:: 1
un gato que se acurruca
sin prisa
durante años
de ronroneo inconcluso
el miedo al agua
de un gato que entra al mar
cerrando los ojos
:: 2
recordó un sueño
como si partiera y mordiera por primera vez un fruto, con los ojos cerrados
(ella había roto con su propio secreto)
y temía a lo incesante de ese acto, tan breve
:: 3
en profundo desacuerdo
con la luz
cierra las manos
tratando de apropiarse
de un centímetro cuadrado
de penumbra
a flor de piel
para espiarse
entre los dedos
como a un modelo vivo
:: 4
cuidadosamente
se desborda
tres puntos de crochet
y medio
en mitad de la noche
como si esquilara
un esquimal
sin ropa,
lampiño hasta el sexo
en la espera agridulce
de un acto heroico cualquiera:
algo imposible
como una hilaridad
o la tibieza
:: 5
algo que de extenderse otro segundo ya nada tocaría el punto vivo de sí
mana, como un dios de corazón expuesto.
en vela, llama, pregunta:
estoy buscando entre nosotros algo capaz de balancear
hacia el final de cada día
un holocausto
:: 6
hilvanar lo dicho en ese limbo
la luz irrevocable de la música arrastrándote hasta el fondo de algo vivo
:: 7
soñó que bailaba más alto y más rápido que el cielo
algo dormido en su sonrisa, arde
:: 8
La música hacía que viniera desde afuera
un canto como de procesión religiosa antigua, a vela.
Empecé a sacar las frazadas una por una,
hasta llegar hasta las sábanas.
Una por una, la deshojé entera.
“Es obsceno lo que estás diciendo”
Y sí. Adoro temblar cuando te escribo cartas.
:: 9
un ánima
como los veintiún gramos
de peso-alma
que pierde un cuerpo al morir
un brillo
que en la figura del perfume
y la forma
de la última hilera de trenes
mira al sol venir por él
recuerdo
cada aroma
que se hizo luz
:: 10
como una paradoja
una soledad tiene más fuerza que toda la poesía,
y sin embargo gana.
es el goliat de un david apocopado,
un gólem
:: 11
mirá mis pies
el pulgar derecho
continúa
avanza
llega hasta la punta
como si fuera
la avant-garde
ya sé
el destino de la sal
no cabe en la huella
igual
dejé una carta
en el cordón umbilical
de unos zapatos
:: 12
Alguien se le acerca
“Sin azúcar —pide— lo prefiero puro”
No dice “amargo”, dice “puro”
y algo le hierve mientras sirve.
Por un pequeño accidente genético
acaso hereditario
cada vez que oye un silbido de “pureza”
se le dilatan las pupilas
y ciega, derrama una sola gota.
No es torpe,
es que algo en ella más simple que un caníbal
se le traduce en apetito de una humanidad
preferentemente tierna al tacto:
disculpándose, acaricia un dedo con una servilleta
y lo nota.
El enjambre de pájaros picoteándole el estómago
no es otra cosa que el hambre, piensa,
visceral y más puro que un color primario.
Ahora todo lo que puede recordar de la cultura
es un mandato de no comer carne humana
y entre tanto, la reunión se diluye.
Ella ha logrado sublimar otra noche.
Va a dormirse satisfecha,
creyendo no haber puesto en evidencia, nunca,
la violencia elemental congénita
que da origen a cada una de sus manos.
Y va a esperar pacientemente el regreso
de un sobreviviente de esas guerras.