Letras
El discurso

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Durante muchos años estuvo preparando el discurso que lanzaría a sus compañeras en el momento preciso: ese que habían esperando por siglos. Aquella mañana, cuando el Sol lanzó sus primeros rayos ardientes, él se incorporó. Limpió su cuerpo con paciencia y delicadeza, y ensayó una y otra vez su discurso. Con pequeños mordiscos, probó ligero alimento, y volvió a ensayar. Caminó a lo largo de su vivienda, y su parentela, que ya llevaba tiempo hurgando aquí y allá, lanzaba gritos de apoyo a cada paso. Se sintió feliz... satisfecho. Salió de aquel lugar y se encaminó a la plaza principal. Con pasos veloces libró obstáculos. Subió y bajo, brincó y en algunos momentos se humedeció un poco con el agua que escurría de las paredes. Llegó a un claro donde no se veía ningún lugar vacío.

Cuando lo vieron arribar, los gritos se hicieron presentes. Trozos de papel eran lanzados desde las alturas, tambores, trompetas y aplausos se abrían paso en cualquier rincón. Era un enorme festejo. Algunos llevaban consigo las bebidas embriagantes que habían estado compartiendo con sus amigos desde la noche anterior... cuando todo comenzó. Otros, desvelados, simplemente habían salido a recorrer los nuevos espacios, a hacerse de nuevas tierras: ahora todo era suyo.

Se colocó frente a ese pequeño pedazo de concreto y vio frente a sí una gran masa negra que se movía a cada instante. Era enorme y parecía no tener fin. Gritos, risas manaban de todas partes. Se acercó al micrófono y probó que estuviera encendido. La masa calló. Un ligero viento se dejó sentir, mientras en el cielo el Sol dejaba caer sus rayos voraces: “La materia no se crea ni se destruye... sólo se transforma. Durante años estas palabras se escucharon. Parecían su filosofía y la enseñaban a sus descendientes en arduas lecciones. Sin embargo, ellos mismos no hicieron caso a tan certera premisa... Su propio himno fue ignorado... Compañeras, por fin mis palabras y las de mis ancestros se han cumplido. Sé que algunos de ustedes dudaban de su certeza. Sé que al ver caer a un compañero pensaban en que ellos ganarían la batalla. Pero ahora podemos ver y sentir la verdad de mis palabras y el resultado de sus acciones”. Gritos interrumpieron su discurso, los aplausos invadieron el espacio hasta que nuevamente su voz se hizo presente: “Hace un par de años la alerta les llegó, pero nadie quiso tomar precauciones. Siempre creyeron estar por encima de todo, incluso de la propia naturaleza. Su superioridad iba de la mano de su mediocridad... Cuando el Sol comenzó a calentar más, sólo se dedicaron a inventar cuanto aparato fuera necesario y se refugiaron por más tiempo en sus viviendas. Cuando la pureza del aire desapareció, cuando las nubes nublaron el cielo y los primeros de ellos, los más débiles, comenzaron a caer inertes en la calle, sólo apenas su cerebro se cimbró por un instante. Hubo reuniones, alertas, después todo se olvidó. Cuando los bosques desaparecieron, pensaron que tendrían más espacio para sus edificaciones. Y así siguieron por muchos años. Sólo hasta cuando el agua para beber se esfumó, cuando la tierra se deshacía en sus manos... Sólo hasta entonces el miedo se adueñó de ellos. Pero ya era muy tarde. El manto negro los fue cubriendo. Enormes y feroces vientos destruyeron sus grandes edificaciones. El hielo se convirtió en líquido y las tierras bajas fueron inundadas. La tierra fue escasa, el terror era su amo. Los sobrevivientes lograron vivir por un tiempo así, pero la tierra misma les cobró todo aquello que le habían quitado. Sin descendencia ¿cómo podrían seguir esparciendo su semilla? El Sol se tornó más vengativo y ellos refugiados en cuevas. El alimento se acabó y la tierra infértil no pudo producir más. Ayer fue el mejor día de nuestras vidas. Vimos cómo uno a uno fueron cayendo. Sus labios marchitos, la piel adherida a los huesos y esa luz de la que tanto se enaltecían, desapareció de sus pupilas. Los pocos que quedaban por fin desaparecieron. Ayer... el humano murió. El ser humano se fue de la faz de la tierra, y nosotras que durante siglos fuimos perseguidas, exterminadas, aplastadas, fumigadas... aquí estamos. Nos veían con desprecio, creían que propagábamos enfermedades y éramos símbolo de la suciedad y deshechos. Ellos creían ser inmortales y terminaron con todo y lo que ellos propagaban era la ignorancia. Nosotras que vivíamos en la oscuridad, que nos arrastrábamos en los rincones... Nosotras simples y diminutas cucarachas somos dueñas de este planeta que ellos no respetaron... Ahora, ¡el mundo es nuestro!”.