El lugar que escogimos para la transformación fue una fábrica abandonada: un espacio tipo hangar, con paredes descascaradas, abanicos de acero, tuberías y bombillas expuestas. Era más grande de lo que necesitábamos, pero la localización nos ofrecía privacidad, lejos de la carretera principal y accesible sólo por un camino de tierra escondido entre la maleza. Llegamos al atardecer. Los únicos sonidos: el raspar de las gomas de la camioneta sobre las piedras del camino y el chirrear de los grillos que se adelantaban a la puesta del sol. Nos bajamos y forcejeamos un rato con la doble puerta de metal, que estaba corroída y descuadrada dentro del marco, de forma que ni abría ni cerraba con facilidad. Después de unos cuantos empujones cedió, y el aire que se coló hizo volar parte de la capa de polvo que cubría el piso de madera. Entramos, y con cada pisada lo revolcábamos más, hasta que quedamos envueltos por una neblina de partículas.
Limpié un círculo como de diez pies de diámetro en el piso, en el medio del salón, mientras mi esposa se desvestía en una esquina. Hacía frío, pero el proceso requería que estuviese desnuda. La tomé de la mano, la llevé hasta el área y la ayudé a acostarse. Vi que tenía erizados los vellos de los brazos. Temí que fueran las dudas de nuevo. Yo había tratado de aclarárselo todo, y habíamos tenido muchas conversaciones desde que le propuse mi plan. Pero no dijo nada, sólo colocó la cabeza, dejando que se desparramara debajo de sí su pelo negro suelto. Me sorprendió lo largo que lo tenía; hacía años que siempre lo llevaba en cola. Me incliné para acomodarla mejor, y noté que el labio le temblaba. ¿Frío? pregunté, a lo que meneó la cabeza en negativa.
Ella y yo nos habíamos enfriado. Pero era otro tipo de frío, y más antiguo que el de esa tarde. Aunque no hablábamos de eso. Los días de semana, cuando yo no tenía espectáculo, eran los más insoportables; nos la pasábamos entre la sala y la cocina en un silencio que resentía interrupciones. Un suspiro mío, hasta una tos involuntaria, y ella apretaba los labios. Yo por mi parte empecé a entretener pensamientos morbosos. No que lo hubiese propiciado, pero a veces fantaseaba que ella moría en un accidente y me dejaba, de seguro triste, pero libre. También pensaba en mi propia muerte, y entonces, para sentirme menos mal, me sentaba al piano que teníamos en el saloncito de música. Era de pared, marrón y feo, algo puramente práctico, heredado de algún teatro. Un día, mi esposa sugirió cambiarlo, y eso me puso a pensar en el nuevo que conseguiría: brilloso, negro, de media cola; algo para mirar, pasarle la mano, olerle la mezcla de madera y acero.
Y así fue como, de la idea que ella planteó, nació un deseo en mí, que se transformó en otro, mucho más fuerte. Al principio, me llegaban las visiones como escalofríos. Tan pronto reconocía su presencia, ya no estaban. Pero las ideas se fueron estabilizando, se desarrollaron casi por su cuenta, hasta presentárseme con un plan detallado, paso por paso. Empecé a hablar con mi mujer; a explicarle cómo nunca habíamos experimentado la unión que ahora podría ser posible si llevábamos a cabo el cambio. Ella ya conocía de mis experimentos. También ambos sabíamos que de los dos, ella era la más idónea para la metamorfosis.
Aceptó. Aunque ahora que era el momento, se veía nerviosa. El atardecer entraba por las ventanas de cristales rotos, le moteaba de luz la cintura, los muslos, el pecho; prendía además las partículas de polvo que colgaban en el aire, las convertía en pedacitos de espejo. Sonreí para tranquilizarla, pero también porque mi entusiasmo, a pesar de sus temores, no me permitía hacer otra cosa. Ella me devolvió la sonrisa y ese fue el permiso para comenzar.
Me pone las manos, y como el conejo que se convierte en pañuelos, mi cuerpo desaparece y se vuelve otra cosa. La piel deja de ser la mía. Él es mago de mis moléculas, cambia la materia, los elementos, mi química. Yo dejo de ser yo.
Comenzó a contorsionarse y me eché sobre ella. Sentí la resistencia, el reflejo natural del cuerpo, pero la promesa de su nuevo olor a maderamen me alentó. La acaricié, sujetándola fuerte, hasta que ella suspiró y supe que cedía. De ahí en adelante, esa primera fase fluyó como en un delirio, y ella mudó por completo la epidermis.
El dolor vino antes, pero ahora, ya disuelta la materia original, siento poco. Me endurezco, me vuelvo lisa, suelto un olor a roble africano; me expando a lo largo y a lo ancho, ocupo más espacio. Qué extraña sensación es ésta de ser gigante.
