La tarde se escondía tristona en el horizonte de la quinta. Hasta donde alcanzaba mí vista, veía las dalias y el cantero de las rosas, de pétalos de terciopelo color rojo oscuro. La santa rita de flores solferinas caía en guedejas abrazando la canaleta apoyada en la pared. Las mandarinas ya eran sombras largas oscureciendo las calas.
Yo estaba parado, quieto como me habían indicado, mirando cómo mamá sacudía el traje gris, el mismo de la comunión, mientras le cosía un género negro en la manga. Las mangas ya me quedaban un poco cortas y los pantalones ajustados en las piernas, a la altura de las rodillas, hacían que éstas parecieran más huesudas que de costumbre.
Nadie decía nada, pero la casa y sus moradores estaban distintos, había como un malestar en el aire, los adultos hablaban entre ellos y cuando nosotros nos acercábamos, hacían silencio.
Sabía que una desgracia se había abatido sobre nuestra familia, pero nadie explicaba nada.
Ese día no me habían enviado a la escuela. A mí hermana Martita le habían puesto un vestido blanco, el de los domingos, de organza con cintas de terciopelo color azul marino.
Mamá y la abuela Micaela estaban en la amplia cocina hirviendo algo en unas ollas inmensas.
—Salgan de la cocina, chicos, se van a ensuciar con la anilina —dijo mamá.
Martita y yo (Cris, diminutivo con el que obligo a todo el mundo a llamarme, ya que mi nombre completo es Cristófano, puesto en memoria de un tío abuelo muerto hace muchos años), nos quedamos muy quietos en la galería con piso de ladrillos, mirando desde la puerta cómo la ropa de color claro se convertía en negra cuando mamá y la abuela revolvían con un palo de escoba el agua de las ollas.
La tía Ágata restregaba nerviosamente sus manos, que se le iban poniendo moradas, y caminaba de una punta a la otra de la galería, sin propósito alguno, por momentos se detenía y dejaba vagar la mirada como si observase la parra, que, indiferente e indómita, trepaba por su esqueleto de alambre desparramando uvas moscatel sobre la pileta de agua llovida. Era extraño que no estuviera tirada en su silloncito forrado de cretona floreada, leyendo Maribel y pintándose las uñas de rojo, haciendo parecer que le sangraban las puntas de los dedos. Decididamente estaba rara.
El tío Juan y papá no estaban, faltaban desde el día anterior. Nadie dijo dónde habían ido.
Hacía varios días que todos actuaban distinto, como si tuvieran algún secreto. La abuela, a la que nada ni nadie le impedía escuchar la radio mientras tomaba su tacita de café, ese día la tenía apagada; se extrañaba el radioteatro, y tampoco se sentó a media mañana a desgranar choclos o sacar de sus vainas a las arvejas.
Hizo cosas diferentes. Junto con mamá y tía Ágata sacaron todos los muebles del comedor, entre las tres la pesada mesa, sacando y doblando con cuidado el mantel de hilo blanco con rosas bordadas en punto cruz. La pusieron en uno de los dormitorios y lo curioso es que dejaron las sillas de esterilla en hilera, contra las paredes, y trajeron más de la cocina, dejando el resto del comedor vacío. Luego vinieron dos vecinos y sacaron el armario con vidrios biselados y mesada de mármol rosa. Descolgaron los cuadros con los retratos de los abuelos y uno que tenía pintados unas manzanas y racimos de uvas. Limpiaron bien el piso y cerraron la puerta sin dejarnos entrar.
Hablaban algo de una niña. —Pobrecita la niña —decían—. ¿Qué haremos ahora?
Como Martita era chiquita, yo no tenía con quién hablar de lo que estaba pasando, ni preguntar, porque cuando lo quise hacer, me dijeron que no era cosa de chicos, pero yo sabía que pasaba algo extraño. La abuela me dio como todos los días, luego de almorzar, tres cucharaditas de su café negro, y con ojos llorosos me acariciaba la cabeza, cosa que jamás hacía.
