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Otros andenes

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He visto esos vagones. Oscuros, rotos, escondidos en un aire amarillo y caliente. Se detienen poco tiempo en el andén, y entonces todos los paneles, los mensajes, los avisos, se tiñen de rojo, como si derramaran sangre. Nada más entrar la gente se escucha el silbato, prolongado y triste, y en las ventanas se agolpan las caras pálidas, los ojos apagados de los muertos. Parte el tren. El ruido es antiguo y monótono, como el tun tun repetido de una maza contra las piedras.

Los he visto. No hay tregua para pensar, todo sucede en el tiempo de una luz que se enciende y se apaga. Después miro a los otros que están conmigo en el andén del frente, esperando el metro. Hemos bajado las escaleras, insertado el ticket, hemos entrado por las mismas puertas. Nadie más lo ha visto, revisan sus equipajes, cabecean en los asientos de la estación, avanzan las páginas de los libros. Entonces me olvido de esa magia terrible que sucedió delante de mis ojos, me pego a la pared y cruzo los brazos. No quiero que ocurra, no quiero este poder que me llena de miedo, me siento solo cuando se me entra la tristeza de los muertos.

Los vi en París. A esos vagones. Yo estaba en Les Invalides, camino a Pont Cardinet. Quizás diez metros, doce, de sombras y raíles y suelos grises. Después ellos, todos esos seres sin vida, quietos contra la pared, o sentados con las piernas encogidas, o reuniéndose en los límites de la estación, donde acaban las escaleras y los pasillos. Tengo para mí que me descubren, pero no puedo probarlo, es todo tan rápido. Se precipitan hacia las puertas del tren que ha de conducirlos a no sé qué lugar del subterráneo, y en un momento vuelve el ruido de la ciudad, el olor de las cosas de la superficie, el calor, los colores. Aumenta mi soledad cada vez que soy testigo de estos sucesos, siento que se me escapa el aire, como si dedos sin piedad se hundieran en mis vértebras.

Los muertos viajan. Lo sé. Toman el metro, sin pertenencias, en esas extrañas paradas, en otros andenes. Yo procuro desentenderme, disimulo, hago como que escucho el oscuro sonido de un saxo, o doy a entender que se me hace tarde examinando con exagerado odio el reloj. Pero no puedo, la tristeza que llega de allí es infinita y espesa, como nubes amarillas.

He intentado desentrañar esta geometría turbia de estaciones súbitas y fugaces, sin nombre, sin lugares estables. Me refiero a ella como la línea cero. En mi pequeño cuaderno de notas he escrito preguntas: ¿cuál es su frecuencia?, ¿cuántas paradas realiza?, ¿dónde termina su trayecto? Por las noches, en mi cama, le doy vueltas a lo que he visto, me aproximo desde otros ángulos, me concentro en los detalles de estas visiones imposibles, y después sueño con burbujas que se hinchan despacio, y se rompen y desaparecen.

Línea cero. No hay mapa que la dibuje, no puede haber dedos que la calculen o que cuenten sus cruces con otras líneas. La llamo así, línea cero, porque este número permanece desocupado en los subterráneos de las ciudades. Y también porque a mí me parece que es un nombre acertado para sugerir que es como si no hubiera nada: viajeros muertos sin equipaje, andenes que se van, silencios.

Callao, línea uno, Madrid. Contemplo nuevamente las máquinas paradas del tren fantasma. Es blanco. Los que esperan atestan los vagones. Otra vez los rostros sin luz, otra vez los que se van empujando hacia mí sus voces de tristeza. Constato que los túneles se oscurecen y enfrían, y entonces imagino catedrales. Siento la necesidad de sentarme, me sobrecoge la ceguera de todos los que aguardan en la estación. Me pregunto por qué he de ser yo el adelantado, el que aporta sus ojos para estas visiones. Pienso en molinos arrancados por la furia del aire, y de repente sé que me he muerto. Alguien me mira desde el otro lado.