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Ana Teresa TorresRelectura de El exilio del tiempo

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La novela El exilio del tiempo propone una manera distinta de mirar el recuerdo y la nostalgia. Diferentes voces, diferentes narradoras, voces femeninas diversas que se entrelazan por la habilidad narrativa y creadora de su autora, Ana Teresa Torres. Se da a El exilio del tiempo cierta noción como perdida en el tiempo. No escindida del todo pero sí algo solapada temporalmente. Digamos que la narración va intrínsecamente conectada a historias de tiempos casi olvidados. Gracias a la narradora principal tenemos un probatorio o testamento narrativo de que cada personaje lleva consigo una historia. Esta historia de los personajes se entrelaza y hasta se confunde a veces porque el lector pierde de vista a quien narra, fundamentalmente un personaje femenino.

La historia de cada personaje tiene una anécdota íntima asociada al recuerdo de la narradora. Los objetos y su función dentro de la novela son fundamentales. Cumplen la tarea de llevarnos a nosotros, los lectores, a un plano de añoranza y de identificación con las bien definidas líneas descriptivas de cada personaje. La función descriptiva en El exilio del tiempo se convierte en elemento presente en cada momento de la narración. Sin embargo, privará la narración por encima de la descripción.

No es tanto la importancia que revistan para el lector los hechos rememorados en El exilio del tiempo sino la forma como afloran en boca de cada personaje. De esta manera, no nos interesa tanto la situación económica, por ejemplo, de una familia venezolana venida a menos, sino más bien nos podría interesar aun más el contenido afectivo que nos es transmitido en la novela por sus protagonistas. Podemos sentir cómo fue la decepción de tía Olga con el ballet o cómo Marisol se convirtió en profesional universitaria y todo lo que esto último representa. Sobre todo, por provenir ella de una clase social trabajadora o, como diría Rojitas, en una clase digna del proletariado explotado. También cómo tía Malena se pasó diez años en un diván en actitud de desapego de sí misma por ver su amor truncado a causa de los padres.

De nuevo, resulta que los objetos están ligados a nosotros de una manera tal que apenas conocemos. Nos dan indicios de los gustos, preferencias y sentimientos de sus poseedores o propietarios. Los objetos descritos en la novela de Ana Teresa Torres, su primera novela, les proporcionan cierto espacio terrenal a los personajes. Algo como una raíz, un apego, una suerte de posesión material. Aunque no simplemente material, tal vez diría yo, material en cuanto a que materia tiene que ver también con espíritu. Esta es la idea que yo tengo del uso descriptivo de los objetos y sus derechos y sus sucesiones. En fin, los objetos como prueba de nuestra existencia material en el tiempo.

Existe también en la trama de El exilio del tiempo una constante remembranza del pasado. Como si se tratara de tiempos casi olvidados que surgen por petición de un personaje, alguien curioso de la historia familiar. Es como si el narrar fuera una operación análoga al recordar. Recuerdos vividos, recuerdos que se van urdiendo como la urdimbre de genealogías familiares. Yo podría decir que lo que más percibo de El exilio del tiempo es la necesidad de historizar y dejar constancia de las impresiones de los recuerdos. Primero historizar para darle visos de oficialidad a la historia. Recordemos un poco esa frase que dijo Benjamin: “La historia es escrita por los vencedores”. Por otro lado, eso de dejar constancia es a modo de prueba de existencia, de espacio en nuestras almas, de fibras sentimentales que dan fe de lo vivido. Por supuesto, cabe también decir que algo en nosotros provoca esa necesidad de ir atrás en el tiempo a través de una memoria colectiva.