Me excité al verla así, prometedora, todavía en etapa embriónica y cruda, pero ya convertida en el material básico. Mi trabajo, de ahora hasta el amanecer, consistiría en darle forma a su madera; en moldearla en el instrumento completo. Apliqué presión y la oí crujir. Empujé por un lado, halé por otro, hasta darle a sus tablas la primera curva, la mitad de la alargada “u” de la cola.
Él suda. Su sudor me cae encima y lo peleo. Ya no estoy segura de que quiero esto. Serpenteo. Me niego. Pero no puedo contra él. Entonces siento el fuetazo. Cayó en sitio la última curva, el rizo final.
Retrocedí para verla mejor. Parecía una escultura de Henri Moore, corpulenta, maciza, reclinada en forma de “u” y “ese” combinadas. La sentí respirar hondo, escuché el eco dentro del cañón de su caja torácica. Se expandía, haciendo espacio para las tripas de acero y cuerda que serían su alma. Porque el próximo paso era el definitivo, cuando todo es satisfacción o todo se desmorona. Alcé el arpa y la coloqué con cuidado en el pecho de roble. Pero a pesar de que velé no tocar los costados o molestar ni el más delicado tabloncillo, no sirvieron precauciones y lo próximo que pasó no estaba en mis planes.
Ahora puedo gritar. Y grito en un estruendo de mil acordes, un desafine monumental. Un rugir de bronce que azota paredes y castiga oídos. Me incorporo. Una pata, después otra, y otra y otra. Me alzo tambaleándome. Busco mi centro. Considero mis opciones. Soy una elefante de madera, lista para embestir.
Sentí el hormigueo caliente de la adrenalina subirme por el cuello; el salón comenzó a girar. Las paredes se encogían alrededor de ella, o quizás es que ella se volvía gigante. Entonces, una explosión lejana interrumpió la noche: el silenciador de un carro o una motora, allá en la carretera principal. A ella le sirvió como señal para lanzar su ataque, y soltó un horripilante alarido bemol que retumbó contra lo más alto del techo y despertó a cientos de murciélagos que nos rodearon con aleteos frenéticos.
Traté de correr hasta la puerta pero las piernas no me obedecieron. La luna que entraba por los cristales le pintó ángulos filosos a la mole frente a mí. Como en cámara lenta —su enorme caja y patas cortas no daban la impresión de velocidad— ella se me precipitó encima. Sus apéndices tijereteaban en un aparatoso abre y cierra mientras toda la masa avanzaba en zig-zag. Se alzó sobre las patas traseras y batió el aire con las otras dos, las que fueron brazos. Entonces agarré un tubo que colgaba en la pared y le pegué lo más fuerte que pude. Ella perdió el balance y cayó contra una de las columnas que aguantaban el techo.
Me rompo con un clamor de notas, un dolor desafinado,
y luego nada.
Se quedó quieta. Dos cuerdas rotas se asomaban por el hueco que le abrí. Esperé un rato y me le acerqué pensando que era seguro. Pero no. De un tiro retiró el labio superior, lo que ahora era la tapa del frente, y me enseñó, no la ordenada sonrisa de teclas de mis planes, sino una mueca hambrienta. Sin darme tiempo a retroceder, una cuerda de metal se soltó de las profundidades del instrumento, se coló entre las negras y blancas, y se enroscó por mi brazo derecho. En segundos formó una cabuya de nudos que amenazaba con triturarme los huesos. Me haló y caí encima del teclado dando golpes y aruñando las escalas. Se encorvó y levantó la tapa grande. Con una cuerda me haló por el brazo, con otra me atrapó la cintura, me alzó hasta la barriga llena de martillos y me tiró adentro. La tapa cerró con un cantazo y el gran salón de la fábrica se llenó de una temible música que yo no acertaba a discernir si la causaban mis movimientos o los suyos.
Al contrario de lo que yo creía, no lo maté. Esperé y él dejó de pelear dentro de mí. Al rato abrí la tapa y lo dejé salir. Era hora de volver a casa.
Según lo habíamos acordado, la coloqué, no en el salón de música, sino en la sala grande que es más fresca. Ella prefiere esa hora mágica, cuando ya no es ni de día ni de noche; la misma hora del comienzo de su transformación. De ahora en adelante, deberé visitarla cuando el cielo se vuelve violeta, y traer siempre el cartapacio con la música que más le gusta. Al interpretar las piezas, obedeceré un orden específico. Y cada dos días, sin falta, colocaré flores frescas —siempre perfumadas, rosas o lirios del valle— para que ambos las disfrutemos mientras la toco.