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Ezequiel Martínez EstradaEME: nota sobre un pensador

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Pocos pensadores han logrado mantener su vigencia con los temas que han sabido tocar en su época. Uno de ellos es justamente Ezequiel Martínez Estrada, celebre escritor argentino que nació a fines del siglo XIX y murió en 1965, quien supo mediante sus libros plasmar la esencia de las cosas, por no decir la verdad, si es que realmente la verdad existe. Supo exponer las ideas que en esencia, y según él, configuraron a la misma nación argentina. Ciertamente Ezequiel Martínez Estrada, a pesar de su manifiesto pesimismo, ha comenzado a ser revalorizado no obstante, entre los intelectuales del país y del extranjero. Verazmente lo hizo al punto de que, ya bien entrados en el nuevo siglo, este escritor, poeta y pensador, sigue manteniendo su vigencia. Pero: ¿qué es lo que hace que Ezequiel Martínez Estrada siga llamando nuestra atención? A prima facie la respuesta requerida suele ser compleja, pero a modo de resumen, podemos argumentar que justamente su gran conocimiento esencial es el que hace que podamos seguir leyendo sus libros como si aún se tratara de una noticia. “Las situaciones cambiantes no alteran la estructura esencial que creo haber fijado en el diagrama, susceptible, es claro, de progresivas rectificaciones. De ese diagrama puede deducirse una función, entre máximas y mínimas, como del de una máquina su trabajo natural, tomadas en cuenta también, las perturbaciones mecánicas de un orden previsible”, confesó en alguna entrevista.

A pesar de los cambios se pueden aducir basamentos para nada formales, pero que sin embargo, saben persistir ya que conforman una identidad bien marcada pero no del todo consabida. Es probablemente el día a día a lo que Martínez Estrada hace alusión al mencionar una estructura esencial, por siempre inalterable, ya que a lo que menos se suele prestar atención o al menos a percibir, es a la cotidianeidad y lo que en esencia siempre está lo que a Martínez Estrada más le interesa. Las perturbaciones mecánicas de un orden previsible, son las que emergen de modo espontáneo y por lo tanto solicitan prontas (y también espontáneas) soluciones, por lo que así podemos ver, lo esencial, lo cual queda por siempre intacto.

Sus trabajos se afincan en el origen mismo de su objeto de estudio, es decir, la sociedad de un país de América del Sur. Por otra parte: sus disertaciones se realizan a partir de disociar las partes de ese objeto de estudio, por lo que su modo de comunicar es innegablemente claro y conciso (sus estudios son como disecciones de esos elementos que forman un todo que finalmente es por ejemplo la Pampa o Buenos Aires). Y finalmente: sus estudios a pesar de contar con información fehaciente, tal como suele trabajar un historiador, un investigador, nuestro escritor suele dar además gran eminencia a sus percepciones, a lo que él percibe: no estamos frente a un pensador convencional, es decir, Ezequiel Martínez Estrada no es un poeta, un escritor ni mucho menos un historiador, Martínez Estrada es un pensador con ciertos gajes de poeta gracias a sus recursos, que son reflexivos y perceptivos, los cuales tienen poco que ver con los de un típico historiador. Constantemente está describiendo un objeto que no invoca sino que lo tiene allí, enfrente suyo, su saber se cierne sobre el “aquí y ahora”, ese es básicamente su marco referencial desde luego más complejo que al modo de operar de un historiador. “Como un rostro”, declara Ezequiel Martínez Estrada, “así lo admiten Toynbee y los gestaltistas, la historia tiene una faz fotogénica, diré así, que puede fijarse en los libros documentales como lo hacen los papirólogos; pero también tiene una expresión viva, psíquica, que sólo puede interpretarse por intuición”.

Pero, no obstante, en ese objeto presente y tangible el escritor desgaja los diversos estratos con que se fue formando históricamente el mismo. Sus libros a pesar de ser la respuesta a hechos puntuales de la historia de nuestro país, a pesar de que los estímulos para escribirlos sean muy bien precisados para examinar la historia nacional del país, sus intelecciones van más allá del hecho en cuestión. Radiografía de la pampa fue, sin duda, una respuesta al golpe militar de Uriburu en 1930, por mencionar algún ejemplo.

