Artículos y reportajes
Germán EspinosaGermán Espinosa, detrás del espejo

Comparte este contenido con tus amigos

Uno

Germán Espinosa fue un hombre delgado que, en los últimos días de su vida, se hizo más delgado. El cáncer de garganta, que lo agobió durante largo tiempo, lo había consumido de tal manera que se había convertido en la sombra del otro Germán Espinosa, aquel que conocí en 1987 en Cartagena cuando yo era un estudiante de bachillerato y él un escritor robustecido por la gloria de La tejedora de coronas, una novela que me impactó tanto como tiempo atrás lo había hecho Cien años de soledad.

El recuerdo más lejano que conservo de él está ubicado en esa época: un hombre de casi cincuenta años, con una barba descuidada y el cabello revuelto, con una apariencia de poeta casi maldito, acompañado de una mujer bajita, de ojos grandes y pelo negro cuya mano reposaba como una paloma en el hombro del novelista. Lo que más me llamó la atención de él fue el bastón, un bastón que hoy recuerdo de madera, barnizado y brillante, curvo en la parte superior como el manubrio de un paraguas. Más tarde me enteré que éste hacía parte de su personalidad, pero también de una moda que había importado seguramente de sus viajes a Europa, en particular de París, una ciudad que había aprendido a amar a través de las novelas de sus escritores franceses favoritos: Víctor Hugo, Flaubert, Maupassant y Balzac, entre otros.

La imagen de Espinosa subiendo los escalones que conducían a la biblioteca Bartolomé Calvo, acompañado de aquella mujer de la que luego supe era su esposa Josefina, me quedó prendida en la memoria durante largos años. El recuerdo de la sala de lectura atiborrado de gente que quería escucharlo, sólo era comparable con las largas filas que se hacían frente al teatro Cartagena para ver el estreno de una película mil veces publicitada. Germán Espinosa era una especie de héroe, un personaje de carne y hueso rodeado por fanáticos que querían tocarlo, hablarle, saber que detrás del gran escritor había un ser terrenal, tan mortal como todos nosotros.

Desde el momento en que cruzó la puerta de cristal de la biblioteca, una cámara de televisión captó cada uno de sus movimientos y una lluvia de luces cayó sobre él. Un tropel de chicas y chicos lo rodearon, extendiendo ejemplares de sus libros para que los firmara. El revuelo fue tan grande que hubo que cerrar la puerta central para impedir que la gente siguiera entrando. Los que se quedaron afuera vociferaban, pidiendo acceso. El aire acondicionado colapsó, y con el paso de los minutos se empezó a sentir un calor infernal. Hubo que buscar ventiladores. Victoria, la directora, tomó el micrófono y se apersonó de la situación, pidiendo silencio y orden. Pero la turba emocionada parecía no escuchar. El novelista casi arrinconado contra la escalera que llevaba al piso superior, sin ninguna otra opción, firmaba y ponía dedicatorias en los libros que le extendían, mientras Josefina observaba quizá emocionada. Tuvieron que intervenir los guardias de seguridad, quienes lograron poner un poco de orden.

Después de casi treinta minutos, el ambiente empezó a normalizarse. Las voces se volvieron murmullo y el novelista tomó asiento en una mesa dispuesta de micrófonos y botellas de aguas. En la disposición del escenario para la charla, no se previó el número de asistentes. Había tanta gente en la sala de lectura, que los que se quedaron sin asiento se vieron en la necesidad de encaramarse en las mesas que se habían retirado a los extremos del recinto. Algunos estantes de libros se habían corrido hacia los laterales para ganar espacio. Afuera, una multitud impaciente esperaba con la ilusión de entrar. Algunos estaban prácticamente con los rostros pegados a los vidrios, mojados por una lluvia que había empezado a desgajarse con fuerza.

Una voz en el micrófono hizo que los asistentes callaran. Era un hombre bajito, de un metro con sesenta y cinco centímetros, aproximadamente, ligeramente gordito, de barba, quien presentó a Espinosa como uno de los grandes novelistas de la literatura colombiana. Tiempo después supe que su nombre era Jorge García Usta, y se desempeñaba como periodista del diario El Universal. Había publicado un poemario y estaba considerado como uno de los mejores poetas jóvenes de la ciudad.

