Sala de ensayo
Un imaginario etno-surrealista de la violencia
(Caracol Beach, de Eliseo Alberto)

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No le voy a contar mi sueño, sino mi método
paranoico-crítico gracias al cual la realidad
objetiva de todo lo que nos rodea se convertirá
en un elemento de rapto místico.

Salvador Dalí.

Eliseo AlbertoCuando el novelista inglés del siglo XIX (1850) Roberto Luis Balfour, mejor conocido como Stevenson, le hace decir al doctor Jekyll, al ver en el espejo su monstruosidad, que a esa desconocida otredad la sentía “más directa y simple que la apariencia imperfecta que hasta entonces me había acostumbrado a llamar mía”, el escritor fractura los bordes entre el bien y el mal en un personaje que vive una incontrolada ambivalencia de normalidad y violencia irracional. En algunas narraciones, dentro de un contexto literario poco respetuoso de significantes tradicionales y de modelos predecesores, el lenguaje entorpece la posibilidad de expresar las virtudes públicas y los derechos comunitarios, que serán sustituidos por la subjetividad de comportamientos individuales, y aunque parezca increíble, capaces en algunos discursos de distorsionar la vida de una comunidad.

Caracol Beach de Eliseo Alberto está compuesta por un universo de personajes que desafían la uniformidad de caracteres culturales y de identidades comunes, entre quienes la transculturización y la hibridación se desempeñan unas veces armónica y otras conflictivamente, en espacios geográficos intercambiables donde lo real-bélico se confunde con lo religioso, la destrucción con la ilusión y los proyectos futuros con la muerte.

La novela de Eliseo Alberto, Caracol Beach, sobrepasa los límites concebibles de la inseguridad, el miedo, la aversión, la ambigüedad. El estado de violencia se genera por pasiones que una sociedad va creando artificial pero realmente, sin la presencia de conductas solidarias. Es un problema de irracionalidad donde nadie paga el costo de las conductas anómalas y donde el lenguaje se convierte en el cómplice, esta vez intencional, de una locura colectiva. Las relaciones se entablan sobre la base de palabras, y ellas carecen de la fuerza que sugieren en el papel del texto. La expresión verbal amarga, violenta, dura, agresora, es un instrumento débil de metáforas y zigzagueantes metonimias, entre cuyo tejido el mal-violencia se escurre y se integra en los protagonistas, sin que el lenguaje trate de evitarlo.

Laura, Martín, Tom, Mandy, Ramos son incapaces de asumir los hechos con coherencia. Existe en las relaciones humanas, además de la superficialidad, una gran economía afectiva y un fraude espiritual que la ficción convierte en conflictos familiares. La violencia coloca a todos los personajes en planos de igualdad, frente al peligro que significa el soldado, cuyos comportamientos patológicos corresponden a una personalidad esquizofrénica. El escritor desarrolla una concepción de causa-efecto para justificar la mente escindida del protagonista, donde la guerra-locura ocupa el polo fundamental. En Caracol Beach fluyen las conductas anómalas que asumen un determinismo, con el cual lo inevitable encarcela la libertad humana del soldado, que sólo se verá liberada en el momento de la muerte a través de una transacción mística. Los personajes son arrastrados por las circunstancias y envueltos en significaciones de nihilismo activo que lleva a la desintegración social, sin límites establecidos.

Sería absurdo considerar que la violencia es un mal enquistado en determinadas narraciones, o sólo en algunos períodos históricos, cuando desde Homero participa de los relatos, orales y escritos, en diferentes dimensiones, reflejo de la realidad social e individual, antigua y moderna. Walter Benjamin dice que No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie. El escritor cubano crea en su novela una contradicción de cotidianidad —ruptura de la coherencia humana—, que describe muy bien el estudioso de la violencia Saúl Franco Agudelo en el Quinto no matar cuando dice: Las formas violentas de respuesta se van generando en el tejido de las relaciones interhumanas... En los niveles individuales y de lo colectivo, familia, etnia, nación, clase, grupo, donde se han ido construyendo.

