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“Viaje al poema”, de Gabriel Mantilla ChaparroDe rastros, experiencias y viajes poéticos

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Queda hablar de huellas. Semejantes a las dejadas por el caracol a su paso. Lívidas, difuminadas, quietas. Esas huellas sin configuración posible. Esos testimonios de un paso. Queda también hablar de todas las trayectorias posibles, abstraerlas de su propio vacío, dotarlas de una nueva capacidad, de una autonomía, de un poder: el poder del rastro.

Hanni Ossott, Espacios para decir lo mismo.

En la infancia comienzan los primeros asombros: el paisaje, los seres cercanos, la tierra, el juego, la calle. Es por esencia la edad de la poesía: se miran las cosas por primera vez, se buscan palabras para nombrar al mundo. El ser vive en éxtasis, en la plenitud de la risa. Justo allí, sin saberlo, puede comenzar el viaje en la poesía: la mirada está limpia, refleja el cristal de su goce: es toda ligereza, inconsciencia, está en medio de una bella alegría animal, para decirlo con un verso de Alejandra Pizarnik.

Se toca por primera vez la textura de la mesa, la punta de los creyones se arrastra sobre el papel y cualquier otra superficie; todo bajo los dictados del antojo; se lanzan piedras al mar, se grita para tratar de inmutar al viento y se mira con curiosidad el chisporroteo de la llama, surge la curiosidad de poner el dedo en ella. Luego, más temprano que tarde vendrán las iniciaciones en el dolor, la pena, la angustia: el fuego quema, el tomacorriente descarga su ira sobre el dedo curioso, la pérdida se hace realidad abrumante; y ya Rilke dijo que el poeta se hace desde la escasez.

De esto y más habla Viaje al poema (El Perro y la Rana, 2005), uno de los más recientes libros de Gabriel Mantilla Chaparro. Son textos en su mayoría breves, oscilan entre el ensayo breve y la reflexión poética, fragmentos de experiencia, ráfagas de pensamiento, testimonio de la existencia literaria, lo que para Rafael Cadenas serían anotaciones; un viaje que parte de la experiencia vivida en la poesía y desde allí se establece el diálogo con las voces que de mayor querencia y resonancia: Rilke, Baudelaire, Rimbaud, Valéry, Mutis, Cortázar, Whitman. Ellos son lo que Charles Bukowski llamaría los perros viejos, es decir, los maestros, los grandes.

Se escapará la infancia, es irremediable. Queda entonces la nostalgia de la pérdida, el ir desde el recuerdo hacia esa fuente una y otra vez. Quizá por eso Mantilla Chaparro abre su libro con la siguiente reflexión: “Antes de abandonar la infancia es necesario echar un último, lejano y profundo vistazo, ya que al cerrar la puerta para siempre, sólo nos quedarán imágenes, recuerdos, miedos, ausencias, olores. Voces ancestrales...”. El poema, seguramente, vendrá más tarde. Ya hay una memoria, una capacidad para evocar. Luego las imágenes llegan y se desbordan. Se inicia así, aunado al trajinar del vivir, la inquietud: hay un ser habitado por lo poético.

Se sabe, hay momentos en los que toca soportar. Pero se hace, con un pie en el presente y otro apoyado en la memoria: en un verso que quedó grabado, una voz cercana que resuena, la letra de una canción perdida en la lejanía. Eso ayuda. Una vez fuera de peligro, cree uno, aparece el respiro y con suerte el poema. Con los años y el trajinar con la palabra vendrá también la confrontación con el lenguaje; la poesía se convierte en una crítica, en un cuestionamiento a sus propios mecanismos de funcionamiento, como bien se puede apreciar en parte de la poesía de Octavio Paz. Es el poema como imposible; algo que se quiso decir pero jamás se encontraron las palabras para decirlo: los sentimientos que hacen entrar al ser en su mayor tensión —el amor y el desamor, el encuentro y el desencuentro, la dicha y la desdicha— suelen hacerse, sencillamente, innombrables; la palabra no es suficiente y todo nombrar se hace estéril, imposible; es posible que entonces esté todo servido para la llegada del absurdo, mas no creo que sea esto lo central en Viaje al poema.