Recuerdo que García Usta hizo un recorrido por la vida de Espinosa, desde su primer libro de poemas, Letanías del crepúsculo (1954), pasando por La noche de la Trapa (1965), hasta desembocar en el alucinante y mágico mundo de Los cortejos del diablo (1970) y La tejedora de coronas (1982). Recuerdo también el silencio casi sepulcral que reinó después de las palabras del presentador. Espinosa tomó el micrófono, agradeció a su colega y empezó a hablar de la Cartagena de su infancia: aquella llena de relatos de brujas, de piratas que colmaron su imaginación, de fantasmas que rondaban en las noches las calles de la ciudad. Habló de sus lecturas y de cómo en sus libros esa Cartagena se fue transformando, reinventándose en cada esquina, adquiriendo otros colores en cada momento, nuevos matices y nuevas tonalidades. Habló de cómo los escritores reinventaban las ciudades en las que vivían, de cómo Víctor Hugo reinventó a París en Los miserables y Charles Dickens a la Londres de Oliver Twist. Habló de cómo las ciudades se construyen a partir de sus imaginarios, y de cómo éstos, en ocasiones, son tan poderosos que, después de varios siglos, siguen teniendo vida y siguen siendo aceptados entre las nuevas generaciones. Y, aun mejor, teniendo sus transformaciones en la memoria colectiva.

Aquella charla fue impactante, y tenía el mismo tono de sus novelas. Cuando terminó, una larga ovación se confundió con la lluvia que seguía cayendo sobre la ciudad. Hubo preguntas, un conversatorio que se prolongó durante cuarenta y cinco minutos más. Al final, Espinosa volvió a firmar libros, pues los que no habían podido entrar lo hicieron casi en marejada. Una algarabía se apoderó nuevamente de la sala de lectura. Hubo gritos. Recuerdo a una mujer lamentándose porque alguien le había pisado el pie tan fuerte que se le quebró una uña.

Aquella imagen de Germán Espinosa repartiendo autógrafos y dedicatorias como lo hubiera hecho una estrella del rock norteamericano o del cine hollywoodense, me quedó prendida en la memoria durante largo tiempo. Desde entonces, me prometí leer todas sus novelas y cuentos. Quería, en el fondo, ser como él. Escribir una novela tan voluminosa y estéticamente bien concebida como La tejedora de coronas. Quería que la literatura fuera la parte más importante de mi vida. Aquella noche, cuando abandoné la biblioteca, la lluvia seguía cayendo sobre el centro de Cartagena, sobre el Parque Bolívar, sobre la Plaza de la Aduana, sobre la Torre del Reloj, sobre la bahía, desde donde la brisa arrastraba un fuerte olor a pescado en descomposición. Crucé la rotonda de la estatua de Pedro de Heredia en dirección a la avenida Luis Carlos López y experimenté toda la tristeza del mundo: quería ser un escritor de verdad pero no sabía por dónde empezar.

 

Dos

A Germán Espinosa no volví a verlo hasta 1990, cuando yo era integrante del taller literario Candil de la Universidad de Cartagena, que dirigía el profesor Felipe Santiago Colorado. Por aquel entonces había leído gran parte de sus novelas, incluyendo el volumen de cuentos Noticias de un convento frente al mar, que había sido publicado en 1988. Con relación a la primera vez, en esta oportunidad lo noté delgado, la ropa le quedaba holgadísima y parecía haber envejecido una eternidad. Luego me enteré de que tenía problemas económicos, de que la editorial que publicaba sus libros le debía plata y de que algunos de sus amigos le ayudaban a conseguir algo de dinero. Supe también que fumaba un paquete de cigarrillos cada dos horas, que dormía poco y bebía mucho, que en las mañanas, por café, ingería un vaso de whisky. Había sido internado en varias oportunidades en una clínica para recuperarlo de sus problemas de salud, pero, al salir, volvía a recaer.

