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Poemas

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Abstinencia

Unos palillos viejos
sostienen la ropa
soportan
la humedad cansada
los trapos
que estiran sus pieles
al sol.
Sujetan el color
el suavizante
sostienen
la envidia
de rozar ciertas pieles
amigarse
con geografías humanas
ajenas.
Apenas abren
sus bocas
gimen en el rulo oxidado
su abstinencia
los años de cargar
la piel sintética
que te anula.

 

Lluvia

Cuatro
llueven dos
martillan tres
gotas un poco
de viento.
Está sentado
el viento
quieto un poco
retomando el
aliento.
No sé por qué
pero me suben
por los oídos
las gotas
cuatro
dos
tres martillan.

El algodón de los germinadores
me llueve
el hambre que se pega en las costillas
me llueve
el sueño cansado
me llueve
el día —todo el día—
de gris poblado
y me llueve
el anonimato
me llueve
esta biografía con horrores gramaticales
me llueve
la grandilocuencia del mapa
que me enseña tu piel.

Tu piel
me llueve
me empuja
hasta las cornisas más cornisas
hasta las frases cursis
donde sabe
que muero de lluvia.

 

Huesos

Cuando se dice
calar hasta el hueso
no se dice el hueso
como cosa cierta
se dice
nada más
ese preámbulo de nada
de profundidad hundida
de cadáver latente
que el dolor apremia.

Cuando el esqueleto siente
ya no hay vuelta atrás
no hay un remedio
ni siquiera palabras
que son cosas que no existen
tienden a anestesiarnos
ni las moscas
que se aprovechan del residuo
ni las lápidas que imitan
un lecho confortable
nada puede
revertirse.

Nada que acumula el polvo
de los días
y de tu engendro sabio
paciente
iluso comprador de antigüedades
de flores sin sabor a plástico
sin uñas.

Por eso digo
que el espectáculo de ese dolor
que trasciende la carne
ilumina desde el primer acto
se lleva en las venas del otoño
prendido
como el ángel de las cavilaciones
como la sequía crónica de algunas gargantas
y se deja
se deja mimar cual perrito faldero
o nos hace creer que es tiempo
de tomar las valijas e irse
pero no
o tal vez
quién sabe
tal vez la cuerda resista porque algo queda
de esa naftalina para el invierno
y los males de siempre
que anule una condena
y el esternón aguante una caída más
o infinitas
y los huesos húmeros
decía el poeta.

 

Exilio

Trajo un cielo envenenado
trajo
veinte minutos en el bolsillo
y dos / para gastar
pidiendo auxilio.
Compró el itinerario de otra vida
y acostumbró a los muebles
a seguirle la corriente.
Se conformó con un gato
un sombrero
una ventana apoyada
como al descuido
sobre una mesa
una guitarra sin cuerdas
una
o
dos
historias que reza
cada noche.

 

Paisaje urbano

Un jirón de sombra me despluma
me tiembla
la piel gastada, las soledades
los momentos, los excesos
la tumba y las privaciones,
los olvidos.

Un mármol en la vía pública,
el desconocido que te mira,
te sopesa,
te clava los ojos mientras
se divierte,
se palpa con una mano inexistente
sus intestinos imaginarios,
hace arcadas
sin que te des cuenta,
te mira desde sus ojos de piedra.

Una raíz que se tropieza
con tu esqueleto,
con el mío,
con nosotros dos que no nos conocemos
pero en la noche nos ponemos cerca
para cuidarnos mutuamente los pasos.
Está bravo.
En la noche la raíz te mira desde el ojo de la baldosa,
te interpela,
nada más se asusta un poco
de tu susto
y sigue, marchitándose en lo oscuro,
levantando la sombra inservible de la vereda.

 

Perro

Cada cansancio
te deja cansado
de ser miserable
y tenés
nomás en la vida
ciertas reglas
cabalísticas
verdades que te sirven
no el desayuno en la cama
cosa que no estaría mal
sino esa suerte
de ironía suicida
ese vértigo
en blanco y negro
de la seguridad.
Pero estás cansado
con ese cansancio de perro
doméstico
que duerme todo el día.
Sos un poco perro.
La vida es ser un poco perro
comer dormir morder los mismos huesos
oler la muerte ladrar algo a la mañana a la tarde
y a la noche
cada tanto aullar
o despertar al barrio entero.
Y descubrís que ser un perro no está tan mal
salvo porque no te aleja del cansancio
ni de ser miserable.
Entonces mostrás los dientes
al tomaconsumo
y terminan atándote en el fondo.

 

Tobillos

no podrían no enamorarse
de mis tobillos
del travesaño elegante
mis dos huesitos
la piel un poco áspera
pero blanca
los cordones azules que riegan
la soledad del cilindro.
la minuciosa gracia
la impávida ola
las espumas
las pulseras
las puntas del pasto
los bichos que detesto
la piel sin perfume
siempre desnuda
sincera
sucumbe
hunde
cunde.
apenas el perímetro
de cualquier mano basta
para arropar sin pretensiones
mis tobillos.
aguerridos y frágiles y etéreos y cómplices y finísimos
tubitos
preámbulos.