Con esta novela, El exilio del tiempo, el lector obtiene una especie de cronología nacional. Se toca muy a menudo el tema político y su acontecer. Así, por ejemplo, en el diario del bisabuelo de la hija de Mercedes se da cuenta de los finales del siglo XIX venezolano y la entrada del siglo XX en Venezuela. Se habla de la confrontación entre liberales y conservadores. Este aspecto de pugnacidad política que encontramos en El exilio del tiempo refleja un poco la bipolaridad en cuanto a partidos políticos nacionales se refiere, elemento casi invariable en la historia partidista venezolana. El diario de este pariente de la hija de Mercedes, su bisabuelo, va incluso a rememorar la pérdida de fincas y propiedades de la familia por causa de la Guerra Federal a mediados del siglo XIX venezolano. Época ésta tan convulsionada política y socialmente en nuestro país. A pesar de que yo piense que la novela de Ana Teresa Torres es puramente ficcional tiene también variados aspectos realistas. Realistas y verosímiles, e incluso históricos, como la traición de Juan Vicente Gómez a su general Cipriano Castro, al encaramarse en el poder de la nación venezolana desconociendo la majestad de la presidencia republicana e instaurando una dictadura. Ésta fue la dictadura más larga del país a lo largo de todos sus años como república. Diríamos desde la primera presidencia en 1830 de José Antonio Páez. Asimismo, se habla del caudillismo, otro de los factores imperantes en la política venezolana. De esta manera, el tema político es una constante dentro de la novela de Ana Teresa Torres.

La necesidad de escribir historia va mezclada con la de escribir ficción. Así, en El exilio del tiempo, por ejemplo encontramos que algunos de los familiares de la saga familiar se entremezclan con personalidades políticas importantes, como generales, presidentes o ambos a la vez. Por citar una muestra, en la conocida fiesta de quince años el primer vals de la joven se baila con el presidente, dictador para entonces y general. Asimismo podría citar otro caso, la cercanía entre el bisabuelo de la familia y el general Castro, quien gana el poder a finales del siglo XIX en Venezuela. En este caso se cumplió el pronóstico del bisabuelo en el plano de la ficción, dada su adherencia y preferencia hacia Castro, en contraposición con la realidad histórica venezolana o con el plano histórico de la novela, en el que se espera con ansias el término de la dictadura gomecista.

Si nos adentramos en El exilio del tiempo nos percataremos de que el humor también está presente. En este sentido basta con mirar cómo el obrero italiano emprende la “refacción” de la casa familiar de doña Clemencia y don Antonio y cómo su nieta narra con desparpajo las atrocidades cometidas por este “maestro de obras” en la futura residencia de Veroes. En cambio, se habla de los primeros conserjes de Veroes, Pepe y Sole, ambos españoles trabajadores y diligentes. Se da una suerte de crítica hacia los venezolanos que, a juicio de la narradora, podrían aprender de estos europeos cómo trabajar bien. A propósito de Europa se narra también el escape de la familia de Mercedes en un barco de carga y cómo salen huyendo doña Clemencia, don Antonio y las niñas, del furor de la Guerra Civil española. Una vez establecida la familia en el este de Caracas la hija de Mercedes ya es una señorita y es aconsejada religiosamente acerca del amor a Dios y su mandamiento por su abuela doña Clemencia. También se narra la historia bastante lúgubre de tía Malena, quien pierde a sus tres hijos y a su esposo y finalmente muere ella también.

Tal vez el aspecto más autobiográfico de Ana Teresa Torres está a la mitad de la novela El exilio del tiempo, en la que se hace una especie de exposición psicológica acerca de las respuestas que los padres dan a sus hijos. Por ejemplo, se habla de las respuestas que dan algunos padres a preguntas como éstas realizadas en la novela por la hija de Mercedes:

Pregunta de la niña:

“Mamá, ¿por qué Benita tiene tan poquito dinero?” (Benita: la cargadora de la niña).

Respuesta de la mamá:

“Porque ella es una floja”.

Contrapregunta de la niña:

“¿Pero por qué, si ella trabaja y tú no?

Respuesta de la mamá:

“Porque ella necesita un trabajo y yo me encargo de las cosas de la casa”.

Repregunta de la niña:

“Entonces por qué la estás botando”.

Respuesta de la mamá:

“Porque ella ya está muy vieja y no tiene nada que enseñarte” (Paráfrasis mía, no son citas directas).

