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Los ojos

a Carlos Vitale

Me miras. Y desde ti me veo. Soy yo otra vez.
En el azul profundo de mar de tu mirada caben
todos los cielos. Me miras. Estoy aquí. Soy un
viento. Soy índigo. Sólo para mí mismo está fluyendo
mi vida como un río mirado y visto.

Soy esta apuesta. Y te contemplo. ¿De lo contrario
cómo me miraría yo en tus ojos? ¡Helas!

No tienes tiempos. Y tiene el tiempo alas. El orden es.
Y responsable soy de ese llamado al que contesto
sin misterio ninguno. Vuelvo a ser yo y espero.

Somos hijos de Adán. Somos su sombra y su retorno todo.

¿Qué me lleva hacia ti sino el deseo? Sube desde tu boca
astral un tiempo que se abre como dulce durazno
y sangra mi alma en tu nostalgia pura
de otra patria lejana.

¿Qué me dicen tus ojos, tu mirada? ¿De qué secretos sellos
demoníacos preservados por las semillas
de otras tierras me dictan estos arrobos y estas danzas?

Tú frente el mar, el mar sobre esos ojos sin olas y sereno.

Y en cuadratura exacta la barbilla de lo que fuera fauno
y es mortal ahora. Hijo de un ángel desamparado y triste.

Agrio sabor de un silbo vulnerado por la envidia de Apolo
ya vencido por Marcias. Hay fuegos y lamentos en tus ojos.

El secreto sellado en una urna egea clama por ser colmado.

Y el eco de tu llamado vibra sobre tus puros pómulos.
Oratorio donde se deposita un beso.

Todo tu rostro es un llamado en sombras.

Y yo respondo con cánticos profanos. Sólo tendrías que adelantar
la mano y el viento de ser en abundancia
derramaría todo.

Me miras y devuelves a mí constantemente. A lo que fui.
Y a lo que soy de nuevo.

Un mensajero solo. El servidor de un Dios ya desterrado
que espera del mortal su guarida segura.

Su aposento y su cuna. El reposo final en esta tierra.

 

Los adamitas

A Luisa Mercedes Levinson,
María del Carmen Suárez
y Leonor Calvera

Adán desnudo. Desnudo el Mar retrocedido
ante tanta hermosura. Medida es la belleza
mas tu hermosura es impiedad y es todo.

Los ojos del venado te contemplan
azorados. Tan pura es la visión que el animal
y el ave, las aguas y los vientos, el cielo
donde reinas se demoran contigo.

Tan pura es la virginidad del cuerpo
que rompes tú la aurora cuando aquélla despierta.

Abre tus verdes ojos como algas y mueve
tus ligeras pestañas arqueadas como plumas
giradas hacia el cielo o entórnalas si quieres.

Donde tu frente es amplia como verde pradera.
Luce la otra estrella.

Tiemblan las fosas de tu nariz de ave levemente
aquilina. Y la declinación
de pómulos hacia entreabiertos labios
donde el mundo y su gloria deponen su osadía.

La tarde avanza lenta hacia extrema barbilla.
Y en la punta del iceberg encuentra un solo
artista la perfección eterna. La visión
enloquece. Cuello de aéreo cisne
que baja hasta los hombros
como los férreos arcos que sostienen la tierra.

La áurea espalda baja hasta cintura-junco
donde concentra el todo su alimento terrestre.

Y el monte el monte el monte
de tus dos nalgas prietas como estremecimientos
de Islas del Egeo.

Muslos que los delfines y orfebres
encontrarán quiso emular el héroe.

Y tu tórax de acero que define
tu vientre de caderas
que juegan las fugas de un concierto.

¡Adán, Adán desnudo en un día primero!

Ninguna desnudez tan desnuda como esta.

Tu sexo de paloma erguido entre las piernas.
Y tu reinado aquí en este mundo nuestro.

Este es el paraíso y esta tu luz austera.

Oh palmera a la vera de una mar suntuosa.
Este es el paraíso. Y tu mano contiene los frutos
que aquel día tú comiste sin vernos. Nosotros somos
frutos. Tu sed y tu hambre todo.

Nosotros poseídos de tu rayo celeste.
Nosotros adamitas siempre te fuimos fieles.

Estás tú, rey de un orden de amores. Y nosotros tus siervos.
Sólo tu desnudez vela la gracia eterna.

Danos tu cuerpo entonces. Poséenos postreros
que el grito de un amante
es un hijo perfecto.