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Lámpara de Aladino. Fotografía: Don FarrallYa no hay fronteras

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“Un texto (ya sea un libro, una película, o cualquier otro trabajo creativo) no es simple y pasivamente aceptado por la audiencia, sino que el lector interpreta los significados del texto basado en su bagaje cultural individual y experiencias vividas. La variación de este ‘fondo cultural’ explica por qué algunos aceptan ciertas interpretaciones de un texto mientras otros las rechazan. De esto se desprende que la intención del autor puede variar considerablemente de la interpretación que le dé el lector”.1

Esta máxima, que resume el núcleo de la teoría literaria conocida como Estética de la recepción, revolucionó, en la década de los 60, el concepto de interpretación de la obra literaria. Ésta se basaba en la producción del texto literario concebido como un producto de una sola cara, como un billete de ida que el lector compraba sin poder realizar el viaje de vuelta hasta el mundo esbozado por el autor. Sin embargo, por medio de postulados como los defendidos, entre otros por Hans Robert Jauss, Umberto Eco o Wolfang Iser, la obra literaria adquiere una nueva dimensión. Igual que Alicia en su País de las Maravillas, cruzamos el espejo de las páginas del libro y “rellenamos”, con nuestros conocimientos, los huecos que el autor ha dejado vacíos, haciendo que la obra sea nuestra, teniendo el poder de recrearla y de darle un significado que será único y distinto al ideado por el autor al esbozarla. Es en ese momento, al ser leída por los lectores, cuando la obra de arte alcanza su realización estética. Borges nos ilustra esta teoría en uno de los relatos (“Pierre Menard, autor del Quijote”) que componen esa serie de juegos compilados en Ficciones. En él, revisa la labor literaria de un escritor, PierreMenard, que se dedica a crear un nuevo Quijote idéntico al original, pero que adquiere otra significación al escribirse en una época distinta a la del original confeccionado por Cervantes.

Esta puerta abierta a los lectores para participar en la confección de la obra, tiene su punto culminante cuando el lector, no contento con la posibilidad de completar los vacíos semánticos del producto presentado por el autor, cruza la frontera entre ambos e intenta emularlo. Ocurre así en aquellos libros que desprenden tal caudal creativo que casi imponen a un lector ávido e inquieto su recreación. Ejemplo claro lo constituye la máxima obra cervantina, que, unos años después de ser publicada, tuvo una continuación inesperada con la secuela de Avellaneda. El impulso creativo del Quijote no sólo sirvió al autor del apócrifo, sino que, como si de un boomerang se tratase, el mismo Cervantes aprovechará los contenidos de esta versión para enriquecer su segunda parte.

Pero, sin duda, el caso más paradigmático lo tenemos en Las mil y una noches. La legendaria colección de cuentecillos llega a la civilización europea en el siglo XVIII, de manos del arqueólogo francés Jean Antoine Galland. Su primera edición causa un impacto rotundo en nuestra civilización, que provoca el primer cruce ilegal de un lector a las tierras del autor o autores de estas historias de origen oriental. Se trata de la viuda del impresor Claude Barbin. Ésta se adentra en el mundo autoral con el afán de prolongar el éxito popular del libro, siendo el lucro su acicate para saltarse las aduanas que separan al lector del autor.

Ese mismo comportamiento lo lleva a cabo el descubridor de la obra para Occidente, el citado Jean Antoine Galland, cuando, basándose en el repertorio del juglar sirio Hanna Diab, añade otras historias de indudable peso en ediciones posteriores: Aladino y Alí Babá. Galland, sin embargo, no hace el viaje hasta la dimensión del autor sin equipaje. En sus alforjas se cuelan los condicionantes morales de su época y como él mismo reconoce, no se apartó del texto árabe “más que cuando el decoro impedía seguir el original”.2 Como los traductores que vierten el Quijote del árabe al castellano, Galland no puede resistir ser autor más que traductor y deja su huella en las ediciones posteriores de Las mil y una noches, que los lectores franceses del XVIII conocen con la pulcritud marmórea que imponía la Ilustración francesa.3

Habría que esperar hasta finales del siglo XIX y principios del XX para volver a tener una nueva incursión de un lector al otro lado de la frontera autoral de Las mil y una noches. Joseph Charles Mardrus remeda parte de las omisiones decorosas llevadas a cabo por Galland y, en un intento por ser lo más fiel posible al primitivo corpus de cuentos, realiza su edición tomando como referencia las copias árabes de los siglos XVIII y XIX. Si Galland llevaba, conscientemente eso sí, equipaje en su periplo como autor fugaz, Mardrus lleva, sin percatarse de ello, gruesas maletas cargadas de clasismo e integrismo islámico impuestos por los copistas árabes (a la sazón también en su momento autores eventuales).

Recientemente surge el fruto del último viaje de ida y vuelta que ha dado de sí Las mil y una noches. Es el realizado, tras una ardua labor, por René R. Khawam.4 La edición parece que definitivamente fija los contenidos del milenario libro y excluye, entre otras historias, las de Simbad o Alí Babá. Incluso nos da el nombre del posible autor, Hussein al Alma’i al Kashgari, aquél que tantas veces habría visto “profanada” su pluma por numerosos lectores que se exiliaban hasta los confines de su reino autoral.

Sea esta la edición más fidedigna de Las mil y una noches o no, a los lectores nos quedan varias opciones: una es la de leer esta última y olvidarnos de cuentos tan famosos como los que Khawam excluye; otra, obviar los distintos remiendos y descosidos que se han hecho en la confección de este exótico traje de cuentecillos orientales y ceñirnos a los que más nos gusten, a aquellos que han configurado Las mil y una noches particulares de cada uno; por último, pertrecharnos de una buena pluma, beber del caudal imaginativo que la obra derrocha y cruzar la frontera que otros ya antes traspasaron, convirtiéndonos en un autor más que recrea el exótico y maravilloso mundo que libró a Sherezade de su más que segura muerte.

 

Notas

  • Hans Robert Jauss, Experiencia estética y hermenéutica literaria, Madrid: Taurus, 1992.
  • Apud “Las mil y una noches sin Simbad ni Alí Babá”, El País, 17/11/2007.
  • Para el tema de la tergiversación en las traducciones ver “El traductor-autor”, de Luisa Pastor Martínez, en El Coloquio de los Perros, número 17, verano 2007.
  • Las mil y una noches. René R. Khawam. Edhasa. Barcelona, 2007.