Eliseo Alberto exige al lector una actividad decodificadora de ese “borderline” de la violencia en que se convierte Caracol Beach. El escritor cubano desenmascara los intersticios distorsionados de la vida en un pueblo de la costa de Florida. Todo tipo de rabias se expresa en este discurso. El recurso expresivo cumple, una vez más, su función de memoria controversial con la historia. En este mundo transmoderno que ha perdido la brújula para llegar a puerto seguro el escritor cubano lleva a la práctica lo que Salvador Dalí vaticinó en un artículo de la revista Vogue el 15 de abril de 1968, cuando dice que una nueva literatura mutará el surrealismo romántico de su época en surrealismo realista y místico.

Las imágenes cobran sentido en el sistema de Caracol Beach; el flujo de alegorías y símbolos se desplazan, se expanden, se dispersan, se integran y desintegran en un vasto movimiento, casi cinematográfico, de despliegue, reubicación y relevo de efectos sensoriales. El comportamiento del soldado, producto de realidades y sueños, se convierte en una actividad ritual que modifica, de manera inexorable, la conducta de los demás personajes; Laura, Martín y Tom se dejan envolver por los hechos ilícitos de la ficción individual del protagonista, que negocia con el colectivo creando un vínculo social del cual su imaginario es el productor. Él mismo se convierte en poder judicial y administra su propia justicia. Malinowski en sus estudios antropológicos arriba a la idea de que “En las comunidades primitivas la noción de un derecho penal es aun más escurridiza que la de un derecho civil”. Eliseo hipercodifica la violencia del soldado que opera como estímulo conductor de una entidad psicosocial que regresa a sus ancestros en busca de una identidad fundacional.

El escritor con gran dominio del recurso expresivo establece ambigüedades entre sueño y realidad y construye una micro sociedad donde un pequeño mundo de mitos ancestrales convive en el espectáculo de la paradoja cultural de Caracol Beach. La latinidad comparte la tecnología del siglo XX con el subdesarrollo social y los reeditados mitos africanos. Eliseo Alberto demuestra lo que a fines del ochocientos pensaba Durkheim sobre el ser humano, que cuando se debilita el reconocimiento de la identidad-alteridad surge el síndrome de la violencia. La Patria —dice Eliseo— es necesaria en dos momentos de la vida: al inicio del cuento, cuando se es niño, porque si no se acaba siendo un huérfano sin cielo y sin raíces, y cuando el lomo se dobla ante el tonelaje de los años, pues un viejo pesa menos si a la tumba lo lleva de la mano el inocente que un día fue. El soldado, enloquecido por haber participado en la guerra de Angola, crea un contexto donde el combate, en un espacio geográfico que le es ajeno, se entreteje con los hilos de un pasado, anudado por alucinaciones de tigres de Bengala y sueños con Yemayá, imagen del inconsciente, legitimada culturalmente, que remite a espectros interiores.

Eliseo Alberto expresa la barbarie de la ideología neoliberal con caracteres de etnografía surrealista, ante la creencia del soldado de que su jefe en la guerra de Angola, accesible en sueños, se convierte en el otro yo de su doble personalidad y con él cuestiona la realidad de la barbarie que le obliga a asumir una guerra que no le pertenece. Hasta el paisaje se convierte en un dominio animista de los espacios que se desgarran con los temores del tigre de Bengala y de la selva angolesa. El diario del soldado, novela dentro de la novela, configura y descontrola las páginas de Caracol Beach; en él la muerte deja de ser ficción para convertirse en la envolvente real de una cultura, que trata de reproducirse a sí misma en un contexto que le es extraño. Sólo la re-imaginación de mitos sobre un mundo lejano, integrados a elementos transfigurados de cultura moderna, podrían alimentar ese universo imaginario del soldado. En la novela de Eliseo Alberto la construcción de esa cultura se realiza con un lenguaje de rituales del mundo de ayer, en coexistencia con la anticultura de la guerra y perversiones sociales, sumadas a la tecnología bélica del mundo de hoy.

