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Lo cierto es

Podría darte mil razones, tu ropa de alfombra en nuestra alcoba,
la boca abierta del dentífrico derramándose sobre el lavabo...
que me hayas negado tu mano;
que, de cuando en vez, en comedor público hayas convertido tu cuerpo.

Podría decirte, por ejemplo, que nuestra “vida” huele a naftalina, de tantas veces que se ha colgado de un gancho y resignadamente se ha metido en el armario del respeto.
Podría decirte, peor aun, que de un tiempo a esta parte camino para dentro, me veo para dentro, hablo para dentro como una ostra absurda queriendo escindir el nácar del silencio...
Podría decirte eso: tontos argumentos.
Darte, podría, estas jorobas comunes como pretextos,
según tu precámbrica miopía.

Pero lo cierto es que se me desgarró el traje, ese que me ponía a la hora de acostarnos.
Lo cierto es que en algún momento, dejé de ir al álbum de nuestra historia para asirme a él, como un creyente al crucifijo;
que dejé de lanzar al aire la moneda que a ambos lados tenía la misma tabla, que siempre me salvaba de la tierra movediza de los sueños.
Lo cierto es que la arena dio en mi reloj su postrero bostezo,
y que al último reducto de este corazón se lo llevó un huracán de piedras.

Lo enteramente real es que por alguna parte se me hizo un hueco,
por donde, a cuentagotas, me he vaciado, y me he puesto de revés.

No obstante, aun con las entrañas por fuera,
aun teniendo por corazón una piedra,
aun sin huellas,
y con el tiempo bufándose de mí, en ese armario de silencios,
abdico de mis funciones: ya no quiero más el cargo
y me niego a cumplir el preaviso establecido por la ley.
Y si aquellas razones no fueran suficientes, expongo con mayor fuerza mi tedio vomitivo
y esta extraña alergia que he presentado a todo lo que seas tú,
se te parezca, o de alguna forma lleve implícito en su seno
el más mínimo temblor de tu recuerdo.

Y si esto tampoco fuera suficiente, al carajo las razones, ¡yo te dejo!

 

Sólo me queda ahora

Tendré que ocuparme de mí, o abandonarme al sofá,
comerme las uñas y después la carne;
observar cómo se agiganta una pared tras otra,
ladrillo sobre ladrillo, apógrafos de tu nombre.
Ahora tendré que buscarme un libro y hacerme su amante,
volver a alimentar a las hormigas
por las que siento, desde que te fuiste,
una envidia despreciable.
Ahora sólo me queda escuchar a esta mujer que se acuerda de ti insistentemente,
que no le importa la hora, ni el lugar,
ni mi maldito silencio, para hablarme de ti,
de cómo fue que te quiso las veinticuatro horas,
de lunes a lunes, días feriados y años bisiestos,
mientras en sus manos, agujas de espinas, sus caricias sin destino,
se tejen como un colmenar bermejo.
Ahora sólo me queda hacer un croquis de mi casa,
de mis días y mis noches,
porque no sé dónde están,
cómo se llega a ellos,
ni qué dirección tiene la vida,
ni dónde fue la última vez que yo me vi.
Todos, sin más, han ido desapareciendo equitativa y puntualmente.
Me queda buscar también un hacedor de calles:
la única que tenía, se fue tras de tus pasos,
y como espantos se los tragó la tierra.
Sólo me queda ahora recoger los pedazos de esto que soy yo:
un simple despojo del tiempo, hundido en tu recuerdo
como un barco parapléjico.

 

Basta

Haz lo que tú quieras:
Quédate descalzo, entrégate al hastío
Duerme en tu lecho de cuervos silenciosos
extiéndele una buena oferta a la costumbre.

Asimílate al poder, vístete de negro
Enróscate a la mano un maletín de axiomas.
Convierte con ellos el mundo en un panfleto.
Repártelos, recuéstate de la democracia.
Endósale al alcalde todos tus errores.

Dale de comer a las palomas,
perfúmate la prisa
No amenaces tu habitual monotonía
con el encuentro de unos labios clandestinos.
Acuéstate de madrugada, cumple tu deber,
finge tus orgasmos, llévate tus sobras
Lávate los dientes, límpiate las uñas.
Reafirma tus modales adquiridos en la Corte
y con ellos adorna tus farsas
tus vaivenes, tu andar, por
el mundo, entre las ramas

Sigue haciendo tu vida impecable:
reluciente en los zapatos,
dialécticamente insípida.
Maquíllate las canas, estudia psiquiatría.
Róbate un camello, que te escuche
cuando quien te acompaña en tu vida inmaculada
tenga cita con la repostera.

Hazte de un destornillador y desarticula la galaxia.
Cómprate una nave y múdate a Ganímedes
O a donde más te plazca.
Haz lo que tú quieras, lo que te venga en gana.
Dispárale a tu sombra.
Que a mí me da lo mismo.
Ya te expulsé del mundo.

 

Poema 24

Soy culpable.
Lo admito:
es cierto que te amé.
Pero fue en defensa propia.