Hablé con él quince minutos, quizá menos, pero los suficientes para expresarle mi admiración por su obra. Se sintió complacido y me dio un abrazo. Me dijo que le escribiera, que mantuviera los canales de comunicación abiertos. En una hoja de papel que le extendí, escribió una dirección y un teléfono. Luego lo acompañé a tomar un taxi, pues tenía que regresar al hotel y salir inmediatamente hacia el aeropuerto, ya que su vuelo estaba programado para las tres de la tarde y eran un poco más de las doce del mediodía.

Lo volví a ver cinco años más tarde, cuando yo trabajaba como corrector de estilo y redactor de El Periódico de Cartagena. Él iba en compañía de un muchacho en dirección a la calle Santos de Piedra. Supuse que entraría al periódico, cuya sede estaba a media cuadra. Y así fue. En la puerta lo abordé, lo saludé y se alegró de verme. Yo también me alegré de saludarlo y de que se acordara de mí. Estaba sumamente delgado. Esbozó una sonrisa y posó su mano sobre mi hombro. Parecía cansando, como si hubiera salido de una convalecencia. Alguien me dijo después que estaba pasando por problemas económicos graves, y que esos mismos problemas le habían afectado aun más la salud y lo habían llevado a fumar más y a consumir mucho más licor. Me dijeron también que venía con mucha regularidad a Cartagena, invitado en ocasiones por el Banco de la República y en otras por algún amigo de los muchos que tenía en la ciudad.

Lo vi subir con dificultad las escaleras, unas escaleras amplias de piedra tallada que llevaban al piso superior, apoyándose en cada paso del bastón, haciendo un reposo en cada peldaño como si el esfuerzo le cortara la respiración. Jorge García Usta, que era el encargado de la página cultural y el coordinador del magazín dominical Solar, lo recibió en el rellano, se abrazaron y los vi alejarse por el pasillo hacia el final, en compañía de uno de los accionistas del periódico. Los vi detenerse un segundo y desaparecer después detrás de una puerta de doble hoja.

Siete años más tarde, me encontraba en Bogotá estudiando literatura en el Caro y Cuervo. Había terminado la universidad y mi trabajo de grado giraba en torno a un tema recurrente en la obra de Espinosa: la relación que existe entre la mujer, el sexo y la religión. Como no tenía su dirección, ni su teléfono, y la hoja de papel con sus datos se había perdido con la desaparición de una libreta de apuntes, le escribí un correo a Pedro Badrán, el escritor magangueleño radicado en Bogotá desde hacía algo más de diez años, quien mantenía una relación muy cercana con Espinosa. Pedro me contactó una cita, me dio el teléfono y la dirección y me dijo de paso que “Germán no estaba muy bien de salud”.

Fue así como una mañana me encontré en camino hacia su casa, armado con dos ejemplares de sus libros —La tejedora y Los cortejos— y con una copia anillada de sesenta páginas de mi trabajo sobre su obra. Yo vivía en La Candelaria Vieja, en la calle 10 con carrera 3, muy cerca de la biblioteca Luis Ángel Arango, y él en Las Aguas, en la calle 16 con carrera 2, en una de las torres Gonzalo Jiménez de Quesada. Aquella mañana la recuerdo mojada y gris como casi todas las mañanas bogotanas. Una lluvia fría y pertinaz caía sobre el centro de la ciudad desde la noche anterior. Monserrate y Guadalupe estaban cubiertos por una gruesa neblina. Bajé por la calle 3 hasta la Jiménez y doblé luego hacia la 2.

En la entrada esperé durante varios minutos mientras el vigilante firmaba unos documentos de recibido. Afuera, la lluvia empezó a arreciar. Una mujer, con un niño de pocos meses, esperaba, al igual que yo, sentada en un sofá. El vigilante le entregó una copia de los documentos al mensajero de una oficina de correos y éste se marchó en una motocicleta bajo la lluvia. Luego, el hombre marcó un número telefónico, me llamó y dijo: “Torre 3, apartamento 10-01”. Me señaló la entrada y caminé rápido bajo la lluvia. A una chica que salía con un paraguas, le pregunté por el ascensor y me mostró un pasillo. Miré el reloj: eran las 9:45 y la cita con Espinosa estaba programada para las 10 en punto.

