Artículos y reportajes
Jorge Luis BorgesLa creatividad y la originalidad en la literatura borgeana

Comparte este contenido con tus amigos

Ya demasiado se ha escrito y hablado sobre la enorme, influyente e inabarcable obra de Jorge Luis Borges. Sus ensayos, poemas y cuentos cortos todos tienen un peso similar en la literatura contemporánea universal. “Su creatividad es incuestionada”, tal como es muy frecuente escuchar respecto de su obra, es una frase fácil al referirse. Por otra parte su modo de concebir la literatura, si bien trasunta cualquier frontera gracias a su originalidad, hay ciertos puntos que serían bastante interesantes de revisar. Ya que en Borges estos puntos que serán señalados son realmente nuevos respecto a otros escritores.

Cabe diferenciar dos términos que pueden resultar ser sinónimos. Por un lado impera el tema de lo que solemos llamar “creatividad”. Y por el otro, el otro extremo de este ensayo, es el caso de la originalidad borgeana. Tema en el cual Borges era mucho más puntilloso y exacto que en la cuestión de su creatividad. Para él, este termino: originalidad era no como lo que comúnmente se entiende acerca de esta palabra, sino que este término lo llevaba a remitirse al mismo origen, en el sentido más clásico de la palabra. Originalidad entonces en el sentido de origen, más allá de la mera novedad de “lo nuevo” valga la redundancia... Para Borges la originalidad es lo que yace en el origen mismo, es lo común a todos los hombres y a todos los pueblos, suele ser en su obra la salvación, suele ser el pasado que rebasa al hombre, es “lo perdido” que lo sobrepasa; los espejos que reflejan lo que somos; el espejismo de la identidad y del mundo; el tigre que es todos los tigres... Originalidad de este escritor es en este caso, todo lo que se entiende comúnmente por lo borgeano, lo cual es el sello de la inconfundible originalidad de Borges... Este gran escritor nos enseña que lo original no es algo que jamás ocurrió, sino que vuelve a ocurrir, vuelve a hacerse conocer como alguna vez lo ha hecho. Por lo tanto lo original es la principal premisa de lo eterno.

Por otra parte cabe decir que Borges no fue uno de los primeros, pero sí uno de pocos en afirmar que dentro del contexto literario, la creatividad es, en este caso, una lucida cuestión de idiomas.1 Lo dicho en la vasta obra de Borges tiene una gran tendencia a sacar a luz lo que ya se ha dicho, incluso en otras lenguas. La repetición no existe en lo borgeano, todo lo que Borges exhibe es único, así como El Quijote no fue el mismo en el momento de ser escrito, en el momento en que Borges escribió su Pierre Menard y ahora.2 Nuestro escritor fue el primero en ver claramente que el comercio e intercambio literario que existe entre los idiomas, más allá de los países y corrientes diversas de diversas nacionalidades, son los que en verdad supieron dar un tinte nuevo y novedoso a la labor literaria, como hemos ya de ver.

Si leemos y reflexionamos sobre El Quijote de Pierre Menard, nuestro escritor es implícito al decir que Pierre Menard, un francés del siglo XX, es justamente quien escribe El Quijote: su innovación reside entonces en que El Quijote es nuevamente escrito algunos siglos después, y que ya no se trata de un español quien lo hace, sino que además se trata manifiestamente de un francés. Es bueno enfatizar que Borges no presta atención tanto a las nacionalidades como a los idiomas. Se puede afirmar que para Borges el idioma preestablece un cierto cúmulo de palabras que al hombre se lo ha destinado a decir, y a escribir, parece que a cada uno le está destinado un idioma o varios, por hablar.

Así, Borges ha llevado a otros puntos la creatividad en el terreno de la literatura universal, pero no es lo que se puede decir “la creatividad propia de Borges”, sino más bien su creatividad, su gran criterio para escoger obras ajenas y reinterpretarlas, combinarlas con otras obras y finalmente, hacer una visión propia ciertamente muy personal. Cabe mencionar por otra parte que Borges era, de más está decirlo, un buen políglota.

