Artículos y reportajes
Efraín BarqueroUn galardón a la altura de su obra
Efraín Barquero, Premio Nacional de Literatura de Chile 2008

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Ya van cuatro años y un tanto más desde que en un artículo para Letras.s5.com (la página de los escritores de Chile) y reeditado en Letralia.com (símil de los escritores hispanoamericanos) me lanzara a la proclamación —junto a un puñado de universidades y lectores acérrimos de la poesía de Efraín Barquero, para no subir a bordo solo en el barco del triunfo, valga la alegoría con el apellido del vate— del Premio Nacional de Literatura que hoy se anuncia y que llega a puerto silenciosamente a causa de una tragedia de proporciones mayores que ocurre en Chile en forma paralela al anuncio de este galardón. Un bus con un grupo de niñas de un colegio católico de Santiago se estrella en un viaje turístico en el extremo norte del país y nueve de ellas mueren en forma nefasta. Para colmo de males, fotografías recientemente tomadas de cada una de las víctimas denotan una transparencia inusual en las pupilas, un candor sólo presente en los ojos de los que aún no han saboreado el odio, y sus padres con esa misma calma se resignan solo con la visión del cielo. Así el mundo real nos arrastra a todos como la fuerza de gravedad y prueba el valor secundario del oficio —la poesía— cuando éste se ve enfrentado a la tragedia del cuerpo. A propósito, me permito reincidir en el mito relatado por Timón en las Sátiras: Tales de Mileto, al ser requerido por una dama para que observase las estrellas cae en un foso, y como se quejase de la caída, la dama en cuestión le reprocha: “¡Oh, Tales, tú presumes de ver lo que está en el cielo, cuando no ves lo que tienes a los pies!”. Y esa es la misión del vate, caer al foso de cuando en cuando, recoger algo de ambos estadios porque he dicho —y repetido hasta el cansancio— que el poeta es reflejo de su tiempo, al contrario del circuito que bruñe la cúpula de cristal, el mundillo enfermizo de “el círculo” o el becerro del “premio y la beca” para negar el prodigio que se alza en silencio. En buena ley Barquero ha centrado su poesía en las cosas cotidianas, los artefactos de diario uso, los elementos; seguirá yendo y viniendo entre Chile y Francia y no hará aspavientos del galardón menos en tiempo de tragedias tan macabras. Y no se perderá, a mi parecer, en el abismal precipitado de los años. Podría volver a convocar sus libros capitales, pero basta saber a los lectores que en Antología, Efraín Barquero (Lom Ediciones, Chile, 2000), Le retour (Noël Blandin, Francia, 1990) y Epifanías (Losada, Argentina, 1951), podrán encontrar mucho más de lo que sorbo en esta pequeña copita:

Robarle a la garza su blancura

arte poética

Robarle a la garza su blancura
al águila, la uña con que raya el día
a toda criatura volante, su insuperable vértice
a mi copa, su unidad que crea el vino
su gesto invisible que todo lo divide
robarle al mar una sola ausencia
al río, su primera catástrofe
robarle al sol un sueño poblado
a este lugar, mi raíz quemada
a mi boca, su fruta perfecta
a mis manos, el consuelo de una fuente intacta
robarle a cada estancia su habitación sin muros
a cada abeja, el latido más pequeño del cielo
robarle a cada puerta su visitante imprevisto
a la mesa, su cuerpo final
robarle a la ventana el prisionero del mundo
a la mujer, el tacto de mis árboles verdes
la serpiente sin color de mi sangre indescifrable.