En el caso de María Josefina su narración la podríamos leer como un existencialismo. Ella está indecisa sobre sus raíces o mejor, tiene una mezcolanza entre el afrancesamiento, la hispanidad y la indianidad. Por esta razón, su voz en la novela tiene que ver con alteridad. Porque no hay nadie como ella en toda la novela que exprese pensamientos más claros acerca de sus orígenes tan diversos y, a la vez, tan singulares. Salvo Marisol, no hay un personaje que cuestione la existencia tanto como María Josefina. Ella elabora una cantidad de ideas acerca de ver el tiempo como una película en la que su director está divorciado de los actores. O que cada actor ve su propia película mental y las escenas más dramáticas son cortadas por la edición de este director que no es más que el propio ego de la persona: la narradora. La narradora que quiere prescindir de algunos recuerdos y privilegiar otros. Por ejemplo, María Josefina quisiera vivir más que el recuerdo con Enrique, el pintor de la plaza adonde es llevada por la tía Enriqueta y su esposo. También quisiera ella borrar de la película, como ella llama a la vida, aquel amor del muchacho que no quiso tener nada con ella. Tal vez por una comprensión un tanto extraña de la caballerosidad o quién sabe debido a qué, lo cierto es que María Josefina es rechazada por este muchacho y allí comienza su largo prontuario sentimental con diversos hombres, con quienes se casa y se divorcia sistemáticamente. Así, al principio de la novela, habla la abuela y dice que María Josefina la tiene harta por llevar al novio que, según doña Clemencia, debería ser el último. Porque eso de andar presentándole uno tras otro la tiene un tanto exasperada. Pero recordando un poco por qué viaja a Francia María Josefina, viene a colación que el Negro Rojitas tenía su relación amorosa con ella y, por supuesto, la familia de ella se oponía en general a que mantuvieran ambos personajes un noviazgo siendo de clases sociales distintas y dispares. Este pensamiento de clase predominará aun cuando doña Clemencia tenga que visitar a sus amigas en casitas pequeñas en el centro de Caracas, familias venidas a menos como la suya propia. Pero un momento, el orgullo de clase priva sobre lo demás. Además, ¿no es acaso María Josefina la niña rebelde que escribe cartas a sus padres por medio de una tercera mientras ella se retiraba del colegio de señoritas en París?, ¿No es María Josefina de quien se expresan sus padres diciendo que es una fracasada? Aquí es cuando ella argumenta en su propia defensa acerca de que su familia, de manera independiente, probablemente fracase sin saberlo y nadie dice nada.

 

Justificación

La justificación de este trabajo tiene como objeto comentar de una manera sencilla algunos aspectos de El exilio del tiempo. No todos, por supuesto, porque sería como adentrarnos en un mar profundo con apenas un bote de pescadores. Lo que aquí se plantea es una relectura de El exilio del tiempo, en donde el tiempo tiene muchas variantes, pues la narración no acontece de manera lineal en él sino, al contrario, la historia de los personajes alterna entre el presente y el pretérito de una forma un poco indiferenciada.

Los personajes hablan desde su propio tiempo narrativo y desde sus experiencias íntimas y, por lo tanto, propias. Cada línea de El exilio del tiempo nos lleva a una realidad de sentimientos e impresiones vividos, no obstante ser una novela ficcional o que juega muy bien entre la frontera de la ficción y la realidad. Podemos ver en El exilio del tiempo un diario colectivo en el que cada personaje aporta algo nuevo.

Rememorar un tanto el mundo de cada personaje es tarea que Ana Teresa Torres le impone al lector. Pero por ser narrados los hechos de una manera muy circunstancial, el recuerdo se torna difícil. Por esto, una relectura obliga al lector a confrontar los recuerdos. De esta manera yo he hecho dos lecturas de El exilio del tiempo, novela que para mí tiene un encanto especial. Primero por ser una novela un poco melancólica y las novelas melancólicas tienen algo que me gusta, y segundo por retrotraer recuerdos de otras épocas del país, como la televisión de los años sesenta, Renny Ottolina o ir adentrándose en esa maraña de años que conforma el tiempo de la nación. Noción ésta un tanto empírica y abstracta pero de una importancia suprema si queremos analizar debidamente la novela de Ana Teresa Torres, quien sabe muy bien llevarnos al pasado como si estuviéramos siendo nosotros los mismos protagonistas.