Luego vino lo feo, mamá bombeó con energía, llenando baldes de agua, que calentó en la cocina de leña y luego los acarreó hasta el baño, para llenar la bañadera con patitas en forma de mano (cosa que siempre me dio impresión porque parecían vivas), el suelo de baldosas blancas y negras se encharcó enseguida cuando agité con los pies el agua jabonosa. Mamá atacó con frenesí mis orejas y demás partes que quedaron rojas por la refriega, y con fuertes pasadas de toalla quedé seco y limpio. Me puso el traje gris y allí estaba yo, esperando...
No sé qué esperábamos, pero teníamos que estar callados. Con disimulo observé que mamá preparaba grandes cantidades de café, y en las bandejas del aparador, esas que usaban para las visitas, alineaba las copitas de vidrio y una botella de licor.
La abuela preparó el hisopo con alcohol para que la plancha se calentara y planchó la ropa teñida de negro. Luego, apuradas, ella, mamá y tía Ágata, se las pusieron, quedando como tres pájaros, flacas, lisas de pecho, con sus caras serias y sus vestidos negros, zapatos y medias negros también, todo muy negro. Y mientras la noche entraba en la cocina, ellas se sentaron muy derechas y en silencio, a esperar...
¿Qué esperábamos? El cuello de la camisa blanca me apretaba, dura de almidón, el horrible moñito se movía y me asfixiaba cada vez que tragaba saliva, los zapatos me hacían doler los dedos de los pies y el pelo peinado con gomina se había desarmado, porque me rasqué y se despegó el jopo.
Estábamos así, todos inmóviles como en un cuadro, cuando, en la puerta de alambre, alguien golpeó las manos. Como si se hubieran puesto de acuerdo, empezaron a llegar vecinos y parientes que casi nunca veíamos. Hasta el señor Racetto, que como era del Partido Conservador le había retirado la palabra a mi abuela, porque mi mamá se casó con un peronista. Salimos al corredor y más allá, en la oscuridad, brillaban los ojos del gato barcino que estaba sentado en el borde del aljibe, tan curioso como nosotros.
Lo raro era que cada uno que llegaba abrazaba a mamá, a la abuela y a la tía, a la vez que se lamentaban, casi todos, sobre todo las mujeres, lloraban o parecía que lo hacían, ya que sacaban pañuelos que pasaban por sus ojos, pero yo no veía las lágrimas.
A mí me daban la mano y a Martita un beso. Aproveché la confusión y me escapé al patio; allí estaba don Ramón, un primo lejano de la abuela, hablando con otro hombre, me escondí tras un laurel y pude escuchar: —¡Pobre mujer! ¡Tan joven! No había otra manera. ¡Sí! Era muy lejos. ¡Claro! Somos los únicos familiares. ¡Pobre la niña!
Una rama me raspaba la nariz, contuve el aliento para no descubrirme, pero no lograba entender nada. ¿De qué mujer hablaban? ¿Cuál niña?
—Cris, Martita, ¿dónde están? —dijo mamá elevando la voz al límite del grito.
—Aquí estoy —dije apareciendo en la punta del corredor.
—Vengan a la cocina, a cenar, luego a la cama —exclamó mamá.
No puede ser, pensé yo, quería saber qué iba a hacer toda esa gente en la casa. Entonces me pregunté para qué me bañó y vistió de domingo.
Mis protestas no obtuvieron respuesta. Así es como me encontré en la pieza que compartíamos con Martita, a oscuras y obligados a dormir, cuando lo que menos queríamos era dormir. Ni siquiera podía leer las historias de Vidas Ejemplares, no es que me gustaran mucho, pero hubiera sido más entretenido que esa oscuridad.
