Letras
Mi abecedario

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Ah, what stocks of merriment we need,
what deep draughts of it are required
to counter the griefs life has in store...

Graham Swift

 

El mundo nada puede contra un hombre
que canta en la miseria.

Ernesto Sábato

A.

            ¿Cuándo, señor Campos,
va usted a cantarle a la alegría,
la felicidad?

            Me pregunta una niña
de Irlanda y Puerto Rico,
una primorosa que cultiva
la esperanza.

            Me pregunta una joven
que no me atrevo a enfrentar,
que no quisiera defraudar.

 

B.

            Si aprendes a pedir ayuda,
a desconfiar de tu astucia,
con tu tarea el Chapulín Colorado
podría darte una mano.

            Con él de tu parte
se exilia hasta la tristeza: tu cabeza.
Sólo tienes que dar primero con la clave,
con la piedra de Rosetta.

 

C.

            ¿Qué quiere usted?, matarile rile rile.
¿Qué quiere usted?, matarile rile ron.

            Yo quiero un paje, matarile rile rile.
Yo quiero un paje, matarile rile ron.

 

CH.

            ¿Volver a hacer reír?
Durante los años universitarios
mi amigo y yo fielmente
cultivábamos la sonrisa, el humor,
la cultivábamos con ahínco
y buena fe hasta que notamos
que nadie nos tomaba en serio,
hasta que nos dimos cuenta
de la burla de los otros.

            ¿Volver a hacer reír?
Sí, hombre. Volver a hacer reír,
a sonreír para tus amigos,
tu familia, para tus adentros.
Volver a cultivar este don,
esta gracia,
a compartir un poco
de su magia,
su aspirina.

 

D.

            Cuentos de brujas en la galería,
entre el silencio lunar
y la cacofonía de la oscuridad.
Allí de vez en cuando
nos reuníamos a tentar el diablo,
a probar del miedo,
para ver si las muchachas
con las que soñábamos
se nos acercaban.

            Cuentos de muertos y botijas
que luego nos robaban el sueño
y nos hacían ser testigos
de las sombras que uno mismo
generaba, proyectaba,
que narrábamos lejos
de la vista de los viejos,
de su dominó, el tabaco
y los jarros de café.

 

E.

            Para ella que llegaba de la ciudad
en una camioneta con sus padres,
que visitaba los domingos
a nuestra vecina, su abuelita,
para esa chica inalcanzable
—me reservo el nombre, su misterio—
era mi dominguera, lo mejor de mí,
y no para el niño Jesús, nuestro Salvador.
            Por ella yo brillaba mis zapatos,
me lavaba la cabeza,
le rogaba a la tía que me planchara
un pantalón, una chacabana,
por esa chica inalcanzable
que fue mi primer amor,
mi primer pecado.

 

F.

            ¿Recuerdas cuando
creíamos en el bien?
¿Los atardeceres sabáticos
y religiosos frente al televisor
en blanco y negro
de la vecina?

             ¿Cuando éramos
de la cuadra de Jack Veneno,
partidarios de la lucha libre,
de los buenos,
la justicia?

            ¿Las veces
que Relámpago Hernández, su rival,
huía del cuadrilátero
y aplaudíamos la victoria
del bien, la derrota
del tramposo?

            ¿Recuerdas lo mucho
que sufríamos cuando se iba la luz
durante la transmisión?
¿Cuando creíamos en la libertad,
nuestro porvenir?

 

G.

            Gracias al buen humor
Pepito no pasa de moda,
no se pone viejo, anacrónico,
Pepito no pierde su audiencia,
contemporaneidad,
su buena apariencia.

            Gracias a su don
y al miedo de la otra vida,
la otra muerte,
de él no nos cansamos,
de su torpeza, inocencia
y su abuso de confianza.

 

H.

            Aquí fue, te dices, aquí fue donde la lloré,
en este río que se burla de la muerte,
que no desemboca en la mar,
en esta tierra que cultiva otras plantas,
que cría otros hombres.
            Después del beso, la victoria,
aquí fue, te dices, aquí fue donde yo la lloré.

 

I.

            AEIOU
más sabe el burro
que tú

            Que tú
que no has sabido andar
en la oscuridad

 

J.

            Con la lengua fuera y dos paraguas,
aquella noche de relámpagos y lluvias
ella llegó justo a tiempo a la estación,
llegó, sin ser esperada, al encuentro
de dos almas que necesitaban de un escudo,
la recreencia en el prójimo,
a socorrer a un hombre y su pequeño,
al amor, el miedo y la esperanza
que ella y éste atendían, conllevaban
y compartían, apareciéndose
ante ellos en la estación
como si fuera otro bosque incandescente,
como si fuera una prueba más
de lo sobrenatural,
aquella noche de vientos y de truenos,
de abrazos y raíces desenterradas...

 

K.

            Las palabras mágicas a ti llegan
gracias a la cortesía de un pequeño,
un pequeño que apenas
empieza a confiar en las palabras.

             Tu puerta tocan
gracias a ese niño que sustituye
tu nombre y pseudónimo
por el de papá.

 

L.

            En la lectura
a veces te sumes
a escondidas,
te incorporas al reino
donde recuperas
la fe en el hombre,
tu inocencia.

            Permaneces allí
hasta que el mundo
te reencuentra,
descubre
tu escondite
y te llama
la atención.

 

LL.

            ¿Qué hay de futuro
en tu cabeza?, te atreves
a preguntarte.

            ¿Una botija,
un abracadabra
o una mamajuana?

