Con motivo de la presentación de la novela Corazón de mierda, de Gonzalo Lizardo, en la Octava Feria del Libro y la Lectura de Zacatecas (octubre de 2007).
Gonzalo I: ¿Ya vio, cabrón? Por fin llegamos al punto que anhelábamos como narradores. Somos, por decirlo de algún modo, más nosotros mismos: somos más Gonzalo Lizardo que nunca.
Gonzalo II: Relájate, por favor, y baja la voz, no es necesario que grites. ¿Puedo saber de qué me estás hablando?
Gonzalo I: ¡Ah, que mi Gonzalo! ¿No se da cuenta? Corazón de mierda es lo más honesto, lo más lizardeano que nos ha salido —lizardeanamente hablando, claro. Porque primero que nada somos inventores, ¿verdad?
Gonzalo II: ¿Inventores? Por supuesto, sí, inventores. ¿Y qué hay con eso?
Gonzalo I: Cómo que qué hay con eso... Mire, concéntrese, por favor. Póngame mucha atención. Deje esa pinche partida de ajedrez para más tarde... Me refiero a que nos encanta construir juguetes imposibles, máquinas complejas, armatostes vistosos y chirriantes como los de Da Vinci o como los que bosquejaba Boris Vian en algunas de sus ficciones. Cachivaches que quizá no le sirvan a nadie para absolutamente nada pero que entrañan una belleza incomprensible, luminosa. Aparatos como los que imaginaba Macedonio Fernández, aquellos mentados aquenós “a cuyo funcionamiento precede siempre una expectativa incrédula”. Y Corazón de mierda es eso, un alucinante motor, un precioso insecto fabricado con desperdicios de yonke que sobrevuela, hipnótico, las alturas a las que nunca antes habíamos llegado en nuestras acrobacias de escritura.
Gonzalo II: ¿En verdad lo crees así? No sé... Puede que sea cierto. Pero recuerda, Gonzalo, yo también escribí la novela. Me hablas como si fuera solamente de tu autoría, o de la de alguien más.
Gonzalo I: Bueno, bueno, si a ésas vamos, el verdadero autor de la novela es otro. ¿Le suena el nombre Gonzalo de Lizardi? Pues él es el meritito chinguetas. Ni usté ni yo escribimos nada. Es más, la neta ni nos conocemos bien, casi no nos hemos visto y nadie podría reconocernos, de tan falsos. Eso sí, espejismos aparte, esta vez el que salió ganando fue su servilleta. En nuestro último libro sí que me la peló, carnalito, me la peló usté machín, bien peladita...
Gonzalo II: Oye, oye, te ruego que no me ofendas. Además, estoy tratando de averiguar dónde convendría colocar este alfil...
Gonzalo I: ¡Que deje ya esa chingadera! Los juegos de mesa no son lo suyo. Piensa usté demasiado, me hace pensar demasiado a mí y no deja que nos divirtamos como realmente nos gusta: a lo bestia. Ése fue siempre uno de sus más recurrentes defectos: imaginó tramas embrolladas y había conjugado personajes con acierto y perfección. Fue un matemático, un apóstol de los crucigramas, pero le faltaban sangre, vísceras, orines... mecos. O no es que no hubiera sido abyecto en obras anteriores, sino que a la podredumbre la había usado más bien como un símbolo: sin embarrarse, sin apestar, como si se colocara una bata blanca para escribir, mirando a través de un microscopio y enclaustrado en un laboratorio o en un monasterio. Pero en Corazón de mierda... ahí sí que la cagó, mi buen, la cagó todita: le faltaba excremento en la pureza de su sintaxis, le faltaba ser lúdico y cristalino sin dejar de echar mano de los vocablos más soeces. Y por fin, por fin se soltó. ¡A toda madre!, ¿no? Adiós a las entropías, a las licantropías, a los nihilismos y a las metafísicas. ¡Ah, qué alivio! Sus ejercicios anteriores a Corazón de mierda rebosaban de erudición. Yo siempre insistí en que se deschongara, en que ya no mareara a la banda con tantas espirales, adivinanzas, universos y tiempos paralelos. ¡Y lo logró! O sea, lo logramos. ¡Lo logró Gonzalo de Lizardi, pues! ¡Gracias a él, hemos dejado de ser una multiplicidad de escritores estreñidos! Aunque, claro, usté siempre lo fue, muchísimo más que yo y que todos los otros batos que son tocayos nuestros.
