Artículos y reportajes
Ilustración: Doriano SolinasLiteratura, diálogo

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Sobre el libro muchos son los profetas que se han animado a emitir mensajes apocalípticos. Y no van exentos de algo de razón. Efectivamente, todavía una gran masa de población prescinde, voluntaria o involuntariamente, de los bienes culturales. Aprovechando el tirón que nuestra sociedad le ha concedido a lo audiovisual, esos sectores entienden los libros como artículos más bien accesorios, por no decir inútiles. No obstante, aunque la realidad no sea demasiado halagüeña para la lectura, parece ser que hay motivos para sofocar un tanto las voces de alarma, entre otras razones porque las crisis en la expansión de este hábito no son de factura actual, vienen concurriendo desde los mismos orígenes de la literatura y, en parte, van asociadas a la todavía pendiente tarea de alfabetización global. Más aun, junto a la culturalización, se hace necesaria una campaña de sensibilización, de educación sensitiva y sentimental para que quien vive ajeno a lo estético y lo intelectual vea en su descubrimiento algún tipo de deleite.

Quienes conocen el Quijote recordarán cómo los segadores citados en él acceden a la literatura gracias a la presencia entre ellos de un instruido que accede a leer para ellos en los ratos de ocio compartido, y con su noble acción va transformando a sus rudos compañeros en seres pensantes, emotivos y críticos. Éste es el pasaje en que se hace alusión a la costumbre de la “lectura en corro”: “Cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores y siempre hay alguno que sabe leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchándole con tanto gusto, que nos quita mil canas”. Y no sólo se consigue con ello matar el tiempo; gracias a ese hábito personajes de la talla de Maritornes o el ventero que aloja a don Quijote y Sancho intervienen en una tertulia de carácter literario, en concreto sobre los libros de caballerías, con tanto conocimiento como puede tener cualquier letrado, por ejemplo, el cura, hombre al que simplemente por el hecho de pertenecer al clero se le debía suponer una cierta erudición: “Y como el cura dijese que los libros de caballerías que Don Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero: No sé yo cómo puede ser eso, que en verdad que a lo que yo entiendo no hay mejor lectura en el mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros papeles que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros muchos. (...) A lo menos de mí sé decir que cuando oigo decir aquellos foribundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días. Y yo ni más ni menos, dijo la ventera, porque nunca tengo buen rato en mi casa sino aquel que vos estáis escuchando leer, que estáis tan embobado que no os acordáis de reñir por entonces. Así es la verdad, dijo Maritornes, y a buena fe que yo también gusto mucho de oir aquellas cosas, que son muy lindas, y más cuando cuentan que se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles”. Éste es el milagro de la literatura: escapa de la materialidad de las páginas de un libro en el mismo instante en que es compartida.

En efecto, la falta de instrucción no debía ser óbice para el disfrute del arte, si quienes ostentan el conocimiento fuesen más generosos con su saber. Se entiende que la educación se da en la escuela y, por ende, ahí queda sobreentendida la lectura. A todas luces se está viendo que no es un medio suficiente. En los ambientes académicos se instruye e incluso se anima a leer, hay muchos proyectos que persiguen ese objetivo. Muchos de ellos recurriendo a la figura del cuentacuentos, figura de ascendencia milenaria y a cuya memoria rinde homenaje Mario Vargas Llosa en su novela El hablador. Pues bien, todo ello es del todo inútil si la lectura no trasciende de los muros de la escuela.

En este sentido, son encomiables los esfuerzos realizados por muchos bibliotecarios para dar realidad a los clubes de lectura, un lugar de encuentro en el que compartir la experiencia de ser lector y debatir las múltiples interpretaciones a que están abiertas, en general, las obras literarias, así como curiosidades de otra índole. Se intenta con ello, a mi modo de ver, no sólo el fomento de la lectura, sino la recuperación de la tertulia, hábito que corre peligro de extinción con esta tendencia al ostracismo que está imperando. Trabajar en casa, comprar en casa y ligar con el ordenador: esa parece ser la aspiración de muchos de nuestros contemporáneos. Como si el trato con lo ajeno fuese tóxico o, simplemente, una pérdida de tiempo. Con el declinar del siglo XX nos llega una preocupante moda: la incomunicación. Si el siglo pasado llevó la literatura a los cafés e hizo de ello un referente para los historiadores y estudiantes de literatura (recuérdese, por ejemplo, la Tertulia de la Fonda de San Sebastián, la más importante del S. XVIII, en la que se reunían los mejores escritores del momento o la Tertulia del Nuevo Café de Levante, que, en palabras de Valle-Inclán, ejerció “más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias”), el siglo que corre parece no tener nada que decir, a no ser de modo virtual. Como si la presencia física fuese un incordio, algo que evitar a toda costa.

 

Alberto Manguel, en su libro Una historia de la lectura (Ed. Alianza), nos refiere el caso de Stevenson, que no quería aprender a leer para no privarse del placer que le producían las lecturas de su niñera...”. Imaginamos a una niñera de forma muy distinta a la exótica y sugerente Sherezade, pero el embrujo es el mismo. La voz del otro es nuestra vista y a donde sus cadencias nos conducen es lo que llamamos literatura. “Leemos para saber que no estamos solos”, decía un alumno a su profesor en el filme Tierras de penumbra, del director Richard Attenborough, película biográfica sobre el escritor C. S. Lewis, cuyo guión se inspira precisamente en una obra del homenajeado, Una pena en observación. Quizá no haya una manera más afectiva de referirse a la literatura: una feliz compañía, un escape de la sensación de soledad que acompaña a nuestra propia existencia. No salvar a solas el horror de la duda, la página última del libro que todos acabamos siendo.