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La tarotista

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El teléfono de la tarotista suena temprano, es Amelia, la antigua vecina, que la llama para pedir cita. La tarotista la recibe un par de horas más tarde.

En la habitación donde ejerce hay una mesa cuadrada con dos sillas a cada extremo. Bajo la ventana hay un altarcito de madera con un incensario, una copa de cristal con agua, una concha marina, un cuerno de venado y un mazo de cartas del tarot.

Amelia se sienta en la silla de los consultantes. La tarotista prende el incienso. Se arrodilla ante el altarcito e invoca los poderes que protegerán la tirada. Da las gracias. Besa a la concha y al cuerno de venado. Se pone de pie. Con la mano izquierda toma el mazo de cartas, con la derecha levanta la copa de agua que alejará las malas vibras durante la sesión y la coloca sobre la mesa, junto al mazo. Ocupa su silla y le pregunta cuál es el problema.

Amelia, nerviosa, medio encorvada y mirando de derecha a izquierda, susurra:

—Es que José, mi amigo, me dejó.

Amelia se fija en la copa de agua para las malas vibras, la agarra y se la bebe casi toda antes de que la tarotista alcance a detenerla.

La tarotista considera peligroso leer las cartas con la copa medio vacía y poco delicado ir a rellenarla, así que se queda donde está y en silencio se encomienda por partida doble a la protección de los poderes de la concha y del cuerno de venado.

Amelia aspira, resopla. Cuando hace un año el esposo la echó de la casa todavía no ocurría nada con José, sólo coqueteos y conversaciones a la salida de la fábrica donde eran compañeros de la oficina de contabilidad. Bueno, un beso que otro por ahí y una que otra agarradita de manos también, pero nada más.

En ese entonces la bruja envidiosa y métete en todo de la cuñada, hermana de su marido, trabajaba con ellos y no tardó en irle con el chisme al hermano. Él, furioso, sacó a Amelia de la casa zarandeándola por un brazo y a ella no le quedó más remedio que aceptar el ofrecimiento de José de ir a vivir con él.

José pintó el cuarto, cambió las cortinas blancas por unas floreadas que escogió la misma Amelia, compró cama matrimonial, un armario de doble cuerpo y un juego de comedor. Los sábados la ayudaba con el aseo. Los domingos por la mañana la despertaba con un cafecito humeante y casi a diario, antes de dormir, probaban la resistencia de las patas de la cama nueva recreando las más osadas posiciones de amor que se les ocurriera improvisar en el momento. Sin embargo Amelia, a los cinco meses de convivir con José, ya extrañaba su casa. Extrañaba a las hijas que sólo podía ver en los parques y para su gran sorpresa, a los ay mamacita linda con voz de bebé ansioso que le repetía el marido cuando le llegaba el orgasmo. Un día, sin pensarlo mucho, fue a verlo. Sentada en el sofá de una sala con mugre y desorden de varias semanas, le juró que con el otro no había ido más allá de los besos. Aunque para que viera que hablaba con la verdad en la mano no le negaría que, escondidos en una de las bodegas de la fábrica, cierta tarde estuvieron a punto de pasar a mayores. Pero como bien sabía ella que nadie le iba a hacer sentir lo que sentía con su hombre legal, se arrepintió en el último minuto.

El marido, con semblante inexpresivo que no modificó ni aun al escuchar las palabras de la mujer, le echó una ojeada rápida al desordenado lugar y le propuso con tono suave el retorno inmediato. Amelia, que había seguido la trayectoria de los ojos del hombre, se acordó de los cafecitos humeantes que José le preparaba los domingos por la mañana, así que antes de que el marido le hiciera otra petición, le dijo:

—No, no, no. No puedo perdonarle la falta de confianza ni que me lanzara para la calle así como lo hizo. ¡Mire que echarme de mi propia casa! Pero —agregó mientras se miraba las puntas de los zapatos— los fines de semana serán para usted.

El marido aceptó.

A José le dijo que iba a consagrar los fines de semana a las hijas. Y sobre todo le pidió confiar en ella. Porque ella lo amaba. Porque el marido por su lado y ella por el suyo. Porque primero muerta antes que dejarse tocar por él. Y José, luego de un silencio de dos días en el que sólo habló para darle los saludos matutinos y las despedidas nocturnas, le dijo que bueno, que si no quedaba más remedio lo aceptaba.

La tarotista levanta las cejas y la mira con los fijos ojos muy abiertos tratando de controlar los rápidos, repentinos e involuntarios saltos del párpado izquierdo. Amelia se tironea los dedos hasta hacerlos tronar, sacude la cabeza y aprieta los labios.

Todo le funcionaba como mecanismo de relojería hasta una tarde del mes pasado cuando, por primera vez en todos los años que estuvieron juntos, apareció el marido por la oficina. Amelia, sentada ante su escritorio, revisaba la columna de los haberes del día y al verlo se le cayó el lápiz de la mano. Él avanzó sin titubeos y le plantó un beso en plena boca.

—Este domingo por la noche la quiero en mi cama. Usted no se me va más —le dijo con voz clara y alta.

Quedó pegada al asiento, con la respiración y el tiempo detenidos, mirando al marido de frente, de pie ante ella, y por el rabillo del ojo izquierdo al amante, en el escritorio de al lado.