El tiempo-espacio se maneja en la novela como una dimensión delirante, si los personajes de los sueños se alejasen unos de otros la infancia y juventud del soldado dejaría de existir. Eliseo rompe la superficie plana del relato y la linealidad temporal, superpone los diagramas de radiación entre la guerra y los sucesos de Caracol Beach y los convierte en una textura única que el lector se da a la tarea de canalizar y entender para no caer en las tumultuosas divagaciones de la locura colectiva. En esta problemática de temporalidades se desenvuelve el terrorismo, el sexo, el trabajo cotidiano, la relación familiar, donde cada personaje vive el doble discurso que su increíble realidad-ficción le proporciona. Por encima de todo, el lenguaje enfatiza su energía y su impertinencia estética en la autoverificación de la identidad del soldado quien, en repetidas ocasiones regresa al manantial materno. Es en estos raptos históricos donde el discurso desarrolla lo onírico, lo anecdótico, la explosión prehistórica, la imagen óptica, y hasta la actitud surrealista de un Gaudí cuando derrite patrimonios históricos como apoteosis de lo caduco.

“Caracol Beach”, de Eliseo AlbertoLo primitivo africano desempeña su papel de recurso estético, animista, étnico disponible, y a la vez motivo de estudio científico, como factor interactivo de la esquizofrenia del soldado. La memoria de la guerra se convierte en Caracol Beach en una experiencia absurda e irónica y los efectos que produce son la alternativa exótica que el escritor utiliza para escribir la novela de “la incongruencia étnica posible”. Quiero aclarar que el término etnografía en este espacio supone una tendencia cultural general y amplia que implica análisis de las comunidades humanas, cuyo enfoque se comparte con la literatura, el arte, la música, la sociología, la ciencia, donde el surrealismo y la etnografía son constitutivos de una situación social. Surrealismo en un sentido de ruptura de conceptos, de comportamientos, yuxtaposiciones culturales, realidades extraordinarias que colindan con el terreno de lo soñado, de lo imposible, de lo redimensionado.

Tanto en el surrealismo del París de principio del siglo XX, como en esta recreación actual de algunas de sus líneas, la sociedad se ha visto envuelta en crisis sociales. La micro guerra entre los rebeldes y el ejército francés en el Marruecos colonial, a la cual el historiador Maurice Nadeau en su Historia del Surrealismo atribuye características de impacto cultural formativo, tiene su homóloga en la guerra descrita por el escritor cubano, aunque una se considere fundacional y la otra réplica. Es indudable que los fenómenos literarios y artísticos responden a situaciones geopolíticas y sociales.

El desborde de consumismo imaginero de la locura produce en el protagonista representaciones zoomórficas, que desde la antigüedad han ejercido la dual capacidad de brindar beneficios y producir daños o temores. Su presencia nos lleva a una reflexión sobre el vínculo existente entre los animales, el personaje, el contexto y el escritor. El tigre de Bengala, la culebra, el leopardo o el cocodrilo, responden a una categorización asignada a lo imaginario arcádico, con preferencia a conceptos simbólicos inherentes a nuestros mitos y tradiciones. Respondiendo a la tendencia actual de evocación premoderna, Eliseo Alberto acude a las formas naturalistas de neolítico cristiano, que han sido fuente de inspiración en todas las épocas de la cultura universal. Beto Milanés, el soldado, se confunde con el soldado de los carteles cinematográficos de los años 30, con las figuras apocalípticas de Lucas Cranach El Viejo, en sueños cuyas imágenes recuerdan el Ángel doméstico de Max Ernst. Lo particular en Caracol Beach es que los animales evocados tienen su hábitat en Latinoamérica, África o la India, cartografías excluidas de los paradigmas de bienestar social, además de ser producto de las prácticas totémicas y zoolátricas de rituales de caza. El tigre de Bengala amenaza al soldado pero no lo agrede porque estaba ahíto de tanta cacería humana en la selva de Ibondá de Akú. Los temores que el tigre produce tienen su contraparte en lo afectivo que surge, en medio de la locura, en la relación del soldado con Strike Two, un perro que invierte los valores racionales y se convierte en cuestionador de “la jauría de coches rabiosos” o de las “manadas de camiones carnívoros” porque “en la selva de los humanos hay caminos intransitables”. El animal es el nexo real con la infancia del protagonista, juega con él, lo cuida y hasta le impide el suicidio una noche de fin de año.