Pasó un rato y a Martita la venció el sueño, y yo, en la negrura de la habitación, me levanté tratando de no hacer ruido y sin darme cuenta, pateé la taza de noche que estaba debajo de la cama. Menos mal que estaba vacía.
Traté de espiar por la cerradura, pero no veía nada, sólo escuchaba rumores de conversaciones. Fui hacia la ventana, abrí un poco el postigo, logré ver que un auto grande y negro se detenía en el frente de la casa. Unos hombres flacos con trajes negros, caras pálidas y sombrero de copa bajaban unas cosas redondas, inmensas, llenas de flores y hojas verdes, con cintas anchas color violeta. Una cruz grande de madera con el cristo plateado, seis velas gigantes y una copa enorme y plateada. ¿Qué eran aquellas cosas? Sin saber, sentí miedo.
Acerqué la silla a la ventana y subí a ella, pasé una pierna por el alféizar, me senté con las dos piernas colgando hacia afuera y me dejé caer al suelo; reboté en el húmedo pasto, caminé agachado a lo largo de la pared y llegué a la ventana del comedor. Subí a unos ladrillos que había en un cantero, me asomé, el postigo estaba cerrado, pero habían dejado la ventana sin cerrar del todo, con mucho cuidado logré separar un poco las dos hojas y apoyar el ojo izquierdo para espiar. Un leve resplandor iluminaba la pieza, se oía llorar a alguien. Quedé petrificado por el terror cuando me di cuenta de lo que veía, una caja brillante de madera oscura con unas manijas doradas a los costados, sobresalía de los bordes superiores unas puntillas, y adentro...
Retiré el ojo de la rendija, con el corazón a punto de escapar del pecho, y temblando tanto, que las manos y las piernas se movían solas. ¡Un muerto!
Por primera vez en mi corta vida estaba viendo un muerto. En nuestro comedor. ¡Un velorio! El terror me paralizó, las rodillas no me respondían, pero la curiosidad pudo más que el pavor que sentía y me animé a fisgonear otra vez.
La imagen espectral del perfil del muerto parecía moverse a por la luz de los gruesos velones encendidos a los costados del cajón. Se veía una parte de la mejilla y la nariz, blanca, filosa, y un poco de pelo, bastante, me pareció una mujer.
¡Una muerta! ¿Quién era? Mi visual era bastante limitada, pero al lado del cajón había una chica pálida vestida de negro, con grandes ojos vacíos de lágrimas, pero absortos, mirando el rostro del cadáver. Me dio una pena terrible, parecía muy sola...
¿Cuándo pusieron el cajón? ¿Cuándo llegó la nena? Yo no la conocía.
Estaba tan abstraído pensando y contemplando esa escena, que al sentir que algo tocaba mi espalda emití un alarido de espanto, a la vez que con mis manos empujaba la ventana, que se abrió en forma aparatosa, apagando los velones con el viento que generaron los postigos. El gato saltó adentro de la habitación.
Al grito mío de terror se sumaron los gritos, también espantados, de las personas que se hallaban alrededor del cajón al quedar a oscuras. Por un momento todo fue confusión, se escuchaban gritos y llantos airados.
Mi padre, como aparecido de la nada, me rodeaba con sus brazos tratando de calmarme, pero yo estaba ciego de miedo y no podía parar de gritar y llorar.
Luego se restableció la calma. Trataron de explicarme quién era la muerta (una sobrina lejana de la abuela, que dejaba huérfana a la pálida niña); también trataron de explicarme qué era la muerte, el cielo y todos esos eufemismos que se usan para que un niño entienda algo tan definitivo como la muerte.
Luego me enteré de los detalles más truculentos, como que a la muerta la trajeron en un gran auto negro desde una ciudad lejana, sentada, como si estuviese viva, porque parece que no se podía trasladar un muerto en un auto, así nomás.
Nunca más entré al comedor, ni aun en pleno día.
Ella dice, a pesar de su pena, fue en ese instante que se enamoró de mis ojos azules llenos de terror.