Gonzalo II: ¡Bueno ya, ya estuvo! ¡Escúchame de una vez por todas, pendejo!
Gonzalo I: Uh... ahí ‘tá... ¿Po’s qué pasó, mi Gonzo? Aliviánese. ¿Ya ve?, hasta está hablando como yo... No me joda, carnalito, ¿a poco se enchuchó de a de veras?
Gonzalo II: ¿Cómo puedes creer, farsante, que Corazón de mierda carece de profundidad, de peripecias, de laberintos? No mames. Disculpa que te lo diga; pero no mames. Vuélvela a leer y te darás cuenta de que no he dejado de ser Gonzalo en una sola línea.
Gonzalo I: ¡Ah, no! Eso sí que no, mi hermano. ¿Quién se va a querer reventar otra vez la novela, después de tantas corregidas que le dimos, después de tantos años de desvelos y nalgas adoloridas? No me chingue, brother. Qué hueva. Corazón de mierda ya es mierda de otra letrina. Mejor que la digieran otros lectores, ¿no?
Gonzalo II: No te atrevas a faltarle el respeto a tu trabajo...
Gonzalo I: Ah, ya va usté a empezar con su sermón de “santifiquemos el oficio”. Si todo lo que nos obsesiona, a fin de cuentas, no es más que la tensión del chiste y el absurdo, la broma, el albur. No se haga wey. Si es usté un humorista, y de los buenos, un artífice de la charlatanería, como yo. Y Corazón de mierda es una fábula cómica muy bien lograda. ¿O qué?, ¿no se siente orgulloso de eso?
Gonzalo II: ¡Suficiente! Has conseguido que me enoje en grado superlativo. Es decir, hijo de la chingada, que ya sacaste boleto...
Gonzalo Lizardo amenaza con el puño a Gonzalo Lizardo. Felizmente, entra en escena “El Candingas” y los separa con aspavientos de réferi. Imagina que está en un teatro abarrotado y se dirige al público (imaginario) mientras recibe patadas y empujones.
“El Candingas”: Tranquilos, mis muchachitos. Aquí el más autorizado pa’ hablar de la novela por la que se sulfuran, soy yo y nadie más que yo. Porque, fuera joterías, y ahí como me ven, me precio de ser la musa que inspiró el danzón-son Corazón de mierda... Ora, fíjense bien, tanto Gonzalo como Gonzalo tienen toda la razón. Les voy a explicar a ustedes el asunto en tres fumadas... O no, mejor no, no acabaría nunca de hablar, y si me dan cuerda, menos. Que lo haga otro, un lector cualquiera. Con mis poderes chamánicos haré que aquí mismo en el estudio aparezcan, cual vírgenes encueradas danzando en el humo, unas apostillas... Chéquense nada más lo que puede uno hacer cuando sabe utilizar como nadie la materia prima extraída de la mota más pura, osease, del sueño... Un, dos, tres, catorce… ¿Qué tal, eh?, ¿no que no? Iren, contemplad, ahí ‘tán las letritas, ¿las ven? ¡Oh portento!
(Aparecen las apostillas del lector cualquiera.)
