuales daba fruto en diversa época, pues hay aquí uvas de todas clases, cuando los hacen madurar las estaciones que desde lo alto nos envía Zeus”. ¿De dónde vendrá la semilla de la uva, nos preguntamos nosotros?, mortales y silvestres humanos odisíacos.

Dionysos, por su parte, dios de la festividad, de lo dionisíaco-orgiástico y ditirámbico, es la real y viva encarnación de la vid. Él es hijo de Semele (semilla, simiente y semen), fertilizada por la divinidad absoluta, Zeus olímpico. Por ello la naturaleza de Dionysos es doble; humana y divina al mismo tiempo. Tiene dos nacimientos (en tanto fue rescatado por Zeus cuando su madre miró de frente al dios olímpico y éste la fulminó, luego lo rescató de su vientre y lo montó en su muslo derecho de donde vino de nuevo al mundo) y así también dos muertes: descuartizado por los Titanes, por ver en él una nueva generación de dioses más benévolos con los mortales. Pero su corazón lleno de amor se salvó y regresó con el Perdón entre sus manos. Huido de Egipto cuando Tifón atacó el cielo, Dionysos se fue al desierto y devino macho cabrío y fue sacrificado eternamente por la tradición judeocristiana, como cordero. Adorado por las ninfas quienes lo perseguían y por sus adeptas humanas, las dionisias, que establecieron, en conmemoración de su muerte y resurrección, las fiestas orgiásticas (entre otros lugares, Delfos) donde las mujeres deliraban mientras libaban su sangre (el vino) y comían su cuerpo (como pan primario) en honor también del dios Pan (de ello su vínculo con lo pánico). En algunos cultos mucho más antiguos, como los babilonios, se le conoce como Zangreo (de ahí la similitud fonético-fonológica, sangría, de sangre). Los adeptos y adeptas a su culto debían someterse a un sinnúmero de pruebas, entre ellas, las denominadas de purificación: con fuego, agua y aire. Al final de las pruebas, y ya como iniciado, se le dejaba caer en medio de la cabeza y en el entrecejo, el falo flamígero mítico-simbólico del dios resucitado. Las mujeres danzaban en círculos manteniendo al iniciado en el centro. El falo dionisíaco se le introducía simbólicamente en el entrecejo para despertar el ojo interior, donde mora Polifemo. Estas historias de la tradición oral de la humanidad han sido trastocadas y adulteradas, y así tenemos el mismo culto en Egipto, con Osiris; en Grecia con Dionysos; en Roma, con Bacchus y en el cristianismo, con Jesús. Osiris-Dionysos-Bacchus-Jesús, son una misma y única imagen mítico-simbólica que celebra el nacimiento de la semilla que se hace sangre y deviene inmortalidad, pues la simiente original fue dada a los hombres por la divinidad suprema, olímpica. No es gratuita por ello la frase del maestro Jesús: “Yo soy la vid”. En los días de este maestro, por ejemplo, los judíos eran absolutamente celosos de todo aquello que estuviera vinculado con su vida, pues ésta debía dar razón a Adonai y al maestro Moisés. Así, cuando se preparaban para ir de viaje, eran meticulosos con los alimentos y las frutas. Describe así Margaret George, mientras habla de la vida de María de Magdala (o María Magdalena): “Los carros estaban cargados según dictaba la tradición: debajo de todo iba la cebada, después el trigo y los dátiles, luego las granadas, los higos y las olivas en capas sucesivas y, encima de todo ello, las uvas”.

Las culturas mediorientales y mediterráneas siempre han visto en la simiente de la uva y el vino, parte de su desarrollo como origen de la vida y de lo eterno. Por ello en la Hélade, cuando se iba a iniciar un nuevo ciclo en la siembra, sobre todo en la plantación de viñedos, los campesinos honraban a la diosa Démeter, protectora de la vida y dadora de la fertilidad, realizando pequeñas aberturas en la tierra. A continuación los hombres mostraban sus falos, los masturbaban y eyaculaban en los huecos, donde además depositaban las semillas que representaban a la madre del dios Dionysos, Semele. A continuación, y siempre en círculos, las mujeres entonaban cánticos en honor a su dios. Así podría haber una nueva y mejor cosecha y la uva oscura nacería junto con huellas claras, como imagen de lo humano y divino. Este detalle aún se mantiene, aunque un tanto trastocado, entre los musulmanes, en el sagrado rito de la circularidad mientras oran alrededor de la piedra cúbica, en La Meca.

Esa memoria nuestra, olvidada y relegada al casi impenetrable abismo de la oscura noche, nos hace devenir seres mortales e inferiores. Por eso hay instantes en nuestras vidas donde el tiempo detiene su marcha y entonces, cual marionetas de un juego que no conocemos, nos desplomamos como fardos en esta vida que es un festín.

