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Charito
Basado en una historia real

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Hacía muy poco habíamos obtenido las escrituras de la nueva casa. Aunque no era demasiado grande, ni elegante, era confortable, y al ser mi primera casa propia, estaba llena de excitación por la mudanza.

Mis hijas y yo estábamos descargando del auto nuestras pertenencias. En eso, una mujer vino a darnos la bienvenida. Se hacía llamar Charito.

Al verla, mi primera impresión fue que se trataba de una adivina. Vestía ropas muy estrafalarias: un vestido largo hasta los talones, de color rojo oscuro, cubierto con los signos del zodíaco, junto con una ancha faja amarilla bordada con rojo intenso; tenía el pelo negro y rizado, sin duda teñido, y rondaba los sesenta años.

Recuerdo que me llamó mucho la atención que, mientras caminaba hacia nosotros, iba murmurando. Al principio creí que eran palabras sueltas, pero después me pareció distinguir entre sus murmullos mi nombre, y luego el de mi esposo... y el de mis hijas. Al prestar más atención, escuché claramente que estaba diciendo nuestros nombres y datos personales.

Me asusté. Sacudí la cabeza y los murmullos cesaron. Seguramente, todo había sido obra de mi imaginación, dada la tensión de la mudanza y la excitación de todo lo nuevo.

Comenzó a preguntar. Quería saberlo todo: cómo se llamaba mi marido, cuántos años tenía, cuando cumplía... Y así con todos los miembros de mi familia. Yo, que por entonces era joven e ingenua, no consideré oportuno indicarle que se largara para que pudiéramos continuar con la mudanza.

—¿Y tus hijitas cómo se llaman, querida?

—Ésta es Carolina —respondí, señalando a mi hija mayor—. Tiene seis años.

—¡Pero qué tierna..! ¿Y cuando cumplís, dulce?

Carolina negó con la cabeza, avergonzada.

—Dale, Caro, respondéle a la señora —le dije. Al ver que no respondía, le dije a Charito:—. Cumple años el 10 de agosto.

—¡Aaaaah..! —exclamó repentinamente—. Leonina, ¿no? Muy salvaje, ¿a que sí?

—Eh, sí —murmuré, incómoda.

Charito continuó haciéndome comentarios astrológicos de mi familia y halagándome. Cada vez se me acentuaba más la impresión de que esa mujer estaba loca.

Al fin decidió volver a su casa. No estaba inmediatamente al lado de la mía, sino dos casas después. Entre ella y yo vivía una anciana muy simpática, llamada Daphne. Volví a concentrarme en la mudanza y me olvidé de Charito.

 

Unos días más tarde, mi esposo se quedó sin trabajo. Al parecer, su sucursal había sido trasladada al Uruguay. No me sorprendió demasiado; al fin y al cabo, vivimos en Argentina. Son cosas que pasan.

Pero al cabo de unos meses, empecé a sentir de verdad la carencia del dinero. Tuvimos que hacer algunos sacrificios, pero continuamos enviando a nuestras hijas al Centro Cultural Italiano, donde iban a educarse... hasta que el director nos citó.

Me presenté en el colegio de mis hijas, y al pasar, la secretaria me dijo de mal modo:

—¿Qué quiere?

—Recibí una llamada del director de esta institución donde se me cita aquí para una charla —le solté, intentando contener mi enojo.

Pareció evaluarme con la mirada.

—Está bien, pase.

Caminé rápidamente a la oficina del director, y dado que no estaba allí, me senté a esperar. Cuando llegó, y después de disculparse por haberme hecho esperar, me preguntó por qué había dejado de pagar la cuota. Yo le comenté que estábamos cortos de dinero. El hombre, que era amigo mío y además muy amable, me ofreció un puesto en el colegio para que pudiera pagar la educación de las chicas. Se lo agradecí y acordamos que me llamaría cuando pudiera empezar mi nuevo trabajo.

Cuando salí del colegio, estaba de muy buen humor, hasta que...

—¡Grace, querida!

Charito.

—Hola —contesté con tono alegre.

—Estás de buen humor, por lo que veo —comentó.

—Sí, me ofrecieron un trabajo acá.

—¡Qué bueno, qué bueno! Grace, ¿no quieren venir vos y tu familia esta tarde a tomar el té?

