Letras
Trucco, Paco, Floppy y Bimbo

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Aquella mañana cuando escuché la voz de mi secretaria diciendo: “Señor Robles, su hijo por la línea dos”, ni por asomo imaginaba lo que en breve acontecería en mi vida.

—Papi —me dijo nada más ponerme al teléfono—, me voy con mami a comprar el pajarito que me prometiste. Carlitos me ha dicho que en el centro comercial hay una tienda enooooooorme de animales. Trucco se viene con nosotros.

Trucco era mi pequeño yorkshire.

 

El pajarito, bautizado con el nombre de Paco, acabó convertido en un mastodonte de aproximadamente cinco kilos, plumaje castaño, enorme cresta roja y pico certero, que corría a sus anchas por la casa, cantaba por las mañanas y aprovechaba la menor oportunidad para tirar picotazo a mis tobillos y dejar muestrecitas de su buena digestión por todas partes, además de perseguir a mi pobre Trucco, con intenciones no demasiado honestas, hasta que finalmente Trucco concluyó que si quería evitar ser inseminado por el gallo tendría que pasar el resto de sus días escondido bajo el sofá.

 

Aguanté estoicamente la situación durante semanas pero la animadversión entre Paco y yo llegó a tal extremo que amenacé a mi mujer con usarlo para hacer caldo si no se deshacía de él.

Unos días después mi secretaria me sacaba de nuevo de mi rutina con su “Señor Robles, su mujer por la dos”.

—Cariño, he estado hablando con tu hijo y consiente que regalemos a Paco si le dejas comprarse una nueva mascota.

 

Como ustedes comprenderán la sola idea de perder a ese pajarraco asesino y obseso de mi vista me hizo aceptar de inmediato, sin pararme a pensar, y por tanto, sin preguntarle eso de: “Regalárselo, ¿a quién? ¿Quién narices va a querer un bicho como ése de animal de compañía?”. Así que esa tarde, al llegar a casa, me encontré con Floppy, un conejo “enano”, que acabó abultando el triple que Trucco y que por alguna extraña razón se enamoró del gallo Paco, que lamentablemente, tal y como yo temía, continuó formando parte de nuestra familia. Así, Floppy perseguía a Paco y Paco perseguía a Trucco, que víctima de un continuo ataque de nervios no sólo pasaba los días escondido bajo del sofá, sino que cuando se veía obligado a salir atenazado por el hambre cualquier ruido a sus espaldas era suficiente para hacerle pegar un salto digno del mejor saltimbanqui. ¡El pobre se estaba quedando calvo con tantas persecuciones y muestras de amor desenfrenado!

 

Incapaz de soportar esa situación ni un minuto más, reuní a mi mujer y a mi hijo y les dije que ya podían ir buscando a alguien dispuesto a hacerse cargo de Paco y de Floppy o un día de éstos de segundo comeríamos pollo y conejo. Pero de nada sirvieron mis amenazas. Semanas después seguíamos siendo familia numerosa: ninguno de nuestros conocidos parecía dispuesto a adoptar a un gallo cantarín que confundía perros con gallinas ni a un conejo que prefería gallos antes que lindas conejitas.

 

Esta mañana recibí una llamada de mi hijo.

—¡Papi, papi, no te vas a creer lo que me ha pasado! Cuando vengas te lo cuento.

Me dio tan mala espina que salí disparado hacia casa. En cuanto abrí la puerta, Trucco salió despavorido corriendo hacia al jardín, perseguido por Paco y éste a su vez por un Floppy completamente mojado. Detrás venía mi hijo.

—¡Papi, no te lo vas a creer! Mira lo que me encontré esta mañana al levantar la tapa del retrete. ¿Puedo quedármela, verdad?

 

Bimbo es nuestra nueva mascota, una piraña de tamaño descomunal y afilados dientecillos que, no contenta con devorar el alimento que expresamente adquirimos para ella, salta sobre nuestro conejo cada vez que éste, siguiendo el rastro de Paco que hipnotizado corre detrás de Trucco, pasa cerca de su pecera.