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Héctor TorresTras La huella del bisonte

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Casi 250 páginas de prodigioso y titánico esfuerzo narrativo que se te meten por los ojos y no te abandonan hasta que la novela “termina”; obviamente, es un decir, porque a decir verdad se trata de una aventura interminable del espíritu. “Karla”, “Mario”, “Gabriela” y La huella del bisonte conforman el tetrálogo propuesto por su autor, Héctor Torres, escritor de aquilatada y densa prosa narrativa que se incorpora al minúsculo y aristocrático coro de las voces novelísticas de la última generación literaria venezolana con una madurez discursiva digna de los mejores encomios por parte de la crítica.

El autor de La huella del bisonte se erige con esta novela en artífice de un universo psicológico de hondas resonancias intimistas y explora, con inusual maestría narrativa, esas zonas vírgenes, pulsiones biopsíquicas que inexorablemente emergen a la superficie vital de la más rica y compleja etapa de un ser humano; la acadia adolescente, muy escasamente abordadas por nuestra narrativa venezolana de la última centuria.

“Karla”, personaje fundamental que el autor invenciona con nítidos perfiles psicosomáticos, descubre su sexualidad al frente del manubrio de su bicicleta una mañana al fragor de unos impulsos súbitos y desconocidos mientras se dirigía al abasto en procura de unas frutas que le había encargado su madre. Como todo lo crucial en la vida, adviene y se manifiesta de modo inesperado haciendo caso omiso a las leyes de la predictibilidad. La poderosa capacidad descriptiva que exhibe el autor en los pródromos de esta novela se pone a prueba merced a unos raros dispositivos narrativos en los cuales el escritor desdobla, desde la psique de su personaje, al actante convirtiéndolo en proyecciones de personajes provenientes de la farándula nacional, verbigracia, Karla se metamorfosea en Madonna, o en Catherine Fullop, en Gigi Zanchetta o en Rudy Rodríguez. Un asombroso dominio de las imágenes narrativas se van sucediendo en el curso de las páginas de esta novela y, por momentos, el lector tiende a olvidar que está leyendo, pues de estas memorables páginas surgen escenas más cinematográficas que novelescas. Permítaseme decirlo de esta manera: es como si el escritor, a través de cada párrafo, de cada página, nos proyectara trozos de vida intensa y palpitante en todo su esplendor y, naturalmente, en toda su cabal aura mediócritas también, juntamente, sin desmedro de una a favor de la otra.

El arte masturbatorio de Karla alcanza en la prosa novelesca de Héctor Torres cotas de magnificencia y excelsitudes tan extrañas que no le encuentro parangón estético-literario en el panorama narrativo de las últimas dos décadas.

Caracas es un leit motiv que perdió su amabilidad, dice el narrador. Mario, un gris libretista de televisión, novelista fallido, con un traumático divorcio a cuestas, cuya vida no pasa de ser un terrible y doloroso eufemismo que se desgasta en el triángulo agobiante del Bar, la Librería y la Discotienda; ah, lo olvidaba; una visita mensual a su madre insomne e hipocondríaca. La portentosa imaginación del narrador idea el personaje de Mario como perfecta coartada psicológica para acercarse al deterioro de las relaciones dialógicas-comunicativas entre su madre y él. La cotidianidad, esa viscosa materia que todo lo envilece y degrada en la vida vertiginosa de la urbe, es puesta en entredicho por el novelista y sometida a cáustica recusación moral por el novelista sin caer en falsas pontificaciones moralistas.