            ¿Qué hay en tu caja
de Pandora, fuera de lo obvio,
de lo que nos espera?

 

M.

            Pío pío pío
gritan los pollitos
cuando tienen hambre
cuando tienen frío

 

N.

            En invierno dependemos de otra luz,
una luz que llega y se va a su antojo,
de un bombillo que en su apogeo
no supera los cuarenta vatios.

            Dependemos, o sea,
de la cera que almacenamos en el interior,
de una mecha que solamente alumbra
un cachete de nuestro porvenir.

 

Ñ.

            Azul,
mi viaje del celeste
al turquí,
de los cielos
a la mar.

            Azul,
mi salto,
rayuela,
mi arena
movediza.

            Azul,
azul,
color
por excelencia
de la Tierra.

 

O.

            Si, según ustedes, mis primeros once años
fueron televisados en blanco y negro,
del resto de mis días —hasta ahora—,
yo no puedo allantar ni presumir lo contrario,
no puedo darme el lujo de alegar a ciencia cierta
que han sido realizados en color.
            Si, según ustedes, yo no califico,
no cumplo los requisitos para el puesto...

 

P.

            Él está al tanto de lo que otros no saben,
de cómo la civilización parte de una gran mentira:
la verdad. De lo que Dios le concedió
a su especie: la capacidad de mentirse a sí misma.

            Está al tanto del poder que Jehová no posee,
de las cartas que Éste descartó,
las mismas que esta noche frente al borrador
él también ha tirado, hecho trizas.

 

Q.

            ¿En qué has estado, vate?,
me pregunta aliviado, casi alegre,
¿dónde te habías metido?

            Cuento para nunca acabar,
contesto, callejón que no vale
la pena desandar.

            Mejor nos tomamos una,
sugiero simulando una sonrisa,
un “ya ves, no me he muerto”.

            ¡Salud!, entonces, hermano,
me grita a pleno pulmón, es hora
ya de superar nuestra postración.

 

R.

            Que llueva, que llueva,
la virgen de la cueva,
los pajaritos comen
arroz y habichuelas.

 

RR.

            Esperanza inútil, flor de desconsuelo...
Un bolero que nos cantaba Danny Rivera.
Una serenata con un paréntesis,
una improvisación.

            Si ves que me engaño,
¿por qué no te mueres en mi corazón?
Una canción, melodía, un vestigio
de cuando se creía en el amor, la felicidad.

 

S.

            Hoy he recuperado algo que era olvido,
una costumbre que incluso me recompensa
con recuerdos gratos y nuevas oportunidades.

            Mi álter ego, mascota o heterónimo
me ha vuelto a pasear, a encaminar,
ha vuelto a confiar en mi disposición.

 

T.

            Cuando se consigue la confianza del lector,
éste mismo desecha su paraguas
para dejarse mojar de la lluvia que se llora,
éste mismo cierra los ojos
porque ha comprobado que el escritor es su lazarillo.

            Pero primero, claro,
hay que sudar la gota gorda,
ganarse su confianza, conquistar su escepticismo,
y luego no abusar de ésta,
no abusar de éste.

 

U.

            Nos verticamos,
hacia el sur, el norte,
hacia el espacio sideral,
las profundidades
del mar y la tierra.

            Nos verticamos,
—disculpen el vocablo—,
pues hemos abarcado ya
lo horizontal, el nuevo mundo,
lo hemos exprimido.

 

V.

            El café me recuerda
al principio de la luz,
el vino, su final,
a su final
cuando en el entreacto
ha habido suerte,
cuando el gallo de mi tío
de la gallera
sale victorioso,
sobrevive
otra espolada.

 

W.

            Hay vidas
que se conocen llegando a su final,
que conocemos al principio de la nuestra,
abuelos y abuelas
que vieron en nosotros la victoria
que les fue negada, prometida,
la victoria que nosotros
todavía
no hemos experimentado.

 

X.

            Si algún día llegan a mi cuarto oscuro
sobre un sinnúmero de libros
en su caja fuerte han de encontrar un ajedrez,
un tablero que en mi tiempo me costó un ojo
y que hace medio siglo que no toco,
un rey y una reina de los cuales
recuerdo derrotas, victorias y derrotas,
es decir, como dice el viejo y reconocido refrán,
darán con una botija
que no requiere ni de magos ni de cerrajeros
para que se abra y revele su tesoro,
su pobreza. Les advierto, digo, de antemano,
por si algún día tienen la mala suerte
de dar con mi cuarto,
para que no se aburran
y no empiecen a mentarme la madre
ni a quemar los libros que mi polvo abona
y conserva por la falta de luz
y mi propia oscuridad.
            Por si algún día llegan a leerme...

 

Y.

            Trepar un árbol,
llegar a su confín,
a su rama más débil,
y gritar como un Tarzán
que lo lograste
sin romperte la madre,
en el proceso disimulando
lo que no se puede nunca admitir,
el miedo, el tuyo,
ganándote la admiración
de los que en primera instancia
te empujaron a la hazaña,
tus compañeros
de la escuela,
ganándote, en otras palabras,
un bocado de esa fruta
de la cual se nos habla
en la Biblia,
se nos recalca
en el catecismo.

Z.

            Esta era una vez
que el que no pone azúcar

no bebe café,

y Colorín Colorado

este
Abecedario se ha acabado.

            Se ha acabado
sin impartir moralejas
ni lo prometido,
sin mucha alegría
ni poca tristeza.

            Con un perdón
de epílogo
a la niña de Irlanda y Puerto Rico,
un por mi culpa, por mi culpa,
mi grandísima culpa.