Sus conocimientos de diversas literaturas no tuvieron par en su época. Probablemente Borges fue un secreto traductor y adaptador de ciertos fragmentos desconocidos, o directamente olvidados, de literaturas provenientes de distintas partes y de distintos tiempos, para situarlos en la suya propia, más allá de que se lo haya conocido como una suerte de arqueólogo de prístinas e ignoradas obras del pasado, aunque jamás un plagiador, su labor como escritor era semejante a la de los antiguos alquimistas, sólo que su objeto era la palabra, y su transformación en algo diferente.

Este escritor era sutilmente consciente de que la palabra Golem en el contexto de la vida y obra de Gustav Meyrink, no serían para nada iguales en la propia vida y obra de Jorge Luis Borges: en Borges pesaron más las percepciones que las meras apariencias que irradian los objetos, las palabras, las frases y los libros como entes variables y conmutables (que configuran además un mundo que es en verdad un espejismo).

Probablemente la creatividad de Borges debe haber consistido en ciertas ocasiones, de transcribir y de adaptar y de inmiscuir ciertos fragmentos ya sean latinos, germanos, franceses y hasta islandeses, en oraciones propias... Borges sabía que su innovación iba por otros carriles: en él, la cuestión puramente idiomática era la que lograba ese efecto: los fragmentos vertidos desde algún idioma al castellano, como si una cierta riqueza pasara a ser valuada de una moneda a otra... esa transmutación o traducción de esa idea, de un idioma a otro, ¿fue indudablemente eso, en algún sentido, lo que le permitía lograr ese milagro?

Salvando las distancias, las enormes distancias, Borges alcanzó el feliz efecto que Virginia Woolf logró dentro de la literatura inglesa, o que la brasilera Clarice Lispector consiguió en la literatura del idioma portugués. Estas dos escritoras, en sus respectivas obras e idiomas, se inspiraron e hicieron lo que Marcel Proust había hecho ya a fines del siglo XIX y a principios del siglo XX sólo que en francés, y a su vez, éste se había inspirado en las teorías de Ruskin, un esteta inglés, y en Ludwig Sterne, un alemán.3 ¡Qué es lo que reflejan García Márquez y Juan Carlos Onetti si no el modus operandis de William Faulkner! La originalidad de estos dos, sean bilingües o no, reside en la reinterpretación de la obra faulkneriana y su traspaso, su exportación (si se me permite el término) al español.

Borges nos enseña que a veces es una cuestión de idiomas lo que se expresa en la creatividad, en especial en los quehaceres de la literatura. El gran escritor argentino nos enseña que en verdad no hay barreras (como entre país y país) en todo esto, sino que hay algo más inexorable como lo es la cuestión de las lenguas que a su vez tienen su tiempo de vida y que finalmente desaparecen. Que la parte más incomunicada de los hombres es un problema más de idiomas que de temores y hostilidades.

Así como los poetas saben combinar las diversas palabras, tanto en su fonética como en su configuración visual, y poder lograr una armonía y un equilibrio. Borges no sólo fue un gran poeta en estos términos, sino que también logró conjugar, además, ideas y libros en algunas ocasiones propios pero la mayor de las veces ajenos. A fin de cuentas, Borges supo notar que lo más hermoso que puede reflejarse es el cambio de una palabra, de un libro, de un corpus de ideas a través del tiempo, de eso que tanto nos recuerda a aquel personaje mitológico llamado Proteo y nos recuerda a uno de sus más celebres cuentos: El libro de arena. Su mérito al igual que los grandes poetas fue entonces su modo de conjugar tan variadas cosas.

Notas

  1. Idioma entendido casi como un mundo, como un todo organizado con sus propias reglas, palabras, sinónimos, antónimos, etcétera. Los idiomas intercambian palabras, una palabra de un idioma a otro implica una modificación, para Borges, mágica.
  2. Borges invoca una idea del pragmatista William James, en que afirmaba que el conocimiento de un mismo objeto variaba según la percepción.
  3. Sin olvidar que otro gran seguidor de Marcel Proust fue el irlandés James Joyce. El autor del Ulises usó las reminiscencias proustianas para recrear sus famosas epifanías.