 

Tres

Lo que más me impresionó de aquel apartamento fue ese fuerte olor a tabaco que parecía estar impregnado en cada uno de los objetos que reposaban en él. Era un olor viejo, acumulado seguramente en el transcurso de muchos años, y que se alzaba por encima de otro olor: una mezcla de ambientador aromático y colonia. Espinosa me recibió enfundado de saco y corbata. Me saludó, pero esta vez no pareció acodarse de mí. Sólo cuando le mencioné lo del periódico, un recuerdo afloró en su memoria como un débil y tembloroso rayo de sol en una tarde nublada. “Es tu pelo”, dijo. “Cuando te conocí lo tenías corto”. Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo del saco y encendió uno. “Cómo dejaron acabar ese periódico”, le oí lamentarse. “Los accionistas no quisieron meterle más plata”, le dije. “Era un buen periódico... Cuando yo iba a Cartagena, siempre lo leía”, le escuché decir.

Yo estaba sentado frente a él, separado por una mesita de madera y vidrio donde reposaban dos ceniceros que se fueron llenando de colillas en la medida que Espinosa terminaba un cigarrillo. En menos de diez minutos se fumó tres, encendiendo uno con los restos del otro. En un rincón, alcancé a ver un cesto tejido donde reposaba una colección de bastones, de formas distintas y materiales diversos. Le dije que estaba estudiando literatura en el Caro y Cuervo y que mi visita tenía como objetivo entregarle una monografía de grado que había escrito sobre su obra. Detrás de los lentes, sus ojos sonrieron. Se alegró mucho. “Para que le eche la leída cuando tenga tiempo”, le sugerí. “No”, me dijo él. “Léeme ahora algunos apartes”. Abrí el anillado y empecé leer.

Durante más de treinta minutos permaneció atento, como un muchacho disciplinado que escucha los consejos del maestro, con el cigarrillo en los labios, mirando en dirección a la ventana la lluvia resbalar sobre el cristal. Por momentos pensé que no estaba escuchando, pero las constantes afirmaciones con la cabeza me decían que sí. En medio de la lectura, apareció Josefina, una mujer que, según cuenta los amigos de Espinosa, fue muy atractiva en su juventud, y que con el tiempo se convirtió en la musa inspiradora del escritor.

En un primer momento no la reconocí: estaba descalza y vestía un pantalón corto y una blusa ligera, poco aptos para un clima bogotano que bajo la intensa lluvia se hace más frío. El cabello lo tenía mucho más corto que cuando la conocí en Cartagena y la sombra alrededor de los párpados profundamente demarcada. No dijo nada a pesar de que detuve la lectura para saludarla. Sólo se quedó allí parada unos cinco minutos, al lado de su esposo, con la mirada fija en mí. Luego se marchó. Un amigo me dijo después que, desde hacía ya varios meses, ella no estaba bien de salud. Su mirada, aunque fija, parecía extraviada.

Cuando terminé de leer, Espinosa se levantó y fue al baño. “¿Por qué no le propones al Caro y Cuervo que publique ese trabajo?”, me dijo de regreso. “No tienen plata para publicar nada”, le aseguré. Un muchacho, que había visto pasar de un lado del apartamento al otro, me trajo una taza de café.

Espinosa tomó nuevamente asiento. Yo le mostré los ejemplares que había llevado de sus libros. El de La tejedora de coronas era una tercera edición de Montesinos, publicada en 1999, de cubierta blanca, ilustrada con una pintura en la que aparecía Genoveva Alcocer tendida en un butacón florido. Germán la miró por ambos lados y dijo: “Esta edición salió con muchos errores. Es quizá la peor que han hecho de mi novela... Debes comprar la de Alfaguara, la edición conmemorativa”. Abrió el libro, extrajo un bolígrafo del saco y escribió, con una letra grande y amplia: “Para Joaquín Robles, con simpatía cordial. G. Espinosa”. Después tomó el ejemplar de Los cortejos del diablo, una edición de Altamir de 1992, cuya portada es una pintura de un aquelarre. Ojeó la primera página y dijo: “De esta conservo varios ejemplares”. Luego escribió, con la misma caligrafía pulcra y amplia: “Para Joaquín Robles, con gratitud por sus trabajos sobre mi obra. E. Espinosa. Bogotá, agosto 28 de 2003”.