Es necesario incursionar en el período cristiano primitivo para rememorar las fuerzas del mal simbolizadas en animales híbridos, imágenes recreadas por el escritor cubano y estilizadas con tendencia a lo fantástico: “tigre con alas articuladas al cuerpo con armonía”, figura refractaria a la claridad del logos que representa, la violencia irracional con alas de ángel. Tal vez la fuente de esta imagen se encuentre entre las descripciones de El Apocalipsis (5.6), preferencias que participan de la antimodernidad actual, aunque lo fantástico e irracional tuvo sus cultores en el arte renacentista, El Bosco anticipa este regreso con raíces en la antigüedad. Con lo que se demuestra que el nihilismo histórico es un exabrupto. Pero representa, tal vez, una de las características posmodernas de la novela, decretar la muerte de la Torre de Pisa o derretir las Pirámides de Teotihuacan, porque estaban hechas de mantequilla, para contar otra historia, la del soldado cubano que moviliza un pasado prehispánico de origen africano, cuya memoria en el discurso subyace como estrategia de crítica ideológica y retórica.

Coexisten en Caracol Beach imágenes realistas, miméticas del mundo visible, con contenidos mágicos, míticos y religiosos que estimulan la reinterpretación discursiva en el transcurso de varias reflexiones, luego de las cuales vemos que el escritor no olvida su propósito primordial, entretejer una ficción con obsesiones que vienen del infinito, con subordinaciones inventadas, con horrores imaginarios vividos por personajes de carne y hueso. ¿Quién no ha tropezado alguna vez con una síntesis parecida al pobre soldado loco? Su irracionalidad le sirve al escritor para cuestionar el conceptualismo moderno, como exponente de una época moribunda, en oposición a lo primitivo que regresa con formas ancestrales de vida.

La novela de Eliseo Alberto corta la linealidad histórica y reinterpreta formas pasadas en un contexto actual de disolución social, con un discurso que no existiría sin “la vieja manera moderna de narrar”. No es posible asumir la transvanguardia sin pasar por la modernidad. Como respuesta positiva, el escritor crea un formato de mitología propio, no sincrético sino pluricultural, con gusto por las texturas cinéticas e imágenes oníricas. La simbología cristiana, el bestiario medieval, y las formas rescatadas de la memoria infantil del soldado, sumadas a la extensa simbología erótica, nos muestran un híbrido literario que lleva intensa carga de expresión simbólica, la cual activa los mecanismos mentales complejos del lector para responder a interrogantes sobre sus posibles significados. Sobre la función de creencias que mudan sus fronteras para asegurar la existencia de grupos migratorios, sobre todo en relación a otros que no pertenecen a esa comunidad, pero son los dueños del territorio. Edward Said considera que “Existe en todas las culturas que se definen nacionalmente una aspiración a la soberanía, a la absorción, a la dominación”. Comprender este constructo, que se desliza de lo individual a lo colectivo, amerita introducirse en el territorio que predetermina la existencia de las personas que allí actúan: La Bastilla, un bar en decadencia, la casa de Martín en Caracol Beach, expresión de la plutocracia maimera, el deshuesadero, absurda solución habitacional a finales de un milenio cibernético. El viejo olsmobile “un engendro construido con partes y piezas de otros vehículos, “un Frankenstein mecánico” que funciona como centro activador de relaciones de violencia, trasladadas desde la mente del soldado al comportamiento impensado de Laura, Tom y Martín. El alucinado, que ve tigres por todas partes, crea un imaginario cuyos efectos serán colectivamente representados en muertes y agresiones reales, y sus razones ignoradas por las víctimas, quienes viven la emergencia sin entenderla.

