Desde bien temprano, Gertrudis sabía lo que iba a ser cuando fuera grande. Sus compañeritos del kinder querían ser bomberos, policías, astronautas. Gertrudis decía que quería ser científica, pero su verdadero destino, trazado por su madre, era ser jamona. Desde tiempos inmemoriales había una en cada generación de su familia, y en su generación el puesto había recaído sobre ella.
Sus amigas las futuras secretarias (todavía en esa época las chicas no soñaban con ser ejecutivas) jugaban con maquinillas de juguete y maquillaje de Walgreens, riendo a carcajadas las tres y burlándose de la vocación de Gertrudis mientras modelaban las faldas cortas y tacos de su mamá frente al closet de espejos.
—A la verdad que tú eres bien pendeja, Gertrudis. ¿A quién se le ocurre querer ser jamona cuando sea grande? Mira todo lo que te estás perdiendo —decían mientras le mostraban a Gertrudis sus posters y fotonovelas de Menudo.
Gertrudis no lo tomaba a mal, sus amigas eran ignorantes y no entendían la fuerza de la tradición y la importancia de complacer a los mayores.
—Es mi destino, chicas; en mi familia hay una larga tradición de jamonas y a mí me ha tocado el honor de seguir la tradición.
Secretamente odiaba la idea; le hubiera gustado ser científica como decía en la escuela. Pero alguien tenía que cuidar a su mamá cuando fuera vieja; había que planear para el futuro y la calle estaba dura para los viejos.
Desde bien temprano Gertrudis cultivó las virtudes de la mujer jamona. A los diez años aprendió por su cuenta a cocinar leyendo el libro de doña Carmen. A los doce años estaba encargada de cocinar la cena para su familia tan pronto llegara de la escuela. Aprendió a coser con patrones y a lavar la ropa blanca separada de la de colores. Sabía planchar muy bien, pero no le gustaba hacerlo y le huía como a la peste.
Gertrudis visitaba religiosamente a sus tías del Reparto Metropolitano. Se sentaba a ver televisión junto a las dos viejitas bajo el retrato de Jesús y estudiaba todos sus manierismos. Mientras las viejitas dormían la siesta, Gertrudis investigaba todos los rincones de la casa, examinando todos sus cachivaches y tratando de aprender cómo llenar sus días cuando fuera como ellas.
Se vestía con ropas anchas y largas, y cultivó un despiste selectivo con relación a los hombres. Nunca se daba cuenta de las reacciones que provocaba en ellos. Se veía a sí misma como “one of the guys”, bromeando con sus amigos de la escuela a la hora del almuerzo; sirviéndoles de confidente en sus amoríos con las futuras secretarias. Las chicas apreciaban la fidelidad de Gertrudis. Sabían que no importara lo que pasara entre ellas, Gertrudis nunca les iba a quitar los novios. Pero al mismo tiempo la odiaban porque sabían que los chicos la querían y que andaban con ellas para estar cerca de Gertrudis. Y es que los chicos adoraban a Gertrudis. Era la única de las chicas del colegio dispuesta a escaparse de la escuela para jugar billar en un cafetín de mala muerte en la Ponce de León; fumaba con ellos y se reía de sus chistes colorados sin vergüenza alguna. Ninguno nunca se atrevió a ponerle un dedo encima, sin embargo. A pesar de que ella nunca les contó de su vocación de solterona, ellos sentían que Gertrudis estaba “off limits”.
Dos cosas dificultaban el éxito de Gertrudis como jamona en ciernes. En primer lugar, era una vaga confesa e incorregible. No había Dios que la hiciera recoger su cuarto. Después de cocinar dejaba un reguero en la cocina que su madre tenía que limpiar. Y era imposible lograr que doblara la ropa después de lavar y tenderla. De hecho, nunca la recogía del tendedero, de suerte que la ropa se mojaba en la lluvia y se desteñía bajo el sol si nadie más se encargaba de recogerla.
El otro impedimento era su voraz apetito sexual. El mismo despertó un verano cuando Gertrudis tenía trece años. Estaba en la cama tumbada con un catarro terrible, y en un momento de aburrimiento abrió la gaveta de la mesa de noche de su papá, topándose con su colección de revistas Penthouse y Hustler. Para Gertrudis fue como ver las puertas del cielo abiertas. Desde entonces se le hizo más fácil tolerar sus amores frustrados con los novios de sus amigas. Gertrudis vivía vicariamente a través de las revistas, soñándose tocada y deseada a la manera de las chicas de los “pictorials”.
En octavo grado fue a un retiro del Colegio Bautista, durante el cual escuchó por los altoparlantes que la masturbación era pecado de Dios. Gertrudis se rió para sus adentros. Después de todo, Dios no existía, y si existiera no iba a ser tan malo como para condenar eso; nada que se sintiera tan bien podía ser malo. Además, ella ya había leído en la columna de Penthouse que masturbarse era una necesidad biológica tan normal como comer y dormir.
Años después, uno de sus múltiples amantes le comentó a Gertrudis que nunca antes había conocido una mujer tan desinhibida como ella. Acababan de hacer el amor por tercera vez esa noche y el hombre se hallaba en ese período de vulnerabilidad en que a los hombres les falla el freno verbal. El tipo le propuso matrimonio, lo cual ocasionó un ataque de risa descontrolado que duró cinco minutos. Al final, Gertrudis se compuso lo suficiente para decirle al hombre que se fuera al carajo, que ella nunca se iba a casar, y lo botó de la casa después de tirar su ropa a la calle.
Todavía se mantenía en contacto con sus amigas de la infancia. Sólo una llegó a ser secretaria alguna vez, primer peldaño en su carrera de negocios. Otra se casó con un abogado y se dedicó a sus hijos y su casa. Una de ellas era actriz de televisión. Las cuatro se veían una vez a la semana para tomar café y recordar los viejos tiempos.
Nunca se casaría, pero se acostaba con quien quisiera cuando quisiera. Se hizo médico de profesión y se dedicó a la investigación genética. Y pagaba a una señora para que cuidara de su madre y mantuviera la casa en orden. Así desempeñaba Gertrudis su oficio de solterona del nuevo milenio.