Apostillas del lector cualquiera: Los trebejos que adornan esta obra —trebejos humanos, mecánicos— acaso disfuncionen como prototipos de una realidad cochambrosa en estado de oxidación. Máquina social desaceitada. La novela descuella por una no sé si llamarla autenticidad literaria sin impostaciones filosóficas, rasgo del que carecen, creo, las otras dos que conozco de Gonzalo Lizardo. Como si el Corazón de mierda hubiera sido extraído, latente aún, del cadáver exquisito que devoraban gusanos de circunloquio e inconsciencia, tras un jaque perpetuo entre lo fantástico y lo urbanamente demencial... El experimentado novelista zacatecano ensaya, pues, eficaces nexos con la prosa poética y enaltece, con una cadencia epifánica, los meandros del arrabal.1 “El Candingas”, apodo del protagonista de la historia, remite a un pequeño Álex en versión marginal o a un Silvio Astier defeño, sucio de anhelos y de experiencias precoces, vibrantes. La brevedad folletinesca de los capítulos se antoja un cómic ácido en el cual el autor no victimiza a su héroe, quien logra contrastar, a fuerza de ironías, el contexto de miseria en el que se desenvuelve, cumpliendo con ello una regla de oro del humor negro literario: el personaje central como objeto de burla de sí mismo. Este “Candingas” es la sustancia narcótica de la narración, que también se sostiene como un largo monólogo proferido por un anciano nostálgico a quien podríamos emparentar, quizá, con el Amadeo Salvatierra de Los detectives salvajes y cuya tarifa asciende a un episodio por cerveza o por cuarto de licor... Luego, el “villano”. ¿Qué anotar sobre Ricardo Olmedo? “Ricardo Corazón de Perro, Soberano del Purgatorio, Amo de las Ánimas delincuentes” (p. 65). ¿Qué anotar sobre este Huey-Tlatoani de Lecumberri? Se trata acaso de un Virgilio diabólico que guiará a “El Candingas” hacia una engañosa luz, atravesando ambos un infierno callejero montados sobre el convertible, modelo clásico, del crimen como una de las artes del dandismo. La travesía, sin embargo, no culmina con el encuentro del Dante chilango, envilecido, con su Beatriz cabaretera, a quien en esta Comedia infrahumana Lizardo ha cambiado el nombre a Pilar... Encartada, la fotografía del célebre criminal Ricardo Olmedo, muerto, se coloca al inicio de la novela, lo que pudiera interpretarse como un guiño a Salvador Elizondo. Pero aquí no ocurre lo que en Farabeuf y el supliciado del Leng Tch’é, pues la resurrección narrativa se suscita en retrospectiva, y no en rodeos gerundiales. Corazón de mierda, entonces, como un punctum barthesiano, necrológico, de la imagen de Ricardo Olmedo, uno de tantos Marlon Brando venidos a menos, “cinturitas de barrio” anónimos y seductores. (Por cierto, esta analogía con Marlon Brando no es ociosa: abunda, de hecho, en el texto, que fue aderezado con astucia por numerosas viñetas cinematográficas, entre las que destaca un elemento llamativo: a cierta altura de la trama, Gonzalo Lizardo sorraja una página en blanco y otra en negro, con todo y los títulos de cada capítulo invisible, lo que semeja un abrir y cerrar de claqueta para que el sorprendido lector improvise el par de escenas omitidas, que seguramente fueron rescritas y pulidas una y otra vez, sólo para ser desechadas en el borrador definitivo.)
Las apostillas del lector cualquiera se disipan hasta ser ilegibles. A lo lejos se oye una risa sarcástica, senil, de proxeneta o diablo de pastorela. Gonzalo y Gonzalo, extrañamente quietos y reconciliados, se observan con perplejidad y silencio. Cuando se hacen nítidos el tablero de ajedrez y el estudio, antes sumido en la humareda, emerge una voz:
Gonzalo I: ¿Y qué, mi Gonzo, qué opina de los comentarios del tarado lectorcito éste, con eso de que nuestro santo Candingas, quien no deja de aparecérsenos desde la primera vez, nos puso a reflexionar como a dos escolapios chaqueteros en clase de gramática?
Gonzalo II: La verdad, no opino nada. Me da la impresión de que este lector cualquiera piensa casi como tú, lo que me preocupa menos que mi necio alfil y la casilla donde debo colocarlo. Estoy jugando conmigo mismo desde hace horas, y comienzo a aburrirme. Yo creo que continuaré después. Convendría más que te acercaras una sabanita tibia y que dormitáramos los dos sobre nuestra capa de césped predilecto...
Gonzalo I: Ya está, carnal... Pa’ luego es tarde... Ahí va, pues, sírvase maestro, a la salud editorial de nuestro más reciente artilugio y a la salud literaria de Gonzalo de Lizardi, nuestro brujo e ilustre padrote.
Nota
- No como —o no quizá como— en Jaque perpetuo, que “jamás consigue conmovernos —aunque nos llegue a convencer—” (Jaque perpetuo, ERA, 2005).