Afuera la lluvia seguía cayendo y Josefina parecía un ser de otro mundo, deambulando de un lado para otro. Cada cierto tiempo se detenía al lado de su esposo, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, nos miraba, nos escuchaba y se iba. Me sentí algo incómodo. Germán sacó el último cigarrillo de la cajetilla y lo encendió. Los ceniceros estaban colmados de colillas, mi ropa olía a tabaco y sobre la mesita había otro paquete de Marlboro aún sin abrir. “Mira esto”, me dijo de repente. Eran un par de revistas. Una tenía el logo del Ministerio de Cultura y en sus páginas centrales había una larga entrevista que le habían hecho hacía pocos días. “Te la regalo”. La otra era un magazín de la Universidad de Salamanca que había reproducido un artículo suyo. “Esta también te la regalo”. La ojeé rápidamente. Allí, en la página 84, encontré aquel texto que Espinosa había leído en la biblioteca Bartolomé Calvo hacía 16 años y que tanto me gustó. El artículo se titulaba La ciudad reinventada, y desde 1990 hacía parte de su libro La liebre en la luna, una compilación de ensayos y artículos periodísticos que él había escrito a lo largo de 20 años.

En la otra publicación, además de la entrevista con Espinosa, había un comentario sobre un libro de Efraím Medina y una fotografía suya. “Este también es cartagenero”, le dije, mostrándole el texto y la foto. “Vaya”, exclamó de repente. “Yo a ese señor no lo conozco. No he leído nada de él, no sé quién es, pero en la pasada Feria del Libro de Bogotá se dedicó a hablar mal de mí, como si yo le hubiera hecho algo malo”.

Me eché a reír. “No sólo habla mal de usted”, le aclaré. “Habla mal de todos los escritores colombianos, incluso de García Márquez. Con Héctor Abad tuvo sus encontrones, con Andrés Hoyos también. De ambos dice que no saben escribir. Yo lo conozco desde hace rato, es su manera de ganar amigos”.

A través de la ventana, observé que la lluvia seguía cayendo. Germán miró el reloj y yo miré el mío: era un poco más del mediodía. Supe que había llegado el momento de marcharme, así que me puse de pie. Espinosa también lo hizo, me estrechó la mano y se dirigió a la puerta. “Llámame cuando puedas”, le oí decir. Antes de abrir, agarró una bolsa plástica, grande y negra, y me la extendió. “Para que no te mojes”. Abrió la puerta. Antes de cerrarla, pude ver el rostro de Josefina, sus ojos grandes, enmarcados en las líneas negras del lápiz.

A Espinosa lo volví a ver pocos días después, un domingo mientras atravesaba el parque de Las Aguas, cerca de la estación de Transmilenio. Iba en compañía de esa mujer de la que supe luego había sido su inspiración. Iban en dirección a la tienda Olímpica, que estaba en la carrera 19 con 3. Ella agarrada del brazo de su esposo y él apoyado en el bastón que, desde hacía algunos años, había dejado de ser un simple elemento ornamental para convertirse en una necesidad.

Cuando Josefina murió, supe que Germán no superaría aquella pérdida. Lo llamé varias veces pero nadie agarraba el teléfono. Luego me enteré de que había sido internado en una clínica para que le practicaran unos exámenes. Un día, un amigo me llamó para decirme que Espinosa estaba muy enfermo. Desde la partida de su mujer, él había buscado la manera de acompañarla. Por eso escribió Aitana, una forma de exorcizar la pérdida, pero también de estar cerca de ella. Por eso aumentó el consumo de licor y cigarrillos. Por eso cuando le diagnosticaron el cáncer de garganta, que le estaba consumiendo hasta el alma, en vez de experimentar el miedo natural que sentimos por la muerte, lo que seguramente experimentó fue un alivio. Su historia de amor no había terminado, y estaba dispuesto, al igual que Ulises, a cruzar el infierno para continuarla.