Letras
Poemas

Comparte este contenido con tus amigos

Labriego jubilado

I

Satisfecho, sentado sobre un banco
mi amigo, el buen Ramón, con faz serena
a sus nietos jugar mira en la arena,
con mente turbulenta y cuerpo estanco.

Él recuerda, lo sueña su memoria:
cuando era niño ser mayor ansiaba,
de joven a la mili ir esperaba,
redactaría él una nueva historia.

La mili fui a cumplir, enamorado.
Fueron duros aquellos largos días,
con mucho sinsabor, sin alegrías;
de mi novia el retrato bien guardado.

Llegaron montañeses y gallegos.
Malos momentos. Lágrimas lloraron.
La nueva voz “morriña” me enseñaron.
Compartimos instantes de sosiegos.

Fuimos sin saber dónde trasladados,
instrucción y maniobras enseñaban,
manejar el fusil nos obligaban;
quedamos del fusil enamorados.

Canciones al fusil enaltecían,
ilusiones al paso resaltaban,
al horizonte soles relumbraban,
fantasías la mente revolvían.

Licenciado regreso. Más trabajo
para ayudar a padres y parientes.
Me caso. Mi trabajo ha nuevos frentes.
A mis hijos estudios da mi tajo.

Qué feliz en el pueblo yo vivía
con personas incultas como yo,
feliz con mi partida dominó;
libre, yo trabajaba si quería.

Con la mujer comía mi pobreza,
nuestros hijos salían adelante;
son de tierras y arados emigrantes.
Mi trabajo les dio a todos nobleza.

En la capital viven. Son señores.
Tan sólo al pueblo vienen en asuetos.
Casados me vendrán pronto con nietos.
Alguna vez se llevan lindas flores.

 

II

Mis hijos convencidos me jubile
desean. Que la casa y tierras venda,
Tendré en la capital mejor vivienda,
podré vivir sin nadie me espabile.

¡Vender tierras! ¡Vender, cuánto me aterra!
Tras el verano proclamé la venta,
me dieron una suma suculenta.
¡Adiós mi casa! ¡Adiós querida tierra!

Nuestros muebles y enseres nada valen.
Nuestros hijos deciden tirar todo.
A sus casas nos llevan de buen modo.
Del bolso los dineros se nos salen.

El cambio fue muy duro y doloroso.
De ser dueño y señor a ser vasallo,
dormir en cama extraña, no oír al gallo,
sentir de tu hijo y nuera cierto acoso.

Con mi mujer a solas en la cama
hablamos, comentamos nuestro error.
Despide nuestro propio hijo impudor:
usura que venganza al cielo clama.

De mi mujer la nuera ayuda espera,
que mantenga la casa bien barrida,
prepare en la cocina la comida.
Pretende una criada camarera.

Camino al parvulario me enseñaron.
Llevar y recoger, es mi deber,
al párvulo que tiene que aprender.
¡Ay, mis hijos, qué pronto se olvidaron!

Sus amistades son amigos raros.
Su cultura deslumbra y nos insulta.
su mirada al soslayo nos indulta.
Rezuman prepotencias y descaros.

La calle en la ciudad, ¿qué llaman calle?
Falta espacio, ni un árbol, sólo aceras.
muchos coches, pitidos, carreteras.
Todo llano, sin montes y sin valle.

Las construcciones se izan en altura,
debes imaginar en lejanía
cielo y nubes y sol en calle umbría,
cuya luz no te alienta en la tristura.

Mi mujer por edad bien conservada
fue en su moral y mente destruida;
del pueblo haber venido arrepentida,
murió. En fosa común está enterrada.

Solo quedé. Perdí su compañía
nuestra amargura sólo cargo entera;
su ausencia y la presencia de mi nuera
producen un vacío, una agonía.

 

III

¡Ay, la ciudad! ¡qué largas son sus noches!
¡Ay, cuántas vueltas doy!, ¡Ay, cómo duelen
las mentiras y engaños que demuelen!
¡Cómo enervan los ruidos de los coches!

Del pueblo ¿quién no añora la quietud,
su diario aburrimiento sosegado,
su paz y malestar cacareado,
si la vida se goza en plenitud?

Adiós, verdes praderas. No os veré.
Arroyo cantarín, adiós tu copla.
Solana, abrigo al viento cuando sopla,
adiós. A tu abrigaño nunca iré.

Adiós, vereda de frondosos chopos,
adiós, sombra del sauce generoso
que tu paz compartías, yo dichoso;
adiós flores del prado a mis piropos.

Fuente del caño de agua fresca y clara,
¿recuerdas que sediento a ti acudía?,
¿con qué ansia en el verano te bebía?,
¿cómo me refrescabas tú la cara?