Incapaz de hallar una excusa para rehusarme, acepté.

De todas maneras, la casa de Charito estaba compartida con un jardín de infantes, y las chicas tenían ganas de probar la cama elástica de la que tanto les habían hablado. Además, admito que sentía curiosidad por saber cómo era la casa de la misteriosa Charito.

Así que a las cuatro y media de ese mismo día, mi marido y mis hijas me acompañaron a la calle Roma, hasta el número 492, para tomar el té.

Ese día conocí a la mamá de Charito. Me sorprendí, ya que ignoraba que estuviera viva y que viviera allí. Era una buena mujer, de ochenta y tantos años, y desde luego más normal y cuerda que su hija. No fue tan malo como pensé que sería; charlamos con Charito y su madre, y aunque hubo algunos momentos de incomodidad, las chicas se divirtieron y nosotros ganamos una merienda.

 

Las cosas iban cada vez peor. Cada vez se notaba más la falta de ingresos. Aníbal, mi marido, siempre parecía estar por conseguir un nuevo trabajo, pero algo inesperado pasaba.

Para colmo, las semanas pasaban desde mi encuentro con el director, y yo no recibía ninguna llamada. Después de tres semanas, mi paciencia se agotó y decidí ir a ver qué pasaba.

Cuando llegué al colegio le pregunté a la antipática secretaria que me había atendido anteriormente qué había sido del director.

—¿No te enteraste? —me preguntó, incrédula.

—¿Qué pasa? —pregunté a mi vez, alarmada por su tono de voz. “Que no se haya muerto, por favor”, pensé.

—Tuvo un infarto. Está internado, en terapia intensiva.

Suspiré. Primero me sentí aliviada, aunque después constaté que un infarto era también bastante grave.

—Bueno. ¿No sabe acaso cuándo puedo comenzar con el trabajo que él me ofreció?

—¿Trabajo? ¿Trabajo? ¿Qué trabajo? Acá no se sabe nada de ningún trabajo —me espetó, volviendo a los malos modales.

Me retiré; era inútil seguir discutiendo.

Cuando llegué a mi casa, abatida, vi algo que no mejoró mi humor. Charito estaba esperándome en la puerta de mi casa.

—Hola, Grace. Te ves un poco triste, ¿qué pasó?

Resignándome a ello, empecé a contarle mis problemas. Cuando terminé, se quedó pensativa por unos segundos.

—Yo tengo algo que te puede ayudar —me dijo—. Perteneció a mi familia por generaciones, y trae buena suerte. Llevalo con vos adonde quiera que vayas.

Me entregó un crucifijo de madera, no más grande que la palma de mi mano. Me sorprendió que no llevara grabada ninguna figura, tan sólo estaba adornada elegantemente con cuatro piedras rojas, una en cada extremo, y dos serpientes de plata entrelazadas en el centro. Extraño talismán.

—Ejem... Muchas gracias —le dije, forzando una sonrisa. Lo guardé en mi billetera cuidadosamente.

—De nada, querida, de nada.

 

Si las cosas hasta ese momento estaban mal, ahora estaban cada vez peor. Aníbal y yo tuvimos que sacar a las chicas del Centro Cultural Italiano. A duras penas podíamos conseguir comida. Claro que no lo relacioné con la cruz.

Cuando Charito me había dado el amuleto de la “buena suerte”, yo me había limitado a guardarlo en mi billetera y olvidarme de él en pocos días. Pero algunos meses después sucedió algo que me hizo recordarla. Y bastante.

Mi hermano y su novia habían decidido ir a ver a un anciano curandero de la zona. Al parecer, ella creía en esas cosas, y quería averiguar ciertas cosas sobre su futuro. Yo, que por entonces no creía para nada en ese tipo de sortilegios, los acompañé, por pura curiosidad. Esperé afuera mientras consultaban con el curandero.

Media hora después, la novia de mi hermano salió de la casa llorando a mares, sin querer decirme cuál era el motivo de su angustia. Cuando llegamos a casa, me confesó que el anciano les había dicho que pronto tendrían una terrible discusión y jamás volverían a hablarse. Yo intenté consolarla, diciéndole que muy pocas veces se cumplían esa clase de profecías. No quiso escucharme.