José se puso de pie de golpe y tiró la silla al piso de un manotazo. Amelia lo vio caminar hacia la puerta como si lo persiguiera el diablo, salir por ella, alcanzar el final del corredor, doblar por una esquina y desaparecer.

—¿Era ése, no? —rugió el marido.

Amelia asustada, buscó apoyo en las caras del resto de los compañeros de oficina. Pero ellos estiraban el cuello desde atrás de los escritorios y con expresión atónita parecían esperar la respuesta con la misma impaciencia del marido.

—¡Conteste!

Pero él no se quedó a esperar la respuesta. Salió a zancadas de la oficina gritando:

—No quiero volverla a ver ni en pintura. ¡Puta! Si vuelve a aparecerse por mi casa la mato. Juro que la mato.

La amenaza retumbó en el lugar hasta que la distancia acalló los bramidos.

Cuando Amelia llegó al cuarto no encontró a José. No estaba la ropa ni la máquina de afeitar. Tampoco se presentó al trabajo al otro día, ni al siguiente, ni los que siguieron al siguiente. Quién sabe dónde se había metido José. Lo único que le interesa ahora es recuperarlo. Por eso vino a ver a la tarotista. Está segura de que él va a regresar. Sólo necesita que el tarot se lo confirme y si no es pedir demasiado que le diga cuándo.

Qué bárbara, piensa la tarotista, ¿de adónde le vendrá ese arrastre con los hombres? Ni siquiera es bonita, ni de cara ni de cuerpo, no la salva ni el trasero. Seguro que se mueve bien cuando está acostada.

—Pero, ¿por qué me mira así? —pregunta Amelia que se balancea sobre la silla.

La tarotista carraspea, se fija en la copa medio vacía, en el mazo de cartas, en la concha y en el cuerno de venado.

—Oiga —Amelia se queda quieta y eleva el tono—, ¿las va a lanzar o no las va a lanzar?

La tarotista suspira, se acomoda en la silla, toma el mazo y lo baraja con manos ágiles.

—¿Quiere la tirada de la Cruz o la de El árbol de la vida?

Vuelve a barajar las cartas para darle tiempo a decidir pero cuando la aludida abre los labios se le adelanta y le dice:

—La de la Cruz. Sí, sí. Es la de las respuestas concretas y los casos complicados. No falla, palabra santa.

Amelia se encoge de hombros.

La tarotista saca del mazo cuatro cartas y con actitud reconcentrada las coloca boca arriba. La primera, a la izquierda del centro de la mesa. La segunda, a la derecha. La tercera, entre las dos primeras un poco más abajo. Y la última, a la cabeza de la figura. Recorre con los ojos entrecerrados cada uno de los dibujos de las cuatro cartas y exclama sorprendida:

—¡Pero qué tenemos aquí!

—Dígame qué ve —pide Amelia que ha vuelto a tronarse los dedos.

—Veo a José. Es varios años menor que usted, eh. Bueno, a él le gustan mayorcitas. Y qué guapo. Un tipo muy bueno aunque nunca supo diferenciar los caminos. Y los tuvo tan confundidos —mueve la cabeza de un lado para el otro—, el pobre.

—Sí, sí, yo pienso lo mismo. Es que está herido, sabe, pero cuando se calme se dará cuenta de que no debió tomárselo tan a pecho. Bueno, un poco sí pero no tanto, ¿no cree?

—Aunque —la tarotista sonríe— el camino se le aclara. Nace y crece la luz que le indica la ruta correcta. Sí, una hermosa luz blanca con matices dorados.

—¡Ve, ve! —Amelia se lleva las manos al pecho— Se lo dije. Él volverá. Yo lo sabía. Conozco a José. La luz debe de ser la intensidad de nuestro amor. Aunque ¿no debía de ser roja?

—Fuerzas opuestas en acción.

—¿Opuestas? —Amelia esconde las manos bajo la mesa—. ¿Cómo que opuestas? No me diga que mi marido.

—Fuerzas opuestas que se atraen poderosamente —la interrumpe—. La de ella y la de él.

—¿La de ella?

—Ella. La que lo ama —toma aire, yergue el pecho, levanta el mentón—, la que no lo engaña.

—Pero qué está diciendo.

La tarotista nota que a la mujer el cuello se le puso rígido y la cara pálida.

—Lo siento —dice con el mejor gesto de circunstancias que guarda para estos casos—. Olvídelo, no volverá.

 

—¡Charlatana, mentirosa! José sí va a regresar. Claro que va a regresar.

Son los últimos gritos que escucha la tarotista antes del portazo que estremece los cristales de la ventana. Luego oye el taconeo rápido, golpeado, que se aleja en dirección a la calle y que se amortigua hasta desaparecer.

Del mazo sólo queda en la mesa un par de cartas, el resto está desparramado por el piso de la habitación junto con tres billetes arrugados, pero no tiene ganas de recoger nada. Se levanta para prender otro incienso, abre la ventana y regresa a sentarse.

Recorre con el índice el borde de la copa y ríe por lo bajo. No puede esperar hasta la noche para verlo. Todavía queda tiempo para llamar a la clienta de las cinco y suspenderle la sesión. Luego llamará a José y le dirá que hoy puede llegar más temprano, que le dejará la puerta sin cerrojo y que lo esperará desnuda en el cuarto del tarot, tendida sobra las cartas desparramadas de la última tirada del día.