Sigue manando límpido tu caño;
jamás me verás cerca, adiós, amiga.
Quisiera compartir esta fatiga,
pero lejos estoy, lugar extraño.

Tierras que por mí fueron heredadas
tu piel la reja hería y lastimaba,
mi sudor las heridas aplacaba;
generosa rendiste las segadas.

Os vendí. Tenéis nuevas manos y amo.
Es cuanto yo tenía. Ya no he nada.
¡La herencia de los padres es sagrada!
Los dineros huyeron como el gamo.

Mi casa, aquella casa do nací.
¡Quien pudiera volver a aquel hogar,
amasar los amores del lugar!
¡Tampoco casa tengo! La vendí.

Aquel terreno santo, el camposanto,
donde en paz duermen mis antepasados,
do mis restos serían sepultados,
vilmente me robaron. ¡Desencanto!

 

IV

Verano. Vacaciones arribaron.
A los nietos jugar al parque llevo.
Sus juegos vigilar atento debo.
Desaparecen. ¿Dónde se ocultaron?

Late mi corazón. Golpea duro.
Busco por los rincones. Nada encuentro.
En escondites miro. Me descentro.
Les hallo al fin, felices tras un muro.

En mis tiempos cuidamos de los hijos:
eran traviesos, niños revoltosos;
yo era joven, ahora soy premioso;
mis nietos son peores y más pijos.

Gusta haber a sus nietos el abuelo,
pero haberlos un rato, sin encargo,
sin responder de niños a su cargo,
que sean su consuelo, no desvelo.

Trabaja el matrimonio, ¿para qué?
Su casa convirtieron en mansión,
la usan para dormir y exhibición,
de los hijos no gozan... ¿bueno, y qué?

El abuelo disfruta de los nietos,
dicen. Los nietos marchan con su abuelo,
no importa sea viejo o sea lelo.
Se desatan de hijos y de aprietos.

Si el nieto revoltoso corre inquieto,
correr detrás su abuelo debe presto;
imposible alcanzar aun eche el resto.
Al viejo el día amarga por completo.

Mi señora se fue. Estoy solo aquí,
en mi pueblo viví feliz mi vida.
Volver allí no puedo. Está vendida.
Mudó mi vida un mísero neblí (rapiña).

Adiós virilidad y sociedad.
De ser padre y señor, dueño de mí
a ser esclavo paso. Un maniquí.
Nada tengo. Perdí mi dignidad.

Dios, padre soy. Te tomo por testigo:
todo a mis hijos di. Vengo desnudo.
Tus dones transmití. Sin nada acudo.
Tal y como soy, llévame contigo.

 

Jubilado gracioso

¡Señores!, estoy parado.
Soy jubilado con suerte,
jamás pienso yo en la muerte,
¡bien se vive jubilado!

Debo a mi mujer en casa
ayudar en lo que pueda,
que no le falte moneda,
que en billetes no ande escasa.

A la compra cuando vamos
cargo yo con el carrito,
yo me estreno de burrito,
mas cansados regresamos.

Mi mujer euros me pide
para la bolsa de Dios.
Generoso le doy dos
en dos bolsas los divide.

Sabe mi bolsa es de hierro
su bolsa tiene ella rota;
yo duermo como marmota,
mi bolsa de dormir cierro.

De la bolsa del trabajo
cambié a la bolsa del paro;
la bolsa baja, reparo,
a pobreza y aun más bajo.

Cuando ya termine el día,
tras una jornada dura
yo tiraré la basura,
en bolsa con tiranía.

Tanto el ama desembolsa
en las compras tanto gasta,
gastando es tan entusiasta
que me hago agente de bolsa.

Agente de cambio y bolsa
por las noches de basura
es de hierro en su apertura
del trabajo odio la bolsa.

En las compras de mañana
descansamos en un banco,
al regreso en otro estanco,
en sentarme tengo gana,

Me tranquilizo en un banco
si por la tarde cansino
recorro yo mi camino
como corredor de banco.

 

Jubilados

Por fin, ¡ya estoy jubilado!
¡Tanto como lo has ansiado!
Al fin, también llegó el día
que te llena de alegría.
Con tu trabajo acabaste,
tal y como lo soñaste.
Tu vida fue de trabajo,
tu mirada siempre abajo;
si a veces alto mirabas
en jubilarte soñabas.
Si el trabajo era cansino
renegabas de tu sino,
y al terminar la jornada
soñabas con no hacer nada.

 

Jubilada

Ahora que jubilada
pasas el tiempo aburrida,
el día sin hacer nada,

sin disfrutar de tu vida,
un hobby debes buscarte
te mantenga distraída,

tus penas haga olvidarte,
de la vida gozar quieras,
sin temor a tú cansarte.

Por mucho que tú vivieras,
tiempo habrás de descansar
el día que tú te mueras,
y te lleven a enterrar.