Y dos meses más tarde, efectivamente, tuvieron un enorme malentendido, y cortaron. Nunca más volvieron a establecer contacto. Esto resaltó aun más mi curiosidad, y decidí ir yo misma a visitar al curandero, ya que estaban sucediendo cosas muy raras desde que nos mudamos a la calle Roma. Además, tenía un terrible dolor de espalda, y mi padre siempre me había dicho que sólo los curanderos podían curar tales dolores.

Cuando llegué a su casa, me sorprendí un poco, ya que había algo en que no me había fijado en mi anterior visita: una antigua aldaba de bronce para llamar a la puerta. Primero golpeé la madera con los nudillos, pero al ver que nadie contestaba, tomé la aldaba y la hice resonar sobre la puerta. Inmediatamente, como si me hubiera estado esperando, un anciano salió a atenderme.

—Pasá, pasá —me invitó con voz animada y chirriante.

—Eh, gracias —le agradecí, algo intimidada.

Entrar a su casa no mitigó en modo alguno mi temor. Una luz oscura inundaba la habitación. En los estantes había muchos muñecos (que sin duda no eran para jugar), vestidos con sinuosas túnicas o togas. También había algunas velas pequeñas, que daban al ambiente una falsa sensación de magia negra, y otros cachivaches similares.

—Cuéntame tus problemas —me susurró, cerrando los ojos—. Cuéntame.

Me pareció raro ese súbito cambio del argentino al español, pero le conté sobre mi dolor de espalda y de las circunstancias en las que se había producido, y de los misteriosos hechos que habían tenido lugar desde la mudanza.

—Hmmm... —dijo, pensativo, después de hacerme diversas preguntas—. Las maldiciones pueden ocultarse en los lugares más pequeños e insólitos. Dime, ¿te han regalado alguna cosa últimamente?

—No —le respondí enseguida—. ¡Ah! Excepto esto —añadí, sacando el crucifijo de mi billetera.

Repentinamente, el anciano comenzó a gritar con una fuerza que ignoraba que tenía. El cambio del ambiente, hasta entonces tranquilo y silencioso, fue increíble.

Aguardé a que terminaran los gritos, aún no crédula del todo. Gemía y no parecía del todo consciente del lugar en que se encontraba. Tenía los ojos en blanco. De pronto, tomó un envase redondo que se encontraba en uno de sus múltiples estantes y comenzó a vaciar su contenido líquido encima de la cruz. Sin dejar de gemir, musitaba: “agua bendita, agua bendita...”.

—¡¡Esa cosa está maldita!! —chilló finalmente—. ¡Sacala YA de mi casa!

—¡Qué hago, qué hago! —preguntaba yo, llena de terror y confusión. Ya estaba empezando a temer por la salud mental del curandero, y por la mía. Tenía miedo de que empezara a revolear cosas por el aire, o de que me hiriera.

—¡SALÍ, SALÍ! Tiralo en el primer tacho que encuentres.

Salí de la casa, agradecida de abandonar ese lugar, y por las dudas, agarré la cruz y la tiré en una bolsa de basura.

Volví a mi casa, preguntándome si la pesadilla había terminado, o si, por otro lado, no había hecho más que empezar.

 

Al día siguiente, decidí salir por la puerta trasera al trabajo, para variar.

Pero al abrir la puerta...

Charito.

Otra vez.

¿Cómo había adivinado que iba a salir por atrás?

Su rostro no mostraba la alegre y amable expresión que solía mostrar cuando se encontraba conmigo, sino que estaba terriblemente seria y enojada.

—Dame la cruz.

—Eeeh... ¿la... la cruz? —tartamudeé, poniendo mi mejor cara de nenita inocente—. Ah... ahhh, la cruz... ¿Sabe lo que son las cosas? Me robaron la billetera en el colectivo; no pude hacer nada.

—Ah, ¿sí? —preguntó, escéptica.

—Sí —dije yo, ya más segura—. Bueno, vivimos en Argentina, son cosas que...

—¡MENTIRA! ¡MENTIRA! ¡Vos la tiraste, yo sé que vos la tiraste! Era de mi familia, y eso que yo, que soy tan buena, te la había prestado para que te ayudara...

El sonido de su voz se extinguió cuando le cerré la puerta en la cara. Desde ese momento, mi comunicación con Charito se limitó a los insultos que me gritaba cada vez que pasaba por la puerta de mi casa.