Si por un momento pensamos qué sentido tiene tanto esfuerzo, el inconmensurable progreso humano; la única respuesta será para demostrarnos a nosotros mismos que aún estamos vivos. Sólo el hombre tiene necesidad del escándalo para sentir que existe. Y el hombre también necesita de su arrogancia para sentirse superior. Y si esto es así, tan descarnadamente humano, ¿qué sentido tiene el trabajo, el amor, la fe, Dios, la vida y la muerte? Son sólo estados del hombre en descomposición.

Estamos aprisionados por el tiempo y para esconder nuestra debilidad inventamos el concepto del Estado platónico (no olvidemos que el filósofo ateniense desterró a los aedos-poetas de su república). El Estado es ese gigantesco y abstracto campo de concentración donde sobrevivimos junto con las alimañas, los recuerdos, las deudas, los deseos, la nostalgia y el miedo a la muerte.

Posiblemente fue ese pensamiento de la pequeñez humana lo que motivó a Ghiyas Uddin Abul Fath Omar Ibn Ibrahim al Kháyyám de Nishapur, conocido como Omar Kháyyám a abandonar las investigaciones en astronomía y matemática y dedicar su vida al vino y al placer. Kháyyám nace en Persia hacia el siglo XI de nuestra era, y un tanto frustrado por no encontrar respuesta en la ciencia sobre el hombre y Dios, se refugia en la poesía de alto contenido dionisíaco. Así nos canta el poeta: “Bien sabéis, amigos míos, cuánto tiempo hace / que festejé con una orgía, mi nuevo matrimonio. Repudié / de mi lecho a la vieja y estéril razón y tomé / a la hija de la vid por esposa”.

Hay un escepticismo en su obra tan laboriosamente hilvanada. En parte, quizá en su estructura, remite a los cánones de los rubáy (especie de cuartetas) o a los hai-ka chinos, quizá a cierta similitud en Li Po o Tu Fu, en la dinastía T’ang. Este es el primer tema en sus cantos; la mirada recelosa a lo establecido, en tanto le tocó vivir en una época plagada de barbarie y superstición. Se cuenta que en su época existían cerca de setentidós religiones, entre ellas la sufí, que posiblemente influyó en su obra, por el desprendimiento de la vida, el sentido de la compasión, la humildad y el amor entre todos los hombres. Como adeptos a este sendero espiritual son los más grandes poetas persas de todos los tiempos, como Saadi (1184-1292), Rumi (1207-1273), Hafiz (1391-) y Jami (1414-1492). Todos ellos vinculados a la tradición sufí.

Kháyyám fue un hombre inicialmente formado en la ciencia, de contenido helénico, pues en sus investigaciones y tratados de matemática y astronomía se nota la influencia del epicureísmo. Fue el reformador del calendario persa así como de una nueva concepción algebraica en la medición de los catetos y la hipotenusa en la triangulación espacial. Por ello fue durante años un protegido en la corte del sultán Alp Arslam. Pero aun y con todo el poder del Estado a su favor, sentía recelos de ese poder. Nos dice el poeta: “No trates de encontrar amigos en la mundana feria que atraviesas / no busques más un asilo seguro. / Soporta con entereza el dolor y no suspires / por un remedio que no has de hallar. / Sonríe en el infortunio y no esperes de nadie una sonrisa: / perderías el tiempo”.

Por lo que respecta al amor, éste se presenta delimitado en formas femeninas. Y es aquí donde aparece una manera especial del tema amoroso. Parcialmente las culturas antiguas y entre ellas la árabe y la persa, presentaban el tema amoroso dedicado al hombre, de ahí lo difundido de las relaciones homosexuales que tenían, entre los antiguos, una visión totalmente diferente a la actual. Pensemos, por ejemplo, en el llanto de Aquiles a la muerte de su mancebo Patroclo, ya citado en páginas precedentes. O los efebos que mantenían los reyes, sultanes, emperadores y sacerdotes. Estas prácticas se han mantenido hasta nuestros días, aunque un tanto distorsionadas.

Pero es en el vino, esa línea roja y orgiástica que se desliza por los labios, donde encontramos el eje de sus cantos, en las rubáiyát. Existe en Kháyyám un tratamiento voluptuoso del vino (de voluptas corporis), de la vida y los placeres sensuales femeninos. Se siente en las rubáiyát ese gozo por la vida, la íntima felicidad de existir mientras se espera y siente la fugacidad de ella. Esa conciencia referida al presente, tiempo único de los dioses. Nos dice el poeta: “¡Ignorante que te crees sabio y te debates entre / dos infinitos: el pasado y el futuro! / Quisieras poner entre ambos una piedra y sentarte allí a descansar. / Mejor es que busques la sombra de un árbol y / un ánfora de vino / y trates de olvidar tu impotencia”.

Y siempre volvemos al inicio, esa especie de mito del eterno retorno mirceliana. El mismo hombre a través de los siglos perseguido por los dioses y que le genera dudas, temores, incertidumbre y soledad. Kháyyám nos dice: “Nos diste ojos, señor y permites / que la belleza de tus criaturas / nos deslumbre. / Podemos ser dichosos y pretendes que renunciemos / a los goces de este mundo. / ¡Mas esto es tan insensato como querer invertir una copa sin derramar el vino que contiene!”.