Por otra parte, sus brillantes trabajos, a pesar de sus cualidades, no tienen finalidades estéticas o lo que se dice... ensalzadoras de la identidad argentina o algo por el estilo. Su propósito es bastante descarnado por cierto, y jamás esconde su pesimismo y sarcasmo tan característicos, jamás se niega a revelar los verdaderos vicios de las sociedades modernas, interesadas por el progreso y por ideas tan sofisticadas como vanas, y hasta a veces, incluso ¡irrealizables!

Martínez Estrada conoce y comunica primero las pasiones humanas y después las pasiones humanas de los habitantes de un país del hemisferio sur: se trata esencialmente y literalmente de Argentina. Por este modo de proceder ha sido uno de los primeros intentos en concebir una psicología social en la Argentina (a pesar de que Gino Germani, el primer argentino en intentar una sociología argentina, haya confesado que no encontró nada rescatable en la obra de Ezequiel Martínez Estrada). Ahora bien, hay que hacer la siguiente salvedad: la posibilidad de un proyecto de sociología a partir de la obra de Ezequiel Martínez Estrada no fue bien vista. Su obra no ha tenido un basamento dialéctico hegeliano o marxista, lo cual es el modo más peculiar de su obra; además, no ha contado con las por entonces, recientes teorías de Heidegger, Husserl, Kurt Lewin, Sartre, Camus y demás. La obra del argentino habrá sido vista como demasiado inflexible como para ser desarrollada o tenida en cuenta como aporte. Nótese además que sus fundamentos sociológicos al igual que Nietzsche, Freud y Foucault, se remiten más bien a la génesis de las sociedades, no a la interacción de ésta con sus estructuras presentes, de ahí radica justamente su reconocible y característico pesimismo, y de allí su fuerte parentesco con Oswald Spengler. Pero esta manera metódicamente anacrónica y “limitada” de encarar las ciencias humanas, no obstante, es muy bien recibida a la hora de realizar una obra literaria: la belleza literaria y estética de Ezequiel Martínez Estrada reside no sólo por su alto vuelo estilístico sino también por lo inexorable que la misma exhibe.

Sus principales influencias teóricas han sido Freud, Nietzsche, Oswald Spengler, Sarmiento y su Facundo. En cuanto a los tres primeramente mencionados consolidan su modo de plasmar tanto su conocimiento cotidiano como simbólico, y sus diversas desviaciones de los códigos sociales. Al igual que Spengler, piensa que la historia se marca no con las conquistas y las guerras sino que con la cultura; que los hechos históricos tienen una forma determinada pero así también, tenían un estrato más bien profundo en el que se alojaba el alma colectiva de cada pueblo, de sus etnias y costumbres. Semejante al inconsciente colectivo, concepto que corresponde a Carl Jung, Martínez Estrada suponía que los pueblos realmente tienen un reservorio potencial y oculto. O, en otras palabras, existe una manifestación concreta de los pueblos, que bien puede ser su historia militar y diplomática, pero hay también otra que escapa completamente a cualquier análisis superficial.

Martínez Estrada acude al Facundo para conocer mejor las propias piedras fundacionales de la cultura Argentina (“Releía, pues, el Facundo, con asombro de lo que hallaba en él de viviente y actual”, confesó en una entrevista). Evidentemente sopesa por un lado la historia, las costumbres y la moral y la política de la sociedad de su tiempo, y por el otro va describiendo sus diversos cambios de forma, así su modo de encarar los diversos temas se trata de exponer el origen del mismo como también su devenir. Es por eso que dice que Uriburu es como Irigoyen, y que Perón “es un encantador de serpientes” y a su vez una versión de Rosas. Desde este punto de vista resulta interesante poner a estos dos presidentes, pero más que nada al “General” tal como Freud describió a Moisés en su Moisés y el monoteísmo (1938): “...La fantasía popular, al atribuir este mito... a un personaje famoso, pretende reconocerlo como héroe, proclamando que ha cumplido el esquema de una vida heroica...”.