En cambio, con Aníbal siempre se llevó muy bien. Lo invitaba a la casa, le pedía favores, le hacía favores y lo trataba muy bien. Aunque nunca pudo aprenderse su nombre.

—¡Atilio! ¡Atilio! —decía—. ¿No me viene a cortar las ramas, que me invaden el jardín?

Antes del asunto de la cruz, yo no me cansaba de repetirle que su nombre era Aníbal, pero después de eso... ya se imaginan.

Después de unos meses, la tensión se me hizo insoportable, y le pedí a una amiga que nos alquilara un departamento que ella tenía, muy lejos de ahí.

Cuando al fin llegamos al departamento, y por primera vez en meses, me relajé. Inspiré. “Uf, al fin en paz...”, pensé.

Durante nuestra estadía allí, la única noticia que tuvimos de nuestro domicilio fue que el jardín con el cual compartía su casa Charito se había trasladado. Eso no renovó precisamente mis ganas de volver.

Sin embargo, cuando a pesar de mis temores volvimos a nuestra residencia, encontramos que unos ladrones habían revuelto y desvalijado la casa.

Después de pensarlo un tiempo, decidí que lo mejor para todos sería mudarnos definitivamente al nuevo departamento y no regresar a la calle Roma.

Mi familia me apoyó gustosa. Hacía tiempo que intuían que allí pasaba algo raro.

Rápidamente se arregló todo el asunto de la mudanza, y pronto habíamos trasladado todas nuestras pertenencias.

 

El cambio fue instantáneo. Dos horas después de dejar la última valija, Aníbal recibió el llamado de una empresa, que solicitaba sus servicios. Me dedicó una mirada cómplice.

Unos días después recibí una llamada para mí, respondiendo a una solicitud que yo había enviado para enseñar en un colegio como profesora de lengua.

Después de algunas semanas, me enteré por Daphne del motivo del traslado del jardín de infantes. Yo no estaba segura de querer saberlo.

—No es nada —comentó Daphne—. Aunque no es muy agradable.

Me contó que Charito solía pasearse medio desnuda o en camisón por delante del jardín como si estuviera dentro de su casa. Las madres habían ido retirando a sus hijos del jardín hasta que no quedó ninguno. La directora y las maestras, horrorizadas, habían decidido trasladarse a otro lugar, con la esperanza de encontrar allí un poco más de suerte.

Me acordé de las críticas de Charito sobre ese jardín, y entonces todo encajó.

Después de la mudanza, supe algo que tal vez hubiera preferido no averiguar.

Hace muchos años, Charito había estado casada. No se sabía si su esposo la había abandonado o simplemente si había muerto, pero lo cierto es que desapareció.

Y desde ese momento, todos los hombres de la cuadra habían muerto misteriosamente, o, como sucedió en un caso, abandonado por su mujer e hijos. Daphne misma era viuda. Entonces me alegré de que Charito no hubiera aprendido el nombre de Aníbal, porque en ese momento comprendí que mi marido era el único hombre de la cuadra. Después de ese momento siempre pensé que eso tuvo algo que ver. Aunque yo no era demasiado crédula, comencé a pensar en cuentos que me habían contado de chiquita, de magia negra y muñecos vudú, unas imitaciones en pequeño de la persona a la que se quería realizar algún mal, y todo lo que sufría el muñeco, lo sufría la persona.

“¡En qué estás pensando!”, me dije. Volví a pensar con claridad. “Esas cosas no existen”, reprendí firmemente a un yo imaginario. “Aunque la verdad...”.

Sacudí la cabeza. Estaba pensando pavadas.

 

Nunca volví a saber nada sobre Charito. Algunos dicen que murió; pero lo cierto es que su casa sólo se vendió una vez, y los desafortunados dueños murieron todos a causa de una fuga de gas. Hoy se puede ver su vivienda, en medio de todas las casas lindas de la calle Roma; una casa mohosa y descuidada, que sin duda identificarán como la de Charito.

 

Hoy en día, estando tranquila, todavía pienso si la historia de Charito será sólo una serie de casualidades infortunadas, o si en realidad hubo algo sobrenatural en todo el asunto.

¿Quién sabe?