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El ciego y mi mujer

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No era más que un aprovechado. Sin embargo, para mí mujer había sido el hombre de su vida... Y no sólo eso..., el muy descarado tenía toda la intención de pasar aquella noche de otoño en mi casa.

¿Qué le podía decir yo a Lucrecia?, ¿acaso podía negarme a la súplica de sus palabras?, ¿tenía yo el suficiente poder moral para impedirle semejante locura? Las respuestas se confundían en mi cabeza y, para ser sincero, no encontraba una sola que me pareciera cuerda.

Aquel pasado regresaba gritando desde el mas allá. Y yo, yo tenía un miedo inexplicable. No lograba entender el cómo ni el porqué; pero yo no quería que Fernando Morán se encontrara con mi esposa, y menos que pasara aquella noche en mi casa..., no en la casa en la que he vivido veinte años con mi mujer..., con esa mujer que me corta la respiración con su sola presencia, que me envuelve en un mundo de seducción, que me ama con locura y a la cual me entrego en cuerpo y alma, muriendo lentamente, esperando encontrarme con ella aun después de muerto. Sin embargo, las palabras de Lucrecia seguían resonando en mis oídos. No pude evitar sentir celos, cuando la vi con esa mirada tan distante, con esos ojos que por primera vez en veinte años me fueron totalmente desconocidos. Sus palabras fueron una puñalada y me la dio sin pensarlo..., me apuñaló de frente y estoy seguro de que lo hubiera hecho también por la espalda..., ella no pudo contener la emoción, no sé cómo se enteró de la llegada de Fernando Morán y menos cómo hizo para invitarlo a pasar esa noche en mi casa..., nuevamente la duda salió a mi encuentro. ¿Acaso me han estado engañando todo este tiempo?, ¿será posible que se quieran burlar en mi propia cara?

La alegría de Lucrecia me tenía inquieto y durante todo el día no hice otra cosa que pensar en la llegada de aquel maldito ciego. Caminé, queriendo escapar de mí mismo, no tenía ni la más mínima intención de llegar a casa..., al menos no en ese momento... Yo sabía muy bien que Lucrecia me estaba esperando, seguramente me pediría tranquilidad y comprensión. Y es que ella deseaba que su antiguo amigo pasara la noche en nuestra casa... ¡Por todos los demonios!, ¿es que ella no se da cuenta de mi dolor?

 

Son los vientos de octubre y entre el soplar del viento puedo ver a lo lejos mi casa, miro el reloj y me doy cuenta de que es hora de regresar, es hora de enfrentarme con la realidad.

Lucrecia invitó a su amigo a pasar precisamente esta noche en nuestra casa, supongo que debo confiar en mi mujer, devolverle con este gesto todos esos años de felicidad que desinteresadamente me ha dado.

Miro con nostalgia mi casa, el corredor tan vacío y solitario... Deseamos tanto ver a nuestros hijos correteando y jugando. Ese era nuestro más grande sueño; pero ellos jamás llegaron. La vida se cobró de esa forma todos mis errores del pasado, me negó la oportunidad de ser padre..., pero para qué recordar ese pasado lleno de nostalgia y sufrimiento, no quiero darle paso a los remordimientos. Es mejor llegar a casa y enfrentar seriamente a mi mujer.

Son los vientos de octubre, y el silencio de esta calle me recuerda que vivo en un pueblo alejado del mundo y de la realidad, escondido entre las sombras de la muerte y de la vida. Las dudas siguen asaltando mi ser. No voy a negar que tengo miedo, sí, tengo miedo de perder esta noche a mi mujer. Todo por culpa de un amor que debió quedar en el pasado y del cual nunca debería volver. Sin embargo, esta mañana al mirar la expresión tan distante de Lucrecia me di cuenta de que ese pasado nunca se fue y que por el contrario, fui yo quien lo quiso desaparecer... Ese antiguo amigo de mi mujer llegará hoy y quizás mañana ella se marche con él.

El silencio era abrumador y el andar de las agujas del reloj convertían la espera en una verdadera y angustiante agonía. ¿Qué demonios quería el maldito ciego?, ¿acaso cobrarse la deuda que dejé en el pasado? Mi mujer estaba ahí parada, mirando a la nada, buscando en aquel sepulcral silencio las palabras, pero ellas no estaban... Se habían marchado al mísero mundo del olvido.