Tanto los conflictos del movimiento migratorio en Florida como la complicada urdimbre de la pluriculturalidad están expresadas en este relato paradójicamente construido, entre la homogeneidad de una violencia desorganizada y la alteridad de una cultura, cuyos bordes se confunden y se pierden en una noche apocalíptica, donde la certeza de la muerte se convierte en lo inevitable ante la precariedad de la vida. El soldado, sujeto principal del desarraigo, encontró un historiador que destruyó los límites de la red de sentido del sistema racional, produciendo un tapiz polifónico de lenguajes: el de la locura, el de la crisis, el de la irracionalidad, el de la pluralidad cultural, el de los Orisha sincretizados con la Virgen de Regla y San Jorge que, como recurso de subsistencia, consolidaron los esclavos traídos de África y hoy es símbolo de la articulación de diferencias. Todos ellos ofrecen al narrador la posibilidad de entablar el diálogo de la emergencia. Es en esta sustancia-discurso donde la dialéctica configura un excelente lenguaje que envuelve un destructivo contenido, para el cual el escritor sólo pide: ¡Clemencia! Además de salvaguardar la memoria de sus personajes con el testimonio de biografías reales, para reconciliar al lector con seres humanos dueños de nacionalidad, creencias, profesión, aspiraciones y otros detalles que Eliseo describe. Una manera de volvernos a la realidad luego de compartir esa pesadilla de tripolares video-clips grabados entre mitos, obsesiones y violencias. El escritor cubano nos lleva a recordar las alegorías míticas de la narrativa vanguardista de Miguel Ángel Asturias, el dinamismo de las telenovelas, el lenguaje sincopado del rock y la búsqueda de la identidad cubana en la intimidad de los inmigrantes. Mundo actual con sus múltiples hibridaciones, acomodaciones y negociaciones, expresado en un original discurso posmoderno que exige una lectura a contrapelo, cuyas envolventes muestran que la novela no pudo ser escrita sin lo que la postmodernidad niega: la pesquisa contemporánea del conocimiento y una decidida acción sobre el pasado lejano.

Una última instancia aflora desde las páginas de Caracol Beach, elementos que aparentemente pueden parecer conservadores como la religión, la ternura infantil del soldado, la comprensión de Laura, la estudiante porrera, hacia Beto Milanés, la música cubana en un medio rockero, y la actitud del escritor al mantener su autoría intercalada en apariciones esporádicas cuando dice entre otros comentarios semejantes: En prueba del cariño que le tenía como se comprobará al final de la novela, o el anuncio de la muerte de Tom y Martín al decir: Y en esta novela, apenas les quedaban cinco minutos para intentarlo, aspectos todos que además de poner en relieve la heterogeneidad del estilo discursivo subvierten el ambiente de violencia que supura la novela para llevarla a la compasión y a la toma de conciencia social.

Tenemos entre manos un relato analítico, descriptivo y coyuntural, una red de sentido que desafía la lectura fácil, escrito por un escritor comprometido con la realidad y la imaginación, con los relatos silenciosos de las minorías y que busca en mitos y creencias sustitutos para conservar la dignidad de los personajes. Postura válida que irrumpe contra la cultura de lo instantáneo, de lo mercantil, contra las respuestas mecánicas al esparcimiento, para escribir la crónica de un día en cualquier lugar del mundo actual.

 

Bibliografía

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