En este libro Freud argumenta que Moisés fue asesinado e inmediatamente reemplazado por otro, por lo que hubo dos Moisés, uno temperamentalmente opuesto al otro... Las nociones que se tienen de Perón, es semejante a Moisés, el patriarca omnipotente, el poseedor y dispensador de ideas omnipotentes que persisten hasta nuestros días. Ahora bien, si es que hay algo que este pensador le debe a los aportes sociales que Sigmund Freud realizó, y del cual fue imprescindible para su obra, ésta se encuentra en Tótem y tabú, es el estudio del “pensamiento mágico”, un modo de pensamiento que se encuentra en los neuróticos, los niños y los salvajes (o si se quiere las sociedades más involucionadas), pero que las sociedades modernas aún no habían renunciado del todo a esta forma de concebir el mundo que Freud ha llamado como “concepción animista del mundo”... Para Martínez Estrada podemos enumerar hipotéticamente que:

  1. La visión del mundo del argentino como sociedad, debe haber sido como una totalidad... dentro de esa visión no se toleran cambios, ni mucho menos los cuestionamientos, esta visión encuentra fundamentos en ciertas figuras que hoy son historia. Ellas continúan estando vivas junto a nosotros, lo cual es lógico dentro de estos tipos de visiones: no hay lugar al cambio, esta carencia que además es una absoluta completud, naturalmente permite y hasta exige la persistencia de ciertas figuras con todos sus aliados, sus situaciones y sus enemigos. La fastidiosa y repetitiva emulación de sus sucesores se debe a que lo ideal está por encima de lo real.
  2. A niveles sociales y políticos, como que el argentino confunde por error ciertas cuestiones reales con otras que son ideales: lo real siempre es en algún sentido leído como algo malo; lo único que puede salvar al argentino es lo ideal, y lo ideal es lo que nunca llega, eso a nivel de masas.
  3. Las culpas (que implícitamente están expresas en el Facundo de Sarmiento) con su necesidad de ser expiadas. Esta acción, que es también cíclica, se realiza mediante enfrentamientos entre los aliados y enemigos de esa figura que en algún sentido es concebida como inmortal o, mejor dicho, como “sobreactual”.
  4. La fertilidad de la tierra es vista como la salvadora, la restauradora de las perfidias causadas por los hombres, es la Trapalanda restaurada que Dios provee para subsanar la mezquindad de las figuras que sucedieron a aquel que es por así decir “inmortal”. Lo infernal desvanece y queda finalmente la promesa de recuperar el paraíso perdido.

Desde luego que Martínez Estrada descreía de las masas y del modo de vida del progresista Estados Unidos, que tanto proliferaba allá en los inicios del siglo XX. Para Ezequiel Martínez Estrada no existe la idea de cambio en una sociedad a través de la historia, sino que éstas se truecan por otras iguales, básicamente cree en lo invariante de ciertos elementos que perduran en la vida de los pueblos. Estos conceptos por cierto originales en el contexto intelectual latinoamericano no son tales: son compatibles no sólo con los conceptos de Freud sino que también con las de sus precursores, Nietzsche y Schopenhauer, y que se remontan hasta el antiguo Parménides. En este sentido es que niega rotundamente toda posibilidad de cambio, como si al cambiar algo sería lo suficiente como para que tal o cual sociedad (más que nada la nuestra, la que él estudió) dejase de existir. Con ese motivo podríamos argüir que Argentina y tal vez América del Sur continúan siendo lo que alguna vez supuestamente fueron...

Su modo de trabajar consistió en desmembrar tanto los elementos de la sociedad como también de abordar al individuo (a los individuos) como ente aislado, los cuales naturalmente conforman esa sociedad. Es ahí cuando salían a la luz las miserias que este individuo sufre, persiguiendo los espejismos de una sociedad que aparentemente es moderna y progresa, y que no conoce su antónimo. Nuestro pensador es un espíritu que abre los ojos ante las desigualdades, las injusticias y a los efectos deshumanizantes de la civilización tecnológica en la que está el individuo perdido en las redes simbólicas de una sociedad demasiado concreta y conocida por nosotros (los argentinos), quienes podemos dar fe de lo que él expone.

Por lo que la innovación, la fantástica innovación que Martínez Estrada realiza es que, al igual que sus grandes influencias, hace posible la vigencia de los mitos y las quimeras que no han muerto aún, considerando su parecer, que Martínez Estrada menciona en Radiografía de la pampa (1930), dice: “Trapalanda. Es el país ilusorio, el imperio de Jauja, que atrajo al conquistador y al colono con su promesa de oro y especias que podría transportar a su tierra natal, sin pensar, es claro, en que los piratas le abordarán el barco. La desilusión de que en vez de Trapalanda pisaba una tierra agreste, que seria preciso labrar y sembrar, regar con sudor y sangre. El intruso decepcionado concibe una seudotrapalanda que en su frustración no le recuerde la derrota. Quiere lo que no tiene, y lo quiere como lo que quiso tener”.