Era una tarde de octubre, el viento soplaba con intensidad. Parada frente a la ventana estaba ella, descifrando entre susurros el futuro; un futuro que yo conocía perfectamente, pero que por miedo o por imbécil no quería aceptar. ¿Qué pasaría después de esa noche?..., la mirada soñadora y la sonrisa seductora de Lucrecia me respondieron.

Lucrecia no me podía engañar ni con la mirada, yo la conocía más de lo que me conocía mí mismo. Yo sabía de aquel ciego, sí, ese aprovechado hijo de su cruel desgracia, quien había sido el aire que ella respiraba. Ella le había amado tanto que hasta fue capaz de renunciar a todo cuanto tenía, y todo por estar a su lado.

Pero claro, yo no podía permitirlo. A si que me propuse separarlos en circunstancias que no se me pega la gana recordar; pero que me ayudaron a librarme sin complicaciones de aquel maldito ciego.

Lucrecia jamás entendió por qué su amado no se presentó aquella linda mañana de domingo; pero Fernando Morán sí lo sabe, y temo que hoy venga a cobrarse esa deuda que para él quedó pendiente... ¡Mil veces maldita la hora en la que se le ocurrió venir a visitarnos!

Aquel ciego había sido..., y por la expresión romántica de mi esposa, continuaba siendo el amor de su vida. Él vendría a casa, yo le abriría la puerta, le estrecharía fuertemente la mano. Lucrecia le miraría con ternura y él respiraría con denuedo su perfume, tomaría tierna y cariñosamente su mano. Ella por temor y por respeto a estos veinte años de matrimonio se limitaría a darle un beso esquivo en la mejilla y yo, yo tendría que fingir que no me doy cuenta de que esa noche es el reencuentro de dos viejos y apasionados amantes.

Luego pasaríamos al comedor, disfrutaríamos de una rica y apetecible cena, los tres a la luz de las velas, respirando en silencio un amor que regresó del pasado.

Verdaderamente es una lástima que Fernando Morán no pueda ver. Se perderá la expresión mágica que tendrán los ojos de Lucrecia.... Esa expresión que sólo tienen los ojos de una mujer enamorada.

Fernando Morán había sido y continuaba siendo un pobre iluso, ciego de nacimiento y sin más dote que la ropa que andaba puesta. Aspiraba a ser un gran músico, él no lograba comprender que su destino estaba marcado por la oscuridad y era allí donde siempre tendría que estar. Y aunque para ser honesto, el hombre tenía talento, gracia y una voz verdaderamente privilegiada. Sin contar con la pasión desmedida que se entregaba al interpretar cada una de sus canciones. Acompañado siempre de su inseparable guitarra, lograba transportar a su mundo a todo aquel que le escuchaba. Lastimosamente era ciego, y aunque su tenacidad y esfuerzo lo habían llevado al éxito, seguía viviendo entre tinieblas, y ni la fama ni el dinero, habían logrado sacarle de aquel maldito mundo de oscuridad.

Esa fría noche de octubre Fernando Morán estaría en mi casa, probablemente cantaría dejándose alumbrar por el fuego de la chimenea. Lucrecia le escucharía y le miraría con amor, entregándose en silencio a ese amor que nunca murió... Y yo, yo sería testigo de la traición.

Esa noche, mientras el sueño acariciara mi propia muerte, ella y él se entregarían al placer... ¡Por Dios, yo sé que ese maldito ciego hará el amor con mi mujer!..., las lágrimas se apoderaron de mi rostro, un nudo se hizo en mi garganta, mi cabeza giró mil veces y mi corazón palpitaba con violencia. Sentí un escalofrío extraño y vi nuevamente el reloj. Eran exactamente las cuatro de la tarde y, en la calle, el viento soplaba con toda su fuerza, las hojas de los árboles caían y aquel paisaje fúnebre y frío me hizo recordar. Yo había jurado amar a Lucrecia hasta el final, y yo sabía que ni la misma muerte nos podría separar, yo lo sabía... Pero ella no lo comprendía.

 

Epílogo

Era una tarde de octubre y entre el soplar y el soplar del viento, parado frente a la ventana puedo ver a mi mujer, tendida en el suelo, con la mirada perdida y fría, tal cual está ahora el alma mía. Ahí está mi Lucrecia en ese maldito charco de sangre. En la espalda tiene clavado un puñal, sonrío y pienso... Ahora sólo me falta él.