Se trata de un viaje incesante, desde la infancia hasta el apagarse de la vida. ¿En qué zona de la experiencia, en qué momento del vivir se emprende? Es posible que nunca se sepa. Quizá se empezó hace mucho y no se advirtió. Porque la poesía, como el arte, guarda en una especie de cofre sus secretos, iluminaciones y sombras: territorio sagrado. Al menos quedaron poetas como Rilke, por ejemplo, para dar pistas, despejar quizá lo borroso. Por ellos se logra advertir —y porque se vivió también— que el viaje por y a través de la poesía comienza en la experiencia vital. Sin vivir no hay viaje, tampoco poesía. Pero no un vivir cómodo. Un vivir poético, si se quiere, reflejado en la poesía que se escribe.

Un poema escrito desde las entrañas, en palabras de Mantilla Chaparro, desde una sed ontológica creacional. Siendo así, la poesía sería el territorio por descubrir. Se intentará siempre buscar el poema originario, aquél que hace reír y llorar, aquél que late escondido en cada poeta. Y siguiendo a Goethe, Mantilla Chaparro sugiere la idea de poesía como verdad. Y en eso se puede ir la vida, buscándola, sin mayor certidumbre que la visión de su lejana sombra. Al mismo tiempo reflexiona sobre su idea del poeta: no solamente esteticismo, también locura. En dos palabras: humano, plural; un cronopio, diría Cortázar, un Minotauro que no deja de hacerse una imagen del mundo y de una vida menos automática. He allí la apuesta, el clásico y certero Carpe diem.

Solamente a partir de la experiencia y la reflexión constante sobre el oficio se hace posible concebir una existencia en términos de viaje a la poesía y al poema. Por eso Mantilla Chaparro hace una parada en el camino y comienza con el ordenamiento de su bitácora. Pero no se trata de tratados ni de monumentos teorizantes. No, es la búsqueda afanosa de lo poético en las rendijas más soslayadas de la monotonía cotidiana. Se trata de fijar la mirada —como quiso Susan Sontag refiriéndose a la fotografía— en un instante, en un gesto, un cuerpo poseído por alguna música desconocida, una mirada o un encuentro azaroso. Es verdad, también pasan los años y los prejuicios —las falsas creencias, los ismos— atentan contra la poesía que se lleva adentro. A veces se gana, a veces se pierde; otras habla el silencio o el viento.

Sugerente viaje el de Mantilla Chaparro. Escrito en tono conversacional, diría también que intimista, pareciera que nos escribe el sobreviviente de un mundo a veces perverso, injusto, castrante. Alguien ha hecho una pausa dentro de la vorágine para darnos una idea, una imagen sobre el quehacer poético. Mantilla Chaparro es, sin duda, un optimista. Alguien que a pesar de todo cree y sabe que el azar puede aparecer con una jugarreta favorecedora o perversa. Pero no importa, diría seguramente, hay que comenzar ese viaje, prepararse al menos para intentarlo. Mientras unos apenas arman las maletas y aguardan en el puerto, otros ya están en la otra orilla, llegando a su Ítaca.

Todo viaje implica una transformación. El contacto entre el ser y el paisaje, la experiencia de un avisado deambular nutre, expande. Muchas veces no se sabe para dónde se viaja ni por qué. Puede pasar también en los viajes interiores, cuando las imágenes permanecen —bien adentro— agolpadas y luego de uno que otro temblor brotan en forma de poemas. Entonces el poeta deja un camino, abre una brecha con sus imágenes. Quedan huellas, pasos que el agua borra en la playa, ecos que se dejan en el bosque cuando se está perdido, las certezas escapan y todo es intemperie.