Se trata de un país, de una región, que jamás se separó de su pasado y, por lo tanto, la repite incansablemente. Indudablemente lo más cruel es afirmar que incluso, hasta conociendo la historia, se está condenado a repetirla, esto se puede argumentar, deduciendo desde la doctrina freudiana psicoanalítica, cuando se refiere a ciertos estados patológicos. Por otro lado, este pensador da protagonismo a los mitos que fundaron un país, con sus prístinas ambiciones, miedos, anhelos, y demás. Al familiarizarse con sus conceptos veremos que en ellos están implícitas varias disciplinas, entre las que se hallan sin dudas la Historia (con mayúsculas), la mitología, la literatura, política, estadística, filosofía, semiótica, historia del arte... por mencionar sólo algunas. Su peculiar manera de concebir la historia por momentos suele rozar hasta la misma metafísica:

“El mundo que nos revela es el que habitamos pero no el que vemos —dice en su libro Apocalipsis de Kafka—. Formalmente su obra no sólo compete a la teodicea y la metafísica sino a la literatura narrativa, y posee extraordinarios méritos, dándose juntos la fantasía más libre y el realismo más minucioso. Sólo en instantes fugaces, en relámpagos que iluminan parte de un panorama enigmático, entrevemos sus perspectivas y profundidad abismal...”.

No es que Kafka haya tenido que ser argentino por los temas y las situaciones que tocó, sino que lo que enfatiza en su obra es la soledad y la distancia tal como aquel escritor santafesino, Diego Oxley, la soledad de las pampas en la que las almas se alojan, invisibles por sobre esa gran planicie. Es una soledad que sin duda, otro escritor latinoamericano, como Octavio Paz, suele hablar al referirse a su Méjico. Después de todo no es tan descabellado hacerlo: se trata de un continente que volvió en algún momento a ser joven, despoblado y virgen; se trata evidentemente no de un paisaje bucólico como el que Virgilio narra en sus églogas, sino de paisajes parecidos a los de la luna, totalmente desiertos, como algo ominoso, que alguna vez fue corrompido por alguien, por algo. No es difícil reconocer que el celebre “realismo mágico” latinoamericano indica una postura parecida a la de sus libros: Pedro Páramo, de Juan Rulfo; Juntacadáveres, de Juan Carlos Onetti; El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias (aunque este último de tinte más realista) lo reflejan. Ilustran el espíritu latinoamericano: la noción de un lugar aparte, de un lugar aislado en la profunda América... En éstos está el ánimo, el ciego anhelo de una vuelta a lo anterior, más el sentimiento de haber sido expulsados de un lugar mejor; ese sentimiento que algunos sociólogos lo llaman Milenarismo: la nostalgia de lo que pasó fue mejor a lo que actualmente pasa...

Se puede decir que Ezequiel Martínez Estrada mediante su obra inventó una nueva Argentina, una nueva Latinoamérica, trastocando todos los basamentos de la historia, anticipándose con su visión a los albures de un país que finalmente, y en esencia, no cambiaron. Él exploró nuevos senderos que se sitúan entre lo artístico y lo social. Y tal como varias generaciones de hebreos que compusieron su Antiguo Testamento, Martínez Estrada como argentino hijo de inmigrantes, en nombre de una futura nación, supo componer una obra basada más que nada en ensayos, en la que hay indudablemente algo de eternidad y de repetición... Más amigo de la verdad que de cualquier formula mágica, fue un convencido de que es un bien infinitamente mayor conocer esa verdad que “la más piadosa mentira”. Con el paso de las décadas la realidad sociopolítica, la hipocresía, las enemistades, las ambiciones, que las promesas de “un país nuevo”, al país de la Argentina como potencia, que ineludiblemente nos llevan a una “Argentina de antes”, la cual nunca podemos superar... todo esto parecen confirmarle a Ezequiel Martínez Estrada que él tuvo y tiene la razón.