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El amor es fuego abrasador

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Algún tiempo atrás creí que el amor, como el hombre —y como la mujer— es pasajero, no puede ser “eterno” o duradero. Incluso escribí un poema con el título Cupido herido. Tal vez no lo medité lo suficiente, de lo cual hoy me retracto y me reprocho. El amor es cosa seria y cuando hiere la copa en donde se vierte, el ron y el hielo se desbordan y es peligroso que se rompa el continente.

El amor siempre se consideró como un juguete con el que se divierte el joven un momento, luego lo olvida y más adelante lo encuentra transformado con nuevo vestido y cara maquillada. También se habla de él como un objeto que se encuentra en el mercado, que se negocia, se vende, se compra, se alquila, se disfruta y luego se rasga como un papel o se tira al cesto del Olvido. Pero no se eleva su rango al de un ideal. No tiene la categoría de un sentimiento que brota minúsculo como un arroyo y con el paso del tiempo crece a cuatro manos y llega a ser hoguera incontenible, río brioso que levanta barro y piedras de su lecho.

Hablar de amor, hoy, en la época del euro, de esmeraldas y diamantes y cristales de Swarovski, suena de veras anticuado y decadente. “El amor no existe”, “es una promesa de ocasión”, “es el resultado de una noche o de una fiesta”, “es la disculpa para una nueva cita”, “es un asomo de mentes débiles”, “no es mercancía que circule entre personas de la moderna era”. El amor, en definitiva, quedaría relegado a una palabra hueca o cuando más sólo la utilizaría el poeta en versos de ficción y caramelo.

Sin embargo, ¿lo dijo Quevedo? ¿Ya el amor no es yelo abrasador? ¿No nace de la brizna de una mirada o del susurro de una palabra que se colgó en el oído cuando pasamos al lado de él o ella y que nos robó el aliento? ¿No pasa eso todavía? ¿Es una fría, barata y efímera fantasía de una vitrina en Venecia o Bariloche? ¿Es la flor que no retoña porque nació sin raíz o no hay quien la riegue, como cantó Pedro Infante?

Lo dijo Plotino, un hombre que huele a explosivo y es filósofo : “Vale la pena considerar si el amor es dios, o diablo, o es pasión de la mente o participa de esos tres entes”. Si puede endiosarnos, si nos hace condenar o si nos arrebata por los aires y nos arroja contra las convenciones y los ritos seculares. Si eso no sucede, el amor no vale la pena y, sencillamente, nunca nació, nunca existió y moriremos sin conocer sus cavidades.

Que el amor endiosa a quien se ama, puede ser una frase altisonante. Que el amor embruja o que lleva al infierno puede ser un moralismo que nos aleje de los frutos que hay en el huerto de las delicias de Cupido. Pero si el amor no es esencialmente una pasión que sobreviva a la rutina, no vale la pena.

No se puede llamar amor a una simple mirada o a un tierno beso de hermano o un estrechón de cuerpos en una despedida, o a una sarta de versos dedicados desde lejos. El amor debe ser efervescencia, ebullición, ardor, consumición, quemadura, volcán, fuego y hielo —todo a la vez.

Porque el amor no debe resistir a la tentación, ni prestar oídos a remilgos ni a anatemas, debe ser libre y sus jinetes podrán dar rienda suelta al monstruo que hay adentro de sus cuerpos. El amor alza el vuelo, levita, aterriza, tiene garras, lengua de fuego, brota lava y se hunde en torbellinos de aceite y témpanos de hielo. Tiene capacidad de absorción, se recupera y reempieza con nuevas fuerzas el desespero. Un amor así vence al Tiempo y no lo corroe el moho de la vejez ni la rutina.